El valor infinito de la mujer

Conferencia General Octubre 1989logo 4
El valor infinito de la mujer
Por el élder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles

Russell M. Nelson“La iglesia tal vez haga mas que ninguna otra institución sobre la tierra por definir y elevar la causa de la mujer, proporcionándole el camino que la lleva a su destino eterno.”

Una mujer digna personifica los atributos verdaderamente nobles y valiosos de la vida. Una mujer fiel puede llegar a ser una hija devota de Dios, mas interesada en ser una persona recta que en ser egoísta, más deseosa de ejercer compasión que de ejercer dominio, mas determinada a ser integra que a ser popular. La mujer fiel esta consciente de su infinito valor.

Toda joven fiel de la Iglesia proclama que la dignidad personal es uno de los valores mas atesorados, declarando: “Soy de un valor infinito y tengo una misión divina que me empeñaré en cumplir” (Mi progreso personal, Salt Lake City: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, 1989).

Toda hija de Dios tiene un valor infinito debido a su misión divina.

De las mujeres de las Escrituras se pueden aprender importantes lecciones concernientes a dicha misión divina. Eva fue un gran ejemplo; trabajó a la par de su esposo. Ambos conocían el Plan de Salvación y eran obedientes a los mandamientos de Dios, y al igual que él, ella oró para recibir guía divina. Dio a luz hijos y les enseñó el evangelio. (Moisés 5:1-12; D. y C. 138:39.)

Sara, al traer al mundo a Isaac a una edad avanzada, fue un testimonio viviente de que nada es demasiado difícil para Dios (Génesis 18: 14).

María, la madre de nuestro Redentor, fue un ejemplo perfecto de la sumisión completa a la voluntad de Dios (Lucas 1:38). Mantuvo reserva en cuanto a cosas que le habían sido manifestadas (Lucas 2:19). Con fe, superó el dolor (Juan 20:11).

Los relatos de estas y otras heroínas de las Escrituras demuestran que la mujer es esencial en el plan que Dios creó para Sus hijos.

No hay palabras lo suficientemente elocuentes para expresar el agradecimiento que siento hacia estos hermanos que acaban de ser relevados de sus asignaciones como Autoridades Generales de la Iglesia. Apreciamos su maravilloso ministerio y su influencia ejemplar en el mundo.

El Señor es quien nos concede el privilegio de sostener lideres. (D. y C. 20:63-66; 26:2; 28:13; 38:34; 93:51; 104:21; 124:144.) El sostenimiento le hace saber a la Iglesia quien tiene autoridad (D. y C. 42:1) y nos permite a cada uno de nosotros demostrar nuestro apoyo. Honramos a todos nuestros lideres, tanto hombres como mujeres, y agradecemos la unión que existe entre los hermanos y las hermanas en este reino de Dios en la tierra.

En una reciente conferencia de prensa en un país de la Europa Oriental, se me preguntó en cuanto al potencial de la mujer en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Respondí que la Iglesia tal vez haga mas que ninguna otra institución sobre la tierra por definir y elevar la causa de la mujer, proporcionándole mismo modo, el hombre tiene asignaciones importantes pero diferentes. Aprendemos de las Escrituras que el hombre debe cumplir con las responsabilidades del sacerdocio y, como esposo y padre, proveer para su familia (Romanos 12:17; 1 Timoteo 5:8; D. y C. 75:28; 83:2, 4) y protegerla (D. y C. 134:6, 11). Desde el principio, el sacerdocio le ha sido conferido sólo al hombre, a través del linaje de sus padres. (D. y C. 84:6-16; 86:8; 107:40 41; Abraham 1: 3-4. )

Las bendiciones del sacerdocio las recibe tanto el hombre como la mujer. Ambos se pueden hacer acreedores al bautismo y a recibir el don del Espíritu Santo. Los dos pueden tomar sobre si el nombre del Señor y participar de la Santa Cena; pueden orar y recibir respuestas a sus oraciones. Los dones del Espíritu y los testimonios descansan sobre todos, no obstante su genero. Tanto el hombre como la mujer reciben juntamente y por igual la más alta ordenanza de la casa del Señor, no existe otra manera de recibirla. (D. y C. 131: 1-3.)

Las oportunidades para desarrollarse espiritual e intelectualmente son las mismas. La masculinidad no tiene el monopolio de la mente ni la femineidad tiene el dominio exclusivo sobre el corazón. Los títulos más excelsos de la sociedad humanaCeomo los de educador, profesional, empleado destacado, amigo fiel, estudiante de las Escrituras, hijo de Dios, discípulo de Cristo, compañero eterno, padre amoroso, ete.Cse logran según requisitos uniformes de dignidad.

“Padre amoroso”; ¡que titulo tan noble! No hay funciones mas sublimes en la vida para un hombre que las de esposo y padre. Asimismo, no hay funciones mas sublimes para una mujer que las de esposa y madre.

Al haber observado a lo largo de los años a mi querida compañera y a nuestras adoradas hijas esforzarse por satisfacer las demandas de estas funciones sagradas, me he sentido verdaderamente inspirado.

Me ha maravillado cuando mi esposa con exactitud pronosticaba que uno de nuestros hijos caería enfermo con sarampión o varicela mucho antes de que mi ojo de médico pudiera siquiera predecirlo. He observado su increíble aplomo al atender a uno de nuestros hijos en el momento de sufrir una convulsión.

Es enorme lo que se espera de la mujer. A menudo es un detective en busca de objetos extraviados, solucionando casi a diario esos misterios de “¿quién hizo tal o cual cosa?”

Con frecuencia, se le requiere poner en uso su talento para la música, pidiéndosele que cante, en cualquier momento y en cualquier lugar; o tiene que poner en práctica sus destrezas artísticas en libros de colorear o en bordados, siempre creando con sus manos. (Salmos 90:I7; D. y C. 42:40.)

Durante los primeros años de vida de la mayoría de los niños, la mujer es quien implanta las normas de disciplina, debiendo mecerse en la cuerda floja que se extiende entre lo demasiado estricto y lo demasiado tolerante.

La madre es la “Ministro de Trabajo” en su hogar. Es quien inculca el hábito del trabajo con sus responsabilidades y recompensas. El padre también colabora en dicho deber. Recuerdo la calurosa tarde de un sábado hace unos cuantos años, cuando una de nuestras hijas escuchó la cautivante música de un carro de heladero. Me pidió que le diera dinero, y yo insensiblemente le respondí: “Amorcito, ¿por qué no te ganas el dinero como todos los demás?” Nunca olvidare lo que me contestó:

“¡Pero, papa, no me gusta trabajar!” (Las cosas han cambiado ahora que tiene cuatro hijos propios.)

La mujer es experta en comunicaciones, sobresaliendo cuando lo hace en humilde oración. ¿Cuantos de nosotros aprendimos a orar de rodillas junto a nuestras madres? Por cierto que ellas saben que sus hijos podrán caminar sin ayuda sólo cuando hayan encontrado el sendero que lleva a nuestro Padre Celestial por medio de la oración.

Indudablemente la mujer es una maestra. Alguien hizo la declaración de que “cuando uno le enseña a un niño, le esta enseñando a una sola persona, pero cuando le enseña a una niña, le esta enseñando a toda una generación”.

  1. Edgar Hoover, por muchos años director del FBI, dijo que “la cura para el crimen no esta en la silla eléctrica sino en aquella silla que se usa al ser bebe” (en Emerson Roy West, comp., Vital Quotations, Salt Lake City: Bookcraft, 1986, pág. 78).

Rindo tributo a las mujeres que no son madres. Ellas saben que la maternidad es tan sólo uno de los dominios de la mujer. La virtud y la inteligencia de las mujeres tienen una aplicación singular en otros dominios, tales como el servicio caritativo y la enseñanza.

Yo estoy personalmente endeudado para con muchas maravillosas personas, hombres y mujeres, que fueron maestros míos. De la escuela primaria recuerdo a la señorita Crow, la señorita MeLean, la señorita Starr y otras. Mas adelante, la señorita Bradford, la señorita Cunningham y la señorita Snow se encontraban entre mis predilectas. Eras mujeres modestas, bondadosas y ejemplares. No estaban tan interesadas en lo que yo habría de adquirir sino en lo que llegaría a ser. Esas maravillosas maestras solteras ejercieron en mi una influencia diferente a la de mi angelical madre. Sus esperanzas, sus ambiciones y sus exigencias fueron de vital importancia en mi preparación para la vida.

La mujer que es prudente se renueva a sí misma. En la debida etapa de su vida desarrolla sus talentos y continúa con su educación. Cultiva la disciplina para alcanzar sus metas. Se aparta de la obscuridad y abre ventanas de verdad que iluminen su camino.

La mujer enseña a establecer prioridades por medio del precepto y del ejemplo. Recientemente mire un programa de televisión en el cual una mujer abogado estaba siendo entrevistada. Ella había dejado la práctica de su profesión para quedarse en su casa con su hijo. Cuando se le preguntó en cuanto a su decisión, respondió: “Es posible que vuelva a ejercer algún día, pero por ahora no. En lo que a mi concierne la situación es bien sencilla; cualquier abogado puede hacerse cargo de mis clientes, pero sólo yo debo ser la madre de esta criatura”.

Una decisión así no se toma basándose la persona en sus derechos sino mas bien en sus obligaciones y responsabilidades. Ella sabe que al cumplir con su deber, los derechos se atenderán a sí mismos.

El profeta José Smith aprendió esta lección cuando se le encerró injustamente en la cárcel de Liberty, en donde gozó de tan escasos derechos y tan pocas libertades y fue víctima de tanto abuso de autoridad. Fue en esa oportunidad que el Señor le enseñó a su profeta en cuanto a derechos, y tales enseñanzas estaban rodeadas de lecciones tocante a las obligaciones y responsabilidades (D. y C. 121).

Una mujer recta es una estudiante de las Escrituras. Muchos de los pasajes se aplican exclusivamente a su vida. (Génesis 27:46; Salmos 113:9; Proverbios 31:10-31; Efesios 5:22-33; Colosenses 3:18; Tito 2:3-5; Jacob 3:7; Mosíah 4:14-16; D. y C. 25.) En las Escrituras ella puede encontrar grandes tesoros de conocimiento; aun tesoros escondidos (D. y C. 89:19).

No es necesario que tenga un titulo en Física para saber verdades divinas tales como que “no hay tal cosa como materia inmaterial” (D. y C. 131:7).

No es necesario que tenga un titulo en Astronomía para aprender las lecciones que Dios le enseñó a Abraham; la relación entre la tierra y el sol, el sol y los planetas, los planetas y el centro del universo y mucho más (véase Abraham 3). Cuando canta “Estrellita que luz das, me pregunto a dónde vas”, ella sabe la respuesta gracias a las Escrituras.

Recuerdo muy bien una ocasión en que asistí a un simposio internacional. El orador era toda una eminencia mundial en su campo y se dirigía a un auditorio integrado por académicos que representaban a un sinnúmero de prestigiosas universidades. Ese hombre declaró que las bibliotecas del mundo están plagadas de libros y documentos de investigaciones anecdotarios, y propuso un significativo cambio de enfoque. “Lo que necesitamos,” dijo, “es investigación en las cosas que realmente tienen valor. Necesitamos aprender mas en cuanto a por que estamos aquí, de dónde hemos venido y a dónde vamos.”

Recuerdo ese memorable discurso cada vez que escucho a maestros de la Primaria y a madres en el hogar responder inspiradamente esas mismas preguntas a sus hijos. Al así hacerlo, dan firme testimonio de la divinidad del Señor Jesucristo.

Claro que hay veces en que la capacidad de perseverancia de una mujer llega a su limite. Una maestra puede no estar mas dispuesta a tolerar el mal comportamiento de sus alumnos, o se puede escuchar a una madre decir que esta lista para renunciar Es fácil sentirse desanimada, especialmente si se compara a sí misma con otras mujeres, lo cual no es realista, o si se basa en lo que tiene que hacer, en vez de en lo que debe llegar a ser.

Su autoestima no se puede fundamentar en sus rasgos físicos, en su profesión, en la carencia de un talento en particular ni en la forma en que se compara con otras personas.

Desarrolla su autoestima por medio de la rectitud personal y de una relación estrecha con Dios. Su apariencia exterior es generada por sus atributos interiores, y la paciencia es mucho más aparente que cualquier imperfección. (D. y C. 67:13.)

La serenidad apacible se encuentra en la oración ferviente. Entonces, nos olvidamos de nosotros mismos y recordamos las manos extendidas del Salvador, quien dijo: “Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Al compartir nuestra carga con Él, esta se hace más liviana.

Prevalecen los sentimientos de valor personal cuando una mujer sigue el ejemplo del Maestro. Su sentido de infinito valor emerge de su propio deseo cristiano de llegar a otros con amor de la misma manera que el Señor lo hace.

Cuando su esposo, hijos, nietos, o sobrinos regresan tras un día de batallar contra las crudas realidades del mundo, una mujer amorosa puede decir: “Ven, te haré descansar”. Dondequiera que ella se encuentre, ese lugar se puede transformar en un santuario; un puerto seguro contra las tempestades de la vida. Allí esta el refugio debido a su capacidad de ayudar y amar incondicionalmente.

A veces este amor verdadero requiere que ella lo demuestre de una manera estricta e inflexible. Sus lecciones de obediencia y responsabilidad deben parecerse a las del Maestro, quien dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15;  Exodo 20:6; Deuteronomio 5:10; Mosíah 13:14; D. y C. 46:9; 124:87).

El Buen Pastor dijo: “Apacienta mis corderos” (Juan 21:15).

Es así que una mujer apacienta a sus seres queridos, proporcionándoles ayuda y apoyo tal como lo haría el Salvador. Su don divino la lleva a nutrir, a ayudar al joven, a velar por el pobre y a dar paz al apesadumbrado.

El Señor dijo: “Mi obra y mi gloria [es] llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). Entonces, Su devota discípula puede decir: “Mi obra y mi gloria es ayudar a mis seres queridos a alcanzar esa meta celestial”.

El ayudar a otro ser humano a lograr su potencial celestial es parte de la misión divina de la mujer. En su papel de madre, maestra o miembro de la Iglesia, ella modela la arcilla viviente conforme a sus esperanzas. En elaboración con Dios, su divina misión es ayudar a los espíritus a vivir y a las almas a levantarse. Tal es el propósito de su creación, y se trata de un fin ennoblecedor, edificante y conducente a la exaltación.

Satanás batalla contra el santo llamamiento de la mujer. Su finalidad es resquebrajar la unidad familiar y menoscabar el valor de la mujer. Lograría el triunfo si un hombre la ofendiera o no la honrara; si una mujer negara su infinito valor y se comportara por debajo de su dignidad. La expresión vulgar de su belleza como un objeto de lujuria, la vil invasión de su pureza privada, debería provocar justa indignación en toda persona de buenos sentimientos.

El evangelio ha sido restaurado en estos últimos días para que la luz del Señor supere a los esfuerzos del adversario. Este es el momento que por tanto tiempo ha sido profetizado. El Señor ha prometido a los dignos santos de la actualidad:

“Sobre los siervos y sobre las siervas derramare mi Espíritu en aquellos días.” (Joel 2:29.)

La mujer recibirá su recompensa más abundante al cumplir con su destino como hija de Dios. A todos los santos que sean fieles El ha prometido tronos, reinos, principados, gloria, inmortalidad y vida eterna. (Romanos 2:7; D. y C. 75:5; 128:12, 23; 132:19.) Ese es el potencial de la mujer en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Es un potencial de exaltación, sempiterno y divino.

Que Dios nos bendiga a fin de que honremos a todas las mujeres en su misión divina como personas de infinito valor, lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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3 respuestas a El valor infinito de la mujer

  1. Susana dijo:

    Pero jamás hace a favor de la causa del varón, que es igual a la mujer. La iglesia es sexista, injusta y poco equitativa… No piensa la gente de la iglesia, es necia y torpe en este aspecto de la equidad.

    Información del día del hombre:

    http://posicionamientoseonatural.com/imd/

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  2. Julio dijo:

    El discurso va dirigido hacia las mujeres de la iglesia. Al contrario yo veo que existe equidad.

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  3. isabella dijo:

    opino igual que julio la iglesia es perfecta es dirigida por el seños ¿que injudticia va a aber ?

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