Distintivos de un hogar feliz

Conferencia General Octubre 1988

Distintivos de un hogar feliz

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Las características que definen un hogar feliz son “la costumbre de orar, una fuente de aprendizaje, una tradición de amor, un tesoro de testimonio”.


“La felicidad es el objeto y propósito de nuestra existencia; y también será el fin e ella si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y [ese] camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios.” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 312. )

Esa descripción de una meta tan universal es del profeta José Smith. Venia al caso entonces y viene al caso ahora. Cabe preguntar por que habiendo un sendero tan bien delineado hay tantas personas desdichadas. Con frecuencia, el enojo abunda mas que las sonrisas y la desesperación apaga la alegría. Vivimos a un nivel muy inferior al de nuestras posibilidades divinas. Algunos se confunden con el materialismo, se enmarañan en el pecado y se pierden entre la muchedumbre del genero humano. Otros claman con las palabras de Felipe de antaño: “¿Cómo podré [hallar el camino] si alguno no me enseñare?” (Hechos 8:31).

La felicidad no consiste en un exceso de lujo, el concepto del mundo de “pasarlo bien”; ni debemos buscarla en lugares lejanos y exóticos. La felicidad se encuentra en el hogar.

Todos recordamos la casa de nuestra infancia. Es interesante que nuestros pensamientos no reparen en si la casa era grande o pequeña, en si el vecindario era elegante o pobre, sino que nos regocijamos con las vivencias de lo que pasamos en familia. El hogar es el laboratorio de nuestras vidas y lo que aprendamos en él determinará en gran medida lo que haremos cuando abandonemos el techo paterno.

La señora Margaret Thatcher, primer ministro de Gran Bretaña, expresó la filosófica máxima: “La familia es el material con que se edifica la sociedad; es una escuela, un hospital, un centro de recreación, un lugar de refugio y de descanso; abarca toda la sociedad; moldea nuestras creencias; es la escuela preparatoria del resto de nuestra vida” (London Times, 2ó de mayo de 1988).

”El hogar es donde esta el corazón.” ”Hay que vivir en una casa largo tiempo para hacer de esta un hogar.” (Edgar A. Guest, “Home”, en The Familv Book of Best-Loved Poems, editado por David L. George, Garden City, N. Y.:Doubleday, 1952, págs. 151-52. ) ”Hogar, dulce hogar; aunque sea humilde, no hay como el hogar” (Hymns, 1948, núm. 185). Dejamos de pensar en tan agradables recuerdos y meditamos en nuestros padres ya fallecidos, en los hermanos ya grandes, en la infancia desaparecida. Lenta pero ciertamente enfrentamos la verdad de que somos responsables del hogar que edificamos; tenemos que edificarlo con prudencia puesto que la eternidad no es un viaje corto. Habrá calma y viento, sol y sombra, alegría y dolor; pero si nos esforzamos de verdad, nuestro hogar puede ser un pedacito de cielo en la tierra. Lo que pensamos, lo que hacemos, la forma en que vivimos influye no solo en el éxito de nuestra jornada terrenal sino que marca el camino a nuestras metas eternas.

Los hogares felices tienen variados aspectos. Algunos son familias grandes: los padres y varios hijos que viven juntos con el espíritu del amor. Otros constan de uno solo de los padres con uno o dos hijos, en tanto que otros tienen tan solo un ocupante. Sin embargo, hay ciertas características que definen un hogar feliz, sean cuales fueren el número o la descripción de los miembros de la familia. Me refiero a ellas como a los “distintivos de un hogar feliz”, los cuales son:

  1. La costumbre de orar.
  2. Una fuente de aprendizaje.
  3. Una tradición de amor.
  4. Un tesoro de testimonio.

“Del alma es la oración, el medio de solaz” (Himnos de Sión. núm. 129). Tan universal es su aplicación, tan provechoso su resultado, que la oración se clasifica como el distintivo numero uno de un hogar feliz. Al escuchar los padres la oración de un niño, ellos también se acercan a Dios. Los pequeños, que hace tan poco tiempo han estado con el Padre Celestial, no tienen inhibiciones para expresarle sus sentimientos, sus deseos, su agradecimiento.

La oración familiar es el freno número uno del pecado y, por eso, es el más benéfico proveedor de alegría y felicidad. La vieja máxima sigue vigente: ”La familia que ora unida permanece unida”.

“Es imposible que un matrimonio logre la felicidad si las aspiraciones de los esposos son diferentes. . . deben establecer un solo ideal y esforzarse por alcanzarlo. . . Dejad de alimentar fantasías imposibles de un futuro imposible. Acomodad vuestros mejores sueños en el diario vivir” (Temple Bailey, “The Bride Who Makes Her Dreams Come True”. Ladies Home Journal, junio de 1912).

El 7 de octubre, mi esposa Frances y yo cumpliremos cuarenta años de casados. Nuestro casamiento se efectúo en el santo templo que esta justamente al lado de este edificio donde nos encontramos reunidos. El que ofició la ceremonia. Benjamin Bowring, nos dijo: ”Quisiera darles una formula infalible para que ningún desacuerdo que surja entre ustedes dure mas de un día. Todas las noches, arrodíllense al lado de su cama. Una noche, usted, hermano Monson, ofrezca la oración en voz alta, de rodillas. A la otra noche, usted, hermana Monson, ofrezca la oración en voz alta, de rodillas. Y yo les aseguro que cualquier malentendido que haya surgido durante el día se desvanecerá al orar ustedes. Simplemente no podrán orar juntos sin experimentar los mejores sentimientos el uno hacia el otro”.

Cuando fui llamado al Consejo de los Doce, hace veinticinco años este fin de semana, el presidente McKay me pregunto sobre mi familia. Le conté de nuestra formula de oración por la que nos guiábamos y afirmé la validez de ella. Desde el asiento en que se encontraba, sonriendo, me dijo: ”Esa misma formula ha sido una bendición para mi esposa y mi familia durante todos los años de nuestro matrimonio”.

La oración es el pasaporte al poder espiritual.

El segundo distintivo de un hogar feliz se descubre cuando el hogar es una fuente de aprendizaje. Parte fundamental de ella son los buenos libros

¡Ah, libros, libros, tesoros del saber!
¡Con qué fuerza podéis el alma edificar!
Vuestra lectura fuente es de gran placer.
Libros amigos, os leyera siempre, sin cesar.
(Emilie Poulsson.)

La lectura es uno de los grandes placeres de la vida. En nuestra época de gran cultura en la que tanto de lo que encontramos al paso esta abreviado, adaptado, cambiado y adulterado, es consolador y edificante alejarse a leer un buen libro.

James A. Michener, destacado escritor, dice: ”Una nación llega a ser lo que la gente joven lee, porque en la juventud se forjan los ideales y las aspiraciones se arraigan con fuerza”.

El Señor nos ha exhortado: ” . . . buscad palabras de sabiduría de los mejores libros: buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118).

Los libros canónicos son la fuente de aprendizaje a la cual me refiero. Tengamos cuidado de no subestimar la capacidad de los niños de leer y comprender la palabra de Dios.

Hace unos meses, llevamos a nuestros nietos a un recorrido por los talleres de la imprenta de la Iglesia. Allí vimos la edición misional del Libro de Mormon que salía de las maquinarias de impreso y encuadernado, listo para leerse. Dije a uno de mis nietos: ”El técnico dice que puedes sacar un ejemplar del Libro de Mormon, que lo escojas y será tuyo”.

Tomo uno y, apretándolo fuertemente contra su pecho, dijo con sinceridad: ”Me encanta el Libro de Mormon. Este será mi libro”.

En realidad no recuerdo nada mas de aquel día, pero ninguno de los que estuvimos allí olvidaremos nunca la expresión sincera que nació del corazón de un niño.

Los padres tenemos que tener presente que nuestras vidas podrán ser el libro de la biblioteca familiar que nuestros hijos atesoren mas que nada. ¿Son los ejemplos que damos dignos de imitarse’? ¿Vivimos de tal manera que nuestros hijos digan: “Quiero ser como papa” o ”Quiero ser como mama”? A diferencia de los libros que yacen en los anaqueles, los cuales están cerrados, nuestra vida no puede cerrarse. Padres, lo cierto es que somos un libro abierto.

El tercer distintivo de un hogar feliz es una tradición de amor.

Recuerdo que, de niño, me encantaba ir a casa de la abuela que vivía en la Avenida Bueno, aquí en Salt Lake City. La abuela se alegraba tanto al vernos y nos abrazaba, nos sentaba en su falda y nos leía. El hijo menor de ella vive ahora con su esposa en esa misma casa, a la cual fui hace poco. El grifo de la boca de agua de la acera me pareció tan pequeño comparado a su tamaño impresionante de cuando yo lo trepaba hace tantos años. El portal era el mismo, tranquilo como siempre. En un muro de la cocina cuelga el cuadro que bordo mi tía con un pensamiento de practica aplicación que dice: ”Escoge a quien amar y ama a quien escojas”. La que bordo ese mensaje tiene ahora precaria salud. Su marido la cuida con abnegación y es el epitome del amor fiel y constante, el cual ella le retribuye. Viven la lección que pusieron en un marco.

Las que parecen pequeñas lecciones de amor no pasan inadvertidas para los niños que, en silencio, absorben los ejemplos de sus padres. Mi propio padre, que era impresor gráfico, trabajó largas y arduas horas prácticamente todos los días de su vida, y no dudo que le hubiera gustado quedarse en casa los domingos, pero se dedicaba a visitar a los familiares ancianos y a alegrarles la vida. Uno de ellos era un tío que estaba inválido por la artritis y en tal forma que no podía caminar ni cuidar de sí mismo. Los domingos por la tarde, mi padre me decía: ”Ven conmigo, Tommy; llevemos al tío Elías a dar un paseo”. Subíamos a su viejo coche modelo 1928 y nos dirigíamos a casa del tío; una vez allí, yo esperaba en el coche mientras papa entraba en la casa. No tardaba en salir llevando en sus brazos, como a una muñeca de porcelana, a su tullido tío. Entonces, yo abría la puerta y observaba la solicitud y el cariño con que mi padre sentaba al tío Elías en el asiento delantero para que viera mejor mientras yo me sentaba atrás. El paseo era breve y la conversación limitada, pero, ¡ah, que tradición de amor! Mi padre nunca me leyó en la Biblia el relato del buen samaritano, sino que me llevó con el y el tío Ellas en aquel viejo coche por el camino a Jericó.

Si en nuestros hogares se conserva esa tradición de amor, nunca recibiremos la corrección de Jacob que se encuentra en el Libro de Mormon: ”Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado; y los sollozos de sus corazones ascienden a Dios contra vosotros” (Jacob 2:35).

No nos desanimemos por lo que los periódicos y la televisión nos dicen de discordia y hasta de crueldad entre compañeros, ni demos por sentado que la virtud ha desaparecido ni que las personas ya no sienten amor. Dos de mis mejores amigos se encuentran enfermos y desvalidos, pero no están solos. Sus fieles compañeros los atienden con abnegación y cariño. Mi amigo Pres, que rara vez se aleja del lado de su esposa, dijo de ella: ”Christine esta más débil, pero siempre hermosa. La quiero tanto”.

¡Que noble tributo a la fidelidad, al amor, al matrimonio!

Una esposa llamada Gertrudis se desvive velando por que su esposo este cómodo en su habitación, donde le tiene todo al gusto de él. Ella le lee y le conversa de la familia. Una vez durante esta larga vigilia ella me dijo: “Le quiero mas que nunca”.

Si deseamos ver un hermoso ejemplo de amor en el hogar, solo tenemos que contemplar la familia del presidente Benson y su esposa. Mi esposa y yo tuvimos el privilegio de ir a la fiesta de los 62 años de matrimonio de los Benson hace solo tres semanas. Hijos, nietos y bisnietos se regocijaron cuando el presidente Benson y su esposa, tomados de la mano, dirigieron a todo cl grupo para cantar canciones alusivas al amor de la familia y al amor de los esposos. Convendría a toda la Iglesia seguir el ejemplo de los Benson de estudiar las Escrituras, ir al templo y disfrutar juntos de la vida.

Todas esas imágenes representan una tradición de amor como uno de los distintivos de un hogar feliz.

El cuarto distintivo de un hogar feliz es un tesoro de testimonio. ”La primera y principal oportunidad de enseñar en la Iglesia yace en el hogar”, dijo el presidente David O. McKay. ”El verdadero hogar mormón es aquel en el que, si Cristo entrara, se sentiría complacido de quedarse y descansar” (Gospel Ideals, Salt Lake City, Improvement Era, 1953, pág. 169).

¿Que estamos haciendo para lograr que nuestros hogares se acomoden a esa descripción? No basta que únicamente los padres tengan un testimonio firme. puesto que los hijos no podrán depender para siempre de la convicción de sus padres

El presidente Heber J. Grant dijo: ”Es nuestro deber enseñar a nuestros hijos a temprana edad. Yo puedo saber que el evangelio es verdadero y también mi esposa; pero quiero deciros que nuestros hijos no sabrán que el evangelio es verdadero mientras no lo estudien y obtengan un testimonio por sí mismos”.

El amor por el Salvador, la reverencia por Su nombre y el sincero respeto de unos por otros constituirán el fértil suelo para que crezca un testimonio.

El aprender el evangelio, dar testimonio y guiar a una familia no son tareas fáciles. La jornada de la vida se caracteriza por los obstáculos que encontramos en el camino y la turbulencia de nuestros tiempos.

Hace unos años, al visitar a los miembros y a los misioneros de Australia, fui testigo de un ejemplo sublime de como un tesoro de testimonio puede bendecir y santificar un hogar. El presidente de misión. Horace D. Ensign, y yo volamos en avión de Sydney a la distante ciudad de Darwin donde yo había de dar la palada inicial de la primera capilla de esa ciudad. El avión hizo escala en un pueblo minero llamado Mount Isa. Al entrar en el pequeño aeropuerto del lugar, una madre y sus dos hijos se acercaron a nosotros y ella nos dijo: ‘ Soy Judith Louden: soy miembro de la Iglesia y estos son mis dos hijos. Como supusimos que ustedes vendrían en este vuelo, hemos venido a verles durante su breve escala”. Nos explico que su marido no era miembro de la Iglesia y que ella y sus hijos eran en realidad los únicos miembros de toda la región Charlamos y nos dimos nuestros testimonios.

Paso la hora y, al prepararnos para subir de nuevo a bordo, la hermana Louden se veía tan triste, tan sola. Nos dijo: ”No se vayan todavía: he echado tanto de menos la Iglesia”. De pronto, avisaron por el parlante que el avión saldría treinta minutos mas tarde a causa de un desperfecto mecánico. La hermana Louden susurro: ”Mi oración ha sido contestada”. Entonces nos pregunto que podría hacer para interesar a su marido en el evangelio. Le aconsejamos que le hiciera participar en la lección semanal de la Primaria de hogar y que fuera para el un testimonio viviente del evangelio. Yo le dije que le enviaríamos una subscripción a la revista que la Iglesia publica para los niños y otras ayudas para enseñar a la familia. La instamos a que nunca se diera por vencida de convertir a su esposo.

Partimos de ese lugar, una ciudad a la que no he vuelto nunca más. Sin embargo, conservare siempre en la memoria el grato recuerdo de aquella encantadora madre y aquellos lindos niños que se despidieron de nosotros con los ojos llenos de lagrimas y de gratitud.

Varios años después, mientras hablaba en una reunión de liderazgo del sacerdocio en Brisbane, Australia, y recalcaba la importancia de enseñar el evangelio en el hogar, así como de vivir el evangelio y ser, ejemplos de la verdad, conté a los varones allí reunidos el relato de la hermana Louden y el impacto que la fe y la determinación de ella me habían producido. Al terminar, dije: ”Supongo que nunca llegare a saber si el esposo de la hermana Louden se ha unido a la Iglesia, pero el no hubiera podido hallar un mejor ejemplo que seguir”.

Entonces, uno de los lideres levantó la mano y, poniéndose de pie, dijo: ”Hermano Monson, yo soy Richard Louden. La mujer que usted acaba de mencionar es mi esposa. Aquellos niños [se le quebró la voz] son nuestros hijos. Ahora somos una familia eterna, gracias, en parte, a la paciencia y perseverancia de mi amada esposa. Todo es obra de ella”. Nadie dijo palabra. Rompían el silencio sólo los sollozos ahogados de los presentes y había lagrimas en los ojos de todos.

Mis hermanos, resolvamos, no importa cuales sean nuestras circunstancias, hacer de nuestras casas hogares felices. Abramos de par en par las ventanas de nuestro corazón para que cada miembro de la familia se sienta bienvenido y ”en casa”. Abramos también las puertas de nuestras almas para que entre en ellas nuestro amado Cristo. Recordemos su promesa: ”He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).

Cuan bienvenido se sentirá Él, cuan feliz será nuestra vida, cuando ”los distintivos de un hogar feliz” le saluden, a saber,

La costumbre de orar;
Una fuente de aprendizaje;
Una tradición de amor;
Un tesoro de testimonio.

Que nuestro amoroso Padre Celestial nos bendiga a todos en nuestro esfuerzo por lograr un hogar feliz es mi oración, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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