La cuestión de una misión

Conferencia General Abril 1986logo 4
La cuestión de una misión
presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley«Os prometo que si así lo hacéis, sabréis que lo que hoy parece ser un sacrificio resultara la mejor inversión que jamas habréis hecho. «

Mis amados hermanos, agradezco la oportunidad de poder volver a pararme detrás de este púlpito para testificar de los asuntos del Señor, para lo cual invoco la guía del Espíritu.

Cuan generoso ha sido el Señor con todos nosotros. Nos ha proveído un programa de vida, el que, si seguimos, nos ofrece felicidad, y nos protegerá contra el pecado y contra el dolor y la desdicha que de este emanan. Nos proporcionara una vida familiar firme, además de la tranquilidad y la seguridad que de ella resultan. Nos unirá en esta gran fraternidad de amigos, hermanos y hermanas en la familia de Dios, cuyo deber y obligación es apoyarse y fortalecerse mutuamente. Nos motivará a enriquecer nuestra vida adquiriendo conocimiento y viviendo aquellos principios promotores de nuestro bienestar físico. Nos dará también la motivación de compartir con otras personas esta cosa tan hermosa que significa tanto para nosotros.

Mis hermanos de la Primera Presidencia me sugirieron que os hablara de misioneros y de la obra misional, lo cual me complace enormemente.

Hace pocos días hable con un joven que se halla enormemente turbado ante la decisión de cumplir una misión. Me contó de su ambicioso plan de estudios. Me habló del amor que sentía por una joven y de que no creía que pudiera dejarla por dos años. Se refirió a problemas económicos que demandarían sacrificios de su parte.

Le asegure que entendía cómo se sentía, y le hice saber que sus preocupaciones eran similares a las de muchos otros jóvenes, inclusive parecidas a algunas que yo mismo había experimentado en mi vida. Cuando tenia su edad, yo estaba en la universidad, en medio de la peor época de depresión económica en los Estados Unidos y en el mundo. H1 desempleo llegaba al treinta y cinco por ciento y la mayoría de las personas sin trabajo eran padres de familia, puesto que eran pocas las mujeres que en aquella época trabajaban. Muy pocos jóvenes salían como misioneros. En la actualidad enviamos tantos en una semana como en aquella época lo hacíamos en un año.

Termine mis estudios universitarios básicos y planeaba de alguna forma seguir una carrera de estudios posgraduados. Entonces el obispo me habló sobre algo que entonces me resultó inesperado; me habló de una misión. Fui llamado para ir a Inglaterra, en aquellos días la misión mas cara del mundo.

Entonces nos enteramos de que mi madre, quien había fallecido, había abierto una pequeña cuenta de ahorros con fines misionales. Yo contaba con una cuenta de ahorros en otra institución, pero ese banco había quebrado, y en aquellos días no había seguros del gobierno para cubrir este tipo de perdidas como los hay ahora en los Estados Unidos. Mi padre, un hombre de gran fe y amor, con gran sacrificio y con la cooperación del resto de la familia, me proporcionó los medios necesarios. Al mirar retrospectivamente, veo en todo ello un verdadero milagro. De una forma u otra todos los meses me llegaba el dinero.

El servicio misional no resultaba fácil. Había momentos en que resultaba por demás frustrante, pero ¡que experiencia tan maravillosa! Al reparar en ello, pienso que fui muy egoísta al llegar a Gran Bretaña, mas ¡que bendición llegó a ser cuando doblegue mis propios intereses egoístas ante los intereses mas grandes de la obra del Señor! Estaba en compañía de misioneros y misioneras maravillosos, quienes han pasado a ser desde hace mas de medio siglo, atesorados amigos.

La joven a la que deje por el tiempo de mi misión llegó a significar mas para mi mientras estuve ausente. Dentro de un año celebraremos nuestro quincuagésimo aniversario de casamiento.

¡Cuán profundamente agradecido estoy por la experiencia de esa misión! Llegue a algunos corazones, los cuales, a lo largo de los años, han expresado agradecimiento. Eso tiene su importancia, pero nunca me preocupó demasiado la cantidad de gente que yo bautice y que los demás misioneros bautizaron. La mayor satisfacción derivó de la seguridad de haber hecho lo que el Señor me mando, y de haber sido un instrumento en sus manos para el logro de sus propósitos. En el curso de tal experiencia, adquirí en lo mas profundo de mi ser la convicción y el conocimiento de que en verdad esta es la verdadera y viviente obra de Dios, restaurada por medio de un profeta para la bendición de todos los que la acepten y vivan conforme a sus principios.

Es posible que haya algunos jóvenes que me escuchen en esta ocasión que se pregunten con toda seriedad si es que deben servir en una misión. Es factible que haya escasez de dinero, que existan planes de continuar con la educación. Es hasta posible que haya una jovencita a la que amáis profundamente y sintáis que no podéis dejar por dos años. Entonces os decís a vosotros mismos: «Yo seré quien decida».

Muy cierto, pero antes de tomar una decisión en contra de salir en una misión, contad vuestras bendiciones, mis queridos amigos. Pensad en todas las cosas maravillosas que tenéis: la vida misma, la salud, los padres, el hogar, la joven a quien amáis. ¿No son acaso todos ellos bendiciones de un Padre Celestial amoroso? ¿Es que las habéis ganado solos, sin su intervención? No, la vida de todos nosotros esta en manos de nuestro Padre. Todas las cosas preciadas que nos pertenecen vienen de El, quien es el que da toda bendición.

No quiero decir con esto que El os retirara sus bendiciones y os abandonara a vuestra suerte si decidís no ir a la misión. Lo que quiero decir es que obedeciendo a un espíritu de gratitud deberíais hacer los ajustes necesarios para ofrendar tiempo-apenas dos años- consagrando fuerzas, medios y destrezas a la obra de compartir con otras personas el evangelio, que es la fuente de todo lo bueno que vosotros tenéis.

Os prometo que si así lo hacéis, sabréis que lo que hoy parece ser un sacrificio resultara la mejor inversión que jamas habréis hecho.

Que no haya vacilación en vuestra decisión. Vivid dignos del llamamiento y responded sin dudar cuando éste llegue. Id con un espíritu de dedicación, poniendoos en las manos del Señor para efectuar su gran obra.

A los mas jovencitos, quisiera instaros a ahorrar dinero desde ahora para esa futura misión. Ponedlo en un lugar a salvo, y no en una cuenta especulativa, donde estaría en peligro de perderse. Consagradlo para este gran propósito y no lo uséis para ningún otro. Preparaos; asistid al programa de Seminarios e Institutos; estudiad el Libro de Mormón.

Últimamente me he enterado de muchas excursiones costosas que hacen los jóvenes durante las vacaciones. ¿Por que no quedaros en casa y ahorrar el dinero en vuestras cuentas para la futura misión’? Algún día os sentiréis agradecidos por haberlo hecho.

La Iglesia os necesita; el Señor os necesita; el mundo os necesita-si, a decenas de miles mas de vosotros. Hay muchísimas personas en el mundo que necesitan lo que tenéis para ofrecer. No resultará fácil encontrarlas, y no se encontraran a menos que haya quienes estén preparados y dispuestos a buscarlas. Que Dios os bendiga a todos y cada uno de vosotros, para que la misión pueda ser una parte planeada y esencial de vuestras vidas.

Ahora quisiera decires unas pocas palabras a quienes os encontráis aquí. Se trata de un simple recordatorio de la obligación que todos tenemos de compartir el preciado evangelio de Jesucristo con otras personas.

Os iba a contar la historia de un amigo que recientemente se unió a la Iglesia; pero en vez de contárosla, le voy a pedir a el mismo que lo haga. Estoy seguro que os interesara.

Quisiera presentaros al hermano William Sheffield, quien fue bautizado el ultimo noviembre. Cuéntenos su experiencia, hermano Sheffield.

William Sheffield:

Queridos hermanos, después de haberme recibido de abogado, me dedique a la profesión con éxito y tenia clientes de importancia internacional, entre ellos Indira Gandhi, ex primer ministro de la India.

Durante muchos años como licenciado había aspirado a que se me nombrara juez. El día en que el gobernador de California me llamó para decirme que me había nombrado miembro de la Corte Superior de Justicia, me sentí exuberante, sonando con tal vez algún día llegar a formar parte de la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos. Pero después de menos de dos años como juez, acabando de comprar una casa nueva, dejamos esa vida casi ideal. Había oído al Señor llamarme al seminario teológico. Como respuesta, mi esposa y yo afirmamos que desde ese entonces siempre confiaríamos en el Señor y seriamos como hojas en un río dos hojas en su río, obedeciendo su llamado y queriendo mas que nada seguirlo.

Pero no siempre había seguido a Cristo. Por muchos años no estaba seguro de quien era ni de cómo acercarme a El. Casi a diario me preguntaba: «¿Hay un propósito en la vida’? ¿Por que estoy aquí’? ¿A dónde me dirijo’? ¿Se encuentra el propósito de la vida en la búsqueda de la forma mas cómoda de vivir, o hay algo mas que esto?» Mis amigos cristianos me decían que todo lo que tenia que hacer era llamar y se me abriría; buscar, y hallaría. (Mateo 7:7.)

Empece a llamar, y el Señor me contestó. Y como una semilla que crecía en mi interior, el evangelio empezó a llenar mi vida. Sentí que el Espíritu me llamaba; solicite entrar a la facultad teológica de la Universidad de Yale, y me aceptaron. Renuncie a mi cargo de juez, alquilamos nuestra casa en el sur de California y nos fuimos a New Haven, Connecticut. Empece a estudiar en la facultad teológica, pero no pertenecía a ninguna iglesia todavía.

Cuando llegamos a New Haven, comenzamos a buscar una casa cerca de la universidad, pero el Señor tenia otros planes. A pesar de lo mucho que tratamos, no pudimos encontrar la casa que queríamos cerca de Yale. Ahora se por que. El Señor nos quería en un barrio muy especial, a unos 65 kilómetros al sur de la universidad, el Barrio Primero de New Canaan.

Después de unos cuantos milagros, nos encontramos asistiendo a una reunión sacramental en ese barrio. Nos recibieron como si estuvieran esperándonos. No habíamos estado ni cinco minutos allí cuando ya nos habían presentado al obispo y a sus consejeros y nos habían invitado a una fiesta a la semana siguiente. Pero la radiante espiritualidad, especialmente de los miembros varones, fue lo que me llamó mas la atención. Me preguntaba cómo podían vivir su vida profesional en la ciudad mas conmocionada del mundo, Nueva York, y continuar irradiando esa profunda espiritualidad. ¿Que los hacia emocionarse tanto al testificar que Cristo vivía y que la Iglesia era verdadera’? Yo quería averiguarlo.

Pero yo no estaba seguro de querer ser mormón, les decía a mis amigos. Ya que estaba en la facultad de teología, pensaba que el Señor quería que fuera ministro. ¿Que haría después de graduarme de teólogo si me hacia mormón? Sin embargo, yo quería ser como la hoja en la corriente, como le había prometido al Señor antes de salir de California.

Durante todo el tiempo en que estuve luchando y tratando de asimilar y creer la historia de José Smith, mis amigos del barrio se mantuvieron pacientes, afectuosos y buenos. Cada vez que le decía al obispo que la historia de José Smith era mas «Disney» que Disney mismo, el me contestaba que tal vez, pero que era verdadera. Cada vez que le decía a uno de los consejeros que esa historia no podía ser verdad, el me contestaba, «S i, es verdad». Me querían sinceramente, y yo a ellos.

Durante meses examine, estudie, reflexione y ore acerca de la historia de este profeta y el Libro de Mormón. Encontré que este libro era complejo, hermoso y que su doctrina era profunda. Cuanto mas lo estudiaba, mas profunda me parecía.

Mucho sucedió con el correr de los meses. Dije a mis amigos y a mi esposa, que era una mormona inactiva pero que estaba empezando a sentir interés en la fe de sus antepasados, que no me bautizaría en la Iglesia para complacer a nadie a pesar de que los quería mucho. Sólo me bautizaría cuando tuviera un testimonio, cuando pudiera testificar que sabia que José Smith fue un profeta y que el Libro de Mormón es verdadero y que La Iglesia de los Santos de los Últimos Días es Su Iglesia.

En septiembre del año pasado g el Señor me bendijo con ese testimonio. Ahora se, sin ninguna duda, sin siquiera poder imaginar una duda, que en la vida premortal el Señor eligió a José Smith como su profeta en los Últimos días y que el Libro de Mormón fue preservado por Cristo mismo y dado a José Smith para que lo tradujera, y que La lglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es Su Iglesia.

Debo mucho al Barrio Primero de New Canaan, y a mi querida esposa. Su paciencia, lealtad incansable al evangelio restaurado y su amor, todo tuvo una influencia eterna en mi.

Todavía no se lo que el Señor tiene proyectado para mi cuando me gradúe de la facultad teológica de Yale, pero se que mi esposa y yo siempre seguiremos sirviendo a Dios en su Iglesia, como hojas en un río.

Digo esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

Muchas gracias, hermano Sheffield. Estoy seguro de que hay muchísimos miles de personas como este buen hombre quienes, con calidez y afecto, pueden ser guiados a las verdades eternas del evangelio restaurado de Jesucristo. Son personas que buscan algo mejor que lo que tienen. Se les debe brindar amistad y hermandad. Se les debe hacer sentir cómodas, como en su casa, a fin de que puedan observar en la vida de los miembros de la Iglesia aquellas virtudes que ansían para si mismas. Que Dios nos bendiga, mis queridos hermanos, a fin de que podamos ser ejemplos como los que influyeron positivamente en este hermano.

El mundo es nuestra responsabilidad, y no podemos evadirla. Pienso en las palabras de Jacob, en el Libro de Mormón, quien junto con su hermano José habían sido consagrados sacerdotes y maestros ante el pueblo:

«Y magnificamos nuestro ministerio ante el Señor, tomando sobre nosotros la responsabilidad, trayendo sobre nuestra propia cabeza los pecados del pueblo si no le enseñábamos la palabra de Dios con toda diligencia.»(Jacob 1:19.)

Que Dios os bendiga, mis queridos hermanos, tanto jóvenes como ancianos, para que cumpláis con la gran responsabilidad que tenemos de compartir con otras personas este evangelio, lo mas precioso de nuestra vida, ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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