Por mas tenue que sea la luz

Conferencia General Octubre 1982

Por más tenue que sea la luz

Vaughn J. Featherstone

por el élder Vaughn J. Featherstone
del Primer Quórum de los Setenta


Mis amados hermanos, en la parábola del hijo pródigo, el Señor dijo: «. . . Un hombre tenía dos hijos». Todo parece indicar que el mas joven de los dos siempre se veía eclipsado por su hermano mayor v mas maduro. Los halagos fluían mas fácilmente hacia el hermano mayor; tanto su edad como su estatura le favorecían, y era muy trabajador. El menor, siempre comparado con su hermano mayor, jamas parecía estar en condiciones de satisfacer a nadie; se cansaba mas pronto, no podía terminar todo el trabajo y probablemente tuviera un concepto muy pobre de si mismo. No serla de asombrarse que hubiera llegado a la conclusión de que las circunstancias estaban confabuladas en su contra, ya que no se le Juzgaba según sus propios méritos. Fue entonces que decidió marcharse del hogar y buscar nuevos horizontes.

La parábola continúa: «Y el menor de ellos dijo a su padre:

«Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde.» Aparentemente el padre había conversado previamente con sus hijos sobre el hecho de que un día ambos recibirían una herencia, la cual estaría totalmente libre de condiciones. Es de dudar que cualquiera de los dos hijos se hubiera hecho, a esa altura, acreedor a mucho mas que una simple manutención de parte del padre. Sin embargo, el padre «les repartió los bienes». Tal acción, en esencia, constituía una forma de aprobar el que el joven se marchara con su propia herencia. El padre amaba a su hijo y es de suponer que tendría una idea de lo que el haría con su parte de la herencia. El hijo menor, «juntándolo todo. .. se fue lejos a una provincia apartada».

Es posible que su intención haya sido la de dar a su patrimonio un uso honorable; sin embargo, tras llegar a esa distante ciudad, se dio cuenta de que la gente no le recibía con los brazos abiertos. Se encontró realmente en un aprieto, sin consejo y sin amigos. Los amigos verdaderos uno los gana, pero los que no lo son pueden comprarse. El joven descubrió que la miel atrae a las moscas y comenzó a hacer alarde de su dinero. La voz se corrió y las moscas se acercaron. No sólo no invirtió ni empleo su dinero sabiamente, sino que lo malgasto y lo desperdicio viviendo perdidamente. Procuraron su amistad hombres malvados y borrachos, al igual que mujeres viles y adulteras, mas todos ellos se alejaron de él cuando se le termino el dinero.

«Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia.»

Las circunstancias eran pésimas, pues no solo el había gastado todos sus bienes, sino que aun los mas pudientes padecían. Al joven se le había enseñado a trabajar en el hogar paterno y aparentemente buscó trabajo y hasta es probable que haya procurado la ayuda de muchos que habían sido sus amigos en la época de abundancia.

El muchacho comenzó a padecer necesidades y «fue y se arrimo a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos». No solo afrontaba la falta de dinero sino que se veía obligado a trabajar en tareas poco deseables. Era tan pobre que «deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba». (Lucas 15:111ó.) En la parábola, el Salvador trata de mostrarnos lo profundo de la pobreza en la que el joven se encontraba sumido en contraste con su vida anterior. Había sido por demás complaciente para con todos los que le rodeaban cuando tenia dinero. Pero luego ni siquiera sus supuestos amigos estaban dispuestos a darle ni una porción de los restos con que alimentaban a los cerdos.

Mucha es la humildad que nace de la desesperación. El vano orgullo se desvanece. Las luces del hogar son apenas visibles en la profunda obscuridad de la distancia.

En medio del desconsuelo de esta aplastante experiencia, el joven volvió en Si y dijo:

«… ¡cuantos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!
«Me levantare e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.
«Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.
«Y levantándose, vino a su padre . . .» (Lucas 15:1720.)

Es probable que haya ensayado varias veces lo que le diría a su padre, el cual había sido un hombre fiel, trabajador, ordenado e integro toda su vida. ¿Acaso lo rechazaría? El joven decidió regresar junto a su padre y emprendió lo que fue, sin duda, un largo camino de regreso al hogar.

Probablemente su hermano mayor se hubiera dado cuenta de que desde que el joven se había marchado, su padre parecía estar siempre preocupado; trabajaba un poco y luego marchaba hacia el camino como a la espera de alguien, para regresar con una mirada perdida en los ojos. El hijo mayor no sólo tenia que hacer su trabajo y compensar el de su hermano, sino que además debía hacer las tareas de las que previamente se encargaba el padre; y al parecer, y pese a todo, su padre le prestaba poca atención. Antes de la partida del mas joven, siempre había una palabra de elogio para el mayor. Después, poco o nada había de que alegrarse, nadie cantaba, nadie bailaba y poco o nada se conversaba. Por las noches, el padre y la madre se sentaban callados y se resignaban a observar las llamas de la hoguera. Y así pasaban los días, las semanas y los meses.

El Maestro dice en la parábola:

«. . . Y cuando aun estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó.
«Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo.
«Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies.» (Lucas 15:2022.)

Había hecho el largo viaje con muy poco encima, por lo que se hacía imperativo que se le diera ropa y calzado. Pero el padre también pidió que se le pusiera un anillo; este era un obsequio inesperado, una muestra de gratitud de su parte por el retorno de su hijo.

«Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta;
«porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
«Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas;
«y llamando a uno de los criados, le preguntó que era aquello.
«El le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano.
«Entonces [el hermano mayor] se enojó y no quería entrar. . .» (Lucas 15:2328.)

Las semanas y los meses de tener que hacer el trabajo de su hermano, de compensar por la falta de atención de su padre, de no recibir reconocimiento, mas la preocupación de su padre, habían hecho estragos en el. Es posible que en algún momento hasta haya pensado que hubiera sido una buena idea el reclamar su herencia también el, y marcharse. Tal vez el no la hubiera malgastado. Por encima de lo que haya pasado por su mente, el hecho es que permaneció en su hogar y cumplió con su deber de hijo. Pese a la rectitud con la que había obrado, jamas se le había agasajado con música ni con danzas, y, sin embargo, al hermano menor se le rindió gran tributo a su regreso.

Cuando se le informó al padre que su hijo mayor estaba fuera y no quería entrar, «. . . salió . . . y le rogaba que entrase» (Lucas 15:28). El padre debe de haber comprendido cómo se sentía su hijo mayor y es posible que hasta se haya disculpado; y viéndose entonces librado del problema de su hijo menor, seria consciente de cuanto había descuidado a su otro hijo. Recordaría que no había elogiado el trabajo de su primogénito como antes, que no había habido para el ni música, ni danzas ni fiestas suntuosas. Había habido demasiado pesar en la familia como para tales actividades. Entonces el hijo mayor . . .

«. . . dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamas, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos.

«Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo» (Lucas 15:29)

El padre, con suma comprensión, le dijo:

«. . . hijo, tu siempre estas conmigo, y todas mis cosas son tuyas.»

Quizás siempre hubiera tenido la idea de premiar a su hijo mayor con todo lo que poseía, pero esa era la primera vez que se lo hacia saber. Entonces agregó:

Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.» (Lucas 15:3132.)

Hace poco tiempo, en un programa transmitido por la radio, un ministro religioso leyó la parábola del hijo pródigo. Al terminar, dijo: «El hermano menor fue justificado por el Señor debido a su arrepentimiento, mientras que su hermano mayor cayó bajo gran condenación». Al escuchar eso, me lamenté y pensé: «¡Qué tremenda insensatez! Este hombre no entiende las enseñanzas del Señor.» El hijo mayor había sido lastimado, dejado de lado y, aunque es cierto que no había sentido ni amor ni compasión hacia su hermano menor, nadie que tenga una pizca de criterio podría jamas pensar que su transgresión pudiera compararse con la vida licenciosa y extravagante que el mas joven había llevado.

Personalmente, creo tener una idea bastante certera de lo que el Señor trato de enseñar con esta parábola. En ella queda implícita la esperanza que a todos se nos brinda. El Señor aguarda con los brazos abiertos para recibir y perdonar a todos los que se alleguen a El. Su sufrimiento expiatorio y redentor, tanto en Getsemaní como en el Gólgota, constituyen las muestras de amor mas grandes jamas expuestas por hombre alguno.

Ella Wheeler Wilcox, en su poema titulado «Getsemaní», expresa:

Todos los caminos del diario vivir
pasan de algún modo por Getsemaní.
Todo caminante, tarde o temprano,
pasara el portal del jardín sagrado.
De rodillas, solo, en la obscuridad,
en profunda angustia habrá de luchar.
Compadece Dios a aquel que no ora:
«Hágase tu voluntad» que solo implora:
«Pasa de mí la copa», sin jamas sentir
el verdadero propósito de Getsemaní.
(James Dalton Morrison, Masterpieces of Religious Verse, Nueva York y Londres: Harper, 1948, pág. 184.)

La muerte, el divorcio, la transgresión, la soledad y el desconsuelo nos llevan al Jardín de Getsemaní, mas los brazos del Maestro están extendidos para recibirnos a todos. La parábola del hijo pródigo que El nos dejó es hermosa, y demuestra caridad. Su amor y compasión rodean eternamente a toda alma que transite por esta tierra. Todo hombre, mujer o joven que regrese al hogar tras una jornada pródiga o tras un periodo de inactividad encontrara al Salvador esperándole con los brazos abiertos. Su acto expiatorio satisfará la justicia y extenderá misericordia a todos «los que vengan a El» (D. y C. 18:11).

Todos los miembros activos de la Iglesia tienen a alguien cercano que no lo es, que siente indiferencia o se encuentra sumergido en la transgresión. Ellos son los que necesitan el constante amor de un padre o madre compasivos y de hermanos amorosos. El Señor bendecirá a todo miembro de la Iglesia que este dispuesto a extender una mano y que traiga a un inactivo de regreso a la actividad.

El presidente J. Reuben Clark hijo, dijo:

«Todo ser humano nace con la luz de la fe encendida en su corazón cual si fuera un altar, y esa luz brilla, y el Señor se asegura de que brille durante el periodo anterior a la edad de responsabilidad. Cuando llegamos a esa edad, somos nosotros quienes determinamos cómo habremos de vivir y velar por esa luz. Si vivimos de una forma justa, esa luz brillara hasta que llegue a iluminar todo el cuerpo, dotándole de la salud y la fortaleza necesarias no sólo en lo físico sino también en lo espiritual. Si vivimos injustamente, esa luz se hará tenue hasta que finalmente casi se apagara. Sin embargo, confío y creo en que el Señor nunca permite que la luz de la fe St’ apague por completo en ningún corazón humano, por mas tenue que sea. El Señor nos ha dotado de ella para que exista siempre una chispa, la cual, con la debida enseñanza, con justicia, con amor, con ternura, con ejemplo y poniendo en practica el evangelio, pueda brillar una vez mas, por mas obscurecida que haya estado la mente. Si no logramos alcanzar a aquellos que de entre nosotros ven su fe vacilar, fallaremos en una de las cosas mas importantes que el Señor espera de nosotros.» (En Conference Report, oct. de 1936, pág. 114.)

Somos los guardas de esa luz, por lo que os hacemos llegar la invitación de extender la mano y bendecir a aquellos que hoy no nos acompañan. Sigamos las palabras del Profeta. El presidente Kimball ha dicho:

«Hacemos llegar a cada oyente la invitación de venir a los floridos jardines, a la sombra de los arboles, a la verdad inmutable. Acompañadnos hacia la seguridad, la certeza y la constancia. Escuchad el fluir de las aguas frescas, el manantial no se secara jamas. Venid a escuchar la voz de un Profeta y la palabra de Dios.» (En Conference Report, abril de 1971, pág. 11.)

Invitamos a todos vosotros, los que no nos acompañáis hoy, a que volváis al hogar. También nosotros mantenemos la vista en el camino, aguardando ansiosamente vuestro regreso, con la esperanza de veros venir por el. Saldremos a vuestro encuentro con los brazos abiertos y llenos de compasión. Os tenemos preparado calzado para los pies, vestidos, un anillo para la mano y un becerro gordo. Volved, y juntos nos regocijaremos. Lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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