El libre albedrío y el autocontrol

Conferencia General Abril 1983

El libre albedrío y el autocontrol

Por el Élder Boyd K Packer
Del Quórum de los Doce Apóstoles

«No existe una libertad absoluta sin responsabilidad; y no hay tal cosa como una libertad duradera sin un conocimiento de la verdad. «


Mi mensaje de hoy está dirigido a los padres y se relaciona con la educación de sus hijos. Hace algunas semanas recibí en mi oficina la visita de un General de División acompañado por su esposa, ambas personas finísimas, quienes manifestaron admiración hacia la Iglesia a causa de la conducta de nuestra juventud. La esposa del general mencionó a sus propios hijos, de los cuales está justificadamente orgullosa. Sin embargo, expresó una profunda preocupación. «Explíqueme», me dijo, «¿cómo hacen ustedes para controlar a los jóvenes y desarrollar en ellos una personalidad tan firme?»

Me interesó sobremanera el que hubiera mencionado el término «controlar». La respuesta, y así se lo expliqué está en las doctrinas del evangelio. Eso les interesó, por lo que me referí brevemente a la doctrina del libre albedrío. Les expliqué que generamos el control por medio de la enseñanza de la libertad.

Posiblemente en principio ellos supusieron que en la Iglesia comenzamos en el extremo equivocado. Un General de División no es otra cosa que un disciplinador. Pero cuando uno entiende el evangelio, comprende claramente que la mejor manifestación de control es el autocontrol.

Al principio puede resultar extraño enseñar el autocontrol basándose en la libertad de elección, mas se trata de un enfoque doctrinal sumamente sólido. Aun cuando los dos conceptos se pueden enseñar separadamente y pese a que a primera vista parezcan ser polos opuestos, son, de hecho partes de un mismo núcleo.

Quienes no entienden el aspecto doctrinal no pueden ver la relación que existe entre la obediencia y el libre albedrío. Lo que sucede es que pierden de vista una conexión vital entre ambos y no ven en la obediencia más que una especie de restricción. Entonces se oponen a lo que en efecto les proporcionará la verdadera libertad. No existe una libertad absoluta sin responsabilidad; y no hay tal cosa como una libertad duradera sin un conocimiento de la verdad.

El Señor dijo: «Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:31-32.)

El general entonces comprendió una verdad que muchas personas en la Iglesia pasan por alto. Los Santos de los Últimos Días no son obedientes porque sean compelidos a serlo, sino porque saben ciertas verdades espirituales y han decidido, como manifestación de su propio libre albedrío individual, obedecer los mandamientos de Dios.

Somos hijos e hijas de Dios, somos discípulos. seguidores dispuestos del Señor Jesucristo, y como dijo el rey Benjamín: «Bajo este título somos librados.» (Mosíah 5:8.)

Quienes hablan de la obediencia ciega. aun cuando es posible que sepan muchas cosas, no entienden las doctrinas del evangelio. Hay un tipo de obediencia que procede de un conocimiento de la verdad, y que trasciende cualquier tipo de control exterior. No somos obedientes porque seamos ciegos, somos obedientes a causa de que podemos ver. La mejor manifestación de control. repito, es el autocontrol.

El general entonces comprendió por qué enseñamos a nuestros hijos las doctrinas del Evangelio de Jesucristo y de dónde extraen ellos la determinación tan firme de proteger la libertad individual.

La responsabilidad de enseñar las doctrinas descansa sobre los padres. «La gloria de Dios es la inteligencia, o en otras palabras. luz y verdad.

«La luz y la verdad desechan a aquel Inicuo.

Pero yo os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad.» (D. y C. 93:36, 37, 40: cursiva agregada.)

Si todo lo que vuestros hijos saben acerca del evangelio es lo que vosotros les habéis enseñado en el hogar, ¿cuán a salvo estarán? ¿Rechazarán al mal de su propia elección?

Cuando cumplía el servicio militar, tuve la oportunidad de visitar un antiguo santuario en Nikko Kanko, Japón. Allí, esculpida en la fachada de un edificio, se encuentra la imagen de tres monos, uno de ellos cubriendo con sus manos sus ojos, otro sus oídos, y el tercero su boca. ¡Ver; oír; y callar! Eso resulta fácil de decir, pero difícil de hacer. No es fácil tener autocontrol cuando el mundo enseña la indulgencia.

Afortunadamente, los padres cuentan con una ayuda inmensurable, aunque es de lamentar que haya familias que la pasan por alto.

Hace varios años asistí a una ceremonia de fin de cursos del programa de seminarios en Hawai. En esa oportunidad se le rendía homenaje a un destacado y apuesto joven deportista hawaiano. Se había visto favorecido con una buena estructura física y había llegado a destacarse en varios deportes, y como es el caso de la mayoría de los deportistas, era bien conocido tanto en la Iglesia como fuera de ella.

Sus entrenadores habían trabajado con él, en su mayor parte en lo que se refería a la coordinación de sus poderes físicos, agregando, algo de virtudes tales como la determinación y el valor.

El joven manifestó que no le había resultado difícil alcanzar logros en el campo de los deportes. Si practicaba y se mantenía dentro de las reglas del entrenamiento, los músculos de su cuerpo respondían de la manera que él quería y lograba coordinación y control.

Más tarde se refirió al control que uno no adquiere tan fácilmente. Dijo: «Me resultó mucho más fácil controlar los músculos de los brazos y de las piernas que los músculos de mi lengua. Me es mucho más fácil controlar los ojos en el campo de juego que en la calle. No resulta muy fácil controlar lo que uno ha de escuchar. Por sobre todas las cosas no es fácil controlar los pensamientos.» Entonces expresó su gratitud hacia el programa de seminarios y rindió tributo a sus maestros. Estos eran los entrenadores que le habían enseñado a controlar aquella parte más permanente de su naturaleza humana.

No transcurre mucho tiempo hasta que la habilidad de lanzar una pelota o de saltar una valla o de levantar cierto peso pasan a ser cosas superfluas en la vida de una persona. La exhuberancia física desaparece, pero la fortaleza moral y espiritual puede crecer mientras que el aspecto físico se debilita con el paso de los años.

Si uno quiere que sus hijos crezcan espiritualmente, debe enseñarles las doctrinas del evangelio.

Si vosotros queréis que vuestro hijo toque el piano, es bueno que se vea expuesto a la música. Esto le dará cierto sentido hacia ella y le ayudará enormemente en su aprendizaje. Pero eso no es suficiente. Antes de que pueda llegar a tocar el piano con destreza. tendrá que practicar y memorizar y practicar y practicar y practicar.

Si deseáis que vuestra hija aprenda un idioma, debéis hacer que se vea expuesta a aquellos que lo hablan. Entonces ganará cierto sentido hacia esa lengua, y aun podrá aprender algunas palabras. Pero eso no es suficiente. Tendrá que memorizar reglas gramaticales y ampliar su vocabulario. Tendrá que practicar pronunciación. Mucho es lo que tendrá que aprender antes de saber cómo hablar o escribir ese idioma con fluidez.

Lo mismo acontece con el evangelio. Uno puede tener cierto sentido hacia él, pero debe tomarse el tiempo de aprender la doctrina. También en este caso el practicar, el memorizar, el leer, el escuchar y el analizar son partes esenciales. Ninguno de los caminos del aprendizaje está cubierto de rosas.

La Iglesia puede ayudar a los padres, pues este tipo de aprendizaje se adquiere eficazmente en un salón de clases. Contamos con el programa de seminarios, con el de institutos, y aún clases del sacerdocio, de la Escuela Dominical y de las organizaciones auxiliares. El programa de estudio para todos estos cursos está basado en las Escrituras y en la historia de la Iglesia. El desarrollo espiritual está íntimamente relacionado con el conocimiento de las Escrituras en donde encontramos las doctrinas.

Una biblioteca pública puede albergar un mundo de conocimiento, pero a menos que el alumno esté familiarizado con el sistema que le permita encontrar las fuentes de estudio, la búsqueda del conocimiento resultará escabrosa. Una vez que esos sistemas se aprenden, todo el conocimiento de esos libros se despliega ante sus ojos. La búsqueda se transforma en algo sumamente simple. Pero primero debe encontrarlo y leerlo; debe ganárselo.

Lo mismo acontece con las Escrituras. En ellas encontramos la plenitud del evangelio sempiterno, una eternidad de conocimiento. Sin embargo, uno debe aprender a usarlas o la búsqueda resultará escabrosa. También para esto hay un sistema. Familiaricémonos con las concordancias, con las notas al pie de las páginas y con otros materiales de referencia; memoricemos los libros de la Biblia y los del Libro de Mormón. Entonces las Escrituras desplegarán su tesoro ante nosotros. Todos estos conceptos se enseñan en el programa de seminarios e institutos. Los maestros son dignos y diestros a la vez, mas ellos no podrán ayudaros si vuestros hijos estudiantes no están inscritos en los programas.

Vivimos en medio de una revolución. Las computadoras han cambiado nuestro futuro. Estamos desplazándonos de la era Industrial a la era de información. En muchos países las instituciones de enseñanza están equipándose de acuerdo con tales exigencias. También en muchos países los requisitos académicos son cada vez más exigentes. Las materias optativas son cada vez más reducidas en número y deben ser seleccionadas con mayor cuidado.

Sin orientación, nuestros alumnos tal vez no se sientan inclinados a tomar clases de seminario o aquellas que ofrece el programa de instituto, lo que realmente sería un verdadero error. Sería como agregar un ladrillo más a la casa del conocimiento sin la suficiente cantidad de cemento para mantenerlos unidos.

Padres, animad, insistid en que vuestros hijos estudiantes se inscriban en el programa de seminarios o de instituto. Presidentes, obispos y líderes de jóvenes, vosotros sois responsables de estimularlos, sin excepción alguna, a que se matriculen. Pocas cosas llegarán a beneficiarles tanto como ésta.

Jóvenes, si vuestros valores están en el debido lugar, no vacilaréis en tomar una materia optativa que sirva para engalanar vuestra vida con la instrucción capaz de mantener unidos sus mismos cimientos. Entonces, una vez inscritos, asistid, estudiad y aprended. Animad a vuestros amigos a hacer lo mismo. Jamás os arrepentiréis; os los prometo.

Padres, estáis enormemente endeudados hacia los maestros. De alguna forma debéis demostrarlo; apoyadlos. Muy pocos son los maestros que no merecen ese apoyo. Si se crea un problema, bastante a menudo y con demasiada rapidez algunos padres salen en defensa de sus hijos en contra del maestro. Como regla general, les advertimos a nuestros hijos que la falta de respeto hacia sus maestros, tanto en las escuelas públicas como en los cursos de la Iglesia, crea problemas en el hogar también.

Este año contamos con un total de doscientos mil alumnos en el programa de seminarios y más de ciento veinte mil en los institutos de religión en dieciocho idiomas, correspondientes a sesenta y ocho países. Ya sea que se trate del programa integrado a los cursos regulares de enseñanza, el matutino 0 el de estudio individual supervisado, los cursos son los mismos. Están basados en las Escrituras, y enseñan las doctrinas y la historia de la Iglesia.

Hay circunstancias de enseñanza que son por cierto humildes. El presidente Kimball y yo asistimos en una oportunidad a una clase de seminarios en el estado de Dakota del Norte. No nos reunimos en un cómodo salón con pizarra ni proyectores ni cómodas sillas, sino en una humilde habitación de una casa muy pequeña.

La maestra, la hermana Two Dogs, estaba sentada al borde de la cama. Sus alumnos la rodeaban sentados en el piso. Pero no se trataba de una clase diferente a la que se pudiera impartir en un edificio moderno. El elemento más importante, el Espíritu del Señor, estaba presente.

En otra oportunidad asistí a una ceremonia de fin de cursos del programa de seminarios en Omaha estado de Nebraska. El orador, en este caso también un joven, describió su experiencia.

«Todas las mañanas,» dijo, «me despertaba la dulce voz de mi madre diciendo: ‘¡John, John, es hora de levantarse para ir al seminario!’ El año fue transcurriendo y las mañanas eran cada vez más frías, más húmedas y más oscuras, pero día tras día escuchaba la voz de mi madre decir: ‘¡John, John, es hora de levantarse para ir al seminario!’ . . . ¡Llegué a odiar esa frase!»

Entonces, embargado por la emoción, agradeció a su madre por lo que le había dado. Creo que sólo más tarde se dio cuenta de que ella tenía que levantarse antes de él cada mañana.

Las tentaciones no se presentarán enfrente de vuestros hijos en el hogar ni en la clase de seminarios, sino que les sobrevendrán más tarde cuando no estén presentes ni el maestro ni los padres. Un buen día tendréis que dejarlos volar del nido. Y cuando llegue ese día, ¿cuán libres serán y cuán a salvo estarán? Todo dependerá de cuánta verdad hayan recibido.

Conozco el caso de un joven misionero quien a medio mundo de distancia de su hogar, de sus padres y de sus  maestros, tuvo que enfrentarse a las pruebas que acometen a los jóvenes. Allí, lejos del control de los padres o maestros, tomó una decisión. Más adelante escribió: «Mucho me alegro de haber permanecido en la misión, porque en este último mes encontré algo muy importante-me encontré a mí mismo.»

Doy gracias a Dios por los maestros que tenemos en la Iglesia, vosotros que habéis escogido y que habéis sido escogidos para cumplir la tarea más importante.

En esas horas descorazonadoras que transcurren en presencia de alumnos inmaduros, carentes de interés y a veces hasta insolentes, esperamos que también podáis escuchar una voz -esa voz suave y apacible de la inspiración susurrar: Enseñad diligentemente, «y mi gracia os acompañará». (D. y C. 88:78.)

El Señor fue maestro también. Doy testimonio de El y ruego que todos aquellos que sigan Sus pasos para enseñar el Evangelio de Jesucristo reciban su bendición. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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