Nuestra preparación espiritual y temporal

Conferencia General Octubre 1988logo 4
Nuestra preparación espiritual y temporal
por Barbara W. Winder
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Barbara W. Winder«Esta en nuestra naturaleza, hermanas, tener sentimientos de caridad y benevolencia, y no siempre es fácil expresar esos sentimientos con hechos.»

«Hazme un instrumento de tu paz». ¡Que elocuentes palabras para las mujeres de la Iglesia!

De la mujer, en Proverbios leemos: »Mujer virtuosa, ¿quien la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas» (Proverbios 31: 10, véanse los versículos 10-31). La mujer virtuosa que se describe en Proverbios es una mujer que se prepara, que trabaja Con voluntad, que alarga su mano al pobre, atiende a las necesidades de su casa, busca conocimiento y reverencia profundamente al Señor. Aunque su trabajo parezca temporal, sus bendiciones son eternas.

Al hablar de preparación, muchas veces pensamos primeramente en las cosas temporales: alimentos, techo, ropa. Pero aunque esa preparación es importante y necesaria, no lo es todo.

Hay un importante equilibrio entre el aspecto temporal y el espiritual de este principio. El Señor ha dicho: » . . . para mi todas las cosas son espirituales; y en ningún tiempo os he dado una ley que fuese temporal» (D. y C. 29:34).

Nuestro Señor nos enseñó esa trascendental lección cuando visito el hogar de sus amigas María y Marta Mientras Marta atendía a las necesidades de sus huéspedes, Marta se dedico a escuchar lo que decía el Salvador.

Leemos: »Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres, y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. Respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estas con muchas cosas. Pero solo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada» (Lucas 10:40-42).

Al decir «pero sólo una cosa es necesaria», ¿no se habrá referido el Señor a lo que le faltaba a Marta en su preparación? Es probable; tiene que haber equilibrio en nuestra vida. Nuestra preparación material -incluso la casa limpia y ordenada- hace posible que el Espíritu Santo este allí presente. Del mismo modo, el Espíritu del Señor llena de paz y contento nuestro hogar ordenado.

Una hermana contó de los preparativos que hizo para recibir a una Autoridad General en su casa para una conferencia de estaca. Todo tenía que estar perfecto: la limpieza, la comida, el comportamiento de los niños. ¡Cuánto trabajó! Para cuando llegó el visitante, ¡estaba agotada, rendida de cansancio! Demasiado tarde comprendió que la preparación espiritual también era necesaria.

De ello, dijo: »Gracias a nuestra preparación espiritual hallamos la respuesta a nuestros diarios problemas. Gracias a nuestra preparación espiritual hallamos regocijo al sobrellevar y superar las duras pruebas de la vida. Gracias a nuestra preparación espiritual, podemos experimentar el mayor de los regocijos, una cercanía a nuestro Salvador y a nuestro Padre Celestial».

Entonces, ¿cómo debemos prepararnos?

Lo hacemos estableciendo una estrecha relación con nuestro Padre Celestial por medio de la oración, del estudio de las Escrituras y de la obediencia a los mandamientos, conociendo lo que valemos como personas y apoyando al sacerdocio.

Las características de la espiritualidad no se consiguen sin esfuerzo. Al igual que cualquier otro talento con que seamos bendecidas, tenemos que ejercitarlas constantemente. Un pianista famoso dijo una vez: «Si dejo de practicar un día, yo advierto la diferencia en mi ejecución. Si dejo de practicar dos días, mi familia advierte la diferencia. Si dejo de practicar tres días, todo el mundo advierte la diferencia». Ese mismo principio se aplica a nosotras en nuestra búsqueda de la exaltación.

Al aplicar la parábola de las diez vírgenes a nuestras vidas, nuestros profetas contemporáneos han explicado que el aceite de la preparación se acumula gota a gota mediante el vivir recto de cada día.

El ir constantemente a la reunión sacramental añade aceite a nuestras lamparas, lo mismo que el ayunar, el orar a solas y en familia, el cumplir como maestras visitantes, el dominar los apetitos de la carne, el enseñar los principios del evangelio, el cuidar y educar a los niños, el velar unas por otras, el estudio de las Escrituras, el guardar los mandamientos. Cada acto de dedicación y obediencia es una gota de aceite con la que podemos reabastecer nuestras lamparas.

El guardar los mandamientos y el obedecer las palabras del Profeta constituirán nuestra mejor preparación para cualquier eventualidad futura.

Hace unos años, mientras servíamos en el campo misional, un clérigo que investigaba la Iglesia nos dijo: «Ustedes hablan del beneficio de tener un profeta viviente. ¿Que declaración ha hecho el últimamente?» le respondimos: «El Profeta nos ha enseñado que debemos vivir con frugalidad, evitar contraer deudas, reparar nuestras casas y cultivar un huerto para disfrutar del fruto de nuestro trabajo». Tras pensar un momento, el clérigo dijo: »No hubiera esperado eso de un profeta; pero, pensándolo bien, ¿qué mejor consejo podría darse?»

Muchas veces el consejo de nuestros profetas es tan sencillo y practico que lo pasamos por alto y no le hacemos caso.

Se nos ha enseñado a lo largo de nuestra vida que tenemos gran valor a la vista de nuestro Padre Celestial. Los niños de la Primaria cantan: «Soy un hijo de Dios». Las mujeres jóvenes recitan su lema que empieza. «Soy hija de un Padre Celestial que me ama. . .» y los profetas proclaman que »la mujer virtuosa es más valiosa que las piedras preciosas».

Escuchemos las sencillas instrucciones de nuestro Profeta a las mujeres jóvenes de la Iglesia, las que se aplican a todas nosotras: »Vivid de acuerdo con vuestro potencial divino. Recordad quienes sois y la divina herencia que tenéis, la de ser literalmente hijas reales de nuestro Padre en los Cielos» («A las mujeres jóvenes de la Iglesia», Liahona. Enero de 1987, pág. 86).

»No os conforméis con menos de lo que el Señor espera de vosotras» (Liahona, enero de 19X7, pág. 86).

Desgraciadamente, muchas no nos damos cuenta de lo que el Señor desea que seamos. Recientemente, en una carta, una hermana me contaba de los sucesos que la habían llevado a darse cuenta de cuanto la ama el Padre Celestial y de lo mucho que la ha bendecido. Decía así »Yo no me estimaba en mucho como persona y no me sentía ‘lo bastante buena’ para tener una estrecha relación con mi Padre Celestial. Eso me había puesto egocéntrica y me impedía prestar servicio a los demás con la eficacia con que hubiera podido hacerlo. Durante los últimos meses, he sentido el vehemente deseo, la urgencia, per decirlo así, de acercarme mas a mi Padre Celestial. Ultimamente he sentido que me ha rodeado con su brazo y me ha dado su gran amor directamente a mí: un hermoso sentimiento de aceptación. Junto con eso, he recibido muchos dones: mas paciencia, mas autodominio, mas comprensión. Sé que el Espíritu Santo me esta enseñando todo eso.

»He aprendido que cuando doy a las cosas su debida importancia, preparándome todos los días con oración y el estudio de las Escrituras y cuidando de mi aptitud física, me siento más feliz y mucho más capaz de servir.»

Eso nos enseña que también nos preparamos al servir, al enseñar, al educar y al ayudar a los demás a prepararse. Al esforzarnos cada día por alcanzar la rectitud y la espiritualidad en la vida, tenemos el deber de elevar a los demás, hacerles ver su divino potencial y ser un instrumento en las manos de Dios.

El ser mujer trae consigo bendiciones y responsabilidades. A menudo, realizamos tareas que no se ven, que no reciben aclamación ni nos otorgan poder mundanal y que, no obstante, son importantísimas para el progreso del genero humano. Si nos apartamos de nuestro rumbo, aparecerán serias debilidades tanto en nosotras mismas como en nuestros familiares, así como en la sociedad.

Por motivo de «la sutil astucia de los hombres que acechan para engañar» (D. y C. 123:12), muchas personas, aun las escogidas, están siendo engañadas. Con cuanta diligencia, hermanas, tenemos que esforzarnos por llegar a los que »no saben donde hallar la verdad» (D. y C. 123:12), para llevarlos de nuevo al rebano. Todo esfuerzo encaminado a ese fin es valioso.

Nuestra preparación no siempre sigue la dirección que le hemos dispuesto. Mi propia madre me ha contado de sus metas y aspiraciones. Muchas veces, al iniciar un proyecto, algo sucedía que cambiaba el rumbo que se había propuesto seguir: la suegra ya anciana que necesitaba un hogar y atención especial, una hermana menor que necesitaba ayuda para terminar sus estudios, compañeras de trabajo que también necesitaban desesperadamente una mano de ayuda. Ella siempre estuvo presta a servir y lo hacía con gusto, y aunque no logro alcanzar todas sus aspiraciones personales, al reflexionar ahora en su vida, dice que si volviera a vivir lo pasado, no cambiarla nada. El servicio a los demás produce esa clase de satisfacción.

Esta en nuestra naturaleza, hermanas, tener sentimientos de caridad y benevolencia, y no siempre es fácil expresar esos sentimientos con hechos. Las mujeres tenemos que pedir en oración el sentir el deseo de ser caritativas, de servir al prójimo, y luego tenemos que cultivar esas cualidades divinas.

Supongo que Emma Smith sufrió innumerables frustraciones y desilusiones. Su vida no pudo haber sido fácil puesto que padeció persecuciones junto con su esposo. Se dice que poco antes de su martirio, José mandó un mensaje a Emma en respuesta a la petición de ella de que le diera una bendición. Como el no podía dársela, le indico que la escribiera y que cuando volviera a verla, se la firmarla. Me han impresionado la fe y los deseos justos que revelan las palabras de ella; escribió lo siguiente:

»Deseo tener el Espíritu de Dios para conocerme y comprenderme a mi misma, para superar cualquier obstáculo. . . que impida alcanzar mi exaltación en los mundos eternos. Deseo tener la mente fructífera, activa, para comprender sin dudar los designios que Dios revela por medio de sus siervos. Deseo, sobre todo, tener sabiduría para criar a todos los niños que tengo a mi cuidado, y a los que tenga, de tal manera que sean útiles en el reino de Dios. . . Deseo . . . tener el rostro alegre  y ser una bendición para todas las personas que necesiten algo de mí. Deseo de todo corazón honrar y respetar a mi esposo.» (Manuscrito, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días.)

El presidente Ezra Taft Benson ha dicho: »Cuando damos a Dios el lugar de preferencia, todos los demás aspectos de nuestra vida pasan a tener la posición que les corresponde o, de lo contrario, dejan de tener valor. Nuestro amor por el Señor dirigirá nuestros afectos, la forma en que empleemos nuestro tiempo, los intereses que tengamos y el orden de prioridad que demos a las cosas» («El Señor en primer lugar», Liahona, julio de 1988, págs. 4-5).

Tenemos que poner a Dios primero y poner en equilibrio nuestra preparación espiritual con la temporal, para que seamos mujeres virtuosas, hijas rectas, instrumentos en las manos de Dios para preparar el camino para su venida.

Hermanas, »¿no hemos de seguir adelante en una causa tan grande? Avanzad, en vez de retroceder. ¡Valor. . . e id adelante, adelante a la victoria!  ¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría!» (19. y C. 128:22).

Ruego, hermanas, que nos regocijemos y que vayamos juntas a la victoria al prepararnos para la segunda venida de nuestro Salvador. Ruego que no nos aparten del camino recto las sutiles tentaciones del mundo, las que a veces nos llegan aun de los que tenemos cerca y a quienes queremos; las tentaciones que nos dicen: »Hazte ver; procura poder e influencia; satisface primero tus propias necesidades». Esas no son las enseñanzas de Aquel cuya venida esperamos, porque El nos dijo que fuéramos servidores de todos (Marcos 9:35; Mateo 20:26-27), y «así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que esta en los cielos» (Mateo 5: 16).

Ruego que no nos desanimemos, que no nos apartemos del camino, que no seamos engañadas, sino que »hagamos con buen animo cuanta cosa este a nuestro alcance; y entonces podremos permanecer quietos, con la mas completa seguridad, para ver la salvación de Dios. . .» (D. y C. 123:17).

Se que nuestro Padre vive. Se que Jesús es el Cristo y que nos encontramos laborando en su obra. Lo digo en el nombre de Jesucristo. Amén.

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