El servicio que cuenta

Conferencia General Octubre 1989logo 4
El servicio que cuenta
Por el Presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la primera presidencia

Thomas S. Monson«Todos los que estemos embarcados en la obra del señor tenemos el deber de buscar a los menos activos y traerlos al servicio del señor; su alma es preciosa.»

Mientras iba para la oficina una mañana, pase por una tintorería que tenia un cartel junto a la puerta de entrada; en él decía: «Lo que cuenta es el servicio». Supongo que en un negocio tan competitivo como ese y otros, el factor que les hará distinguirse y destacar entre los demás será, precisamente, el servicio.

El mensaje de aquel cartel no se me borraba de la mente. Y súbitamente me di cuenta del porque: En realidad, es el servicio lo que cuenta, el servicio que prestemos al Señor.

Todos admiramos y respetamos a aquel noble rey del Libro de Mormón, el rey Benjamin. Y tiene que haber sido muy respetado por los de su pueblo para que estos se hubieran reunido en tan grandes muchedumbres a escucharlo y recibir sus consejos. Considero muy interesante el hecho de que la multitud plantara «sus tiendas alrededor del templo, cada hombre con la puerta de su tienda dando hacia el templo, para que así pudieran quedarse en sus tiendas y oír las palabras que el rey Benjamin les hablase» (Mosíah 2:6). Hasta tuvieron que edificar una alta torre para que la gente pudiera oír.

Con la humildad sincera de un líder inspirado, el rey Benjamin les expresó su deseo de servirlos y conducirlos por sendas de rectitud. Y les dijo:

» . . . por haberos dicho que había empleado mi vida en vuestro servicio, no deseo yo jactarme, pues sólo he estado en el servicio de Dios.
«Y he aquí, os digo estas cosas para que aprendáis sabiduría; para que sepáis que cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, solo estáis en el servicio de vuestro Dios.» (Mosíah 2:16-17.)

Y ese es el servicio que cuenta, hermanos, aquel al cual todos hemos sido llamados: el servicio del Señor Jesucristo.

Al reclutarnos en su causa, el Señor nos invita a acercarnos a Él; y nos habla a todos con estas palabras:

«Venid a mi todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
«Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallareis descanso para vuestras almas;
«porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.» (Mateo 11:28-30.)

A todos los que le rinden servicio Él les da esta seguridad:

» . . . iré delante de vuestra faz. Estaré a vuestra diestra y a vuestra siniestra, y mi Espíritu estará en vuestro corazón, y mis ángeles alrededor de vosotros, para sosteneros.» (D. y C. 84:88.)

Entre los se han reunido esta noche hay muchos que tienen la responsabilidad de dirigir a los que poseen el Sacerdocio Aarónico; a vosotros os digo: La mejor enseñanza que podéis impartir es la de un buen ejemplo. Los jóvenes necesitan menos críticos y más modelos que imitar. Todos los que estemos embarcados en la obra del Señor tenemos el deber de buscar a los menos activos y traerlos al servicio del Señor; su alma es preciosa.

En una revelación a José Smith, Oliverio Cowdery y David Whitmer, el Señor enseñó lo siguiente:

«Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios;
«porque he aquí, el Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pueda arrepentirse y venir a él . . .
«¡Y cuan grande es su gozo por el alma que se arrepiente!
«Así que, sois llamados a proclamar el arrepentimiento a este pueblo.
«Y si acontece que trabajáis todos vuestros días proclamando el arrepentimiento a este pueblo y me traéis, aun cuando fuere una sola alma, ¡cuan grande será vuestro gozo con ella en el reino de mi Padre!» (D. y C. 18:10-11, 13-16.)

Hace unos años, durante la sesión para los lideres del sacerdocio en la Estaca Monument Park Oeste, este pasaje fue el tema del representante del Comité de Bienestar, Paul C. Child, que había sido presidente de mi estaca. Como acostumbraba, el hermano Child se apartó del púlpito y empezó a caminar por el pasillo, entre los hermanos. Mientras caminaba, citó el versículo: «Recordad que el valor de las almas es grande a la vista de Dios». Y preguntó: «¿Quién me puede decir que valor tiene el alma humana?»

Todos los presentes empezaron a pensar en la respuesta, por si el hermano Child los señalaba para que contestaran. Yo me había criado bajo su dirección y sabia que no pediría la contestación a un miembro del sumo consejo o de un obispado, sino que elegiría al que menos lo esperara. Y así fue; de una lista de nombres que llevaba en la mano llamó a un presidente de quórum de élderes. Atónitos este le pidió tartamudeando: «¿Podría repetirme la pregunta?» Él lo hizo y a continuación hubo un largo silencio. De pronto, surgió la respuesta: «El valor del alma humana consiste en su capacidad para llegar a ser como Dios».

El hermano Child cerró su libro, volvió al púlpito y, al pasar junto a mí, musitó: «Una respuesta profunda; muy profunda».

Teniendo firmemente grabada esa perspectiva en nuestra mente, estamos preparados para servir en la gran misión de traer almas a Cristo.

Muchos de vosotros tenéis el Sacerdocio Aarónico y os preparéis para ser misioneros. Empezad ahora, en la juventud, a aprender del gozo de servir en la causa del Maestro.

Después del Día de Acción de Gracias, hace más o menos un año, recibí una carta de una viuda a quien había conocido cuando yo estaba en la presidencia de su estaca. Había estado en una cena ofrecida por el obispado; su carta reflejaba la paz y la gratitud que sentía:

«Querido presidente Monson:

«Vivo en Bountiful ahora. Extraño a la gente de nuestra estaca, pero quiero contarle una maravillosa experiencia que he tenido acá. En noviembre, todas las viudas y ancianos recibimos una invitación para una cena. Se nos decía que no nos preocupáramos por el transporte, que estaría a cargo de los jóvenes del barrio.

«A la hora señalada, llegó un muchacho muy amable y nos llevó, a mi y otra hermana, al centro de estaca. Al llegar, otros dos jóvenes nos acompañaron hasta el edificio; entonces, dos jovencitas nos llevaron a otro hogar para que dejáramos los abrigos, y de allí al salón cultural, donde conversamos unos minutos; luego, nos acompañaron hasta las mesas y un varón o una chica nos hizo sentar. Una vez que estuvimos todos sentados, nos sirvieron una deliciosa cena, después de la cual presentaron un programa muy bonito.

«Al terminar el programa, nos sirvieron el postre. . . Después nos fuimos, pero a la salida nos entregaron de regalo una bolsita de plástico en la que habían puesto rebanadas de pavo y dos panecillos.

Los muchachos nos llevaron de regreso. ¡Fue una velada encantadora! A muchos de nosotros, el respeto y el cariño con que nos trataron nos conmovió hasta las lagrimas.

«Presidente Monson, cuando veo a los jóvenes tratar a su prójimo como éstos nos trataron a nosotros, sé que la Iglesia esta en buenas manos.»

Recordé mi amistad con esta buena hermana, que había envejecido sirviendo siempre al Señor, y me vinieron a la memoria las palabras de Santiago:

«La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo.» (Santiago 1:27.)

Agrego al de ella mi propio elogio: Que Dios bendiga a los lideres y a los jóvenes que con tanta abnegación llevaron ese gozo a los solitarios y esa paz a sus almas. Mediante esa experiencia aprendieron el significado del servicio y sintieron la proximidad del Señor.

Uno de los grandes misioneros de la época de los pioneros fue Joseph Millett, que hizo una misión en las Provincias Marítimas de Canadá cuando sólo tenia dieciocho años. El desaliento lo persiguió en la misión, pero tuvo muchas experiencias maravillosas y hasta la intervención milagrosa del Señor. Este siervo fiel del Señor, que aprendió en su misión lo que son la necesidad y la generosidad -y nunca lo olvidó nos dejó este retrato de sí mismo, tomado de su diario, que repito con sus propias palabras:

«Uno de mis hijos vino y me dijo que la familia del hermano Newton Hall no tenía mas pan. No habían tenido nada ese día. Puse. . . nuestra harina en una bolsa para enviársela. En ese momento llegó el hermano Hall. Yo le dije: ‘Hermano, ¿tiene harina?’ ‘Hermano Millett’, me dijo, ‘no tenemos nada’.

«‘Bueno, hay un poco en esa bolsa. Repartí la que teníamos v se la iba a mandar. Sus hijos les dijeron a los míos que no tenían más.’

«El hermano Hall se echó a llorar. Me dijo que había pedido a otros, pero no había conseguido. Después se fue al bosque a orar y el Señor le dijo que hablara con Joseph Millett.

» ‘Bueno, hermano Hall’, le dije, ‘si el Señor le envió aquí, no tiene que devolvérmela. No es a mí a quien la debe.’

«No puedo expresar lo bien que me sentí al pensar en que el Señor sabía que existía una persona llamada Joseph Millett.» (Eugene England, New Era, julio de 1975, pág. 28.)

Hermanos, el Señor conoce a cada uno de nosotros. ¿Acaso pensaríais que Aquel que nota la caída de un gorrión no estaría interesado en nuestras necesidades y nuestro servicio? No podemos atrevernos a atribuirle al Hijo de Dios las mismas flaquezas que nosotros tenemos.

Hace un tiempo, mi buen amigo de toda la vida, G. Marion Hinckley, fue a mi oficina con dos de sus nietos que son hermanos y fueron misioneros, uno en Japón y el otro en Escocia. El hermano Hinckley me dijo: «Quiero contarte una experiencia hermosa que han tenido estos nietos míos». No cabía en sí de orgullo.

En Japón, un fotógrafo callejero sacó un día una foto al que era misionero allí, que tenía un niño en los brazos; después lo detuvo a él y a su compañero y se la ofreció a él en venta. Ambos le explicaron que tenían un presupuesto muy ajustado  y que eran misioneros, y le señalaron las plaquitas con su nombre. Pero no compraron la foto.

Unos meses después el hermano que era misionero en Escocia  les preguntó a otros dos misioneros por que habían llegado tarde para la reunión de zona y ellos le contaron esto: Un fotógrafo callejero  los había fastidiado insistiendo en venderles la fotografía  de otro misionero, que estaba en Japón, con un niñito en brazos. No tenían interés en la foto, pero veían que iban a llegar aún mas tarde a la reunión y, para sacárselo de encima, se la compraron.

El élder Lamb les dijo: «¿No tenían otro cuento mejor?» Ellos entonces le mostraron la foto. El no podía dar crédito a sus ojos: Era la foto de su hermano que se hallaba en Japón.

Ese día en mi oficina me mostraron la foto y, al mismo tiempo que su abuelo sonreía con aprobación, uno de ellos dijo: «Por cierto que el Señor se interesa en sus siervos, los misioneros».

Después que se fueron, pensé: «Sí el Señor se interesa en los misioneros. . . y en sus padres y en sus abuelos, y en todos los que se sacrifican para mantenerlos, para que ellos enseñen Su evangelio a las almas tan preciadas de sus hijos».

Hay muchos que en sus llamamientos no se encuentran en las filas del servicio misional. ¿También a ellos los recuerda Dios? ¿Tiene Él en cuenta sus necesidades y los anhelos de su corazón? ¿Y que hay de los que han servido activa y fielmente en llamamientos importantes, envejeciendo en el servicio fiel, y después de relevados han caído en el anonimato de la vasta congregación de miembros de la Iglesia? A estas personas les testifico que el Señor las recuerda y las bendice.

Hace muchos años se me dio la asignación de dividir la Estaca de Modesto, en el estado de California. Habían pasado ya las reuniones del sábado, se habían elegido las nuevas presidencias de la estaca y se habían hecho los preparativos para los anuncios que tendrían lugar en la sesión del domingo.

Cuando esta estaba por empezar, por la mente me cruzó la idea de que yo ya había estado antes en Modesto. Pero ¿cuando? Deje que mi mente se remontara en el tiempo, rememorando los años pasados en busca de una confirmación de mis pensamientos. De pronto, recordé: Años antes, Modesto formaba parte de la Estaca San Joaquin, cuyo presidente se llamaba Clifton Rooker. Me había hospedado en su casa en una conferencia; pero de eso hacia ya muchos años. ¿Estaría jugándome la mente una mala pasada? Les pregunte a los de la presidencia: «¿Es esta la estaca de la que Clifton Rooker fue presidente?» Me contestaron que sí.

«Han pasado muchos años desde que estuve aquí», les dije. «¿Vive todavía el hermano Rooker?» Me respondieron que si e incluso que lo habían visto llegar para la conferencia.

Les pregunte: «¿Tienen idea de dónde estará sentado?» Me contestaron que no, lo cual era de esperar, puesto que el edificio estaba totalmente repleto de gente.

Entonces me puse de pie junto al púlpito y pregunté: «¿Esta Clifton Rooker entre el publico?» Y allí estaba, sentado atrás, en el salón de recreo. Sentí la inspiración de decirle por el micrófono: «Hermano Rooker, tenemos un lugar reservado para usted en el estrado. ¿Quiere venir, por favor?»

Todos los ojos se volvieron a él, mientras recorría la larga distancia que lo separaba del frente y se sentaba a mi lado. Tuve entonces la oportunidad de llamarlo, por haber sido uno de los pioneros de la estaca, a dar su testimonio, en el que dijo a esos miembros a quienes tanto quería que él era en realidad el beneficiado del servicio que había rendido a su Padre Celestial y a los miembros de la estaca.

Después de la sesión, le dije: «Hermano Rooker, ¿quiere venir a la sala del sumo consejo y ayudarme a apartar a las dos nuevas presidencias de estas estacas?»

«Será un gran privilegio para mí», me contestó.

Entramos en la sala del sumo consejo y allí, con sus manos unidas a las mías y a las de la presidencia recién relevada, apartamos a las dos nuevas presidencias para sus llamamientos. Antes de regresar a su casa el hermano Rooker, los dos nos abrazamos.

A la mañana siguiente, después de llegar a mi casa, recibí una llamada telefónica del hijo de Clifton Rooker. «Hermano Monson», me dijo, «quiero decirle que mi padre falleció esta mañana, pero que antes de morir dijo que ayer había sido el día más feliz de su vida».

Al oír las palabras del hijo del hermano Rooker, tuve que agradecer a Dios la inspiración que me había dado de invitar a aquel hombre excelente, mientras estaba en vida y podía disfrutarlo, a pasar adelante y recibir los honores de los miembros de la estaca a quienes había servido.

A todos los que sirven al Señor sirviendo a sus semejantes, y a los que reciben ese generoso servicio, el Redentor parece estarles hablando a ellos al decir:

«Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentara en su trono de gloria,
«y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos.
«Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda.
«Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo.
«Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis;
«estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí.
«Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuando te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber?
«¿Y cuando te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos?
«¿O cuando te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti?
«Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» (Mateo 25:31-40.)

Que cada uno de nosotros pueda ser digno de esta bendición de nuestro Señor, ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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