Tened buen ánimo

Conferencia General Octubre 1982

Tened buen ánimo

Neal A. Maxwell

por el élder Neal A. Maxwell
del Consejo de los Doce


Mis hermanos, vivimos en una época en que todavía veremos acontecimientos tanto terribles como maravillosos, y no hay ninguna forma en que podamos, siendo parte de la humanidad en los últimos días, cambiar las circunstancias. Sin embargo, nuestro mismo Señor v Ejemplo, Jesucristo, nos instruye a tener «buen ánimo» (D. y C. 61:36; 78:18).

En otras ocasiones Jesús ha dado esta misma instrucción a sus siervos cuando las circunstancias tan difíciles en que ellos se encontraban no eran nada alentadoras. Por ejemplo, les dijo a los primeros Doce Apóstoles que tuvieran animo cuando, aparentemente, no había nada de lo que pudieran alegrarse (Juan 16:33). Las agonías indescriptibles que pasaría en Getsemaní eran inminentes. La traición de Judas estaba por ocurrir, al igual que el arresto y la acusación de Jesús; los Doce serían esparcidos como las ovejas: en pocas horas el irónico e injusto juicio de Jesús y su terrible flagelación pasarían a formar parte de la historia. Pronto se dejaría oír en el aire el estridente y decepcionante grito de la turba pidiendo que soltaran a Barrabás en lugar de Jesús Entonces vendrían los horrorosos momentos finales en el Calvario.

En esas circunstancias, ¿cómo podía Jesús esperar que los Doce tuvieran ánimo? Sin embargo, el Salvador dijo:

«En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.» (Juan 16:38.)

Porque Cristo habla vencido al mundo, la Expiación estaba a punto de realizarse. Pronto la muerte ya sería derrotada en forma irrevocable, y Satanás habría fracasado en su deseo de detener el éxito del Plan de Salvación. Toda la humanidad recibiría, por medio de la gracia de Dios, la inmortalidad; y más aún, para aquellos que la ganaran, habría la riqueza de la vida eterna. Todos estos hechos reales y fundamentales eran lo que justificaba el que los Doce Apóstoles tuvieran buen ánimo, y no las siniestras circunstancias que en si eran de carácter temporal. Las hermosas perspectivas del evangelio nos brindan esta gran felicidad.

Lo mismo ocurrió en otra ocasión cuando, una noche, el Jesucristo resucitado se le presentó a Pablo, quien se encontraba encarcelado, y le dijo que tuviera animo (Hechos 98:11). Una vez más, las circunstancias del momento habían hecho que a Pablo le golpeasen públicamente en la boca por orden de Ananías, cuarenta individuos tramaban su muerte v tuvo que comparecer ante un tribunal acusado de rebelión. ¿Qué motivos tenía, entonces, para tener Animo? Que Jesús le había anunciado, aunque en malas circunstancias, que pronto llevaría las buenas nuevas del evangelio a Roma.

En otra época, algunos miembros de la Iglesia fueron tomados como rehenes hasta que ciertas profecías se cumplieran, con la amenaza de perder la vida si dichas profecías no se cumplían exactamente a la hora señalada. A ellos también el Señor les dijo que tuvieran ánimo. ¿Por qué? Porque Jesús declaró, «Mañana vengo al mundo» (3 Nefi 1:1:3). Con su nacimiento, el ministerio terrenal del Mesías por fin habría de comenzar.

El gozo del evangelio formaba parte de la actitud del profeta José Smith. En el otoño de 1842 circulaban rumores de que chusmas armadas estaban en camino hacia Nauvoo. Su amada Emma con frecuencia se enfermaba v se temía que no se recuperase: en la ciudad que el mismo había fundado, el Profeta fue perseguido. En estas circunstancias, de por’ sí tan difíciles, el escribió:

Al regresar a mi hogar encontré a mi esposa Emma enferma. Había dado a luz un hijo, quien no sobrevivió.» (History of the Church, 5:209.)

Y sin embargo, en ese período de gran angustia y aflicción, el perseguido Profeta escribió sobre la obra del templo:

«Ahora, ¿que oímos en el evangelio que hemos recibido? ¡Una voz de alegría! . . . una voz de alegría para los vivos y los muertos; buenas nuevas de gran gozo. . .

«¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría!

«¡Griten de gozo las montañas, y todos vosotros, valles, clamad en voz alta. . . !» (D. y C. 128:19, 22, 23; cursiva agregada.)

¡Que perspectiva tan hermosa nos brinda el Evangelio de Jesucristo en cuanto a todo aquello que tiene verdadera importancia y contra lo cual medimos los desengaños del día!

Al final de la década de 1820, Brigham Young, quien no conocía aun el evangelio restaurado, era un joven que se encontraba algo desanimado. Se dio cuenta de que no aprobaba mucho de lo que veía en el mundo y se preguntaba si le estaría reservada alguna obra. Su buen hermano, Phineas, le dio un consejo muy sabio: «Aguanta, porque yo sé que el Señor va a hacer algo por nosotros.» (Discurso de Heber C. Kimball, 8 de enero de 1845. Departamento Histórico de la Iglesia.)

Como podemos ver, hermanos, se justifica que tengamos buen ánimo por razones fundamentales que yacen en el futuro, razones que debemos separar de las circunstancias que tenemos a nuestro derredor. Por ejemplo, si nuestra actitud hacia la vida depende únicamente de la admiración que recibamos de los demás, del porcentaje de interés bancario en los negocios, o del resultado de alguna elección política o algún certamen atlético, estaremos muy a merced de los hombres y de las circunstancias. Tampoco nuestra gratitud por el don de la vida debe depender de la forma en que perezcamos, sino de nuestra misma manera de vivir, puesto que cuando nos enfrentamos con el Señor no tendríamos que informarle como hemos muerto sino como vivimos.

Al contrario, Cristo nos pide que confiemos deliberadamente en los propósitos que Dios tiene, no sólo para toda la humanidad, sino para cada uno de nosotros individualmente. Y debemos tener buen ánimo mientras se desarrolla el proceso de esos propósitos.

Sin embargo, no debemos subestimar las dificultades de los últimos días. Tanto Joel como Sofonías hablan de estos como si fueran días «de tinieblas y de obscuridad» (Joel 2:2; Sofonías 1:15). Las décadas venideras serán tiempos de desesperación. ¿Por qué? Porque, como dijo Moroni, la desesperación viene por causa de la iniquidad (Moroni 10:22). Cuanto más iniquidad exista, más desesperación habrá; y a menos que haya un arrepentimiento general, la desesperación se sentirá y se desplegara con más fuerza, excepto entre aquellos que tienen el gozo del evangelio.

Aunque se nos ha pedido que seamos pacificadores, vivimos en una época en que la paz ha sido quitada de la tierra (D. y C. 1:35). La guerra ha sido una experiencia casi continua para el hombre moderno. Sólo desde fines de la Segunda Guerra Mundial en 1945, ha habido 141 conflagraciones, algunas grandes y otras de menor importancia. Poco antes de que la Guerra Civil de los Estados Unidos se iniciara, el Señor declaró que habría una sucesión de guerras en todas las naciones y su resultado seria «la muerte v miseria de muchas almas» (D. v C. 87:1).

Por otra parte, la continuidad del conflicto culminaría en la destrucción completa de «todas las naciones» (D. y C. 87:6). Mientras tanto, que los mortales confíen en la protección que brindan las armaduras de los hombres, si así lo desean; pero nosotros nos vestiremos «de toda la armadura de Dios» (Efesios 6:11). Y en medio de esa aflicción, si llegamos a morir y somos justos, moriremos para El; y si vivimos, viviremos para El (D. y C. 42:44).

De igual manera, hermanos, vivimos en una época en que el amor de muchos se enfriara (D. y C. 45:27; Mateo 24:12), por lo tanto, el temor aumentara. ¿Por qué? Porque cuando los hombres temen, es porque su amor no es perfecto (1 Juan 4:18; Moroni 8:16). La falta de amor engendra el miedo, y por consiguiente, más guerras.

No obstante, es posible que, como dijo Pablo, estemos en apuros, mas no desesperados (2 Corintios 4:8); porque si nos hemos preparado espiritualmente, no necesitamos temer (D. y C. 38:30).

Aun así, el Señor no ha mantenido secreto el hecho de que El intenta probar la fe y la paciencia de sus santos (Mosíah 23:21). Nosotros, los mortales, somos tan propensos a olvidar al Señor:

«Y así vemos que excepto que el Señor castigue a su pueblo con muchas aflicciones… no se acuerda de él.» (Helamán 12:3.)

Sin embargo, El conoce nuestra capacidad tanto para sobrellevar como para comprender, y no nos dará más de lo que en un momento dado podamos soportar, aunque a nosotros nos parezca lo contrario (véase D. y C. 50:40; 78:18). Así como no tendremos tentaciones de las que no podamos escapar o que no podamos resistir, no se nos darán más tribulaciones de las que podamos aguantar (1 Corintios 10:13).

Por lo tanto, dadas las razones que tenemos para regocijarnos, ¿acaso no podemos tener «buen ánimo» a pesar de las dificultades y circunstancias?

Hablando de un destino geográfico, el presidente Brigham Young dijo: «Este es el lugar». Ahora, hablando del plan de salvación de Dios con el desarrollo como objetivo, podemos decir: «Este es el proceso».

El presidente Young, quien conocía algo de pruebas y tribulaciones, así como del gran destino del hombre, dijo que el Señor nos permite pasar por estas experiencias con el fin de que podamos llegar a ser verdaderos amigos de Dios; y para que al desarrollar nuestra capacidad individual, ejercitando sabiamente el libre albedrío y confiando en El, incluso cuando nos sintamos solos y abandonados, podamos aprender a ser «justos en la obscuridad». (Secretary’s Journal, enero 28 de 1857.) El resplandor del evangelio que vemos irradiar de algunas personas, aun en medio de las dificultades más penosas, surge de aquellos iluminados que tienen «buen ánimo».

El estar alegres cuando otros caen en la desesperación, el conservar la fe cuando otros desmayan, el ser fieles aunque nos sintamos abandonados, deben resultar durante el proceso de la tutela divina que Dios nos da-todo porque nos ama (Mosíah 3:19). Todas estas experiencias que pasamos para nuestro provecho no deben juzgarse como indiferencia divina; al contrario, todas ellas forman parte de un proceso divino.

Sin embargo, aun como creyentes, cuando tomamos parte en acontecimientos del día, escasamente podemos saborear todo lo que gira a nuestro alrededor. Por ejemplo, es improbable que en aquella noche en Belén, hace mucho tiempo, José y María miraran los pies del Cristo recién nacido y se dieran cuenta de que, algún día, esos pies recorrerían toda la Tierra Santa y que, más adelante, serian atravesados por clavos.

María, en su amor de madre, al tomar las pequeñas manos del Niño y, meses después, cuando esas manitas tomaron las suyas, ¿acaso sabría con certeza que esas mismas manos ordenarían a los Doce Apóstoles o que más tarde cargarían la pesada cruz?

Cuándo oyó a su bebe llorar, ¿podría imaginarse a Jesús llorando ante el sepulcro de Lázaro o después de haber bendecido a los niños nefitas? (Juan 11:35; 3 Nefi 17:2122.) ¿Prevería ella que esas rodillas suaves de bebe algún día se endurecerían por tanta oración, incluso durante las horas gloriosas pero amargas en Getsemaní? (Mateo 26:36-56.)

Y al bañar su suave piel tantas veces,  ¿acaso podría ella saber que un día, años más tarde, brotarían gotas de sangre de cada poro? (Mosíah 3:7.)

Podamos tener una participación gozosa y confiada en la vida -aunque no la comprendamos totalmente-y guardar ciertos conceptos en nuestro corazón dejando que el conocimiento nos nutra a medida que los meditamos (Lucas 2:19).

En medio de nuestras aflicciones, tanto el Señor como sus profetas nos brindaran seguridad, como ocurrió a los de Su pueblo en otra época cuando temían de la proximidad del ejercito lamanita, más el profeta los confortó y les recordó que debían implorar al Señor, con lo cual «calmaron sus temores» (Mosíah 23:28).

Al igual que la joven Eliza Snow, enfrentada a la tribulación en una carreta tirada por bueyes, podemos mantener nuestra perspectiva acerca de las «cosas como realmente son», y como ella dijo, estar «agradecidos por lo bien que estamos» (Jacob 4:13). (Kenneth W. Godfrey, Women’s Voices, Salt Lake City, Deseret Book, 1982, pág. 147.) Tales reafirmaciones y perspectivas serán verdaderamente necesarias, hermanos, porque el Señor ha indicado claramente que su juicio purificador y selectivo empezaría primero con los de la casa de Dios y de ahí se extendería al resto del mundo (1 Pedro 4:17; D. y C. 112:25). Todavía no entendemos claramente en lo que consistirá ese juicio selectivo. No sabemos tampoco cuáles serán las cargas especiales combinadas con la tribulación de tomar nuestra «cruz cada día» (Lucas 9:23). Lo que sí sabemos es que Satanás utilizara despiadadamente sus herramientas tentadoras entre las cuales, según dijo Jesús, están la tentación, la persecución v la tribulación (Mateo 13:21: Lucas 8:13).

Si el calor de dicho juicio puede marchitar al árbol verde, ¡con cuanta más facilidad consumiría los árboles secos para purificar la viña! (Lucas 23:31; D. y C. 135:6; Alma 32:38.)

Gran parte de esa selección ocurrirá debido a que no nos hayamos arrepentido del mal comportamiento; algunos cederán en lugar de perseverar hasta el fin; otros serán engañados por apóstatas; de la misma manera, otros se ofenderán; y así, cada dispensación tiene sus propios tropezaderos. Otros tropezaran porque al preocuparse por los afanes de este mundo, se olvidaran de poner aceite en sus lámparas (Mateo 25:1-13). Una y otra vez, los que rehúsen fortalecerse con su alimento espiritual, saldrán vencidos en su lucha contra el mundo. Algunos, a causa de la burla del mundo, se avergonzaran v se soltaran de la barra de hierro (1 Nefi 8:28). Aquellos que no han sido santos sino únicamente turistas en esta tierra se apartaran del sendero; y otros, al perder el ánimo, atribuirán a Dios su desdicha. (Job 1:22.)

Ciertamente, muchos miembros de la Iglesia tienen el corazón y hogar quebrantados por haber quebrantado sus convenios y promesas.  Indudablemente, el interés cada vez mayor de la sociedad por buscar el placer convierte nuestra así llamada civilización en algo más parecido a Sodoma que al Edén.

En nuestro deseo de estar preparados, lo mejor que podemos hacer es confiar en nuestros padres, en el sacerdocio, en los principios del evangelio, en las Escrituras, en los templos y en nuestros líderes para poder progresar. No confundamos los andamios de una obra en construcción con un edificio terminado.

Si tenemos buen ánimo, descubriremos que sentir nostalgia por otra época de nada nos sirve, aun cuando un lamento similar a este sea comprensible:

«¡Oh, si hubiese vivido en los días en que mi padre Nefi primero salió de la tierra de Jerusalén! . . . Entonces su pueblo era fácil de persuadir, firme en guardar los mandamientos de Dios, y tardo en dejarse llevar a la iniquidad . . .

«Pero he aquí, es mi consigna que estos sean mis días . . .» (Helamán 7:7, 9.)

Hermanos, estos son nuestros días, ¡este es nuestro tiempo en la tierra! Estas son nuestras tareas, las que nosotros debemos realizar. Y en estos días, el ser valientes en el testimonio de Jesús es, en parte, tener buen ánimo (D. y C. 76:79; 121:29).

Finalmente, en esos momentos en que sintamos dolor, que es una parte necesaria en el plan de felicidad, podemos recordar que hubo una época, hace mucho tiempo, en que ese plan fue revelado; y fue entonces cuando los valientes de entre nosotros lo aceptamos, no en secreto, sino con exclamaciones de gozo (Job 38:7). No nos retractemos ahora de esos sentimientos, porque en aquel entonces vimos con más claridad lo que ahora estamos experimentando.

Que Dios nos ayude a tener buen ánimo, el cual es el sentimiento que precede a esa condición gloriosa en la que tendremos plenitud de gozo (D. y C. 9 4).

Mientras tanto, Aquel que conoce el sendero perfectamente nos ha prometido:

«. . . tened buen ánimo, porque yo os guiare. De vosotros son el reino . . . y las riquezas de la eternidad . . .» (D. y C. 78:18.)

En el nombre de Aquel que nos espera «con brazos abiertos» para recibirnos, el Señor Jesucristo. Amen. (Mormón 6:17.)

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