Él mas elevado lugar de honor

Conferencia General Abril 1988

Él mas elevado lugar de honor

James E. Faust

por el élder James E. Faust
del Quórum de los Doce Apóstoles

En ninguna parte de la doctrina de esta Iglesia dice que el hombre sea superior a la mujer. » . . . en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón.»


Es un deber imponente hablar al sacerdocio de la Iglesia y lo hago con humildad. Me he sentido inspirado, hermanos, a hablar a los hombres y a los muchachos que poseen el sacerdocio de Dios Todopoderoso con respecto a nuestra responsabilidad para con las fieles hermanas de la Iglesia. Os preguntaréis por que habré deseado hablar de este tema; yo me pregunto lo mismo, pero he sentido la fuerte impresión de que debo hablar de este asunto porque hace falta hacerlo. Creo que nosotros como Iglesia y como los poseedores del sacerdocio no alcanzaremos nunca nuestro potencial si no contamos en la vida con las bendiciones de las cualidades singulares de nuestras madres, esposas, hermanas, hijas y todas las buenas mujeres de la Iglesia.

Quizá hayáis oído el cuento, y es tan sólo un cuento, del hombre que tenia entradas para los partidos de básquetbol (baloncesto) en la universidad local. Sucedió que murió su esposa y, un día o dos después, fue al partido. El asiento de ella estaba vacío, claro esta, y alguien le dijo: «Puesto que la entrada es tan cara, ¿no pudo algún familiar suyo haber ocupado el asiento de su esposa?» El hombre le contestó: «No, ninguno pudo venir, porque todos están en el funeral de ella».

Me temo, hermanos, que a menudo nos dejemos absorber demasiado por la aparente importancia de nuestras propias actividades y que releguemos el trabajo menos visible de las hermanas a un papel menor. Ellas realizan tanto callada y eficazmente y. con frecuencia, lo que hacen pasa inadvertido, sin que se les agradezca ni se les reconozca.

El sacerdocio impone al padre el deber de ser el cabeza de familia y del hogar. ¿Qué significa ser el cabeza de familia? Es un poder del sacerdocio; en Doctrina y Convenios, en la sección 121, se aclara que todos los deberes del sacerdocio deben ejercerse sólo «por la persuasión, por . . . benignidad, mansedumbre y por amor sincero» (D. y C. 121:41). El que el hombre tenga el sacerdocio no significa que este tenga pleno poder, ni que se siente en un trono a dar órdenes con tono varonil, ni que sea superior en forma alguna, sino que es líder por la autoridad del ejemplo. Pablo dijo a los Efesios: «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25). Así como Cristo nos eleva a todos, también nosotros debemos hacer lo mismo y no rebajar nunca a las mujeres ni a nadie.

En ninguna parte de la doctrina de esta Iglesia dice que el hombre sea superior a la mujer. Pablo dijo a los corintios: «Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón» (1 Corintios 11:11). Cada uno aporta sus puntos fuertes exclusivos a la familia y a la Iglesia. Las mujeres no son sólo las que cocinan y cuidan de nuestra casa; son mucho más: son la gran bendición de la humanidad.

Es muy importante que vosotros, los poseedores del Sacerdocio Aarónico, conozcáis los puntos fuertes que tenéis como hombres. Posiblemente vosotros fuisteis preordenados para grandes llamamientos del sacerdocio y necesitáis saber que esas cualidades masculinas son grandes, nobles y dadas por Dios; sin embargo, también tenéis algunas limitaciones y, por eso, es igualmente importante saber que la influencia de una buena mujer en nuestra vida complementa esos puntos fuertes y supera esas limitaciones. Al seguir el camino a la eternidad, es importante comprender y reconocer las magnificas dotes y funciones que Dios ha dado únicamente a la mujer.

Me pregunto si realmente comprendemos la plenitud de esas dotes de reina. Si pudiéramos reconocer la verdadera grandeza de las mujeres, nunca las trataríamos como a veces lo hacemos. El mundo a menudo usa a la mujer y abusa de ella. Nosotros, los poseedores del sacerdocio, debemos honrar a las mujeres buenas tanto dentro como fuera de la Iglesia como verdaderas hermanas y no tratarlas como objetos y fuentes de servicio y de placer. Nuestra consideración hacia la mujer debe emanar del respeto a las hijas de Sión y del conocimiento de su verdadera identidad mas que de funciones y cargos.

El presidente Ezra Taft Benson ha dicho: «El hombre nunca es mejor que cuando se complementa con la influencia natural de una mujer buena»(Woman, Salt Lake City, Deseret Book, 1979, pág. 69).

En 1935, la Primera Presidencia declaró: «El verdadero espíritu de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días otorga a la mujer el mas elevado lugar de honor en la vida humana» (James R. Clark, comp., Messages of the First Presidency, Salt, Lake City. Bookcraft, 1975, 6:5). Y el presidente Heber J. Grant dijo:

«Comprendo que, sin el magnifico trabajo de las mujeres, la Iglesia hubiera fracasado» (Heber J. Grant, Gospel Standards, comp. de G. Homer Durham, Salt Lake City, Improvement Era, 1941, pág. 150).

Vosotros, los jóvenes del Sacerdocio Aarónico, necesitáis saber que no podréis alcanzar vuestro potencial sin la influencia de las mujeres buenas, particularmente de vuestras madres y, en pocos años mas, de una buena esposa. Pero es demasiado temprano para que vosotros, los diáconos y los maestros, penséis seriamente en salir con jovencitas. Eso, junto con el matrimonio en el templo, llegara a su debido tiempo. Tenéis que ser élderes para poder ir al templo.

Al prepararos para esa excelente experiencia, es importante que aprendáis ahora a apreciar los dones especiales de las buenas hermanas de la Iglesia, a las que Dios ha dotado de tantos talentos. Vuestra compañera eterna os hará bondadosamente alcanzar vuestro potencial. Ella os dará aliento con amor y consideración, así como consuelo y disciplina. Ella os animara cuando estéis deprimidos y os hará volver a la realidad cuando os llenéis de orgullo. Ella será una bendición para vosotros de incontables maneras. Como lo dijo el presidente Kimball: «Hermanos, no podemos llegar a la exaltación sin nuestras esposas. No puede haber cielo sin las mujeres justas» (Spencer W. Kimball, «We Need a Listening Ear», Ensign, noviembre de 1979, pág. 5).

En los últimos años, ha habido candentes debates sobre la igualdad de los sexos. La mujer no es en ningún sentido una creación menor al hombre. De hecho, en cierto sentido las rebajamos cuando tratamos de decir que son iguales a los hombres. El presidente David O. McKay dijo: «Una mujer bella, recatada y benevolente es la obra maestra de la creación» (David O. McKay. Gospel Ideals, Salt Lake City. Improvement Era, 1953, pág. 449). Daniel Defoe, el gran escritor ingles, dijo: «Una mujer razonable y de buenos modales es la más bella y la más delicada parte de la creación de Dios, la gloria de su Hacedor . . . Él dio lo mejor que Dios podía otorgar y el hombre recibir» (citado en England in Literature, ed. Robert F. Pooley, 1963, Págs. 261-262).

Indudablemente, el baluarte secreto de la fortaleza interior de la mujer es su espiritualidad, en lo que iguala y aun supera al varón, al igual que en la fe, en la moralidad y en la dedicación cuando esta verdaderamente convertida al evangelio. Ella tiene «mas fe en Cristo . . . [y] más esperanza en su palabra» («Mi 0ración». Himnos de Sión, 251). Ese, sentido espiritual interior le da cierta elasticidad para encarar el pesar, la aflicción y la incertidumbre.

Cualquier maltrato físico o mental a cualquier mujer no es digno de ningún poseedor del sacerdocio. El presidente Gordon B. Hinckley dijo: «[Ay de] cualquier hombre poseedor del sacerdocio de Dios que de cualquier forma maltrate a su esposa, que degrade, o hiera, o se aproveche indebidamente de la mujer que es la madre de sus hijos, la compañera de su vida y su compañera por la eternidad, si es que se le ha otorgado esa gran rendición» (Gordon B. Hinckley, «El bien frente al mal», Liahona, enero de 1983, Págs. 145-146). Esto, por supuesto, se refiere tanto al maltrato verbal como al físico.

El esposo siempre debe tratar a su esposa con la mayor cortesía y respeto, y apreciarla en todo lo que vale. Debe hablarle con bondad y suavidad, manifestándole su amor con palabra y obra. Al sentir ella ese amor y ternura, se lo devolverá con creces.

Creo que en las dos partes de la relación entre hombre y mujer, el poseedor del sacerdocio tiene el deber más grande de velar por que se obedezcan los mandamientos de Dios, las normas de la Iglesia y la autoridad de los padres. Asimismo, cuando hombre y mujer violan esos mandamientos, creo que el poseedor del sacerdocio es generalmente más culpable puesto que a el se le ha confiado el extraordinario poder de actuar en el nombre de Dios. El que viola ese deber degrada ese sumo poder y se degrada a sí mismo a la vez que perjudica seriamente a la mujer que tiene su confianza.

Cuando vosotros, los muchachos, lleguéis a ser presbíteros y élderes y empecéis a salir con señoritas, necesitareis saber que el mejor lugar al cual llevarlas es la Iglesia y las actividades de la Iglesia. Al salir con las jóvenes, los padres de ellas os confiaran su mas preciada bendición. Vosotros tendréis la responsabilidad no sólo de proteger el bienestar de ellas, sino también su honor, a toda costa. Uno de los deberes del hombre es defender a la mujer. Cuando seáis padres, no podréis evitar este deber de preocuparos por las citas que tengan vuestros propios hijos.

Antes de mi primera misión, cuando iba a la universidad, invite a una encantadora joven a un baile y cena especiales de la universidad. La había invitado otras veces antes. Cada vez que la llevaba de regreso a su casa, su padre estaba sentado en su sillón, todavía vestido, esperándonos.

Cuando fui a buscarla la noche del baile en la universidad, su padre me preguntó: «¿A que hora volverán?» Le respondí: «Señor, como usted sabe, este es un baile con cena especial en la universidad; la cena se servirá después del baile y la velada se alargara mas que de costumbre». Luego añadí: «No tiene que esperarnos hasta tan tarde». Simplemente me replicó: «Estaré esperándoles». El baile fue muy bonito, pero se tardaron muchísimo en servir la cena. Enfermé de indigestión. Cuanto más tardaban, tanto peor me sentía. Cuando lleve a mi amiga a su casa, halle que su padre había cumplido con su promesa. Allí, en su sillón, estaba sentado ese magnifico y vigilante patriarca de familia esperando que una de sus bellas hijas llegara a casa sana y salva. Creo que me preguntó por que habíamos llegado tan tarde; me dijo algo así: «¿Qué les detuvo tanto, James?»

Es una solemne responsabilidad y una excelsa bendición que un hombre y una mujer hagan votos y convenios y reciban la ordenanza del matrimonio. Cuando dentro del convenio del matrimonio, hombre y mujer invocan los grandes poderes de la creación, literalmente llegan a ser copartícipes con Dios al crear nueva vida humana. De allí en adelante, el hombre tiene la sagrada obligación de mantener, cuidar y proteger a su compañera y a los hijos que traiga al mundo.

A lo largo de mi vida, la función de la mujer de suministrar socorro y caridad ha cambiado. Hoy, las mujeres tienen menos tiempo para magnificar los sentimientos de caridad y benevolencia que el profeta José dijo están en la naturaleza de ellas (véase Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 276). La vida se ha vuelto más difícil y más compleja; en muchas formas, exige mas de todos nosotros. Se ha vuelto mas difícil para las esposas y madres cumplir con todas las tareas que les atañen. Considerando nuestro insaciable apetito por las cosas materiales, puede ser que esas exigencias aumenten en lo futuro.

Si las mujeres continúan desempeñando su papel principal de educadoras, maestras, amas de casa y administradoras, necesitaran mas apoyo y ayuda para dedicarse también a prestar servicio caritativo a sus familiares y a los demás. Si eso se suprime, nuestras vidas, nuestros hogares, la Iglesia y el mundo serán los que más perderán, puesto que se perderán el cariño, la dulzura y la comprensión que brinda la mujer.

A vosotros, los hombres jóvenes, vuestras madres os han atendido cariñosamente cuando habéis estado enfermos, os han lavado la ropa, preparado la comida, transportado y atendido a vuestras necesidades. Toda mi vida, una mujer buena, ya mi madre, ya mi esposa, me ha preparado la mayor parte de los alimentos, me ha lavado la ropa y me ha proporcionado un ambiente de amor en el hogar; lo han hecho con gusto por su gran deseo de mostrar su amor mediante el servicio. Pero el matrimonio y la maternidad es para la mujer algo mas que la rutina de lavar, hacer camas y cocinar: es también recibir reconocimiento, estimación y manifestaciones de agradecimiento en la debida forma. También significa recibir ayuda.

La mujer casada tiene a menudo muchas funciones, entre ellas, la de esposa, abuela, madre, hija, educadora, ejecutiva, vigilante, amiga, hermana, etc. Aun cuando en la actualidad la vida ha impuesto mas exigencias a la mujer, los hombres, en general, no han respondido con igual espíritu de servicio. Estudios recientes indican que los hombres han aumentado su ayuda en el hogar sólo veintisiete minutos mas a la semana. La conclusión es que «la mujer es todavía la administradora principal» (Mary Lou Simms, Deseret News, 25 de febrero de 1988, pág. C3). Por otro lado, la mujer lleva gran parte de la carga del reino de Dios.

El presidente J. Reuben Clark, hijo, refiriéndose a las fieles mujeres de la Iglesia primitiva, María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo, dijo: «Desde aquel tiempo hasta ahora, la mujer ha consolado y cuidado a la Iglesia, ha llevado mas de la mitad de las cargas, ha hecho mas de la mitad de los sacrificios, ha sufrido la mayoría de las tristezas y de los dolores» (en Conference Report, abril de 1940, pág. 21).

La Primera Presidencia de esta Iglesia ha dicho: «La maternidad esta cerca de la divinidad; es el servicio mas elevado y más santo del género humano» (Messages of the First Presidency, 6:178). El sacerdocio no puede labrar su destino, ni pueden cumplirse los propósitos de Dios, sin nuestras compañeras. Las madres realizan una labor que el sacerdocio no puede realizar. Por este don celestial de la vida, el sacerdocio debe tener amor ilimitado por las madres de sus hijos. Los hombres deben honrarlas, expresarles gratitud, reverenciarlas, respetarlas y elogiarlas. El hombre que no reconozca agradecido su deuda para con su propia madre, que le dio la vida, es insensible al Espíritu Santo. Lo que debo personalmente a mi madre y a mi esposa es tanto que nunca podré pagarles todo lo que han hecho por mí.

Para terminar, quiero repetir que no creo que los propósitos de Dios sobre la tierra se logren sin la influencia, la fortaleza, el amor, el apoyo y los talentos especiales de las electas mujeres de Dios. Ellas tienen derecho a nuestra mas profunda veneración, a todo nuestro agradecimiento y a nuestro mayor respeto. Creo que los ángeles las acompañan en su ministerio maternal. Que las honremos de ese modo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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