Cuando una puerta se cierra, otra se abre

Conferencia General Octubre 1987

Cuando una puerta se cierra, otra se abre

por el presidente Howard W. Hunter
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

«Cuando una puerta se cierra, hay otra que se abre. . . No siempre tenemos la sabiduría o experiencia para saber cual escoger entre todas las puertas de entrada o de salida.»


Perdonadme si permanezco sentado mientras hago estos comentarios. No es que prefiera hablar desde una silla de ruedas, pero veo que vosotros parecéis gozar de la conferencia sentados; por lo tanto, seguiré vuestro ejemplo.

Refiriéndome a estar sentado y de pie, he observado que la vida de todos esta llena de altibajos. En verdad, vemos mucho gozo y dolor en el mundo, muchos planes que se desbaratan y nuevos rumbos, muchas bendiciones que no siempre se ven o se sienten como bendiciones y experiencias que nos hacen humildes y aumentan nuestra paciencia y nuestra fe. Todos hemos tenido estas experiencias de vez en cuando y creo que siempre las tendremos.

Un pasaje de uno de los sermones proféticos más grandes que se hayan dado, el magistral discurso del rey Benjamin al pueblo de Zarahemla en el Libro de Mormón. dice:

«. . .  los hombres beben condenación para sus propias almas, a menos que se humillen y se vuelvan como niños pequeños. . .

»Porque el hombre natural es enemigo de Dios, y lo ha sido desde la caída de Adán, y lo será para siempre jamas, a menos que se someta al influjo del Espíritu Santo, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor, y se vuelva como un niño: sumiso, manso, humilde, paciente, lleno de amor y dispuesto a someterse a cuanto el Señor juzgue conveniente imponer sobre él, tal como un niño se sujeta a su padre» (Mosíah 3:18-19).

Ser como un niño y someternos a la voluntad de nuestro Padre no siempre es fácil. El presidente Spencer W. Kimball, que supo bastante de sufrimiento, desilusiones y circunstancias fuera de su control, escribió:

»Como seres humanos, descartaríamos de nuestras vidas el dolor físico y la angustia mental, garantizándonos así una vida de constante comodidad y placidez, pero al hacerlo estaríamos cerrando las puertas a las aflicciones y al dolor, y con ello excluyendo probablemente a nuestros mejores amigos y benefactores. El sufrimiento puede volver santas a las personas, al aprender estas a tener paciencia, perseverancia y autodominio» (La Fe Precede al Milagro, Salt Lake City, Deseret Book Company, 1983, pág. 97).

En esa afirmación, el presidente Kimball se refiere a cerrar las puertas a ciertas experiencias de la vida. Esto me recuerda un pasaje del gran clásico de Cervantes, Don Quijote, que me ha dado consuelo a través de los años. En esa obra hay algo breve pero importante que nos recuerda que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Hay puertas que se cierran de continuo en nuestra vida y, en algunos casos, nos dan verdadero dolor y angustia. Pero creo que cuando una de esas puertas se cierra, otra se abre (y tal vez se abre mas de una), dándonos esperanza y bendiciones en otros aspectos de la vida que de otro modo no hubiéramos recibido.

Nuestro amado presidente del quórum, Marion G. Romney, no puede estar hoy con nosotros. ¡Cuánto extrañamos su compañerismo, su ingenio, su experiencia y su liderazgo! Para el presidente Romney, algunas puertas se han cerrado aun en la obra de su ministerio. Él ha sufrido bastante dolor y desaliento, y ha visto desbaratarse sus planes en estos últimos años. Pero fue él quien, desde este mismo púlpito, dijo hace pocos años que todo hombre y mujer, incluso los más fieles y leales, encontrarían adversidad y aflicción en su vida porque, como dijo José Smith: »El hombre tiene que sufrir para poder subir al monte de Sión y ser exaltado arriba en los cielos » (History of the Church, 5:556. Véase Conference Report, oct. De 1969, pág 57)

El presidente Romney agregó:

»Esto no quiere decir que tenemos que ansiar el sufrimiento. Lo evitamos en lo posible. Sin embargo, ahora sabemos, y todos lo supimos cuando elegimos venir a la mortalidad, que aquí seríamos probados en el crisol de la adversidad y la aflicción . . .

»[Mas aun] el plan del Padre para probar [y purificar] a sus hijos no hizo una excepción ni para el Salvador. El sufrimiento que Él aceptó soportar, y que de hecho soportó, equivale al sufrimiento combinado de todos los hombres [y mujeres]. Temblando y sangrando, y deseando no tener que beber la copa. Él dijo:

«. . .bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres» (D. Y C. 19:18-19)» (En Conference Report, octubre de 1969, pág. 57).

Todos nosotros debemos acabar nuestros preparativos para con los hijos de los hombres». Los preparativos de Cristo fueron bastante diferentes de los nuestros, pero todos tenemos preparativos que hacer, puertas que abrir. Hacer tales preparativos a menudo nos requerirá algo de dolor, cambios inesperados en el sendero de la vida y a veces sumisión, »tal como un niño se sujeta a su padre». El terminar con los preparativos divinos y abrir puertas celestiales puede llevarnos, y no hay duda de que así seré, hasta las horas finales de nuestra vida mortal.

Todos extrañamos a nuestro amado hermano, el élder A. Theodore Tuttle, que hace poco abrió una nueva puerta para volver a su hogar celestial. Sus preparativos en la mortalidad ya están completos para ese viaje. El también, como el presidente Romney, estuvo de pie en este tabernáculo y habló de la adversidad, esa adversidad que él sabía sobrevendría a cada uno de nosotros, pero que quizás en esa oportunidad no sabía que le llegaría tan pronto.

Él dijo:

»La adversidad, en una forma o en otra, es la experiencia universal del hombre. Es la suerte común de todos. . . experimentar desgracia, sufrimiento, enfermedad u otras adversidades. A menudo nuestra tarea es ardua y exige demasiado. Nuestra fe se prueba en varias formas a veces [parecen] pruebas injustas. Otras veces parece que hasta Dios nos esta castigando. Una de las cosas que hace todo esto tan difícil de llevar es que parecería que hemos sido elegidos para tener esta aflicción mientras otros aparentemente no sufren estas adversidades . . .

[Pero] no podemos darnos el lujo de compadecernos de nosotros mismos» (en Conference Report, oct., de 1967, Págs. 14-15).

El élder Tuttle nos dejó estas líneas de Robert Browning Hamilton,  tituladas «Por el camino», que nos enseñan una lección sobre el placer y una sobre el dolor:

Caminé con el placer
Y este me habló de continuo,
Pero nada aprendí
De todo lo que me dijo.
Caminé con el dolor
Y no pronunció palabra:
Pero, ¡cuánto aprendí
Cuándo junto a mí estaba!
(Traducción libre. En Conference Report, oct. de 1967, págs. 14-15.)

Ahora esta parte mortal del viaje del élder Tuttle ha concluido. Él cerró esa puerta y abrió otra. Ahora camina y habla con los ángeles. Y así, algún día, nosotros también cerraremos y abriremos esas puertas.

He mencionado la vida de dos de nuestros hermanos contemporáneos. Sin lugar a dudas, los profetas de otras épocas también conocieron la adversidad y las dificultades. A ellos no se les libro de esos problemas, ni tampoco a los de nuestra generación. Lehi, el gran patriarca del Libro de Mormón’ hablo alentando a su hijo Jacob, nacido en el desierto en una época de aflicción y oposición. La vida de Jacob no fue como él hubiera esperado que fuera o como hubiera sido al poder tener sólo experiencias ideales. Él sufrió aflicciones y reveses, pero Lehi le prometio que esas aflicciones serian consagradas para su propio bien (véase 2 Nefi 2:2).

Entonces Lehi agrego estas palabras tan conocidas:

»Porque es preciso que haya una oposición en todas las cosas. Pues de otro modo. . . no se podría llevar a efecto la justicia ni la iniquidad, ni tampoco la santidad ni la miseria, ni el bien ni el mal» (2 Nefi 2:1 1).

Esta explicación de algunos de los dolores y desilusiones de la vida me ha dado gran consuelo a través de los años. He sentido aun más valor al saber que los más grandes hombres y mujeres, incluso el Hijo de Dios, tuvieron que enfrentar esa oposición para entender mejor la diferencia entre la justicia y la maldad, la santidad y la desdicha, lo bueno y lo malo. De su encierro en la oscura y húmeda cárcel de Liberty, el profeta José Smith aprendió que si somos llamados a pasar por tribulaciones, será para nuestro progreso y experiencia, y para nuestro bien (D. y C. 122:5-8).

Cuando una puerta se cierra, hay otra que se abre, aun para un profeta en la prisión. No siempre tenemos la sabiduría o experiencia para saber cual escoger entre todas las puertas de entrada o de salida. La mansión que Dios prepare para cada uno de sus hijos amados quizás tenga solo algunos pasillos y barandas, alfombras especiales y cortinas por las que nos haga pasar en nuestro camino para poseerla.

Quisiera expresaros estos conceptos de Orson F. Whitney, quien dijo:

«Las penas que sufrimos y las pruebas que pasamos jamas vienen en vano, sino más bien contribuyen a nuestra educación, al desarrollo de virtudes como la paciencia, la fe, el valor y la humildad. Todo lo que sufrimos y todo lo que soportamos, especialmente cuando lo hacemos con paciencia, edifica nuestros caracteres, purifica nuestros corazones, expande nuestras almas y nos hace más sensibles y caritativos, más dignos de ser llamados hijos de Dios. . . No es sino a través del dolor y el sufrimiento, de las dificultades y las tribulaciones, que adquirimos la educación por la cual hemos venido a la tierra, mediante la cual seremos mas semejantes a nuestro Padre y a nuestra Madre que están en los cielos» (citado de La Fe Precede al Milagro. pág. 97).

En distintas épocas de nuestra vida, probablemente muchas veces en nuestra vida, tuvimos que reconocer que Dios sabe lo que nosotros no sabemos y ve lo que nosotros no vemos. »Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová» (Isaías 55:8).

Si tenéis problemas en el hogar con hijos descarriados, si sufrís reveses financieros y estáis pasando por periodos difíciles que amenazan vuestros hogares y vuestra felicidad, si debéis enfrentar el tener que perder la vida, o un miembro del cuerpo o la salud, que la paz llegue a vuestras almas. No seremos tentados mas de lo que podamos resistir. Nuestros retrocesos y contratiempos son el sendero recto y angosto que nos conduce a Él, como lo expresa uno de nuestros himnos:

Y cuando torrentes tengáis que pasar,
Los ríos del mal no os pueden turbar;
Pues yo las tormentas podré aplacar,
Salvando mis santos de todo pesar.
(Himnos de Sión. 144.)

Que el Señor nos bendiga en los altibajos de la vida, cuando se abran y se cierren las puertas, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.

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