Que pensáis del Cristo?

Conferencia General Abril 1988

¿Que pensáis del Cristo?

Douglas H. Smith

por el elder Douglas H. Smith
del Primer Quórum de los setenta

El Santo de Israel sólo procuraba servir a su Padre y expresar amor eterno a los hijos de Dios en la tierra.

Mis queridos hermanos, me regocijo por el privilegio de encontrarme con ustedes esta tarde en otra sesión de la conferencia general. Hemos venido todos a adorar al Señor y a recibir instrucciones y consejos de nuestros lideres. Tenemos mucho que agradecer, y mi corazón reboza de gratitud por las abundantes bendiciones que Dios me da al servir con los excelentes misioneros y miembros de la Iglesia de Asia. Su obra prospera y progresa allí al igual que en todas partes del mundo.

Al acercarse la hora funesta en que Jesucristo se entregaría como el supremo sacrificio por toda la humanidad, preguntó a los que trataban de encontrar algo de que acusarlo: «¿Que pensáis del Cristo’?» (Mateo 22:42.) Muchas veces he reflexionado sobre esa pregunta inquisitiva y me he preguntado como se aplicaría a nosotros en esta época. Me pregunto que dirá sobre nosotros, los de esta generación, el celestial e indeleble registro por el cual seremos juzgados.

¿Aceptamos de todo corazón que es el Unigénito de Dios que fue enviado a la tierra a redimir a la humanidad? El rey Benjamin testificó, como lo registro Nefi en el libro de Helamán: » ¡Oh recordad, recordad, hijos míos, las palabras que el rey Benjamin habló a su pueblo! Sí, recordad que no hay otra manera ni medios por los cuales el hombre puede ser salvo, sino por la sangre expiatoria de Jesucristo, que ha de venir; si, recordad que él viene para redimir al mundo» (Helamán 5:9).

El Cordero de Dios vino al mundo a redimir y a enseñar. Enseñó la gran ley del amor: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente . . . Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37, 39). «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros» (Juan 13:34). El Santo de Israel no buscaba poder ni gloria en la tierra; sólo procuraba servir a su Padre y expresar amor eterno a los hijos de Dios en la tierra.

El Mesías hizo ver a los ciegos, oír a los sordos, sanar a los enfermos y alimentar a los hambrientos. Todas sus acciones reflejaron amor, compasión, bondad y perdón. Los pobres y los desamparados continuamente gozaron de su benevolencia y, cuando llegó al final de su vida mortal, se llenó de compasión por los responsables de su crucifixión. Oró al padre para que los perdonara porque no sabían lo que hacían (Lucas 23:34).

Cuando llegaron esos días tenebrosos y tétricos de la historia humana en que traicionaron a Jesucristo, sus enemigos lo apresaron, lo ataron y lo llevaron cautivo para que respondiera a las acusaciones falsas en su contra. Lo injuriaron con testigos falsos; lo golpearon, ridiculizaron y atormentaron. Finalmente le vendaron los ojos, y lo azotaron brutalmente, burlándose de Él. Sus enemigos pidieron que le quitaran la vida; ninguna otra sanción les satisfaría. Incluso aceptaron que su sangre pesara sobre ellos y sobre sus hijos. Lo llevaron atado ante Pilato, quien consideró que era inocente. Después lo llevaron ante Herodes, el que tampoco encontró motivos para condenarlo. Con envidia y malicia lo llevaron otra vez ante Pilato, y este nuevamente no encontró justificaciones para declararlo culpable. Pilato les ofreció un substituto para dejar libre a Jesús, mas con voces de odio, los que le temían al Hijo de Dios exigieron que lo crucificaran.

Había llegado la hora del sacrificio del Cordero de Dios, profetizado durante muchos siglos. En silencio, sin pronunciar una sola palabra en su propia defensa, Cristo dio su vida por nosotros para que por medio de Él tuviéramos la bendición de la inmortalidad, de la resurrección. También nos dio la oportunidad para que mediante la obediencia a sus mandamientos y las ordenanzas sagradas pudiéramos tener la vida eterna. Su vida comprueba el amor que tenia por los demás hijos de su Padre.

Otra vez os pregunto: «¿Que pensáis del Cristo?» Os doy mi solemne testimonio, y repito lo que contestó el apóstol Pedro cuando Jesús le preguntó directamente: «¿Quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15). «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente», respondió. Os testifico que Él es el Divino Salvador del mundo, el Mesías prometido. Reitero la afirmación del discípulo que dijo que Cristo era verdaderamente el Hijo de Dios, y os pido a todos que acudáis a Cristo para recibir las bendiciones del cielo que les esperan a los que guardan los mandamientos y perseveran hasta el fin.

Os aseguro que somos guiados hoy día, por profetas vivientes que reciben inspiración y revelación del Señor. También me uno a Josué en su declaración: » . . . escogeos hoy a quien sirváis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15).

En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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