Al alcance de vuestros brazos

Conferencia General Abril 1983

Al alcance de vuestros brazos

Jeffrey R. HollandPor Jeffrey R. Holland
Presidente de la Universidad Brigham Young

“El ser padre no es tarea fácil, pero se clasifica entre las más imperiosas que jamás se ha dado. Debemos seguir esforzándonos y dar amor, orar y escuchar.”


Hermanos, es imposible describir la gran responsabilidad que siento. Al igual que la mula en un clásico hípico, sé que quizá no debiera estar aquí, pero me agrada este auditorio del cual forma parte mi hijo Matt, a quien quiero con todo el corazón. Ruego fervientemente que el Espíritu del Señor nos acompañe.

Hermanos, un estudio reciente dirigido por la Iglesia confirmó estadísticamente lo que se nos ha dicho una y otra vez; esto es, que si el amor, la enseñanza inspirada y el ejemplo no se dan en el hogar, los esfuerzos encaminados al éxito de los programas de la Iglesia se debilitarán seriamente. Todo va demostrando de un modo cada vez más patente que debemos enseñar personalmente el evangelio a nuestros hijos y vivir esas enseñanzas en el hogar o correr el riesgo de descubrir demasiado tarde que el maestro de la Primaria o el asesor del sacerdocio o el instructor de seminario no pudieron hacer por nuestros hijos lo que nosotros no quisimos hacer por ellos.

Quisiera infundiros un poco de aliento con respecto a tan grande responsabilidad. Lo que más estimo del lazo que me une a mi hijo Matt es que él es, junto con su madre hermana y hermano, mi mejor y más querido amigo. Prefiero estar aquí, en esta reunión del sacerdocio, con mi hijo, antes que con cualquier otra persona de este mundo. Me encanta su compañía. Charlamos mucho. Los dos jugamos al básquetbol (baloncesto), tenis y ráquetbol, pero me niego a jugar golf con él (esto es una broma entre él y yo). Hablamos de problemas. Yo soy presidente (rector) de una universidad pequeña y él es presidente de una clase grande de una escuela secundaria.

Comparamos apuntes, nos damos sugerencias y compartimos nuestros desafíos. Oro por él, he llorado con él y estoy infinitamente orgulloso de él. Hemos conversado hasta altas horas de la noche en su cama de agua, aberración del siglo veinte. la cual sé que como parte del castigo de los últimos días, reventará y sin misericordia nos arrastrará a todos a las calles de Provo (ésa es otra broma familiar).

Pienso que puedo preguntar a Matt si le gusta el seminario porque procuro hablarle de todas sus demás asignaturas. A menudo imaginamos juntos cómo será su misión porque él sabe cuánto significó mi misión para mí; y me pregunta del matrimonio en el templo porque sabe que estoy locamente enamorado de su madre. Anhela que su futura esposa sea como ella y que ambos tengan lo que nosotros tenemos.

Al hablar de esto, pienso que probablemente hay padres e hijos en esta reunión que estimen ajeno todo lo que he descrito. Sé que hay padres que darían prácticamente la vida misma por acercarse otra vez a algún hijo en conflicto. Sé que hay hijos en esta reunión que desean que sus papás estuvieran a su lado esta noche o cualquier otra. Me he preguntado cómo hablaros de este tema que me han asignado sin parecer petulante, por un lado, y sin ofender corazones ya doloridos, por el otro. En respuesta, simplemente digo para todos nosotros, jóvenes y adultos: No nos demos nunca por vencidos; ¡adelante con nuestros esfuerzos, conversaciones y oraciones! Nunca jamás nos demos por vencidos. Sobre todo, no nos alejemos unos de otros.

Quisiera contaros una experiencia breve pero dolorosa que tuve a causa de mis inadecuados esfuerzos como padre.

Mis hijos eran pequeños cuando yo cursaba estudios de posgraduado en una universidad de Nueva Inglaterra. Mi esposa era la presidenta de la Sociedad de Socorro en el barrio y yo servía en la presidencia de la estaca. Yo estudiaba jornada completa y enseñaba media jornada. Teníamos dos hijos pequeños en ese entonces, poco dinero y muchas exigencias: una vida común a muchos.

Una noche llegué a casa tras largas horas de clases, sintiendo el proverbial peso del mundo sobre mis hombros. Todo parecía ser demandante, desalentador y sombrío, y dudaba de si volvería a brillar el sol. Cuando entré en nuestro pequeño apartamento de estudiantes, reinaba allí un silencio nada habitual.

“¿Qué pasa?”, pregunté. “Matthew quiere decirte algo”, me dijo mi esposa. “Matt, ¿qué quieres decirme?” El jugaba calladamente con sus juguetes en un rincón del cuarto, como si no oyera. “Matt”, dije en voz más alta, “¿tienes algo que decirme?”

Dejó de jugar, pero no levantó la vista de inmediato. Luego, volvió hacia mí sus enormes ojos castaños anegados de lágrimas y con el dolor que sólo un chico de cinco años conoce, me dijo: “No obedecí a mamá y le contesté mal”. Dicho eso, rompió a llorar y todo su cuerpecito se estremeció de pesar. Un pequeño había confesado pesaroso una falta infantil, la experiencia le servía y una amorosa reconciliación pudo haberse puesto magníficamente en marcha.

Todo hubiera salido perfecto de no haber sido por mí. Si pueden imaginar acto tan necio, me enfurecí, y no con el chico, sino por ciento una cosas más; pero él no sabía eso, y a mí me hacía falta la disciplina para admitirlo. El recibió la descarga de todo.

Le dije lo desilusionado que estaba y cuánto más esperaba de él. Y hablé y hablé como el padre pigmeo que era. Luego hice lo que nunca había hecho: le ordené que se fuera derecho a la cama y le dije que no le acompañaría a decir su oración ni le contaría ningún cuento. Ahogando los sollozos, se fue obedientemente junto a su cama, donde se arrodilló solo a orar. Luego empapó su almohadita con las lágrimas que su padre debió haberle enjugado.

Si el silencio que encontré al llegar a casa era pesado, hay que imaginar lo que fue después. Mi esposa (Pat) no dijo palabra. No tuvo que decir nada. ¡Mi malestar era atroz!

Después, al arrodillarnos junto a nuestra cama, mi súplica de bendiciones para mi familia resonó en mi oídos de un modo horrendo. Quise ponerme en pie al instante e ir a pedir perdón a Matt, pero el niño dormía ya plácidamente.

Mi tranquilidad no volvió tan pronto, pero por fin me dormí y comencé a soñar, cosa rara en mí. Soñé que Matt y yo preparábamos dos vehículos para una mudanza. Ni su madre ni su hermanita estaban presentes. Cuando terminamos, me volví a él y le dije: “Y bien, Matt, tú conduces un coche y yo el otro”.

El pequeño, muy obedientemente, trepó al asiento y trató de tomar el enorme volante. Yo me subí al otro coche y puse en marcha el motor. Al partir, eché una mirada a mi hijo para ver cómo le iba. Se esforzaba con todas sus fuerzas. Trataba de alcanzar los pedales, pero no podía. También movía perillas y pulsaba botones para poner el auto en marcha. Apenas se veía sobre el tablero de instrumentos, pero desde allí me miraba otra vez con sus bellos y enormes ojos castaños llenos de lágrimas. Mientras me alejaba, me gritó: “Papá, no me dejes. Yo no sé hacer esto; soy muy chiquito”. Y yo me alejé.

Poco después, al conducir por el camino, en mi sueño, comprendí en un momento fugaz y espantoso lo que había hecho. Detuve bruscamente el auto, salí de él de un salto y comencé a correr al límite de mis fuerzas. Dejé abandonados el coche, las llaves, todo y . . . corrí. El pavimento caliente me quemaba los pies y las lágrimas me nublaban la vista mientras procuraba divisar al niño en la distancia. Seguí corriendo, orando, suplicando perdón y hallar al niño sano y salvo.

Al dar la vuelta a una curva, a punto de desplomarme al suelo agotado física y emocionalmente, vi que al auto que había dicho a Matt condujera a un costado del camino y que el niño estaba riendo y jugando cerca de allí con un hombre mayor. Matt, al verme, me dijo: “¡Hola, papá. Nos estamos divirtiendo! Evidentemente ya me había perdonado y olvidado mi terrible transgresión contra él.

Pero sentí temor de la mirada intensa del hombre, que seguía todos mis movimientos. Intenté decirle “Gracias”, pero sus ojos denotaban intenso pesar y desilusión. Mascullé una torpe excusa y él me dijo sencillamente: “No debió haberle dejado solo para hacer algo tan difícil. No se le hubiera exigido a usted.”

Con eso terminó el sueño y me senté en la cama como impulsado por un resorte. Mi almohada estaba ahora empapada, si con sudor o con lágrimas, no lo sé. Salté de la cama y corrí hasta (la camita) el catrecito de metal donde dormía mi hijo. Allí, de rodillas, llorando, le acuné en mis brazos y le hablé mientras seguía dormido. Le dije que todo papá comete errores, pero sin intención. Le dije que él no tenía la culpa de que su padre hubiera pasado un mal día. Le dije que cuando los hijos tienen cinco o quince años, a veces los papás lo olvidan y piensan que tienen cincuenta. Le dije que quería que él fuese niño pequeño por largo, largo tiempo, porque dentro de poco crecería y se haría hombre y no estaría jugando en el suelo con sus juguetes cuando yo llegara a casa. Le dije que lo amaba a él y a su madre y a su hermanita más que a nada en el mundo y que no importaba qué problema tuviéramos en la vida lo encararíamos juntos. Le dije que nunca más me abstendría de darle mi afecto y mi perdón, y rogué que él nunca dejara de dármelos a mí. Le dije que me honraba el ser su padre y que procuraría con toda el alma ser digno de tan grande responsabilidad.

Y bien, no he demostrado ser el padre perfecto que prometí ser aquella noche, y mil noches antes y después. Pero aún anhelo serlo, y creo en el sabio consejo del presidente Joseph F. Smith, que cito a  continuación:

“Hermanos . . . si conserváis a vuestros [hijos] cerca de vuestro corazón, al alcance de vuestros brazos; si les hacéis sentir que los amáis . . . y los conserváis cerca de vosotros, no se apartarán muy lejos de vosotros, ni cometerán ningún pecado muy grave. Pero cuando los echáis a la calle, los echáis de vuestro cariño . . . [es cuando los alejáis] de vosotros . . .

“Padres, si queréis que vuestros hijos sean instruidos en los principios del evangelio, si queréis que amen la verdad y la entiendan, si deseáis que os obedezcan y se unan a vosotros, ¡amadlos!; mostradles que los amáis con toda palabra o acto [hacia] ellos.” (Doctrina del evangelio, págs. 276, 310. )

Hermanos, todos sabemos que ésta no es tarea fácil, pero se clasifica entre las más imperiosas que jamás se han dado. Debemos seguir esforzándonos y dar amor, orar y escuchar. Para eso son los amigos. De esto os testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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