Conferencia General Abril 1989
Las ironías de la vida
por el elder Neal A. Maxwell
del Quórum de los Doce Apóstoles
»Entre las muchas ironías de la vida, quizá nos preguntemos: «¿Será que Dios no ha visto este injusto giro de las cosas? «Y si lo ha visto, ¿por qué lo ha permitido?» . . . Para encarar las ironías de la vida, como en todo lo demás, tenemos al Maestro Ejemplar en Jesús.»
Lo que leeré en seguida es en verdad escalofriante: »Con todo, el Señor lo considera oportuno castigar a su pueblo; sí, él prueba su paciencia y su fe.» (Mosíah 23:21.)
Esa sola declaración de los propósitos de Dios debiera ponernos espiritualmente en guardia en lo que toca a las adversidades de la vida.
Las ironías de la vida constituyen la corteza del pan de la adversidad y probaran hasta el límite nuestra fe y nuestra paciencia; serán particularmente penosas por motivo del matiz de injusticia que contienen y porque nos surten resultados totalmente opuestos a los que esperamos: como cuando vemos desmoronarse nuestros mejores planes.
Por ejemplo, una persona que se ha preparado bien y con paciencia para una función importante, con la expectativa de desempeñarla por largo tiempo, ve de repente todas sus esperanzas truncadas. Una victoria política, que tan cercana parece al principio, se aleja y termina por desaparecer del todo.
Sin mansedumbre, esas circunstancias adversas son muy difíciles de manejar.
En el matrimonio, un comentario desatinado puede llevarnos a adoptar una actitud pertinaz que tal vez estimemos más importante que la comunicación y la reconciliación. Defendemos una idea con orgullo y obstinación aunque sepamos que estamos en error. Sin embargo, dar la razón al contrincante alguna que otra vez, como todos lo sabemos, es en verdad dar un paso adelante. Los golpes de la vida nos harán doblar la rodilla en oración para que progresemos.
Con sus cambios fortuitos, la ironía de la suerte muchas veces hace sentirse agraviadas y rencorosas a las personas; y cuanto mayor y más indomable sea el orgullo, tanto mas probable es que la persona se llene de rencor, sobre todo al probar su porción de vinagre y hiel.
Las palabras «¿por qué me pasa esto a mí, y ahora?» son las que decimos antes de lograr la compostura espiritual. Sin embargo, a veces, esas palabras preceden al enconado rechazo de cualquier tipo de consuelo, y, en ese caso, hay una distancia increíblemente corta entre la desilusión y el rencor.
Entre las muchas ironías de la vida, quizá nos preguntemos: ¿Será que Dios no ha visto este injusto giro de las cosas?» «Y si lo ha visto, ¿por qué lo ha permitido?» «¿Será que no valgo nada?»
Al planear para el futuro suponemos que nuestro destino esta, en su mayor parte, en nuestras propias manos; pero ocurren sucesos inesperados que primero hacen a un lado y luego desalojan lo que se esperaba y hasta lo que se había ganado. Por tanto, nos pueden agraviar tanto los sucesos como las personas.
Las ironías de la vida no sólo acarrean sufrimientos que no se esperan, sino también los que no se merecen. Nos preguntamos por que nos pasa lo que nos pasa si no lo merecíamos, si teníamos otros planes; planes encomiables; ¿es que estos no cuentan? Un medico, que con tanto afán se ha preparado para atender a sus pacientes, enferma repentinamente y no puede ejercer. Durante un tiempo, un diligente profeta del Señor fue »testigo pasivo» (Mormón 3:16). Sucesos imprevistos nos impiden a muchos seguir la senda que nos hemos trazado.
Los grandes golpes de la adversidad se añaden a las aflicciones y a las tentaciones que Pablo describió como »humanas» (1 Corintios 10:13).
Para encarar las ironías de la vida, como en todo lo demás, tenemos al Maestro Ejemplar en Jesus. Espectacular ironía acometió la divinidad de Jesus casi de continuo.
Para Jesus, las ironías de esta vida comenzaron con su nacimiento. De cierto, El se ha sometido a la voluntad del Padre «en todas las cosas desde el principio’ ‘ (3 Nefi 11:11). Esta tierra toda llegó a ser el estrado de los pies de Jesus (Hechos 7:49); sin embargo, en Belén «no había lugar para ellos en el mesón», y «en pesebre» y »sin cuna nació» (Lucas 2:7: Himnos de Sión. 41).
Al final, el manso y humilde Jesús bebió de la amarga copa sin ningún rencor ni amargura. (3 Nefi 11:11; D.yC. 19:18-l9.) Él, que fue sin pecado, padeció por los pecados de todos. Él, el Rey de reyes, nunca perdió la resistencia, ni siquiera cuando sus súbditos hicieron con Él »como quisieron» (D. y C. 49:6). Su capacidad para resistir las ironías de esta vida fue en verdad notable.
Vosotros y yo somos tanto más frágiles espiritualmente. Por ejemplo, olvidamos que, por su misma índole, ¡las pruebas son injustas!
En el cielo, se resolvió que el eminente nombre de Cristo seria el único nombre en la tierra que daría la salvación a todos los hombres. (Hechos 4: 12; 2 Nefi 25:20; véase también Abraham 3:27.) No obstante, el Mesías mortal, por su propia voluntad, vivió muy humildemente y, escribió Pablo, aun »se despojó a sí mismo» (Filipenses 2:7).
¡Que contraste con nuestras maniobras por lograr un relativo reconocimiento y nivel social! Y cuan distinto, también, de la forma en que algunos erróneamente consideran la magnitud del publico que les aclama. . . ¡cómo la única prueba de su mérito! Sin embargo, ese inestable publico, ante el cual a veces actuamos, sabe desaparecer: y ciertamente desaparecerá en el día del juicio cuando todos estarán en otros sitios, y de rodillas.
Como el Creador, Cristo construyó el universo, pero en la pequeña Galilea se le conocía sencillamente como «el hijo del carpintero» (Mateo 13:55.) En realidad, el Señor del universo no tuvo ninguna honra en su propia tierra nazarena. Aunque se admiraban de las enseñanzas de Él, sus coterráneos «se escandalizaban de él» (Marcos 6:3). Y el humilde Jesus se asombró »de la incredulidad de ellos» (vers. 6).
Como Jehová, Jesus dio el mandamiento de santificar el día de reposo; pero, durante su ministerio terrenal, se le acusó de quebrantar ese mandamiento porque en ese día sanaba a los enfermos. (Juan 5:8-16.)
¿Aceptamos la dolorosa ironía del que se nos haga daño cuando hemos procurado ayudar? Si después de haber hecho el bien, se dicen falsedades de nosotros, ¿podemos soportar el ver las mentiras esparcidas a los cuatro vientos?
Cristo, como el Creador, hace mucho, mucho tiempo, dispuso las condiciones habitables de esta tierra para nosotros, proporcionando generosamente todas las condiciones atmosféricas esenciales para la vida, incluso la vital agua. (Moisés 1: 33; D. y C. 76:24.) Sin embargo, en la cruz, cuando le consumía la sed, »le dieron a beber vinagre mezclado con hiel: pero después de haberlo probado, no quiso beberlo» (Mateo 27:34 -véase también Salmos 69:21). Pese a ello, no exhaló ni una queja, y sólo perdón hubo en Él. (Lucas 23:34)
Cristo tuvo clara conciencia de la constante ironía de su vida: »Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Lucas 9:58). Preguntó al traicionero Judas: » . . . ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?» (Lucas 22:48). Con tristeza se lamentó: «¡Jerusalén, Jerusalén . . . ¡Cuantas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37). Y no obstante, como de costumbre, volvían a rechazar a Jesus.
Todos sabemos lo que es no ser escuchado por los demás, pero ¿qué podemos decir del desdén y del desprecio? Hay una diferencia entre el advertir el rechazo, como lo hizo Jesus, y el quejarse porque se es rechazado, lo cual El no hizo.
Como el Creador, Cristo hizo «mundos sin numero» (Moisés 1:33) y, sin embargo, con sus dedos hizo lodo con saliva para restaurar la vista a un ciego. (Juan 9:6.) El Mayor de todos humildemente ministró «a sus hermanos más pequeños. . . » (Mateo 25:40).
¿Comprendemos, vosotros y yo, que la importancia de nuestro servicio no depende de la dimensión de él?
Aunque pocas horas después Cristo había de rescatar a todo el género humano, oyó a la incitada multitud clamar «¡Barrabás! «, rescatando con ello al asesino que había quitado la vida en vez de a Jesus, que era el dador de la vida. (Mateo 15:7-15.)
¿Permaneceremos fieles en medio de la falsa justicia? ¿Cumpliremos con nuestro deber en contra del clamor de la multitud?
Como el Maestro de maestros Cristo adaptó sus enseñanzas al nivel de la comprensión espiritual de sus alumnos, lo cual podemos ver en algunos pasajes.
Al leproso que sanó y que volvió a darle las gracias, Jesus sencillamente le preguntó: »Y los nueve, ¿dónde están?» (Lucas 17: 17). A la madre de dos de los Apóstoles, mas preparada que el leproso, que deseaba que sus dos hijos se sentaran a la derecha y a la izquierda de Jesus, Él, con cierto reproche, pero con amor, dijo: »No sabéis lo que pedís . . . [eso] no es mío darlo» (Mateo 20:22-23). Al pesaroso Pedro, que iba progresando a pasos agigantados, aunque con el vivo recuerdo del canto del gallo, tres veces le dio el mandato: » . . . apacienta mis ovejas», y también le dio a entender »con que muerte» el gran Apóstol seria, a su tiempo, martirizado (Juan 18:25-27; 21:15-19). ¡Cuánto mas pidió a Pedro que al leproso!
Si un repentino rayo de luz nos hiciera ver el abismo que hay entre lo que somos y lo que creemos ser. ¿Permitiremos, como Pedro, que esa luz sea el rayo »láser» que nos sane’? ¿Tenemos paciencia para sobrellevar el que uno de nuestros relativos puntos fuertes se ponga en tela de juicio? Una crisis dolorosa servirá para desplazar el destructivo orgullo de dicha virtud.
A la humilde y piadosa samaritana, que esperaba al Mesías, Jesus apaciblemente le reveló: «Yo soy, el que habla contigo» (Juan 4:26). Pero cuando el inquieto Pilato «dijo a Jesus: ¿De dónde eres tu? . . . Jesus no le dio respuesta.» (Juan 19:9).
¿Permaneceremos en silencio cuando el silencio es elocuente, pero puede usarse en contra de nosotros’? ¿nos quejaremos para hacer saber a Dios las ironías de la vida que nos afligen?
Pero pese a todas las ironías, las tristes ironías, existe la magna y alegre ironía de la gran misión de Cristo. El mismo observó que precisamente porque fue »levantado sobre la cruz» pudo »atraer a [sí] mismo a todos los hombres» y habiendo sido »levantado por los hombres, así también los hombres» serian ‘ ‘levantados por el Padre» (3 Nefi 27: 14).
¿Pero cómo podemos fortalecernos para encarar mejor equipados las ironías de la vida cuando se nos presenten?
Siendo mas como Jesus, dando mas amor. »Y el mundo, a causa de su iniquidad, lo juzgará como cosa de ningún valor; por tanto, lo azotan, y él lo soporta; lo hieren y él lo resiste. Sí, escupen sobre él, y él lo aguanta, [¿Por qué?] por motivo de su amorosa bondad y su longanimidad para con los hijos de los hombres.» (I Nefi 19:9.)
Otras claves importantes son: «Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9:23). El negarnos a nosotros mismos disminuirá nuestro sentido de que el mundo esta en deuda con nosotros.
Otra clave fundamental es: » . . . [vivir] cada día en acción de gracias por las muchas misericordias y bendiciones que [Dios confiere sobre vosotros» (Alma 34:38).
Las relativamente pocas ironías de la vida se contrarrestan en gran medida con las muchas misericordias del cielo. Si no podemos contar a diario todas nuestras bendiciones, podemos al menos recordar las que teníamos la ultima vez que las contamos.
Jesus nos dio otro ejemplo importante: Aunque Él sufrió tentaciones de todas clases (Alma 7 11), »no hizo caso de ellas» (D. y C. 20:22). Al contrario de algunos de nosotros, El no reconsideró ni volvió a pensar en las tentaciones. ¿Es que no vemos que aunque al principio seamos más fuertes que la tentación si jugamos con ella nuestra firmeza se debilitara’?
Con su excelsa mansedumbre, Jesús evitó que raíz alguna de amargura brotara en Él (Hebreos 12:15). Sopesemos las bellas palabras del
Salvador referentes a la Expiación después de haberla padecido: no mencionó el vinagre, ni mencionó los azotes, ni mencionó los golpes que le dieron ni que escupieron sobre Él; pero si dijo que había padecido »tanto en el cuerpo como en el espíritu» con una intensidad que nosotros simplemente no podemos comprender (D. y C. 19; 18; véase también el vers. 15).
Y la última y más terrible ironía de la vida terrenal de Jesus: su sensación de desamparo al llegar al paroxismo de su agonía en el Calvario. Al apartar, al parecer, el Padre Celestial su Espíritu, salió de labios de Jesus »la más angustiosa exclamación de sufrimiento» de la historia humana. (James E. Talmage, Jesús el Cristo, pág. 695.) Nunca antes había sucedido a Cristo ese desamparo: nunca; pero, por eso, Jesus llegó a ser cabalmente el Cristo y el Salvador que sabe cómo socorrer. (Alma 7:1 1-12.) Además, aun en aquella hora tenebrosa, cuando se sentía desamparado, Jesus se sometió al Padre.
Es natural que el Salvador nos haya dicho que su sufrimiento en Getsemaní y en el Calvario fue tan espantoso «que hizo que» Él »desmayara». Sin embargo, »acabó sus preparativos». (D. y C. 19:18-19; 3 Nefi I 1:1 1.) El »sin embargo» refleja profunda y divina determinación.
Además, aun después de haber »pisado El solo el lagar» (D. y C. 76:107), lo cual culminó en su asombroso triunfo personal y en la mayor victoria jamas alcanzada, el noble Jesus dijo: ¡»gloria sea al Padre»! (D. y C. 19:19). Eso no debe sorprendernos, ya que en el mundo preterrenal, Jesus sumisamente se ofreció para ser nuestro Salvador, diciendo: «Padre, hágase tu voluntad, y sea tuya la gloria para siempre» (Moisés 4:2). Jesús cumplió con su palabra.
Para terminar, humildemente digo: » ¡gloria sea al Padre!» Primero, por su Hijo incomparable y, segundo, » ¡gloria sea al Padre!» por haber permitido que su Hijo especial padeciera y fuera sacrificado por todos nosotros. En el día del juicio, hermanos, ¿se apresurara alguno de nosotros a decir a nuestro Padre Celestial lo que habremos padecido al ver sufrir a nuestros hijos?
¡Gloria sea al Padre!, en el nombre del que puede socorrernos en medio de todas las ironías y las adversidades de la vida (Alma 7:1 1-12), el cual es Jesucristo. Amén.

























Me ha hecho reflexionar.
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impresionante mensaje! Cuando nos preguntamos porque a mi? Ahí esta nuestra respuesta!
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