Yo creo

Yo creo

Gordon B. Hinckleypor el presidente Gordon B. Hínckley
Primer Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Marzo 1993

Creo que el cuerpo humano es creación de la Deidad. Nuestro cuerpo fue diseñado por nuestro Padre Eterno para ser el tabernáculo de nuestro espíritu inmortal.


Cada uno de nosotros es, en gran parte, el producto de sus creencias. Estas gobiernan nuestro comportamiento, convirtiéndose en las normas por las que nos conducimos.

Los trece Artículos de Fe enunciados por el profeta José Smith se han mantenido como manifestación de la doctrina desde 1842, fecha en que se escribieron como declaración concisa de nuestra teología, y han tenido ante el mundo la función de resumen de nuestras creencias.

A ésa yo agrego otra lista personal de creencias, diez para ser exacto, que he preparado con el fin de que me sirvan a mí de recordatorios y guías. Se me ha pedido que las dé a conocer y lo hago con cierta reserva, porque son personales, pero con la esperanza de que sirvan de aliento a quienes las pongan en práctica. No las he escrito por orden de importancia.

Primero: creo en la maravilla del cuerpo humano y en el milagro de la mente del hombre.

En mi casa tengo un sistema de sonido estereofónico bastante bueno; no lo uso con frecuencia, pero de vez en cuando me siento en el silencio de una semipenumbra y escucho música durante más o menos una hora, una música que, gracias a su excelente calidad, ha perdurado a través de los siglos. La otra noche escuché el Concierto para violín, de Beethoven [compositor alemán, 1770-38271, y me asombró pensar que una obra tan extraordinaria haya salido de una mente humana. Supongo que el compositor sería una persona como la mayoría de nosotros; no tengo idea de su altura, ni de su complexión, ni de su peso, pero me imagino que sentiría el hambre y el dolor como sus semejantes y que tendría la mayoría de los problemas que nosotros experimentamos y quizás algunos de los que no tenemos. Pero del genio de su mente salió una maravillosa combinación que creó excepcionales obras maestras de la música.

¿Se han detenido a contemplar alguna vez la maravilla que son ustedes mismos, los ojos con que ven, los oídos con que oyen, la voz con que hablan? No se ha inventado una cámara fotográfica que se compare con el ojo humano; no existe ningún medio de comunicación que equivalga a la voz y al oído; no se ha creado una bomba que funcione durante tanto tiempo y con tanta eficacia como el corazón humano. ¡Qué creación extraordinaria es cada uno de nosotros!

Contemplen uno de sus dedos. El intento más avanzado de reproducir uno por medio de la mecánica ha producido sólo una mera imitación, La próxima vez que muevan un dedo, fíjense en él, perciban la maravilla que es. Mientras me encontraba en un auditorio, escuchando un concierto, observé los dedos de los músicos que tocaban en la orquesta; cada uno de ellos los movía, ya fuera que tocara un instrumento de cuerda, de percusión o de viento. Para contar o silbar no se necesitan las manos, pero, aparte de eso, casi no existiría la armonía musical sin la acción diestra de los dedos capaces.

Creo que el cuerpo humano es creación de la Deidad. George Gallup [estadístico estadounidense, 1901-1984] hizo una vez la siguiente observación: “La existencia de Dios podría probarse estadísticamente. Consideremos el cuerpo humano en sí: la posibilidad de que todas las funciones del individuo sean producto de la casualidad es una aberración estadística”. Nuestro cuerpo fue diseñado por nuestro Padre Eterno para ser el tabernáculo de nuestro espíritu inmortal.

Me siento agradecido por la forma en que aumenta el conocimiento en cuanto al cuidado del cuerpo humano. Una vez leí que por cada cigarrillo que fuma, el fumador puede perder siete minutos de vida; y me pregunto cómo puede fumar una persona sensata. ¿Cómo puede una persona sensata introducir en su cuerpo drogas destructoras? ¿Cómo puede una persona sensata exponerse a la plaga mortal del SIDA o a otros problemas de salud similares, causados por el abuso de su cuerpo?

Pienso en las maravillas de la época en que vivimos, la más grandiosa de todas en la historia de la humanidad. En los años que llevo de vida han ocurrido más invenciones y más descubrimientos científicos que en todos los siglos anteriores de la historia del mundo.

¡Qué gran milagro es la mente humana! Piensen en el poder que tiene de asimilar conocimiento, de analizar y de combinar ideas. Y qué extraordinario es el aprendizaje, el proceso por el cual el conocimiento acumulado de los siglos se ha resumido y depurado de manera tal que en un breve período aprendemos aquello que llevó largos años de investigación y prueba.

La enseñanza es el gran proceso de conversión por el cual el conocimiento abstracto se convierte en práctica útil y productiva. La educación es algo que nunca debe llegar a su fin; aunque seamos adultos, siempre podemos adquirir conocimiento y hacer uso de él, obtener sabiduría y aprovecharla. Podemos entretenernos con el milagro de la lectura y el contacto con las artes, magnificando así la bendición de una larga vida. Cuanto más avanzo en años, tanto más disfruto de las palabras de los buenos escritores, tanto antiguos como modernos, y me complace leer lo que han escrito.

Tenemos el mandato divino de buscar “conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118); y se nos ha dicho que “cualquier principio de inteligencia que logremos en ésta vida se levantará con nosotros en la resurrección” (D. y C. 130:18).

Segundo: creo en la belleza.

La tierra con su belleza natural es una expresión del carácter de su Creador. El lenguaje del primer capítulo de Génesis despierta en mí un interés especial. Allí dice que “la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo” (Génesis 1:2). Supongo que esta esfera no tendría un aspecto muy bello.

“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz” (vers. 3). Así continuó la Creación hasta que “vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera” (vers. 31).

Mi interpretación de esto es que era hermoso porque “jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista” (Génesis 2:9).

Creo en la belleza de la naturaleza, de las flores, las frutas, el ciclo, las montañas y los valles en los cuales éstas se levantan. Observo a los animales y creo en su belleza.

Observo y admiro la belleza de las personas. No me interesa tanto el aspecto exterior que es producto de las lociones, las cremas y los cosméticos, y que se ve en las revistas y en la televisión. No me interesa sí la piel es clara u obscura; en todas las muchas naciones que he recorrido, he visto personas hermosas. En cualquier parte del mundo los niños son bellos; y también lo son las personas ancianas, cuyas manos y rostros ajados son una representación de la lucha por la vida.

Creo en la belleza de la virtud. Hay mucha fealdad en el mundo en que vivimos; y ésta se expresa en el lenguaje grosero, en la vestimenta, en los modales descuidados y en una conducta inmoral que se mofa de la belleza de la virtud y que siempre deja una cicatriz. Cada uno de nosotros puede y debe mantenerse por encima de este mal sórdido y destructivo que es la fea mancha de la inmoralidad.

Tercero: creo en el evangelio del trabajo.

En toda la tierra no hay substituto alguno del trabajo productivo, que es el proceso por el cual los sueños se convierten en realidad y las visiones se convierten en dinámicos logros.

La mayoría de nosotros somos haraganes por naturaleza; preferimos divertirnos a trabajar; preferimos el ocio a la labor. Un poco de diversión y un poco de ocio son buenos; pero lo que hace destacar la vida de una mujer o un hombre es el trabajo. Lo que nos eleva por encima de la mediocridad es la expansión de la mente y el uso de nuestras habilidades manuales. El trabajo es lo que nos provee el alimento que nos nutre, la ropa que usamos, la casa en la que vivimos. Si queremos progresar y prosperar individualmente, si nuestra nación desea llegar a ser un ejemplo ante el mundo, no podemos negar la importancia del trabajo de manos diestras y de mentes instruidas.

Cuando Adán y Eva fueron expulsados del jardín, jehová les dijo: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra” (Génesis 3: 19).

Cuarto: creo que la integridad es siempre la mejor norma.

Los pequeños actos de deshonestidad son algo muy destructivo y se han convertido en una enfermedad corruptora de la sociedad. Los directores de las compañías de seguros hablan de los enormes costos de los reclamos deshonestos que hace la gente; el fraude en el pago de los impuestos roba cantidades exhorbitantes de dinero al tesoro nacional de los países y coloca una carga injusta sobre aquellos que pagan honradamente; el hurto de los empleados, las cuentas de gastos fraudulentas y otras acciones similares acarrean pérdidas tremendas a las compañías de negocios. Aun así, la compañía quizás pueda sobrellevar sin mayores daños la pérdida del dinero, pero la persona involucrada no puede salir ilesa de la pérdida de la propia estimación.

Un día, llegaron a la oficina del Obispado Presidente una carta y un viejo cenicero. La carta dice lo siguiente:

“Estimados señores: En 1965 robé de su hotel el cenicero que adjunto. Después de todos estos años, deseo disculparme y pedirles perdón por mi mala acción. Atentamente, (a continuación aparece la firma).

“PD. Adjunto también un cheque con el objeto de reembolsarles el costo del cenicero”.

El cheque era por $26,00 (dólares), un dólar por cada año en que había tenido el cenicero. Me imagino que durante esos veintiséis años, cada vez que golpeaba el cigarrillo en el borde de ese cenicero, sufriría una punzada de consciencia. No sé si en el hotel echarían de menos el cenicero, pero el hombre que se lo llevó se vio privado de la paz de su consciencia durante más de un cuarto de siglo, y al final terminó pagando por el artículo mucho más de lo que valía. Sin duda, la integridad es siempre la mejor norma.

Quinto: creo en la obligación y la bendición del servicio al prójimo.

Me refiero al servicio que se rinde sin esperar ninguna recompensa monetaria. La mayoría de los problemas que hay en el mundo tienen origen en la codicia humana. Qué acción hermosa y de efecto terapéutico es que un ser humano deje de lado toda idea de beneficio personal y, con entusiasmo, energía y buenos propósitos, se dedique a ayudar a los necesitados, a mejorar la comunidad, a limpiar el ambiente y embellecer el mundo que nos rodea. El sufrimiento de los que no tienen hogar y de los hambrientos sería mucho mayor si nuestras comunidades no contaran con el servicio de cientos de voluntarios que dedican parte de su tiempo y de sus medios a prestar ayuda.

Tengo un amigo que es abogado, una persona destacada y de mucho éxito. Cuando se casó, la esposa le propuso que ambos tomaran la determinación de dedicar una cuarta parte de su tiempo libre a mejorar la comunidad en que vivían. Han pasado muchos años desde aquel día y ellos se mantuvieron siempre fieles a su decisión. Mi amigo, que ha quedado viudo, ha recibido merecido reconocimiento por sus labores dinámicas y abnegadas en infinidad de proyectos por medio de los cuales se ha mejorado la calidad del agua y del ambiente; además, gracias a su enorme visión de futuro, se han construido instalaciones públicas que han sido una bendición para todos los ciudadanos del lugar donde él vive.

Todos los que han servido en una misión pueden atestiguar de la gran felicidad que se recibe al servir a los semejantes. En algunas partes del mundo hay grupos de maestros voluntarios de seminario e instituto que llevan sobre sus hombros la responsabilidad de instruir. Hace unos días hablé con uno de ellos, un destacado hombre de negocios que cinco días de la semana se levanta a las cinco de la mañana para dar clases de seminario, y me hizo este comentario: “De todo lo que hago, esto es lo mejor”. Ninguna persona que viva sólo para sí puede lograr una vida plena y feliz. De acuerdo con el rey Benjamín, “cuando os halláis en el servicio de vuestros semejantes, sólo estáis en el servicio de vuestro Dios” (Mosíah2:17).

Sexto: creo que la familia es la unidad fundamental y la más importante de la sociedad.

Los gozos más grandes de la vida se obtienen mediante relaciones familiares felices. Los pesares más intensos, los sentimientos de angustia más tenebrosos y destilados provienen de una vida familiar desdichada.

En este mundo se ven muchos fracasos, pero, en mi opinión, el mayor de todos es el que se encuentra en los hogares deshechos. En esos casos, la congoja es inconmensurable.

Estas situaciones, en su mayoría, son el resultado de actitudes egoístas, y la solución reside en el arrepentimiento de parte del ofensor y la disposición a perdonar de parte del ofendido.

Todo matrimonio está sujeto a enfrentar, de vez en cuando, una tormenta; pero con paciencia, respeto mutuo y una actitud tolerante es posible sobrellevarlas. Cuando se ha cometido un error, se recurre a las expresiones de disculpa, al arrepentimiento y al perdón. Pero debe existir la misma disposición de ambas partes.

Creo en una familia en la que haya un hombre que contemple a su compañera como su tesoro más preciado, y la trate de acuerdo con ese sentimiento; una familia en la que la mujer vea a su marido como un ancla y una fuente de fortaleza, de consuelo y seguridad; un hogar donde haya hijos que miren a sus padres con respeto y gratitud, donde haya padres que vean a sus hijos como una bendición, y que consideren la tarea de criarlos y educarlos como una responsabilidad maravillosa y extremadamente seria. Crear un hogar como ése exige esfuerzo y energía, paciencia y disposición a perdonar, amor, perseverancia y sacrificio; las demandas son muchas, pero vale la pena hacer el esfuerzo.

He aprendido que la verdadera esencia de la felicidad matrimonial no reside tanto en el romance como en el interés sincero que se tenga en la dicha y el bienestar del compañero. El pensar en sí mismo y la gratificación de los propios deseos no engendrará confianza, amor ni felicidad; el amor, con sus características inherentes, sólo brotará y florecerá donde exista la abnegación.

El matrimonio es, en el verdadero sentido, una sociedad de dos personas iguales, en la que ninguno ejerce dominio sobre el otro; más bien, cada uno ayuda a su compañero en las responsabilidades y aspiraciones que éste pueda tener.

Séptimo: creo en el principio de la economía.

En la actualidad, vemos terribles quiebras de negocios en una proporción que no se había visto en mucho tiempo; muchas son el resultado de préstamos imprudentes y de deudas tan grandes que son imposibles de pagar. En los Estados Unidos, hemos visto la pérdida de miles de millones de dólares en fracasos de instituciones de ahorros y préstamos que se vieron obligadas a cerrar porque los deudores no pagaban sus obligaciones. Ha habido fuertes instituciones bancarias que han tenido que dar fin a sus operaciones porque aquellos a quienes habían prestado el dinero no podían pagar su deuda. Pienso en una importante aerolínea internacional cuyas propiedades se vendieron recientemente porque le era imposible satisfacer el pago de las deudas; en una época fue la principal aerolínea de pasajeros del mundo; yo utilicé muchas veces sus servicios para viajar a lugares distantes, donde esta poderosa compañía era la que ofrecía la mejor atención. Pero se perdió el sentido directivo, se pidió prestado más de lo que se podía pagar y, poco a poco, fue vendiendo sus rutas y ahora ya no existe.

“Los negocios de los Estados Unidos utilizan en la actualidad el cincuenta por ciento de sus ingresos en saldar deudas y servicios de débito, el doble de lo que se empleaba quince años atrás” (VS. News and World Repon, 15 de oct. de 1990, pág. 136).

Lamentablemente, este problema no se limita a las instituciones de negocios sino que se extiende a un incontable número de personas. En los Estados Unidos, en el período de un año, la cantidad de deudas individuales (sin contar las hipotecas de las casas) aumentó veintisiete mil millones de dólares. “La familia típica [estadounidense] dedica el treinta por ciento de sus ingresos a la amortización de deudas; esto se compara con el veinte por ciento de hace un año” (U.S. Neivs and World Repon, pág. 1.36).

Nuestros antepasados se guiaban por este dicho: “Repara lo que tengas; úsalo hasta que se gaste; cuídalo para que te dure, y haz que lo tuyo te baste”.

Es lógico entrar en una deuda razonable para comprar una casa —siempre que el hacerlo esté al alcance de la persona— y quizás alguna otra cosa indispensable. Pero he observado en una forma muy vivida las terribles tragedias de muchas personas que han tomado préstamos para adquirir lo que en realidad no necesitan.

El presidente Heber J. Grant dijo: “Si hay algo que brinda paz y contentamiento al corazón humano y al seno familiar, es vivir de acuerdo con lo que se tenga; y si hay algo que corroe y desalienta y deprime, es tener deudas y obligaciones que no se puedan pagar” (Gospeí Standctrds, comp. por G. Homer Durham, Salt Lake City: Improvement Era, 1941, pág. 111).

Octavo: creo en mí mismo.

No digo esto con egotismo; lo que quiero decir es que creo en mi capacidad (y en la de ustedes) de hacer el bien, de contribuir en alguna forma al beneficio de la sociedad en que vivimos, de desarrollarnos y progresar y de llevar a cabo empresas que ahora nos parecen imposibles.

Creo que soy hijo de Dios y que El me ha investido con una primogenitura divina; creo que dentro de todos nosotros hay parte de las características divinas. Creo que hemos recibido un patrimonio de Dios y que tenemos la responsabilidad, la obligación y la oportunidad de cultivar y expandir las mejores cualidades que poseamos.

Aunque mi labor sea humilde, aunque mi contribución sea pequeña, puedo llevarla a cabo con dignidad y ofrecerla con generosidad. Quizás mi talento y mis habilidades no se destaquen, pero puedo usarlos en beneficio de mis semejantes; tal vez sintiendo orgullo de las labores que puedan realizar mis manos y mi mente; tal vez demostrando respeto por los que me rodean, por sus opiniones y creencias, y ofreciéndoles comprensión en sus problemas y un deseo de ayudarles sí tropiezan. Creo en el principio de que con mis acciones puedo lograr un cambio en el mundo; quizás el cambio sea muy pequeño, pero contribuirá al bien general. Todo lo bueno que hay en el mundo en que vivimos es la acumulación de lo bueno de muchos actos imperceptibles y aparentemente insignificantes.

Noveno: creo en dios, mi padre eterno, y en su amado hijo, el redentor del mundo.

Creo en el principio de la regla de oro que Jesucristo enseñó: “…todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos” (Mateo 7:12).

Creo en el principio de recorrer la segunda milla, del cual habló el Maestro en el Sermón del Monte [véase Mateo 5:411- Y, aunque difíciles de seguir, creo en Sus enseñanzas en cuanto a la tolerancia, el perdón y la caridad.

Creo en adorar a Dios “conforme a los dictados de nuestra propia conciencia” y en dar “a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen” (Los Artículos de Fe 11).

Creo en los sagrados escritos del pasado. Nuestros libros canónicos, nuestras Escrituras, establecen el fundamento de la ley civil, de nuestras relaciones sociales, de nuestras responsabilidades familiares, y, lo más importante, contienen las enseñanzas, los principios y los mandamientos de acuerdo con los cuales debemos conducir nuestra vida. En ellos se expone la inalterable ley de la cosecha: “…todo lo que el hombre sembrare, eso también segará” (Gálatas 6:7; véase también D. y C. 6:33); también explican con detalle una ley de responsabilidad por la cual algún día tendremos que dar cuenta de nuestras labores, nuestras acciones y nuestras palabras al Dios de los cielos, que nos ha concedido el privilegio de la vida con todos sus gozos, todas sus oportunidades y todas sus dificultades.

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Juan 17:3).

Aunque todavía no completamente, por lo menos en parte he llegado a conocer y a amar a mi Padre y a mi Redentor.

Décimo: creo en la oración.

Creo en la invitación de mi Padre Eterno de venir a El en el nombre del Señor Jesucristo. Creo en la veracidad de la promesa que dice: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada” (Santiago 1:5).

Esa promesa fue lo que llevó al adolescente José Smith a la arboleda, para arrodillarse allí en súplica ferviente y buscar respuesta a sus dudas.

Creo sin reservas en la realidad de la visión que José Smith describió. De aquel manantial de comunicación entre el Dios de los cielos, el Redentor del mundo, resucitado, y un adolescente sin mayor instrucción pero de corazón puro ha emergido esta magnífica y verdadera Iglesia que se extiende por la tierra para bendecir a todos aquellos que escuchen su mensaje.

Creo en la oración de los que han sido llamados para dirigir esta obra, la oración que trae inspiración y revelación de Dios para bendición de Su Iglesia y de Su pueblo.

Y creo en la oración personal, ese preciado y maravilloso privilegio que se nos ha dado a cada uno de nosotros para que nos sirva de guía, de consuelo y de fuente de paz.

Estos son, por lo tanto, mis diez artículos de creencia. Al describirlos, he utilizado la primera persona del singular, lo cual generalmente no es bueno. He tratado de vivir de acuerdo con esas creencias, aunque no hasta el punto que hubiera querido, pero por lo menos he tenido el deseo sincero de hacerlo. Y las expongo aquí sólo porque tengo la esperanza de que sean de provecho para alguien.

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