El bálsamo de Galaad

Conferencia Octubre de 1987logo 4
El bálsamo de Galaad
por el élder Boyd K. Packer
del Quórum de los Doce Apóstoles

President Boyd K. Packer“Vemos a nuestro alrededor mucho sufrimiento innecesario, muchas personas que se dañan espiritualmente cargando sobre sus hombros pesos de los que bien podrían librarse”

Hace algunos años, desde este mismo púlpito, di un discurso que titule “El bálsamo de Galaad”. La repercusión que tuvo fue sorprendente. Ese mismo día dos pleitos quedaron sin efecto porque uno o ambos litigantes entendieron que lo que pudieran ganar materialmente jamas llegaría a compensar el costo espiritual.

Quisiera hoy repetir una buena parte de aquel discurso.

En épocas antiguas, se transportaba de Galaad, del otro lado del Jordán, una sustancia curativa que se extraía de la savia de un arbusto. Era uno de los artículos más valiosos del comercio. Los mercaderes ismaelitas que compraron a José cuando sus hermanos lo vendieron llevaban precisamente bálsamo de Galaad a Egipto (véase Génesis 37:25).

El producto se convirtió en un símbolo del poder de aliviar y curar.

Hay un bálsamo en Galaad
que toda herida cura,
Hay un bálsamo en Galaad
que al alma enferma vuelve pura.
(Recreational Songs. La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. 1949, pág. 130.)

Mi mensaje tiene como fin ahora, al igual que lo tuvo entonces, apelar ante quienes no están en paz; cuyas vidas se ven afectadas por un dejo de amargura, hostilidad o resentimiento. Es un ruego a los que se sienten abatidos por preocupaciones, por el dolor o la decepción, por un sentido de culpa o de vergüenza.

Vemos a nuestro alrededor mucho sufrimiento innecesario, muchas personas que se dañan espiritualmente cargando sobre sus hombros pesos de los que bien podrían librarse. Hay muchos que sufren como resultado de verdaderos infortunios e injusticias. Lamentablemente, también hay quienes solo se imaginan esas cosas. De todos modos, los pesares que uno se echa sobre si, con el tiempo, terminan por carcomerlo.

Si ese pesar fuera un sentimiento de culpa, el arrepentimiento es el bálsamo de Galaad.

Algunas personas, sin embargo, pretenden curar ese sentimiento justificándose, lo cual es un remedio que solo combate los síntomas mas nunca las causas. El justificarse lleva a una persona a hacer responsable a otra de sus errores.

Por ejemplo, cuando uno busca ganancias materiales, puede ser tentado por otras personas a calcular los riesgos a la ligera o a pasarlos por alto. Cuando las cosas salen mal, y es posible que salgan mal aun cuando se hayan tenido en cuenta todos los detalles, hay personas que buscan a quien culpar; tratan de encontrar a alguien que los saque del apuro. Pretenden que sean otros y no ellos mismos los que carguen con la responsabilidad, como el macho cabrío de la época del Antiguo Testamento, al cual se cargaba simbólicamente con los pecados de la gente y se le dejaba errante en el desierto.

Tales personas no tienen problema alguno en encontrar a un abogado que actúe como sumo sacerdote y transfiera su responsabilidad a otra persona, o no reparan en entablar pleitos sin mayor importancia con la intención de forzar a la otra parte a llegar a un acuerdo sin tener que ir ante el juez, lo que le ocasionaría un gasto por tener que defenderse en los tribunales.

No es ninguna deshonra el apelar ante la ley en procura de justicia o protección, pero si lo es en el caso de los que lo hacen para justificarse a sí mismos y pasar la responsabilidad a otros.

Estos hechos se ven coronados por el éxito bastante a menudo, lo que permite a abogados inescrupulosos convencer a otro cliente mas de que no es necesario que cumpla con lo convenido. La palabra integridad va perdiendo su sentido real, y así se desatan los amargos juicios de hermano contra hermano por asuntos de propiedad o dinero.

Tened cuidado, no sea que vosotros mismos os transforméis en el macho cabrío que termine llevando las cargas espirituales invisibles. Pero mucho mas serio que la perdida de propiedades y dinero son las sanciones espirituales que se suman, a modo de interés, a la deuda que un día, en el ámbito eterno, seguramente deberemos saldar.

Leí en alguna parte la historia de una joven pareja que se estableció en un lugar apanado. Mientras el hombre trabajaba la tierra, su esposa atendía las tareas de la casa y el huerto. De vez en cuando la vaca se metía en el sembrado y el hombre protestaba.

Un día, antes de emprender un viaje de unos pocos días en busca de víveres, el hombre le pregunto a su esposa en tono sarcástico: “¿Crees que podrás sujetar a la vaca hasta que vuelva?” Ella respondió humildemente que sí; que trataría.

Esa misma noche se desato una terrible tormenta y, asustada por los truenos. La vaca se escapó hacia el bosque. Varios días después regresó el hombre y encontró su cabaña vacía y una nota de disculpa que decía:

Vino una tormenta y la vaca se  escapó. Lo siento mucho. Voy a tratar de encontrarla”.

El hombre fue en busca de su esposa, pero ni ella ni el animal habían sobrevivido. El autor concluye el relato del incidente con este verso:

Los niños remontan cometas
casi hasta la inmensidad.
Las cometas se traen de vuelta,
pero las palabras no vuelven más.
“Ten cuidado con el fuego”,
un muy buen consejo es;
“Ten cuidado con lo que dices”,
es un consejo que vale por diez.
Lo que se piensa y no se expresa
con el tiempo morirá,
más las palabras nunca mueren,
pues lo dicho, dicho está.
(Autor anónimo)

Resulta doloroso ser ofendido, pero ¿no hemos aprendido todavía que mucho mas doloroso es ofender’?

Cuan valioso es ese bálsamo espiritual de Galaad, pues hay espíritu en el hombre.

Hay irregularidades y enfermedades espirituales que pueden causar grandes sufrimientos.

Si vosotros padecéis aflicciones, preocupaciones, pesares, humillaciones, celos, desilusiones o envidia, autorrecriminación o autojustificación, considerad esta lección que aprendí hace muchos años de un patriarca. Era un hombre por quien yo tenía gran admiración. Era juicioso y sereno, poseedor de un enorme vigor espiritual que sirvió de sostén a muchos.

Sabia exactamente como auxiliar a quienes padecían aflicciones. Muchas veces estuve presente mientras él daba bendiciones a enfermos o afligidos. La suya fue una vida de servicio, tanto en la Iglesia como en la comunidad.

Había presidido una de las misiones de la Iglesia y siempre aguardaba ansiosamente las reuniones de ex misioneros. Por ser su edad avanzada, no podía conducir su automóvil de noche, así que me ofrecí a llevarlo a las reuniones. Aquella pequeña amabilidad me fue pagada con creces.

En una ocasión, en que se podía sentir la influencia del Espíritu, me dio una lección de una experiencia que él había tenido, la que atesorare toda la vida. Aun cuando yo pensaba que lo conocía bien, me contó cosas de él que nunca hubiera yo imaginado.

Se había criado en un pequeño pueblo, siempre con el deseo de llegar a ser “alguien” en la vida, y a costa de grandes esfuerzos había completado sus estudios.

Se casó con la joven de sus sueños y la vida les sonreía. Tenía un muy buen empleo y un futuro promisorio. Estaban muy enamorados y aguardaban la llegada de su primer hijo.

La noche en que iba a nacer el bebe, surgieron complicaciones. El único medico que había en el pueblo se hallaba atendiendo a un paciente en un lugar distante.

Tras varias horas con dolores de parto, el estado de la madre se tornó desesperante.

Finalmente llegó el médico, quien atendió a la madre dentro de la premura del caso. La criatura nació; la crisis, aparentemente, se había superado.

Pocos días después, la joven madre murió contagiada de la misma infección que el médico había estado tratando en el otro paciente antes de atenderla a ella.

El mundo de aquel joven padre se hizo añicos. Nada era como antes: todo se había arruinado. Había perdido a su esposa y no tenía manera de atender al bebé y a su trabajo al mismo tiempo.

Con el paso de las semanas su pesar se fue acrecentando. ”A ese médico no se le debería permitir ejercer”, decía, ”Él fue quien le pasó esa infección a mi esposa. Si hubiera tenido mas cuidado, ella estaría viva.”

No podía pensar en otra cosa y en su amargura se volvió amenazador. Si esto hubiera ocurrido, en la actualidad, seguramente lo habrían asesorado para que le entablara un pleito al medico por incompetencia profesional. Y hay abogados que verían en su lamentable condición un solo interés: el dinero.

Pero aquellas eran otras épocas, y una noche alguien golpeó a su puerta. Era una niña que sencillamente le dijo: “Mi papa desea que vaya a verle. Quiere hablar con usted”.

El padre de la pequeña era el presidente de la estaca. Aquel joven apesadumbrado fue entonces a ver a su líder. Ese pastor espiritual había estado observando a sus ovejas y tenia algo que decirle.

El consejo que aquel sabio siervo le dio fue sencillo:

”Juan, ¡olvídalo! No hay nada que puedas hacer para recobrar a tu esposa. Cualquier represalia empeoraría las cosas. Por favor, ¡olvídalo!”

Mi amigo me dijo que aquel habla sido su padecimiento mayor: su Getsemaní. ¿Cómo podría olvidarlo? ¡Se tenía que hacer justicia! Se había cometido un gran error y era necesario pagar las consecuencias; no cabía duda.

Pero luchó consigo mismo para controlarse y finalmente llego a la conclusión de que por encima de todos los argumentos, él debía ser obediente.

La obediencia es un medicamento espiritual muy poderoso; es casi un cúralo todo. Así que resolvió seguir el consejo de su líder espiritual y tratar de olvidar.

Entonces me dijo: ”Ya era un hombre viejo cuando por fin comprendí. No fue sino hasta entonces que me di cuenta de que aquel pobre medico de pueblo, cansado, mal pago, yendo de paciente en paciente, con pocos medicamentos, sin un hospital cercano, con escaso instrumental, había hecho lo posible por salvar vidas, lográndolo con éxito en la mayoría de los casos.

”Había llegado a mi casa en un momento critico, en el que la vida de dos seres humanos pendía de un hilo y había actuado sin demora. Ya era un hombre viejo cuando finalmente entendí. Habría arruinado mi vida, y la vida de otras personas.

Muchas veces le había agradecido al Señor de rodillas por aquel sabio líder espiritual que sencillamente le había aconsejado: Juan, ¡olvídalo!

Y ese mismo consejo os doy hoy a vosotros. Si tenéis sentimientos de enojo, si albergáis rencores. “He aquí lo que dicen las Escrituras [y lo mencionan 50 veces o más]: El hombre no herirá ni tampoco juzgará: porque el juicio es mío, dice el Señor, y la venganza es mía también, y yo pagaré” (Mormón 8: 20).

Por lo tanto digo: Juan, ¡olvídalo! María, ¡olvídalo!

Si necesitáis una transfusión de fuerza espiritual, no tenéis mas que pedirla. A eso llamamos oración. La oración es un medicamento espiritual poderoso, y las instrucciones para su uso se encuentran en las escrituras.

Uno de nuestros himnos sagrados contiene este mensaje:

¿Con fervor orar pensaste,
al amanecer? . . .
¿Cuándo lleno de pesares,
bálsamo oler quisiste
al amanecer?
¡Qué reposo alcanzado,
es humilde oración!
La que noche en el día,
Hace transformar.
(Himnos de Sión, Núm, 132.)

Hay algunas frustraciones que tendremos que sobrellevar sin resolver realmente el problema. Hay ciertas cosas que no podemos solucionar puesto que no tenemos control sobre ellas, y lo que no podemos solucionar, lo debemos sobrellevar.

Si estáis resentidos con una persona por algo que ha hecho, o que no ha hecho, ¡olvidadlo!

A menudo las cosas que nos agobian realmente no tienen mayor importancia. Si seguís molestos después de todos estos años porque una tía no asistió a vuestra fiesta de bodas, ¿por qué no maduráis un poco’? ¡Olvidadlo!

Si os sentís atormentados por una pérdida o un error del pasado, desechadlo de una vez y seguid adelante.

A eso llamamos perdón. Este es también un poderoso medicamento espiritual. El hacer extensivo ese bálsamo, que tanto alivia, a quienes os hayan ofendido os curará. Y lo que resulta más difícil todavía, cuando sea necesario, perdonaos vosotros mismos.

Repito: ”Juan, ¡olvídalo! María, ¡olvídalo!”

Purificad, limpiad y aliviad el alma, el corazón y la mente, no sólo la vuestra sino la de los demás.

Y así se disipará una espesa niebla y la viga del ojo caerá, y os invadirá una paz que sobrepasa el entendimiento.

El Señor dijo: “La paz os dejo, mi paz os doy: yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.” (Juan 14:27)

“Si me amáis, guardad mis mandamientos.
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros siempre:
“el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce: pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará con vosotros.
“No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros” (Juan 14:15-18)

Os dejo mi testimonio de Él, que no os dejará huérfanos. En el nombre de Jesucristo. Amén

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3 respuestas a El bálsamo de Galaad

  1. Zulay Medina Silverio dijo:

    Que hermoso discurso, cuantos de nosotros necesitamos ese Bálsamo de Galaad para curar nuestros espíritus enfermos que no tienen paz por la gran falta del perdón..cuanto sana..cuanta alivio brinda.. gracias Padre eterno, por estos hombres inspirados que dan herramientas para encontrar consuelo, entendimiento y sabiduría y así continuar en este largo y tortuoso camino que nos llevará de nuevo a tu presencia.

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  2. Pingback: 11 Discursos que cambiaron mi vida

  3. maria teresa escalante dijo:

    Excelente discurso. Lo he leído muchas veces pero cada vez que lo hago continúa dejándome enseñanzas. Ruego poder llevar a la práctica estos sabios consejos para mejorar mi vida.
    María Teresa Escalante.

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