Anónimo

Conferencia General Abril 1983

«Anónimo»

Thomas S. Monson

por el Élder Thomas S. Monson
del Quórum de los Doce Apóstoles

«El servicio caritativo dado en forma anónima tal vez pasará inadvertido para el hombre, mas la dádiva y quien la otorga serán reconocidos por Dios.»


No hace mucho tiempo, me acerqué al mostrador de información de un hospital para averiguar el número de habitación de un paciente a quien deseaba visitar. El edificio del hospital estaba siendo ampliado, y detrás del mostrador, contra la pared, colgaba una enorme placa en la que se leía una inscripción de agradecimiento a los benefactores que mediante sus contribuciones monetarias habían hecho posible esa ampliación. Los nombres de aquellos que habían donado cien mil dólares figuraban en forma notoria en placas individuales de bronce, cada una sujeta a la placa principal con una elaborada cadena. Los nombres eran bien conocidos.

Renombradas figuras del comercio, magnates de la industria, catedráticos; todos ellos figuraban allí. Sentí agradecimiento por su caridad. De pronto, mi vista se detuvo en una placa distinta, en la que no había ningún nombre grabado. Apenas una palabra: «anónimo». Sonreí interiormente y me pregunté quién sería el benefactor desconocido. De seguro que él o ella habría experimentado una satisfacción totalmente diferente a la de los demás.

Entonces mis pensamientos se dirigieron hacia el pasado, hacia la Tierra Santa, hacia aquel a quien honramos en este domingo de Pascua, aquel que redimió a la humanidad, aquel que en el monte enseñó a sus discípulos el verdadero espíritu de abnegación cuando les dijo: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos… mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha» (Mateo 6:1, 3).

Entonces. como para dejar indeleblemente grabada en sus almas la aplicación práctica de tan sagrada verdad, descendió del monte seguido por una gran multitud:

«Y he aquí vino un leproso y se postró ante El, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

«Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante su lepra desapareció.

«Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie.» (Mateo 8:2-4.) La palabra anónimo tenía en ese entonces un valioso significado. y todavía lo tiene.

Las obras clásicas de la literatura, al igual que las palabras de los escritos sagrados, nos enseñan en cuanto a lo imperecedero de lo que se hace en forma anónima. Una de mis obras predilectas es «Cuento de Navidad», de Carlos Dickens. Puedo casi ver al viejo avaro Scrooge, tembloroso al ver en una visión el retorno de Jacobo Marley, su ex socio, quien había muerto hacía siete años. Las palabras de Marley llegan a mi alma cuando lamenta: «Yo no sabía que el que da amor cristiano en su esfera de acción, sea esta cual sea, hallará muy breve su vida mortal para poder utilizar todos los medios que tiene a su alcance para servir a sus semejantes. Yo no sabía que todos los lamentos del mundo no pueden devolver ni siquiera una oportunidad perdida. Yo . . . no lo sabía.» («A Christmas Carol», The Best Short Stories of Charles Dickens [New York: Charles Scribner’s Sons, 1947], pág. 435; traducción libre.)

Tras una angustiante noche-en la que a Scrooge se le mostró por medio de los espectros de las navidades pasadas, presentes y futuras el verdadero significado de la vida, del amor y de la abnegación- despertó habiendo descubierto la frescura de la vida, el poder del amor y el espíritu de la verdadera dádiva. Recordó cuán cruel había sido con Bob Cratchit, uno de sus empleados, y la situación difícil de su familia, por lo que compró un enorme pavo y se lo envió de obsequio. Entonces, con enorme dicha el nuevo señor Scrooge exclamó para sí mismo: «Ni siquiera se enterará de quién se lo envió.» Otro ejemplo del anonimato.

Las horas se deslizan por el reloj de arena, el paso de la historia no detiene su marcha, mas la verdad divina prevalece irrefutable, inmutable e invariable.

Cuando el soberbio buque de pasajeros Lusitania se hundió en las aguas del Atlántico, llevó consigo muchas vidas. Numerosos y poco sabidos son muchos de los actos de valor puestos de manifiesto por aquellos que perecieron. Una de tales heroicas personas se ahogó en las profundidades del océano al dar su salvavidas a una mujer, aun cuando él mismo no sabía nadar. Ninguna importancia tenía el hecho de que fuera Alfred Vanderbilt, el famoso multimillonario estadounidense. No se trataba de la entrega de un tesoro mundano, sino de ofrecer su propia vida. Fue  Emerson quien dijo:

«El oro y los diamantes no son obsequios sino substitutos. El verdadero obsequio es una parte de uno mismo».

Hace poco más de un año, un moderno avión jet de pasajeros se precipitó, pocos minutos después de levantar vuelo, en las congeladas aguas del río Potomac, en Washington. También en ese caso se vieron actos de valentía y heroísmo, del más dramático de los cuales fue testigo el piloto de uno de los helicópteros de rescate. Desde la máquina fue lanzada una soga de salvamento a uno de los sobrevivientes que se debatía en las aguas. En vez de asirse a ella, el hombre la cedió a otra de las víctimas. La soga le fue arrojada una segunda vez, y también en esa ocasión la cedió a otra persona. Cinco fueron los sobrevivientes rescatados de las congeladas aguas, mas entre ellos no se encontraba el héroe anónimo. Aun cuando no se le conocía por nombre, dejó ese acto de braveza firmado con su honor.

Pero no es únicamente con la muerte que uno puede entregar lo mejor de sí mismo. Nuestra vida diaria nos ofrece múltiples oportunidades de demostrar nuestra adhesión a la lección enseñada por el Maestro. Permitidme mencionar brevemente tres ejemplos:

(1) En una mañana de invierno, un padre despertó silenciosamente a sus dos hijos y les dijo: «Muchachos, anoche nevó. Vestíos e iremos a apalear nieve de la vereda de la casa de nuestros vecinos antes de que amanezca.»

Entonces los tres bien abrigados, y bajo el manto de la noche, quitaron la nieve que obstruía el paso al frente de varias casas. El padre les dio a los jóvenes una sola indicación: «No hagáis ruido, y nadie se enterará de quién lo hizo.» Una vez más, la presencia de lo anónimo.

(2) En un hogar de ancianos en Salt Lake City, dos jóvenes estaban preparando la Santa Cena para los residentes del lugar. Mientras lo hacían, una de las ancianas en una silla de ruedas manifestó en voz alta: «Tengo frío». Sin la más mínima vacilación, uno de los jóvenes se acercó hasta ella, se quitó el abrigo, lo puso sobre los hombros de la anciana con un gesto de afecto, y regresó a la mesa de la Santa Cena. Entonces se bendijo el sacramento y se repartió entre los presentes.

Después de terminada la reunión, me acerqué al joven y le dije: «Jamás olvidaré el gesto que tuviste hacia esa hermana».

A lo cual me contestó: «Estaba un poco preocupado de que sin mi chaqueta no fuera a estar debidamente vestido para bendecir la Santa Cena». ‘ Entonces le respondí: «Jamás vi a nadie que estuviera mejor vestido que tú para tal ocasión».

Ni siquiera sé su nombre. Permanece anónimo.

(3) En un lejano país de Europa, detrás de la cortina de hierro y de un muro llamado «de Berlín», tuve oportunidad de reunirme con un puñado de miembros en un pequeño cementerio. Fue en una noche obscura, en el marco de una fría llovizna que había estado cayendo durante todo el día.

Estábamos allí reunidos ante el sepulcro de un misionero que muchos años atrás había muerto mientras cumplía una misión para el Señor. La ocasión se vio engalanada por el más respetuoso silencio. Gracias a la luz de una linterna que iluminaba la lápida, pude leer la siguiente inscripción: Joseph A. Ott 12 de diciembre de 1870-Virgin, Utah 10 de enero de 1896 – Dresden, Alemania

Entonces me di cuenta de que este sepulcro era diferente a los demás del cementerio. La lápida de mármol había sido pulida, la maleza como la que cubría otros sepulcros había sido cuidadosamente quitada, y en su lugar había césped, cuyos bordes habían sido inmaculadamente cortados, y también flores que hablaban a las claras de un cuidado muy especial. Pregunté quién había arreglado el lugar, mas lo único que obtuve como respuesta fue un pronunciado silencio.

Por último un diácono de doce años indicó que había querido hacer tal obra sin que se lo pidieran ni sus padres ni sus líderes. Dijo que sólo quería hacer algo por un misionero que dio su vida mientras estaba en el servicio del Señor. Lo agradecí, y luego pedí a todos los que estaban presentes que salvaguardaran ese secreto, para que su dádiva pudiera permanecer anónima.

Tal vez nadie haya reflejado esta enseñanza del Maestro en forma tan memorable ni tan hermosa como lo hizo Henry Van Dyke en su inmortal obra «La mansión». Este clásico de la literatura trata de un tal John Weightman, un potentado, de gran influencia política y de renombre en su comunidad. Su filosofía en cuanto a la dádiva puede ser fácilmente captada en una de sus propias declaraciones: «Claro está que uno tiene que tener cuidado en cómo da, a fin de asegurarse de obtener los mejores resultados. Las dádivas no pueden ser indiscriminadas, ni se deben echar monedas en el sombrero del mendigo. Se debe siempre procurar hacer obsequios de forma tal que puedan ser reconocidos y así beneficiar a todos.»

Una noche, John Weightman se sentó en la cómoda silla de su estudio para examinar los papeles sobre su escritorio. Entre ellos había descripciones e ilustraciones del ala Weightman en el hospital local, y de una cátedra que llevaba su nombre, sobre jurisprudencia política para la cual él había donado los fondos, así como un informe sobre la inauguración del Colegio Weightman. John Weightman se sintió complacido.

Entonces tomó su ejemplar de la Biblia, que estaba sobre la mesa, dio vuelta a las páginas hasta llegar a un determinado pasaje y leyó: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo . . .» (Mateo 6:19-20.)

Entonces fue como si el libro se escapara de sus manos; se inclinó hacia adelante, descansando la cabeza sobre los brazos cruzados sobre el escritorio, y fue arrebatado por un pesado sueño.

En él, John Weightman fue trasladado hasta la Ciudad Celestial. Un guía salió a su encuentro y al de otras personas que él había conocido en vida y les indicó que les conduciría hasta sus respectivas moradas celestiales. ‘

El grupo se detuvo ante una hermosa mansión y entonces el guía dijo: «Esta es su residencia, doctor McLean. Puede entrar. En ella no habrá más enfermedades, ni muerte, ni sufrimiento, ni dolor, puesto que sus viejos enemigos han sido todos conquistados. Mas todo el bien que usted ha hecho por su prójimo, toda la ayuda que brindó, todo el consuelo que ofreció, toda la fortaleza y todo el amor que otorgó a los que padecían, están aquí presentes; pues con esos mismos materiales hemos edificado esta mansión para usted.»

El devoto esposo de una inválida fue conducido también hasta una hermosa mansión, al igual que una madre viuda desde su juventud que pese a lo cual había criado a una maravillosa familia, y que una joven paralítica que había estado postrada en su lecho durante treinta años, sin posibilidades físicas, mas no sin esperanza, constantemente inspirada en su valor por un solo deseo: el de jamás quejarse, sino siempre impartir una porción de su dicha y paz a todo aquel que se le acercara.

Para entonces, John Weightman estaba impaciente por saber cuál era la morada que se le tenía reservada a él. A medida que junto al guía continuó caminando, las casas se hacían cada vez más pequeñas. Por fin se detuvieron en un lúgubre predio en el cual había una humilde choza, de tamaño no más grande que el refugio de un pastor. Entonces el guía le dijo: «John Weightman, esta es tu mansión.»

Desesperado, John Weightman argumentó: «¿Es que acaso no está enterado de que he construido una escuela, toda un ala de un hospital, tres iglesias . . .?»

«¡Un momento!» le advirtió el guía. «Ninguna de ellas fueron hechas en vano, mas todas fueron marcadas y utilizadas como los cimientos del nombre y la mansión de John Weightman en el mundo. Por cierto que ya has recibido recompensa por esas cosas. ¿Es que acaso esperas recibir doble?»

Entonces, triste, pero con un poco más de sabiduría, John Weightman preguntó: «¿Qué es lo que se tiene en cuenta aquí?»

Y la respuesta fue: «Únicamente lo que se da de buena voluntad. Sólo el bien que se hace por amor al bien. Sólo aquellas obras en las cuales el bienestar del prójimo es la piedra angular. Sólo aquellos actos en los cuales el sacrificio es mayor que la recompensa. Sólo aquellas dádivas en las que el que las otorga se olvida de sí mismo.» (Henry Van Dyke, «The Mansion», Unknown Quantity: A Book of Romance and some Half-told Tales [NewYork: Scribner’s, 1918], págs. 325-370; traducción libre.)

John Weightman despertó con las campanadas del reloj dando las siete. Ya era de mañana, y todo había sido un sueño. Todavía le quedaba una vida por delante, amor que compartir y dádivas que otorgar. Recordemos todos que . . .

Una campana no es campana hasta que se le hace sonar;
Una canción no es canción hasta que se le llega a cantar.
El amor no fue puesto en el corazón para allí morar;
El amor no es amor hasta que lo aprendemos a dar.
(Richard Rodgers y Oscar Hammerstein, hijo, «Sixteen Going on Seventeen».)

Ruego que esta verdad sirva de faro a nuestras vidas. Mantengamos nuestra vista en alto a medida que avanzamos en el servicio de nuestro Dios y de nuestro prójimo.

Imaginémonos en Galilea y tal vez podamos escuchar el eco de las palabras del Salvador cuando enseñó:

«Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos.» (Mateo 6:1.) «No sepa tu izquierda lo que hace tu derecha.» (Mateo 6:3.) Y en cuanto a nuestras buenas obras: «No lo digas a nadie.» (Mateo 8:4.) Entonces nuestro corazón será más alegre, nuestra vida tendrá más luz y nuestra alma será mucho más rica.

El servicio caritativo dado en forma anónima tal vez pasará inadvertido para el hombre, mas la dádiva y quien la otorga serán reconocidos por Dios. De esta verdad les testifico en el nombre de Jesucristo. Amén.

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