Nuestro compromiso con Dios

Conferencia General Octubre 1982

Nuestro compromiso con Dios

por el élder Howard W. Hunter
del Consejo de los Doce


Al leer y estudiar las Escrituras, ganamos conciencia de las muchas promesas condicionales que el Señor nos ha hecho a fin de animarnos a ser obedientes v vivir con rectitud. La historia israelita está repleta de ejemplos de convenios, los cuales forman uno de los temas principales del Antiguo Testamento: las promesas de Dios a cambio de los pactos hechos por los profetas y el pueblo.

El Señor hizo convenio con Noé, y el arco iris se transformó en el símbolo de un pacto eterno para toda la humanidad (Génesis 9:13). El convenio hecho con Abraham y su simiente fue sellado con la ceremonia de la circuncisión (Génesis 17: 10-11); y la señal del gran convenio con la casa de Israel en Sinaí, fue el día de reposo (Éxodo 31: 12-17).

Varias experiencias en la vida de Josué nos sirven de ejemplo en la actualidad, y señalan la importancia que el Señor le da al cumplimiento de los convenios y a nuestro compromiso de seguir los mandamientos y gula que Él nos da.

Se recuerda a Josué por ser quien, a la muerte de Moisés, asumió el mando y concluyó la tarea de dirigir a las tribus de Israel. Tal vez como consuelo para él, quien entonces tuvo que hacerse responsable de los hijos de Israel quienes aún vagaban sin tener una tierra propia, o quizás para consolar a esa gran multitud de personas que habían perdido el que había sido su dirigente por más de cuarenta años, el Señor le habló a Josué diciendo:

«. . . como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejare, ni te desamparare.

«Esfuérzate y se valiente; porque tu repartirás a este pueblo por heredad la tierra de la cual jure a sus padres que la daría a ellos. » (Josué 1: 5-6.)

El Señor entonces continuó hablando a Josué, dándole un mandamiento:

«Solamente esfuérzate y se muy valiente, para cuidar de hacer conforme a toda la ley que mi siervo Moisés te mandó, no te apartes de ella ni a diestra ni a siniestra, para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas.» (Josué 1:7.)

Entonces, hablando de la ley que se le había dado a Moisés, el Señor añadió:

«Nunca se apartara de tu boca este libro de la ley. . . para que guardes y hagas conforme a todo lo que en el está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien.» (Josué 1:8.)

Finalmente, se nos vuelve a repetir lo que el Señor le había dicho anteriormente, para consolarlo y recordarle la relación entre las bendiciones del cielo y la obediencia a la ley divina:

«Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en dondequiera que vayas.» (Josué 1:9.)

Josué necesitaba valor para cumplir lo que tenía que hacer; era preciso que tuviera la ayuda del Señor a cada instante, y Él se comprometió en esa forma a darle dicha ayuda. Con fe en El, Josué podía seguir adelante sabiendo que el Señor lo dirigiría por el camino debido. Josué sabía que su obediencia lo llevaría al éxito, y aunque no sabía exactamente cómo lograría ese éxito, ya tenía confianza en que obtendría los resultados.

Las Escrituras relatan que las tribus de Israel llegaron al Río Jordán y acamparon allí tres Días, preparándose para cruzar en un sitio cercano a la ciudad de Jericó. Entonces Josué dio a su pueblo este consejo interesante:

«Santificaos, porque Jehová hará mañana maravillas entre vosotros.» (Josué 3:5.)

Sabía que la victoria que seguramente obtendría, dependía del deseo que ellos mostraran de hacer la voluntad del Señor. Entonces el Señor le dijo:

«Desde este día comenzare a engrandecerte delante de los ojos de todo Israel, para que entiendan que como estuve con Moisés, así estaré contigo.» (Josué 3:7.)

Así Josué supo que los milagros del Señor continuarían, tal como cuando Moisés había dirigido a Israel. Así fue que cuando los pies de los sacerdotes que llevaban el arca del pacto ante el pueblo tocaron las aguas del Jordán, el río se secó «y todo Israel pasó en seco.» (Josué 3:17.)

Poco después, cuando Josué recibió instrucciones de destruir la ciudad de Jericó, que estaba frente a ellos, vio que las grandes murallas se anteponían como una barrera inmensa e imposible al éxito de Israel. Por lo menos, así parecían serlo. Sin saber cómo lo lograría, pero seguro del resultado, cumplió las instrucciones que había recibido de un mensajero del Señor. Su cometido era ser totalmente obediente. Su preocupación era hacer precisamente lo que se le había mandado, y la promesa del Señor se cumpliría. Las instrucciones, sin lugar a dudas, deben de haberle parecido algo extrañas, pero su fe en el resultado le instó a seguir adelante. Este, por supuesto, fue un milagro de los muchos que los israelitas vivieron durante los largos años que fueron guiados por Moisés, Josué, y muchos otros profetas que se comprometieron a seguir los mandamientos y las directivas del Señor.

Cuando Josué y su pueblo se acercaron a Jericó, siguieron las instrucciones del Señor con precisión y, según relatan las Escrituras, «el muro se derrumbó. El pueblo subió luego a la ciudad, cada uno derecho hacia adelante, v la tomaron.» (Josué 6:20.)

Las Escrituras nos dicen que después que Israel hubo descansado de las guerras lidiadas con sus enemigos, Josué, ya muy anciano, congregó a todos sus habitantes. En su mensaje de despedida les recordó que habían sido victoriosos porque Dios había luchado por ellos, pero que si cesaban de servir al Señor y guardar Su ley, serian destruidos. Les recordó también que el Señor Dios de Israel había guiado a Abraham por toda la tierra de Canaán y aumentado su descendencia (Josué 24:3); que Jacob y sus hijos habían ido a Egipto; que el Señor había acompañado a Moisés y a Aarón y sacado a sus padres de Egipto; que en todas las batallas y conquistas habían prevalecido, y añadió esta declaración significativa: «no con tu espada, ni con tu arco». (Josué 24:12). Las batallas no se habían ganado con espadas y arcos, sino que habían sido guiados a la victoria por el Señor. Entonces les recordó:

«. . . temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová.» (Josué 24:14.)

Este gran líder espiritual y militar les instó luego a comprometerse, e hizo un pacto por sí mismo y por su familia:

«. . . escogeos hoy a quien sirváis… pero yo y mi casa serviremos a Jehová.» (Josué 24:15.)

He aquí una declaración de compromiso total de un hombre de Dios; de un Profeta de acuerdo con los deseos del Señor, de Josué, el hombre, para con su Dios, quien muchas veces lo había bendecido por su obediencia. Josué les dijo a los israelitas que no obstante lo que ellos escogieran, el haría lo que sabía que era correcto; que su decisión de servir al Señor era totalmente independiente de lo que ellos decidieran; que las acciones del pueblo no afectarían las suyas; que su compromiso a cumplir la voluntad del Señor no se vería alterado por lo que ellos pudiesen hacer. Josué tenía control total de sus acciones y la mirada puesta en los mandamientos del Señor: se había comprometido a ser obediente.

Ciertamente el Señor aprecia más que cualquier otra cosa la determinación firme de obedecer Su consejo. Seguramente las experiencias de los grandes profetas del Antiguo Testamento se registraron para ayudarnos a comprender la importancia de escoger el camino de la obediencia estricta. Que complacido debe de haberse sentido el Señor cuando Abraham después de recibir la orden de sacrificar a su único hijo, Isaac, se preparó para hacer lo que se le había dicho, sin hacer preguntas Y vacilación alguna. Las Escrituras dicen que Dios le dijo a Abraham:

«Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moríah, v ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. » (Génesis 22:2.)

El próximo versículo dice simplemente:

«Y Abraham se levantó muy de mañana… y tomó… a Isaac su hijo… y fue al lugar que Dios le dijo.» (Génesis 22:3.)

Años después, se le preguntó a Rebeca si iría con el siervo de Abraham para ser esposa de Isaac y, sabiendo sin reparo que la misión del siervo tenía la bendición del Señor, ella dijo simplemente: «Si, iré.» (Génesis 24:58.)

Más tarde, cuando Jacob recibió instrucción de regresar a la tierra de Canaán, lo que significaba dejar todo aquello por lo que había trabajado durante muchos años, llamó a Raquel y a Lea al campo, donde sus rebaños pastoreaban, y les dijo lo que el Señor le había mandado. La respuesta de Raquel fue sencilla y directa: «. . . haz todo lo que Dios te ha dicho. » (Génesis 31:16.)

Tenemos, entonces, ejemplos en las Escrituras de cómo debemos considerar y valorar los mandamientos del Señor. Si reaccionamos como Josué, Abraham, Raquel y Rebeca, nuestra respuesta será, simplemente, ir y hacer lo que el Señor nos haya mandado.

Hay una buena razón para decidirnos ahora mismo a servir al Señor. En esta mañana dominical cuando las complicaciones y tentaciones de la vida parecen algo remotas, cuando disponemos del tiempo y estamos más propensos a contemplar la perspectiva eterna, podemos evaluar con más claridad aquello que traerá mayor felicidad a nuestra vida. Debemos decidir ahora, a la luz del sol, como reaccionaremos cuando lleguen las tinieblas de la noche y las tormentas de la tentación.

Ruego que tengamos la fortaleza para decidir ahora lo que debemos hacer. Ruego que decidamos ahora servir al Señor. En el nombre de Jesucristo. Amén

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