Es porque yo oro por usted

Conferencia General Abril 1988logo 4
Es porque yo oro por usted
por el élder Glen L. Rudd
del Primer Quórum de los Setenta

Glen L. RuddHay un poder mucho más grande en la oración sencilla que lo que muchos creemos sea posible.

Recuerdo que cuando yo era joven, los muchachos del Sacerdocio Aarónico acostumbrábamos ponernos de pie en las reuniones de nuestro quórum y repetir al unísono: «El sacerdocio significa servicio. Porque tengo el sacerdocio, serviré». Esa promesa semanal formaba parte de todas las reuniones del quórum. La mayoría fuimos comprendiendo gradualmente que honrar el sacerdocio supone ser activo en la Iglesia y servir en ella.

En aquel tiempo, solíamos jugar al tenis y sabíamos que si no hacíamos lo que debíamos, perderíamos. Los lideres del sacerdocio nos ensebaron el mismo concepto con respecto a la Iglesia: vale decir, que teníamos que hacer lo que debíamos: prestar servicio en el momento indicado y en la forma debida.

Ningún varón, joven o adulto, poseerá cabalmente el sacerdocio si no aprende a servir al prójimo y al Señor. Si bien es cierto que alguien con la debida autoridad puede conferirnos el sacerdocio por medio de la imposición de manos, mientras no sirvamos a nuestros semejantes, el sacerdocio permanecerá inactivo en nuestro ser y será de muy escaso valor. Tenemos que magnificar el llamamiento que hemos recibido.

Durante los pasados meses, he pensado que podría servir con mas eficacia si exhorto y ayudo a todos los miembros a sentir la necesidad de conservar la sencillez de las enseñanzas del evangelio, porque el evangelio se nos ha dado de una manera sencilla, llana y clara. Mi presidente de misión nos enseñó que el Evangelio de Jesucristo es hermosamente sencillo y sencillamente hermoso: pero hay muchos que tienen la inclinación a complicar las bellas y sencillas lecciones que el Señor nos ha enseñado.

No hay nada más sencillo que la oración. Cuando nuestro Salvador estuvo en la tierra, nos dio el ejemplo y nos mandó seguir sus pasos. Si tenemos fe en que nuestro Padre Celestial vive y en que podemos comunicarnos directamente con Él, la oración será uno de los actos más hermosos, bellos y sencillos que podamos realizar.

Tengo un firme testimonio de que el Señor oye nuestras oraciones y da respuesta a ellas. Tenemos la obligación de darle gracias; también tenemos la obligación de conversar con Él, de manera que ningún obstáculo se interponga entre nosotros y nuestro Padre Celestial. Desde el mismo principio, el Señor ha enseñado a sus hijos terrenales a recordarle en la oración.

Una mañana, hace muchos años, un miembro del Consejo de los Doce fue a mi oficina y me contó algo bello y conmovedor que le había ocurrido ese día. Habla ido al antiguo Gimnasio Deseret y, cuando se encontraba en el cuarto del baño de vapor, oyó que la puerta se abría; entre el denso vapor, dirigió la mirada hacia esta para ver quien habla entrado. Aunque no vio a nadie, sentía la presencia de alguien. Al cabo de unos minutos, vio a un niño de unos ocho o nueve años que se había sentado a un medio metro de él. Poco a poco, el chico se fue acercando mas al Apóstol deslizándose por el asiento hasta que por fin se saludaron. Entonces, acercándose aun más para ver de cerca la cara del hermano, el muchachito le dijo: «Señor, creo que sé quien es usted». El Apóstol le pregunto: «¿Quién soy yo?» El niño le contestó: «Creo que usted es uno de los Apóstoles de la Iglesia; uno de los que viaja por los mares en barcos grandes y chicos, y en todo tipo de aviones; y usted es el que nunca enferma ni se hace daño en ningún desastre». El Apóstol reconoció que, en efecto, así era. Entonces, el chico añadió: «¿Sabe por que usted nunca resulta herido ni muerto’?» El Apóstol le respondió: «No, no lo sé». El niño le dijo: «Es porque yo oro por usted».

¡Que conmovedora y bella expresión de fe y de que modo sencillo y maravilloso! Eso sucedió hace cuarenta años, pero siempre lo llevo en mis recuerdos. Hay un poder mucho más grande en la oración sencilla que lo que muchos creemos sea posible.

Mis hermanos, miles y cientos de miles de personas oran por sus seres queridos todos los días. Muchísimos oran por los lideres de la Iglesia, sobre todo, por nuestro Profeta, el presidente Benson. Estoy convencido de que el Señor oye las oraciones sencillas de todas las personas; sé con certeza que oye la oración de la anciana viuda lo mismo que la del pequeño que ora con fe y con sencillez. Y no me cabe la menor duda de que nuestro amoroso Padre Celestial agradece las oraciones sinceras y constantes de los fieles mucho más que las precipitadas suplicas que se elevan a El sólo en los momentos de apuro.

Ruego que el Señor nos bendiga y nos ayude a todos para tener el ánimo de orar con nuestros familiares. Nada es más extraordinario que el que los padres reúnan a sus hijos a su alrededor y que juntos participen de esos momentos de acentos suaves y delicados de comunicación con nuestro Padre Celestial. No hay nada que una mas a la familia; y nada nos hace más merecedores de las bendiciones de Dios que el cumplir con ese admirable mandamiento y privilegio. Aun para los que ya no tenemos hijos en casa, la bendición de orar junto con nuestro cónyuge es inmensa. Las personas fieles que viven solas también se sienten elevadas y en abundancia recompensadas por la humilde y secreta oración.

Jesús dijo: » . . . si no os volvéis y os hacéis como niños, no entrareis en el reino de los cielos» (Mateo 18:3).

Que el Señor nos bendiga y nos ayude a todos a servirle con la fe sencilla de los niños, con perdón y arrepentimiento sencillos, y, en especial, con oraciones sencillas, para que contemos con la fortaleza, el poder y la belleza que provienen de las cosas claras y sencillas del evangelio, ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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