Estar bajo convenio

Conferencia General Abril 1987

Estar bajo convenio

President Boyd K. Packerpor el élder Boyd K. Packer
del Quórum de los Doce Apóstoles

Las ordenanzas v los convenios constituyen nuestra credencial para entrar en la presencia de Dios.  El recibirlos dignamente es la meta principal de la vida; y cumplir con ellos es el objetivo de esta vida.


Espero que no sea presuntuoso de mi parte querer colocar en los registros de esta conferencia, y por ende, en la historia de la Iglesia, un apéndice para completar el registro de la pasada.

En la última sesión de la conferencia de octubre, el élder A. Theodore Tuttle dio un discurso inspirado y emocionante sobre la fe.  Habló sin texto, con las Escrituras en la mano, palabras que le salieron de] corazón.  Cuando finalizó, el presidente Hinckley, que dirigía esa sesión, dijo:

“Tal vez peque de indiscreto, pero creo que voy a correr el riesgo, y deciros que el hermano Tuttle ha estado muy enfermo y necesita de nuestra fe, la fe de que él mismo ha hablado.  Se apreciará mucho que los que lo hayan escuchado en toda la Iglesia rueguen a nuestro Padre Celestial por su salud, con la fe que él ha descrito. ” (En Conference Report, octubre de 1986, pág. 93.)

El presidente Ezra Taft Benson, que fue el último discursante, respaldó que dijo el presidente Hinckley y él mismo pidió que se orara y ayunara con fe para que el hermano Tuttle recobrara la salud.

Pero el hermano Tuttle no se mejoró y falleció siete semanas después.

Ahora bien, en el caso de que la fe de alguna persona se haya debilitado al creer que no se contestaron las oraciones, o de que t alguien le parezca extraño que el profeta mismo pidiera a toda la Iglesia que ayunara y orara para que el hermano Tuttle viviera, y sin embargo él murió, os contaré de una experiencia que tuve con él.

Tenía intenciones de contarlo en su funeral, pero ese día estaba demasiado emocionado para hacerlo.

Un domingo, cuando el hermano Tuttle estaba en su casa, la mayor parte del tiempo en cama, pasé unas horas con él mientras su esposa Marné y los hijos iban a la Iglesia.

Me dijo que se sentía muy agradecido por las demostraciones de amor que había recibido de todo el mundo.  Cada carta hablaba de oraciones ofrecidas en favor de su salud.  Muchos de los mensajes provenían de Sudamérica, en donde la familia Tuttle había trabajado tantos años.

Ese día recordamos su vida, su nacimiento en Manti, Utah, y a sus padres, una pareja Santo de los Ultimos Días común y corriente.  Hablamos de su padre, al que yo conocía, y de su madre, una fiel obrera del templo.

Me habló de su misión, los años en la universidad, su casamiento con Marné Whitaker y su heroico servicio en la infantería de marina.

Recordamos luego la época en que enseñábamos en los seminarios de Brigham City y los años de supervisar los seminarios e institutos de religión.

Me habló de sus siete hijos, todos ellos fieles, y de sus nietos, a los que siempre describía como “los mejores niños del mundo”.

Me habló de su llamamiento al Primer Quórum de los Setenta y de las asignaciones que le dieron, pronto llamaron a la familia Tuttle para que fuera a Sudamérica, y apenas habían regresado a su hogar las Autoridades Generales le entrevistaron sobre la posibilidad de volver allá.

Otros pudieran haber dicho: “Por supuesto que si nos hicieran un llamamiento oficial, iríamos”.  Pero ellos no tenían esta actitud; ellos aceptaron inmediatamente porque querían cumplir con los convenios que habían hecho.  Sin quejarse, su familia volvió a irse con él varias veces, sirviendo allí un total de siete años, a pesar de que nunca había recobrado la salud después de enfermar gravemente la primera vez que fue.

Ese día el hermano Tuttle habló con cariño de la gente de Latinoamérica, y de que a pesar de lo poco que tenían materialmente, habían sido una bendición tan grande en la vida de él.

Me dijo con insistencia que no merecía más bendiciones y que no las necesitaba; que otros las necesitaban mucho más que él.  Y me dijo:

“Yo hablé con Dios sobre las oraciones en mi favor.  Le pregunté si las bendiciones eran mías para poder disponer de ellas como quisiera; si eso era posible, le pedí que me las quitara y las diera a los que las necesitaran más que yo.”

Y continuó contándome: “Le imploré a nuestro Padre Celestial que me quitara las bendiciones y se las diera a otros”.

El hermano Tuttle quería que las bendiciones derivadas de nuestras oraciones las recibieran las personas abrumadas con el peso de los problemas, personas a las que la mayoría de nosotros pocas veces recordamos, pero que él no podía olvidar.

Las Escrituras nos enseñan que “la oración eficaz del justo puede mucho” (Santiago 5:16).

¿No os parece lógico pensar que el Señor diera más preferencia a los ruegos de este hombre santo que a las oraciones nuestras por su mejoría’?

No sabemos todas las cosas, pero creo que es justificado suponer que nuestras oraciones no fueron en vano. ¿.Quién se atrevería a decir que gente humilde de aquí y de allá, por todo el continente de Sudamérica, no recibirá bendiciones inesperadas por medio de este hombre en que no había engaño? ¿No se pueden cumplir en nuestra vida objetivos elevados como éste, si somos sumisos?

Sé que los incrédulos podrán burlarse de estas cosas, pero yo creo que nuestras oraciones fueron aceptadas, tomadas en cuenta y cambiadas de curso para bendecir a los desalentados, los de manos caídas, tal como el hermano Tuttle lo solicitó.

De todas maneras, ¿,no debemos concluir todas nuestras oraciones con la frase “que se haga tu voluntad, Señor”?

Durante las últimas semanas de vida el élder Tuttle conservó su trato afable; siempre consolaba a los que lo visitaban para animarlo a él.  Yo estuve presente cuando llamó a su lado a los doctores para agradecer a cada uno de ellos el cuidado que le habían dispensado.

El estaba decidido vivir hasta después del Día de Acción de Gracias para que el recuerdo de su muerte no opacara ese día festivo para su familia en el futuro.  Esa noche habló con cada uno de sus hijos, llamando por teléfono a los que vivían lejos; les expresó su amor y bendición y se despidió de ellos.  Era ya muy tarde cuando se comunicaron con Clarie, su hija que vive en Alaska, pero no quería morir sin hablar con ella.

A la madrugada siguiente, sin resistir, con un espíritu esperanzado y tranquilo, abandonó este mundo.  En ese momento se sintió en el cuarto un espíritu de paz que sobrepasa todo entendimiento.

Su esposa, Marné, había sido, fue en esos momentos y sigue siendo un ejemplo perfecto de la serenidad y la aceptación.

Ahora quisiera sacar una conclusión de esta experiencia.

El hermano Tuttle sirvió 28 años como Autoridad General; viajó por todo el mundo. supervisó la obra en Europa por un tiempo, pero a pesar de todos los lugares que visitó y todo lo que hizo, repetidas veces afirmó que la mejor experiencia que había tenido en su ministerio había sido el servicio que prestó como presidente del Templo de Provo al lado de su querida Marné.

Pocos saben lo riguroso que es el horario de un presidente de templo.  El día puede comenzar a las tres de la madrugada y finalizar muy cerca de esa misma hora.

Lo que más le agradaba no era el llamamiento en sí, sino el hecho de que el ser presidente del templo le permitía estar en el templo.  Hubiera estado igual de satisfecho si se hubiera encontrado sirviendo bajo otra persona.  Sus sentimientos acerca de ese cargo no eran un  reflejo de su comprensión de lo que es un llamamiento, sino de su comprensión de lo que era un convenio.

Un convenio, del modo que se utiliza en las Escrituras, es una promesa sagrada, una promesa solemne y duradera entre Dios y el hombre.  La plenitud del evangelio en sí se define como el nuevo y sempiterno convenio (véase D. y C. 22:1, 66:2).

Unos años atrás, llamé a su cargo a un presidente de estaca en Inglaterra.  Está en esta reunión hoy, pero con otro llamamiento.  Este hermano tenía un singular sentido de orientación; era como un marinero que se ubica mirando las estrellas por medio de su sextante.  Me reunía con él cada vez que venía a la conferencia y veía que se mantenía tanto a sí mismo como a su estaca en el camino debido.

Afortunadamente para mí, cuando llegó el momento de relevarlo, me dieron la asignación de reorganizar la estaca.  Fue entonces que descubrí cuál era su sextante y cómo lo ajustaba para asegurarse de su posición y orientarse a sí mismo y a los miembros.  Aceptó su relevo con estas palabras:

“Acepté con agrado el llamamiento de servir como residente de estaca y con el mismo agrado acepto mi relevo.  No serví simplemente porque fui llamado a hacerlo, sino porque estoy bajo convenio, y puedo guardar mis convenios con la misma eficacia como maestro orientador que como presidente de estaca.”

Este presiden e comprendía lo que era un convenio.

Aunque no era un erudito en las Escrituras ni en el evangelio, había aprendido que la exaltación se alcanza guardando los convenios, y no por tener cargos altos en la Iglesia.

El marinero se orienta por medio de la luz que proviene de los astros: de día, el sol; de noche, las estrellas.  Ese presidente de estaca no necesitaba un sextante de marinero para marcar su curso, ya que en su mente había un sextante infinitamente más refinado y preciso que cualquier instrumento de marinero.

El sextante espiritual, que toda persona posee, también funciona basado en el principio de la luz que proviene de fuentes celestiales.  Ajustad ese sextante de la mente en la palabra convenio o en la palabra ordenanza, y recibiréis la luz con la que entonces podréis fijar vuestra posición y marcar un rumbo correcto en la vida.

No importa nuestra ciudadanía o raza, si somos hombres o mujeres, no importa nuestra educación o empleo, ni la época en que vivimos, ya que la vida para todos es un viaje de regreso al hogar, de regreso a la presencia de Dios en su reino celestial.

Las ordenanzas y los convenios constituyen nuestra credencial para entrar en la presencia de Dios.  El recibirlos dignamente es la meta principal de la vida; y cumplir con ellos es el objetivo de esta vida.

Una vez que nosotros y nuestra familia hayamos recibido estas ordenanzas estamos obligados a realizarlas vicariamente por nuestros parientes muertos y, en realidad, por toda la familia humana.

Hay personas que se ríen de la idea de llevar a cabo ordenanzas vicarias para la salvación de almas.  Piensan que esto es muy extraño.

A ningún cristiano que medite sobre esto debe sorprenderle este principio. ¿Acaso no fue el sacrificio de Cristo una ofrenda vicaria a favor de toda la humanidad?  La expiación misma se llevó a cabo, en forma vicaria.

El Señor hizo por nosotros lo que no podíamos hacer por nosotros mismos. ¿No seguimos el ejemplo de Cristo al realizar las ordenanzas en los templos por los que no pueden hacerlas por sí mismos?

Las genealogías o historias familiares, como prefiero llamarlas, son una parte indispensable de, la obra del templo.  Los templos se “alimentan” de nombres, y sin las genealogías las ordenanzas sólo podrían realizarse por los vivos.  Buscar los nombres de nuestros antepasados fallecidos es un deber de gran importancia.  Existe un espíritu que respalda esta obra similar al que está presente en el templo mismo.

Los misioneros y los que tienen niños pequeños no puedan dedicar mucho tiempo a esta obra en este momento, pero pueden guardar su espíritu.  Pueden hablar con los ancianos y escribir lo que relaten, llevar registros familiares e ir al templo.

Algunos tienen la tendencia de considerar la obra genealógica como una carga onerosa y desagradable. y no tienen reparos en dejar que la realicen las personas mayores y otras a quienes les interesen esas cosas.

Tened cuidado, porque bien puede ser que las personas que tienen interés han elegido la mejor parte.  Y os digo que si os llaman a servir en otra cosa o simplemente no tenéis interés en genealogía, no os burléis ni os pongáis en el camino de los que sí lo hacen.  Al contrario, contribuid en todo lo posible.

El profeta José Smith dijo: “La doctrina de Elías el Profeta o su poder para ligar comprende lo siguiente: Si tenemos el poder para ligar en la tierra y en los cielos, entonces debemos ser prudentes.  Lo primero que debéis hacer es ligar, en la tierra, vuestros hijos e hijas a vosotros, y entonces ligaos vosotros mismos a vuestros padres en gloria eterna” (Enseñanzas del profeta José Smith, Comp. de José Fielding Smith, Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, 1982, pág. 420).

El espíritu de Elías de que han hablado los profetas es real y acompaña a los que buscan los registros de sus antepasados muertos.

Cuanto más tengo que ver con la obra genealógica, más me incomoda la palabra muertos.  A pesar de que no se puede substituir adecuadamente, el decir que se han ido sería mejor.  He tenido experiencias sagradas, de las que nunca hablamos livianamente, que me hacen sentir que la palabra muertos no describe en absoluto a los que han pasado al otro lado del velo.

La obra del templo y la genealógica son testimonios visibles de nuestra creencia en la resurrección y la expiación del Señor Jesucristo.  Si dudáramos que vivimos otra vez más allá del velo, ¿qué motivo tendríamos para hacer lo que hacemos?

Esta obra es nuestro testimonio del poder redentor del sacrificio del Señor Jesucristo.

Y, ¿qué sacamos en conclusión del hermano Tuttle y su familia’?  Os recuerdo que es un velo el que nos separa del mundo de los espíritus, y no una pared.  El cumplió con sus convenios.  Un velo puede hacerse muy delgado e incluso partirse.  No estamos solos haciendo esta obra.  Las personas que nos han precedido en esta obra, y nuestros antepasados allá, algunas veces están muy cerca de nosotros.  Tengo un testimonio de esta obra de magnitud celestial que se realiza en la Iglesia.  Soy testigo de que los que van al otro lado del velo todavía viven y ministran a los vivos, con el fin de que esta obra se cumpla.  Ruego a Dios que los que tenemos la oportunidad de participar en ella la aceptemos y trabajemos con todo empeño, en el nombre de Jesucristo.  Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s