El fruto del evangelio

Conferencia General Abril 1988

El fruto del evangelio

Henry B. Eyring

por el obispo Henry B. Eyring
Primer Consejero del Obispado Presidente

Dios nos llamó para velar por los miembros y ayudarles en todas sus luchas por lograr el bienestar físico y espiritual. Nos llamo para amar a Sus hijos.


Desde las islas del Pacífico hasta las tierras de Sudamérica he visto a muchachitos tratando de convertir sus sueños en realidad. Los he visto tantas veces que se han combinado todos en una sola imagen en la mente: Es un niño de unos nueve o diez años, descalzo, con pantalón corto y camisa gastada; esta solo en un terreno baldío y tiene los ojos fijos en una pelota blanca y negra que esta en el suelo. Da un paso hacia ella y, con un fuerte movimiento de la pierna, la pelota vuela por el aire a varios metros de altura, en un tiro que podría rebasar al portero y entrar en el arco. Pero allí no hay portero ni hay arco, sólo el niño con la pelota. Después corre hacia ella, con el pie la coloca en posición y vuelve a patearla. Y repite la acción una y otra vez.

Aunque no sabemos dónde vive, sabemos que lleva la pelota a su casa y, con toda seguridad, la mantiene cerca del lugar donde duerme; la ve al levantarse y la ve al acostarse. Y quizás hasta sueñe con esa pelota volando hacia el arco.

Vosotros sabéis a que me refiero, porque habréis hecho algo similar, aunque quizás haya sido con una pelota de básquetbol (baloncesto). Yo recuerdo un crudo día de invierno en que, al mirar la pelota que tenia en la mano, la vi toda manchada de sangre; había estado fuera tanto tiempo que el frío me había abierto grietas en las yemas de los dedos sin que lo notara, porque estaba totalmente concentrado en el aro anaranjado. Recuerdo muy bien todos los detalles, incluso la pintura gastada en el borde del aro, donde uno fija la vista sabiendo que la pelota pasara ese punto para caer dentro de la red Recuerdo también la marca que había hecho en el suelo para driblar y para saber que ese era el punto de donde debía tirar. Y saltaba con todas mis fuerzas para ese ultimo tiro, imaginando que estabamos en un empate. Y lo hacia una y otra vez, a veces por horas, sin sentir el frío ni el paso del tiempo.

Quizás hayáis aprendido paciencia estudiando trompeta o pateando una pelota, o ejercitándoos en atletismo, o haciendo un dibujo; pero aprendisteis lo mismo que todos: que un esfuerzo mediocre no os llevaba muy lejos. Los sueños que se convirtieron en realidad os habían acompañado permanentemente; y os empeñasteis día y noche, ya fuera con la acción o con el pensamiento, en tratar de alcanzarlos.

Por eso, no debería sorprendernos el que el Señor nos haya dicho que debemos «velar siempre por los miembros de la iglesia, y estar con ellos y fortalecerlos» (D. y C. 20:53). Dios nos ama y quiere que lleguemos a ser como Él. No obstante, no nos pide que velemos por todos sus hijos en todo el mundo, como Él lo hace, sino que nos hace un llamamiento para velar por algunas familias, sólo unas cuantas personas. Pero Él sabe que visitar a cada familia, treinta minutos todos los meses, con la misma lección, no fomentaría el progreso que Él quiere que logremos.

Por eso nos manda «velar siempre por los miembros . . . y estar con ellos y fortalecerlos». Es obvio que no podemos estar con ellos las veinticuatro horas del día; y eso seria «siempre», ¿no os parece? Pero en cambio pueden estar siempre en nuestro corazón. Si vosotros, los que tenéis la bendición de ser maestros orientadores, pensáis en las familias que visitáis, os daréis cuenta de que ellas necesitan algo mas que un esfuerzo mediocre por ayudarles.

Yo he recibido asignaciones de velar por personas atormentadas por el divorcio, por desastres económicos, por hijos que no respondían a los esfuerzos de sus padres y por enfermedades que no respondían a todo lo que la fe o la medicina podían hacer. Y he estado en una casa donde mandaron a dos pequeñas gemelas a abrirme la puerta y decirme que su mama y su papa estaban durmiendo y si no podría volver en otro momento.

Dentro de mí sabía que un esfuerzo mediocre no era suficiente, que ni siquiera «hacer la visita» o «dar una buena lección» tendría bastante efecto en ellos. Dios nos llamó para velar por los miembros y ayudarles en todas sus luchas por lograr el bienestar físico y espiritual; nos llamó para ayudar por medio del Espíritu; nos llamo para enseñar por el Espíritu; nos llamó para vivir como enseñamos; nos llamó para dar testimonio. Nos llamó para amar a Sus hijos.

El Señor no ha hecho difícil esa asignación sólo para probaros, sino que os dio el llamamiento porque os ama. Él quiere que volváis a Él, y para eso tenéis que llegar a ser como Él es. Por eso os da un llamamiento que sólo se puede cumplir con persistencia y paciencia.

Hablemos hoy como si fuéramos compañeros en la orientación familiar. Sé que tal vez no nos hubiéramos reunido a menudo para prepararnos, pero hagámoslo hoy. Imaginémonos que estamos en mi casa, por unos minutos, sentados frente a la mesa de la cocina.

No hablaremos primero de las visitas de orientación familiar ni de las lecciones. Hablaremos de las familias; sabremos así que algunas tienen problemas; y eso nos hará humildes, sabiendo que el Señor cuenta con nosotros para ayudarles a resolverlos. Podríamos hablar de lo que el obispo y la Sociedad de Socorro y algunos vecinos han hecho por ellas, y sobre lo que nosotros hemos hecho y lo que podemos hacer.

Después, hablaremos sobre una familia y lo que enseñaremos cuando la visitemos. Yo le daré la revista Liahona, abierta donde esta el mensaje de la Primera Presidencia, por el presidente Benson con el titulo «Busca el Espíritu del Señor»*. No podría haber lección mas apropiada, ¿verdad’? En esta familia sólo están los padres, ambos preocupados por la salud de la madre y pensando en si habría algo mas que pudieran hacer por mejorarla. Para peor, tal vez no duerman bien, por su hijo, que vive en la misma ciudad, pero con amigos El no estará cuando los visitemos, pero estará en sus pensamientos; y lo que él hace o no hace estará oprimiéndoles el corazón. Y pensarán que más pueden hacer por él. Si hay alguien que pueda querer y necesitar el Espíritu del Señor, son estas personas. * Nota de los editores: Este mensaje se publicará en el número de septiembre de 1988.

Acordemos preparar ambos la lección. Pero yo pienso que como ellos lo tienen a usted en tan alta estima, es mejor que sea usted quien les dé el mensaje.

No podemos hacerles ningún bien a menos que el Espíritu Santo este con nosotros. Así que, antes que preparar la lección, preparémonos nosotros.

Primero, el Espíritu Santo no puede acompañarnos a menos que seamos limpios. Yo lo admiro a usted por la forma en que se cuida de lo que dice y hace, y hasta de lo que piensa. Creo que cuando el Señor nos manda cuidar de la Iglesia, eso nos incluye a nosotros también. Leamos esto que dijo el presidente George Q. Cannon, y que siempre tengo a mano: y hagamos el cometido de seguir el consejo:

«Hay personas que tienen la idea de que al haber entrado en las aguas bautismales y haberse arrepentido de sus pecados, ya lo han hecho todo. ¡Que gran error! Es preciso que constantemente tengamos presente esta idea del arrepentimiento: que debemos orar a Dios para que nos indique diariamente la conducta a seguir. Y todas las noches debemos repasar nuestros pensamientos, palabras y acciones del día, y luego arrepentirnos de todo lo malo que hayamos hecho y que pueda haber ofendido al Santo Espíritu. Vivid diariamente de esta manera y esforzaos diariamente por progresar.» (Gospel Truth, ed. por Jerreld L. Newquist, Salt Lake City, Deseret Book Co., 1987, pág. 129.)

Segundo, oremos ambos para pedir perdón y saber que hacer por esta familia. Cuando les digamos que el Espíritu Santo puede guiarlos, seria mejor que ya nos hubiera guiado a nosotros para hacer algo por ellos. Si oramos y después actuamos de acuerdo con la inspiración que hayamos sentido, lo que hagamos puede ser más importante que cualquier cosa que les digamos. Es posible que el encontrar una forma de ayudarles pueda guiarlos a ellos a saber que hacer para ayudar a su hijo.

Pongámonos de acuerdo en que, en nuestras oraciones privadas, recordaremos tanto a los padres como a sus hijos; y suplicaremos que el Espíritu Santo nos ayude a enseñar. Supongo que usted recuerda esta promesa: «Y se os dará el Espíritu por la oración de fe; y si no recibís el Espíritu, no enseñareis» (D. y C. 42:14). Se aplica muy bien a nosotros, ¿no es así’?

Tercero, como vamos a enseñar un principio del evangelio, debemos estudiar las Escrituras y meditar en ellas. El Señor dijo: «Enseñarán los principios de mi evangelio que se encuentran en la Biblia y el Libro de Mormón, en el cual se halla la plenitud de mi evangelio» (D. y C. 42:12).

Sé que usted lee el Libro de Mormón regularmente, y también yo lo hago. ¿Por que no pensamos en esta familia y en los dones del Espíritu mientras leamos’? Si lo hacemos, estoy seguro de que comprenderemos y concebiremos algunas ideas que son nuevas para nosotros; y así les enseñaremos y daremos testimonio con mayor convicción. No estaría mal que les testificáramos que sentimos el Espíritu mientras leíamos las Escrituras. Entonces, quizás las lean y mediten en ellas; y si lo hacen, ellos mismos recibirán la inspiración del Espíritu Santo. Eso les ayudara mas que sentir el Espíritu solo cuando nosotros estamos.

Después, oraremos juntos antes de que usted se vaya. Y dentro de uno o dos días, antes de ir a hacer esa visita, haremos algo por la familia.

El día de la visita todo pasara como en otras oportunidades, con algunas excepciones. Por ejemplo, al enseñarles, usted tendrá una idea y recordara un pasaje de las Escrituras; también expresar, con mas sentimiento su testimonio del Salvador; quizás los dos nos sintamos mas cerca de esa gente; y puede que, al despedirnos, nos retengan un momento mas junto a la puerta.

Quizás no todo lo que sonamos suceda, pero no nos desanimaremos. Sabíamos que tendríamos que hacer un esfuerzo repetido y continuo. Nuestro deseo es ayudar a otros a probar cl fruto del evangelio; y sabemos que esto no ocurrirá rápida y fácilmente después de un solo esfuerzo. Pero en esa visita, o en otra que hagamos mas adelante, usted tendrá una sensación cálida en el corazón y sentirá que la verdad ilumina su mente; y eso le dará gozo Esa impresión quizás desaparezca, pero la recordara. Entonces podrá imaginar lo que seria tener al Espíritu Santo como un compañero constante en esta vida y sentir el amor y la aprobación del Salvador y del Padre Celestial a lo largo de toda la eternidad.

Alma sabia lo que significaría para nosotros tener ese deseo en el corazón y visualizarlo con fe. Eso nos mantendría en pie cuando el camino fuera arduo. Él dijo:

«Y por lo mismo, si no cultiváis la palabra, mirando adelante con el ojo de la fe hacia su fruto, nunca podréis recoger el fruto del árbol de la vida.

«Pero si cultiváis la palabra, sí, y nutrís el árbol mientras empieza a crecer, mediante vuestra fe, con gran diligencia y con paciencia, mirando adelante a su fruto, echara raíz; y he aquí, será un árbol que brotara para vida eterna.» (Alma 32:40-41.)

Por el poder del Espíritu Santo y con los ojos de la fe, hemos vislumbrado el fruto del evangelio y hemos puesto nuestra esperanza en él. Ese es el deseo de nuestro corazón, y el tenerlo nos dará poder para seguir adelante con gran diligencia y paciencia.

El muchachito de mis recuerdos sigue pateando la pelota, una y otra vez. Yo no veo el arco ni veo portero; no oigo el alboroto de la multitud: pero la ve y oye todo en su imaginación. Y por eso, patea la pelota, una y otra vez.

Ruego que aprovechemos la gran oportunidad que Dios nos ha dado de prepararnos. El ha confiado en nosotros como vigías de las almas de sus hijos. Él nos ha concedido una forma de tener la esperanza en el fruto del evangelio y nos ha dado un llamamiento que nos requiere todo el corazón. Así como los sueños del niño de meter el gol ganador lo llevaron a persistir en la practica con la pelota, también el tener una visión de los frutos del evangelio nos llevara a persistir en el arrepentimiento, la oración, el estudio y el servicio.

Ruego que el Señor pueda decir de nosotros lo que dijo Alma de su hijo Shiblón:

«Y ahora, hijo mío, confío en que tendré gran gozo en ti, por tu firmeza y tu fidelidad para con Dios; porque así como has empezado en tu juventud a confiar en el Señor tu Dios, así espero que continúes obedeciendo sus mandamientos; porque bendito es el que persevera hasta el fin.» (Alma 38:2.)

Doy mi testimonio de que en esta vida y en la eternidad Dios nos bendecirá por nuestra constancia en exhortar a sus hijos a venir a Cristo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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