Conferencia General Octubre 1983
Los salvadores de estrellas
élder David B. Haight
del Quórum de los Doce Apóstoles
«Hay decenas de miles de buenas personas que se han alejado y están ahora esperando que alguien llame a su puerta.»
Me regocijo con cada uno de vosotros, poseedores del sacerdocio reunidos en cientos de centros de reuniones en todo el mundo, sabiendo que lo que se diga esta noche ayudará a acelerar el cumplimiento de las profecías antiguas y modernas del plan de nuestro Señor y Salvador para «llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).
Se nos ha confiado una gran obra y mi mensaje trata de nuestros esfuerzos para encontrar y recuperar a hombres y familias que se han alejado de la Iglesia. Se requiere la dedicación y disposición de todo hombre y joven que nos estén escuchando esta noche para que participen, con todas sus fuerzas, en la responsabilidad del sacerdocio de reactivar y hermanar a todos aquellos que estén inactivos y, de esta manera, acercar más a la humanidad a la suprema paz y el gozo de la vida eterna.
El mes pasado tuve dos experiencias totalmente diferentes. Una fue la invitación para asistir a la ceremonia de investidura en la cual iba a prestar juramento el miembro más joven y más reciente del Tribunal de Impuestos de los Estados Unidos, destacado honor asignado por el Presidente de dicha nación.
Horas después de recibir esa invitación, fue a verme un oficial de policía para preguntarme si conocía a un determinado joven. «¡Por supuesto!» le contesté. «¿Por qué me lo pregunta?» Este joven le había dicho que me conocía. Entonces el oficial me contó una desagradable historia de actos inmorales, robos para cubrir el elevado costo de drogas, prostitución y una sórdida vivienda. Cuando le dije que deseaba verlo y ayudarlo, me contestó que ese no era el momento apropiado debido al terrible estado emocional del joven.
Conozco muy bien a las familias de estos dos jóvenes. Los dos pertenecían al mismo barrio; ambos recibieron el Sacerdocio Aarónico y tuvieron los mismos maestros en la Escuela Dominical. En la casa de ambos tenían los libros canónicos, las revistas de la Iglesia y los manuales de los cursos de estudio.
Uno de ellos recibió el Sacerdocio de Melquisedec, fue a una misión, se casó en el templo, y mientras estudiaba abogacía, era miembro de un obispado. Ahora, ha sido llamado por el gobierno para ocupar la posición de juez federal.
El otro joven nunca fue digno de recibir las prometidas bendiciones del Sacerdocio de Melquisedec. El ir a las mejores escuelas privadas eclipsó su interés de ir en una misión. Nunca se casó; entabló amistad con personas indeseables y ha llegado a poner en ridículo los principios del evangelio porque no concuerdan con su estilo de vida. Se ha apartado de su familia, de su núcleo social y de la palabra de Dios. La forma de vivir en su hogar no lo estimuló espiritualmente por la falta de interés de su familia en leer las Escrituras, en tener noches de hogar y oraciones familiares y personales, y en compartir unos con otros su testimonio del evangelio.
El honorable juez de quien hablé vive con su familia en Washington, Distrito Federal, y está aprendiendo a desempeñar con mayor seguridad su cargo de juez federal. El cuenta con el amor, la admiración y el respeto de todos los que lo conocemos.
Pero el otro joven necesita aun más de nuestro amor, un amor especial; tengo fe en que podremos recuperarlo. Fue a personas como él a quienes el Salvador se refirió cuando dijo:
«¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?» (Lucas 15:4.)
Por su propia experiencia, Pablo enseñó que «Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará» (Gálatas 6:7).
Todos los jóvenes, varones y señoritas, son sembradores. ¿Quién los capacita y los guía? ¿Quién les indica cuál es el grano adecuado para sembrar? ¿Quién enseña a los sembradores que van por primera vez al campo acerca de la estación apropiada, o la distancia que debe haber entre cada semilla? Es de esperar que lo hagan padres dedicados, madres amorosas, maestros y miembros de quórumes o que otros seres queridos guíen sus pasos.
«Cuando no prevenimos problemas en sus primeros años», dijo el presidente Kimball, «más tarde debemos actuar como redentores, pero… con menos resultados y más difíciles de lograr» (Conferencia de la AMM, junio 23 de 1974, pág. 7). Al salvar a nuestra juventud, salvamos generaciones.
La Primera Presidencia y el Consejo de los Doce Apóstoles han expresado su gran preocupación por el creciente número de hermanos que tienen tanta influencia sobre sus respectivas esposas y familias, y que en la actualidad figuran como inactivos en los informes de quórumes y barrios.
A todos os recordamos que:
Todo hombre inactivo tiene un obispo un presidente de quórum y maestros orientadores.
Toda mujer inactiva tiene un obispo, una presidenta de la Sociedad de Socorro y maestras visitantes.
Toda joven inactiva tiene un obispo y una presidenta de Mujeres Jóvenes.
Todo joven inactivo tiene un obispo y un presidente de quórum.
Y todo miembro de la Iglesia tiene un presidente de estaca o un presidente de misión.
El presidente Harold B. Lee nos enseñó:
«No se necesita una nueva organización para atender las necesidades de estas personas. Todo lo que se requiere es poner el Sacerdocio de Dios en acción.» (En Conference Report, oct. de 1972, pág. 124.)
Esta alarmante tendencia a la inactividad debe pasar a ser una de nuestras mayores preocupaciones. El valor de todas las almas es grande ante los ojos de Dios, ya sea que se trate de personas que no son miembros, o de miembros inactivos o activos.
El evangelio nos enseña que cada miembro de la Iglesia tiene la responsabilidad de fortalecer a sus hermanos. El Salvador mismo enseñó al apóstol Pedro:
«Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto [convertido], confirma [fortalece] a tus hermanos.» (Lucas 22:32.)
Ya se han enviado a los presidentes de estaca las pautas con instrucciones de los representantes regionales para los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec, con respecto al programa de reactivación.
Para aclarar y hacer hincapié en los conceptos fundamentales de la participación de los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec, y para ayudarlos a utilizar la cooperación de sus miembros, quisiera leer la siguiente declaración de la Primera Presidencia y el Consejo de los Doce, la cual guiará a los presidentes de estaca, obispos y líderes del quórum del Sacerdocio de Melquisedec a organizar el esfuerzo local para acercarse eficientemente a sus miembros:
«Por medio de la revelación, el Señor ha dado instrucciones de que los poseedores del sacerdocio se organicen en quórumes. La presidencia del quórum tiene la responsabilidad de lograr que todos sus miembros sean activos. -El programa de orientación familiar, por el cual los miembros del quórum visitan a las familias, es una de las maneras más eficientes de fortalecerse entre sí.
«El obispo, como sumo sacerdote que preside y presidente del comité ejecutivo del sacerdocio de barrio, o sea el comité de orientación familiar, en consulta con los presidentes de los quórumes del Sacerdocio de Melquisedec y los líderes de grupo, debe asignar a los quórumes y grupos, familias con las que se llevará a cabo el programa de orientación familiar. Generalmente, se les asignarán miembros que pertenezcan a su propio quórum; pero en casos especiales, pueden asignarse poseedores del Sacerdocio de Melquisedec inactivos y candidatos a élderes y sus familias a quórumes y grupos que puedan hermanar y enseñar de la manera más eficaz. Los maestros orientadores darán su informe a sus presidentes de quórum o líderes de grupo correspondientes.
«El obispo debe asignar a hermanos con talentos especiales como maestros orientadores para enseñar a las familias inactivas. Una vez que las familias se hayan reactivado, puede asignárselas otras.
«Cuando un élder inactivo o candidato a élder que ha sido asignado a los sumos sacerdotes va a la reunión del sacerdocio con su maestro orientador, puede ir a la clase de los sumos sacerdotes, al grupo de los setenta o al quórum de élderes, según sus necesidades. Esto lo decide el obispo, en consulta con el quórum del Sacerdocio de Melquisedec y los líderes de grupo.
«Cuando sea apropiado que un candidato a élder reciba el Sacerdocio de Melquisedec, debe ordenársela élder y pasa a ser miembro de dicho quórum. La edad no determina dicha ordenanza, sino que depende de que lo requieran sus llamamientos y debe ser por inspiración y de acuerdo con su dignidad.»
Esta declaración sobre la participación de los poseedores del Sacerdocio de Melquisedec en los quórumes tiene un propósito: ayudar a los presidentes de estaca, obispos y líderes de quórum del Sacerdocio de Melquisedec a organizar a los miembros de sus respectivos quórumes de la mejor manera para reactivar a los que se han inactivado.
Muchas estacas ya han comenzado con este programa de reactivación, obteniendo resultados maravillosos. La mayoría de las unidades de la Iglesia han tenido éxito. Los líderes de estaca y barrio saben lo que hay que hacer: orientación familiar inspirada, seminarios de preparación para ir al templo, hermanamiento con amor sincero y asignaciones adecuadas. Estos son los elementos básicos. Es necesario que nos organicemos y lo hagamos.
Hay decenas de miles de buenas personas que se han alejado y están ahora esperando que alguien llame a su puerta. Aquellos que se han extraviado deben pasar por una conversión doctrinal y una integración social; para ello, necesitan la ayuda de alguien que tenga sincero interés en su bienestar espiritual.
En un tormentoso atardecer, Loren Eiseley caminaba a lo largo de la playa. «El viento rugía a sus espaldas y se oía el graznido de las gaviotas.» Los turistas iban a la playa para buscar las conchas de mar y los moluscos que las olas arrojaban a la costa durante la noche, los hervían en grandes ollas, y se llevaban las caparazones como recuerdos. Nuestro amigo se alejó de los turistas
caminando por la playa, y de pronto vio a un «enorme arco iris de una perfección increíble». Frente a la base, pudo «distinguir la figura de un ser humano… que contemplaba con curiosidad algo sobre la arena.»
«En un pozo de arena… una estrella de mar trataba de mantenerse alejada del asfixiante lodo…
—¿Estará viva? —preguntó.
«—Sí contestó el hombre que había visto a la distancia; y con un rápido movimiento la levantó y la arrojó… bien lejos en el mar.
«—Puede vivir dijo- si la corriente es fuerte y la arrastra.
Al principio Eiseley pensó que era inútil tratar de salvarlas, «arrojándolas una por una a las aguas, cuando todas las noches el mar arrojaba cientos de ellas a la costa.» Se alejó con gran pena «dejando atrás a los recolectores, y sus ollas humeantes en las cuales… hervían los indefensos moluscos.»
A la mañana siguiente, Eiseley volvió a la playa y allí estaba el salvador de estrellas de mar.
«En silencio, Eiseley levantó una estrella de mar viva y la arrojó girando hacia las olas…
«—Ahora entiendo dijo—. También a mí pueden llamarme salvador de estrellas.»
Con respecto a devolver la estrella al mar escribió:
«Era como estar sembrando… una siembra de vida en una infinitamente gigantesca escala . . .»
Miró hacia atrás y vio que el hombre se agachaba y arrojaba otra estrella al mar. Fue hacia él y junto, «prosiguieron con la labor, rodeados por el persistente rugir de las aguas insaciables.»
Los dos, «solos e insignificantes en aquella inmensidad, devolvían a la mar las estrellas vivas.» Decididos, hombro a hombro, «persistieron en la obra, deliberada y lentamente. No era una tarea para tomar a la ligera». (Loren Eiseley, The Star Thrower, Nueva York: Hartcourt, Brace, Jovanovich, 1978, págs. 171-173, 184.) Cada minuto era precioso si querían encontrar las estrellas que procuraban salvar.
Necesitamos «salvadores de estrellas», salvadores que tengan visión y que sean verdaderos discípulos del Salvador; salvadores que sientan la necesidad cuando aún hay vida, esperanza, y algo de valor, de no dejar que esa vida se extinga en una indiferente playa, sino de arrojarla nuevamente adonde le corresponde estar.
En un mundo donde abundan el materialismo, el cinismo y la desesperación, nosotros compartimos el mensaje más grandioso de esperanza: el Evangelio de Jesucristo.
¡Seamos salvadores de estrellas! Quizás entonces podamos comprender mejor el mandamiento del Señor: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Mateo 19:19.)
Que el Señor nos bendiga en esta divina obra de recuperar almas; que nuestra determinación sea firme y se ponga en acción ahora, y que el fruto del éxito sea dulce. En el nombre de Jesucristo. Amén.

























Hermoso mensaje. Lo encontre una vez porque el Señor lo puso en mis manos, en una Liahona vieja que estaba entre un monton de revistas guardadas en un cajon de la capilla y esta resaltaba por encima de todas era pequeña y de color amarillo y no pude resistirme a leerla. Habian muchos mensajes maravillosos pero este especialmente toco mi alma.
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