Qué clase de hombres tenemos que ser?

Conferencia General Octubre 1983

¿Qué clase de hombres tenemos que ser?

Presidente Ezra. Taft Benson
del Quórum de los Doce Apóstoles

Es indispensable que cambien en actitud y su modo de conducirse algunos que sostienen ser miembros de la Iglesia del Señor, pero que actúan de un modo que no es cristiano.


Mis amados hermanos, he titulado mi mensaje: “¿Qué clase de hombres tene­mos que ser?” Como veis, es una varia­ción de la pregunta que Jesús hizo a los nefitas (véase 3 Nefi 27:27), en la cual conviene que reflexione todo poseedor del sacerdocio de Dios.

Me han instado a tratar este tema los informes que se me han referido so­bre las alarmantes maldades de algunos hombres que maltratan a su esposa y a sus hijos.

Al escuchar esos informes, me he preguntado: “¿Cómo puede un miembro de la Iglesia —cualquier hombre que posea el sacerdocio de Dios— ser cruel con su propia esposa y sus hijos”?

El que un poseedor del sacerdocio actúe de esa manera es casi inconcebi­ble, puesto que tales hechos son del to­do incompatibles con las enseñanzas de la Iglesia y el Evangelio de Jesucristo.

Como poseedores del sacerdocio, te­nemos que emular el carácter del Sal­vador.

¿Y cómo es Su carácter?

Él ha señalado las virtudes funda­mentales de Su divino carácter en una revelación para todos los poseedores del sacerdocio que sirven en Su minis­terio. Conocéis bien el versículo 6 de la sección 4 de Doctrina y Convenios, que fue manifestado un año antes de la or­ganización de la Iglesia:

“Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, la templanza, la pacien­cia, la bondad fraternal, piedad, cari­dad, humildad, diligencia.” (D. y C. 4:6.)

Esas son las virtudes que tenemos que adquirir. Ese es el carácter de Cristo.

Analicemos algunas de dichas cuali­dades:

Un poseedor del sacerdocio es vir­tuoso, lo cual supone que tiene pensa­mientos puros y realiza actos limpios.

El no codiciará en su corazón, dado que si lo hace, “negará la fe” y perderá el Espíritu (véase D. y C. 42:23).

No cometerá adulterio “ni hará nin­guna cosa semejante“ (D. y C. 59:6), o sea, fornicación, actos homosexuales, masturbación, vejación de niños ni nin­guna otra perversión sexual.

La virtud equivale a la santidad: es una cualidad divina. Un poseedor del sacerdocio debe esforzarse por alcanzar todo lo que es virtuoso y bello, y no lo que es degradante y vil. La virtud “engalanará sus pensamientos incesantemente” (véase D. y C. 121:45).

Cuando un poseedor del sacerdocio se aparta del sendero de la virtud en cualquier forma o manifestación, pierde el Espíritu del Señor y queda en poder de Satanás. Entonces recibe el salario de aquel al cual ha escogido servir. Co­mo resultado, a veces la Iglesia debe tomar medidas disciplinarias, porque no podemos tolerar ni perdonar actos indignos ni impenitentes.

Todos los poseedores del sacerdocio deben ser moralmente limpios para ser dignos de tener la autoridad de Jesu­cristo.

Un poseedor del sacerdocio tiene templanza, lo cual significa que repri­me sus emociones y sus expresiones verbales; actúa con moderación y no se excede en nada. En una palabra, tiene autodominio: es el amo de sus emocio­nes, por lo que éstas no le dominan.

Un poseedor del sacerdocio que in­sulta a su esposa, que la maltrata con palabras o acciones o que hace lo mis­mo a uno de sus propios hijos es culpa­ble de un pecado grave.

¿Podéis enojaros y no pecar?, pre­guntó el apóstol Pablo (véase Efesios 4:26).

Es triste admitirlo, pero el hombre que no controla su genio no tiene domi­nio de sus pensamientos; y entonces se convierte en víctima de sus propias pa­siones y emociones, lo cual lo conduce a actos enteramente impropios de un hombre civilizado y más aún de un po­seedor del sacerdocio.

El presidente David O. McKay dijo:

“Es muy poco probable que el hom­bre que no puede controlar su genio pueda dominar sus pasiones, y no im­porta cuáles sean sus pretensiones reli­giosas, se desenvuelve en el diario vi­vir en un plano muy cercano al del nivel animal.” (Improvement Era de jun. de 1958, pág. 407.)

Un poseedor del sacerdocio debe ser paciente. La paciencia es otro as­pecto del autodominio; es la facultad de postergar una réplica y de refrenar las propias pasiones (véase Alma 38:12). El hombre paciente no se deja arrebatar de ira en su trato con sus seres queri­dos, lo que después lamentaría. Tener paciencia es conservar la calma en me­dio de los apremios. El hombre pacien­te es comprensivo con las faltas de los demás.

El poseedor del sacerdocio que es paciente será tolerante con los errores y los defectos de sus seres queridos; por motivo de que los ama, no buscará sus faltas, ni los criticará ni los culpa­rá.

Un poseedor del sacerdocio tiene bondad; el que es bondadoso es compa­sivo y fino con los demás. Es conside­rado con los sentimientos de los demás y cortés en su trato; es servicial. La bondad perdona las debilidades y los defectos ajenos.

¿Os dais cuenta de cómo nos volve­mos más parecidos a Cristo si somos más virtuosos, más bondadosos, más pacientes y tenemos más dominio de nuestras emociones?

El apóstol Pablo empleó expresio­nes gráficas para ilustrar el que un miembro de la Iglesia debe ser diferen­te del mundo. Nos dijo “. . . de Cristo estáis revestidos”; “despojaos del viejo hombre” y “vestíos del nuevo hombre”. (Véase Gálatas 3:27; Efesios 4:22, 24.)

¿Qué significa eso para nosotros, hermanos del sacerdocio?

Significa que debemos llegar a ser como Jesucristo, que tenemos que se­guir Su modo de vida; por necesidad, debemos “nacer de nuevo” y dejar a un lado las inclinaciones del mundo y los antiguos hábitos impropios del carácter cristiano. Debemos procurar la ayuda del Espíritu Santo para moderar nues­tros actos.

¿Cómo se logra eso?

Al pensar en los graves pecados co­metidos por algunos de nuestros her­manos, me he preguntado: “¿Pidieron al Señor que les ayudara a vencer sus explosiones de mal genio? ¿Se apoyaron en el ayuno y la oración? ¿Pidieron una bendición del sacerdocio? ¿Rogaron a nuestro Padre Celestial que aplacara sus emociones mediante la influencia del Espíritu Santo?”

Jesús dijo que debemos tener “hambre y sed de justicia” (3 Nefi 12:6). Para hacerlo, debemos desear ar­dientemente llevar una vida recta y virtuosa.

Os citaré el ejemplo de un hombre que cambió y volvió su vida más cris­tiana porque deseó con fervor hacerlo y buscó la ayuda del Señor.

El padre de Lamoni era un rey que sentía una enconada hostilidad hacia los nefitas. Un gran misionero llamado Aarón —uno de los hijos de Mosíah—, que fue a la tierra de los lamanitas pa­ra enseñarles el evangelio, llegó hasta su palacio y comenzó a hablarle del propósito de la vida. Tras desear el rey oír su mensaje, Aarón le enseñó de Cristo, del plan de salvación y de la po­sibilidad de alcanzar la vida eterna.

Ese mensaje le impresionó en tal forma que preguntó a Aarón: “¿Qué haré para que pueda lograr esta vida eterna de que has hablado? Sí, ¿qué ha­ré para poder nacer de Dios, desarrai­gando de mi pecho este espíritu inicuo, y recibir el Espíritu de Dios para que sea lleno de gozo?” (Alma 22:15.)

Aarón le indicó que pidiera a Dios, con fe, que le ayudara a arrepentirse de todos sus pecados. El rey hizo lo que Aarón le aconsejó y oró diciendo:

“¡Oh Dios! Aarón me ha dicho que hay un Dios; y si hay un Dios, y si tú eres Dios, sea tu voluntad darte a co­nocer a mí, y abandonaré todos mis pe­cados para conocerte…” (Alma 22:18; cursiva agregada.)

Quisiera, mis hermanos, que oyerais otra vez las palabras de ese hombre humilde: “y abandonaré todos mis pe­cados para conocerte”.

Hermanos, todos debemos abando­nar nuestros pecados para que en ver­dad conozcamos a Cristo. Porque no le conocemos sino hasta cuando llegamos a ser como El. Hay algunos que, como aquel rey, deben orar hasta que “desarraiguen de sí ese espíritu inicuo” a fin de que hallen el mismo gozo.

El lograr una vida recta y virtuosa está al alcance de cualquiera de noso­tros si nos esforzamos por conseguirla. Si no contamos con esos rasgos de ca­rácter, recordemos que el Señor nos ha dicho: “Pedid y recibiréis; llamad, y se os abrirá” (D. y C. 4:7).

El apóstol Pedro nos ha dicho que una vez que poseemos dichas cualida­des, éstas no nos dejarán estar “sin fruto en cuanto al conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 Pedro 1:8; cursiva agregada).

Conocer al Salvador, entonces, es ser como El.

Si nos esforzamos con ahínco, Dios nos bendecirá para que seamos como Su Hijo.

El ser semejante a Cristo debe ser la recta aspiración de todo poseedor del sacerdocio. En nuestro trato con los demás, debemos conducirnos como Él lo haría.

El Señor dijo:

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese toda impiedad y todo pla­cer mundano, y guarde mis manda­mientos.” (Véase Mateo 16:24.)

El espera que Sus discípulos le si­gan y que lo hagan conduciéndose debi­damente.

Ahora quisiera decir algo referente a nuestro trato con nuestras esposas e hijos.

Vuestra esposa es vuestra ayuda idónea eterna más preciada: vuestra compañera eterna, a la que debéis apreciar y amar.

En sólo dos mandamientos el Señor nos manda amar a alguien con todo el corazón. El primero, que conocéis bien, es el Gran Mandamiento: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37).

El segundo mandamiento de amar a otra persona con todo nuestro corazón es éste: “Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a nin­guna otra“ (D. y C. 42:22).

Hay sólo dos seres a los que se nos manda amar con todo nuestro corazón: ¡al Señor, nuestro Dios, y a nuestra es­posa!

¿Qué significa amar a alguien con todo el corazón? Quiere decir con todo nuestro sentir y toda nuestra devoción. Indudablemente, si amáis a vuestra es­posa con todo vuestro corazón, no po­dréis humillarla, ni censurarla, ni re­probarla, ni tratarla mal con palabras o acciones.

¿Qué significa “y te allegarás a ella”? Significa que tengáis una estre­cha amistad con ella, que le seáis lea­les, que la fortalezcáis, que os comuni­quéis con ella y que le expreséis vuestro amor.

Lo mismo se aplica a nuestros hijos. Nuestros hogares deben ser refugios de paz y alegría para nuestras familias. Ciertamente ningún hijo debiera temer a su propio padre, especialmente si és­te posee el sacerdocio. El deber de un padre es hacer de su hogar un lugar de felicidad y gozo, y es imposible que lo logre cuando hay altercados, riñas, con­tención o malas acciones.

Como patriarca en vuestro hogar, tenéis la seria responsabilidad de asu­mir la dirección de la familia. Debéis formar un hogar en el cual pueda mo­rar el Espíritu del Señor.

Siempre debéis tener presente que el Salvador dijo: “aquel que tiene el es­píritu de contención no es mío, sino es del diablo” (3 Nefi 11:29). Jamás permi­táis que el adversario ejerza su influen­cia en vuestro hogar.

Hermanos, os he hablado claramen­te. No deseo ofender a nadie, pero es indispensable que cambien su actitud y su modo de conducirse algunos que sos­tienen ser miembros de la Iglesia del Señor, pero que actúan de un modo que no es cristiano.

Como poseedores del Sacerdocio de Dios, debemos ser más parecidos a Cristo en nuestra actitud y nuestras acciones que lo que vemos en el mun­do. Debemos ser benévolos y conside­rados con nuestros seres queridos, co­mo Cristo lo es con nosotros. Él es bondadoso, amoroso y paciente con ca­da uno de nosotros. ¿No debemos retri­buirle dando ese mismo amor a nuestra esposa y a nuestros hijos?

Al comenzar, pregunté: “¿Qué clase de hombres tenemos que ser?” Recor­daréis que la respuesta del Señor es: “En verdad os digo, aun como yo soy ” (3 Nefi 27:27; cursiva agregada).

El espera que seamos semejantes a Él, que pongamos de manifiesto en nuestro vivir los frutos del Espíritu, los cuales son “amor, gozo, paz, pacien­cia, benignidad, bondad, fe, mansedum­bre, templanza” (Gálatas 5:22, 23).

Esas cualidades cristianas deben ca­racterizar a todo poseedor del sacerdo­cio y deben llenar todo hogar Santo de los Últimos Días. Esto se puede lograr, y debemos lograrlo para llevar honora­blemente Su nombre.

Nunca antes en la historia de la hu­manidad ha habido mayor necesidad de que los hombres se unan en la determi­nación de ser semejantes a Cristo.

Seguirle es adquirir su carácter.

No salgamos de esta reunión del sa­cerdocio sin tomar la firme resolución de dejar a un lado todo acto que sea contrario al modo de ser de Cristo.

Resolvamos adquirir las cualidades de nuestro Señor y Salvador.

Como poseedores del sacerdocio, tengamos Su imagen en nuestros ros­tros (véase Alma 5:14, 19).

¡De Cristo estemos revestidos! (Véase Gálatas 3:27.)

Él es nuestro Salvador, nuestro Re­dentor y nuestro Gran Ejemplo.

Este es mi ferviente testimonio e invoco las bendiciones de Dios sobre cada uno de vosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén.

 

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