La caridad y el aprendizaje

Conferencia General Octubre 1994logo 4
La caridad y el aprendizaje
Aileen H. Clyde
de la Presidencia General de la Sociedad de Socorro

Aileen H. Clyde«Creemos que nuestros actos de bondad… tendrán significado en el mismo grado en que atraigan el Santo Espíritu a nuestra alma.»

Las hermanas de nuestra Iglesia se han movilizado muchas veces para prestarse cariñoso servicio unas a otras, así como a sus familiares y a su comunidad. Si bien las tareas que emprendemos son muy diversas, creemos que la forma en que las realizamos nos separa del mundo por motivo de nuestro deseo de ser guiadas espiritualmente y de actuar con caridad. Nuestras Escrituras nos indican que la caridad, la palabra que empleamos para definir el amor más elevado, o sea, «el amor puro de Cristo» (Moroni 7:47) se aprende. Al aprender a ejercer ese amor puro, somos capaces de ser bondadosas, de no tener envidia, de no irritarnos fácilmente, de regocijarnos en la verdad, de creer, esperar y soportar todas las cosas (véase 1 Corintios 13:47). La caridad va formando parte de nuestro ser a medida que vamos avanzando de gracia en gracia y absorbiendo precepto por precepto.

«Pues he aquí, así dice el Señor Dios: Daré a los hijos de los hombres línea por línea, precepto por precepto, un poco aquí y un poco allí; y benditos son aquellos que escuchan mis preceptos y prestan atención a mis consejos, porque aprenderán sabiduría…» (2 Nefi 28:30).

Las hermanas de la Sociedad de Socorro buscamos aprender sabiduría, pero ponemos en primer lugar el aprender la caridad.

La caridad se va asentando en nuestra alma al ir dejando a un lado lo que sirva primero para nuestra comodidad y egoísmo a fin de ir dando paso al amor a la familia y a los amigos, y, más aun, al llegar a comprender el amor incondicional de nuestro Señor por nosotros que nos manifiesta parentesco divino de las unas con las otras y con El. Ese amor, o caridad, no brota de pronto ni permanece en forma constante en la mayoría de las personas, pero podemos adquirirlo al aprender y progresar, y esforzarnos por conocer el amor de Dios. Las Escrituras nos ayudan en gran medida a entender eso; en ellas leemos que el amor precede al conocer a Dios. En 1 Juan 4:8-11, dice:

«El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor.

«En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.

«En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados.

«Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.»

Lo que «debemos» hacer con caridad tanto por nosotras mismas como las unas por las otras a veces resulta muy fácil, pero la mayoría de las veces requiere un esfuerzo valiente y generoso al igual que un cambio en la manera de conducirnos. La organización de la Sociedad de Socorro ofrece a la mujer oportunidades de aumentar sus esfuerzos personales por desarrollar y ejercer la caridad. Mediante nuestros esfuerzos conjuntos, los miembros de la Sociedad de Socorro podemos hacernos sentir mutuamente apoyadas y amadas, sobre todo en los momentos de necesidad y de crisis. Ponemos a prueba esos esfuerzos nuestros al seguir el ejemplo de Cristo de dar amor incondicional y comprensión. Creemos que nuestros actos de bondad y las formas en que manifestemos nuestro amor fraternal tendrán significado en el mismo grado en que atraigan el Santo Espíritu a nuestra alma.

Igualmente importante es que la Sociedad de Socorro nos brinda la oportunidad de enseñarnos unas a otras los principios y las ordenanzas salvadores, los cuales recibimos por medio del poder del sacerdocio y se hacen constar en las Escrituras. Y así, podemos ser instrumentos para salvar almas, como lo vislumbró el profeta José Smith en 1842. En la actualidad, al igual que cuando se fundó la Sociedad de Socorro, las mujeres de la Iglesia vemos la caridad como la forma más notable de des arrollar nuestra capacidad de conocer a Dios, y no tan solo de saber acerca de Dios.

En la gran oración intercesora de nuestro Salvador, que se encuentra en el capítulo diecisiete de Juan, El oró por nosotros: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado» (vers. 3). Luego, refiriéndose a los Apóstoles y a los creyentes de aquella época, prosiguió diciendo: «porque las palabras que me diste, les he dado…» (vers. 8). El tipo de conocimiento que llegó a los Apóstoles de Cristo y a otros creyentes de aquel tiempo fue un don del Espíritu, pero reparemos en la importancia te las palabras que Cristo les habló, las cuales ellos a su vez comunicaron a todos los que oían su testimonio, y las que ahora llegan a nosotros mediante las Escrituras. La realidad de Dios y de Cristo y nuestra relación con ellos llega a nosotros por conducto de una cadena de conocimiento comunicado con palabras, sí, palabras santas, y por el Santo Espíritu.

Por motivo de que reconocemos la importancia de las palabras para comunicamos las verdades redentoras unas a otras, la Sociedad de Socorro ha emprendido la tarea de animar el aprendizaje y, para ello, ha ofrecido ayuda en lectura básica a quienes la necesiten y nos ha motivado a las que sabemos leer a hacer lo con más esmero.

El saber leer bien y comprender lo que se lee es un importante camino para conocer a Dios, y es un medio universal en el que podemos confiar. Lo llamo universal porque todos los seres humanos nacemos con la dotación genética que nos permite reconocer y formular el lenguaje. Es sencillamente una de las formas asombrosas en que estamos constituidos. Nuestro Creador deseaba que valorásemos y desarrollásemos nuestra facultad de comunicarnos con El y los unos con los otros. El espera que empleemos esas facultades para aprender las vías de la rectitud, así como para elevarnos unas a otras y desarrollar nuestra naturaleza divina.

Quizá eso nos haya motivado a reunimos en esta ocasión. Anteriormente, nos hemos reunido en grandes congregaciones como ésta. Nos tomamos el trabajo de congregarnos -—en diversos sitios para escuchar con atención los mensajes. Algunas reciben instrucciones. Otras meditan en lo que se ha aconsejado. Otras sopesan lo que se dice, inseguras por ahora de lo que significa para ellas. Fuimos creados para usar ese método.

Todas hemos tenido la experiencia de haber hermanado una verdad o el entendimiento de un hecho, al escuchar las palabras o la música inspiradoras de otra persona, a algo que se encontraba muy profundamente guardado en nuestra alma. Cuando se produce esa conexión, se siente como una pequeña explosión de conocimiento. Sentimos una calidez que nos edifica y que nos abarca la mente y el alma. Esas vivencias, aunque momentáneas, comprueban nuestro parentesco entre unas y otras y con Dios. Nos hacen percibir de nuevo quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser. Al entender esa comunicación, vemos de un modo más patente las oportunidades de aprender que nos rodean y que desaprovechamos; se nos hace más fácil distinguir de qué forma nos hemos dejado llevar por la rutina y hemos permitido que hábitos de comodidad nos hayan aislado e impedido usar nuestro intelecto con poder espiritual para ver «un camino aún más excelente» (1 Corintios 12:31).

Me tacharía de negligente si no reconociera cuánto más complejas y diversas son las vías de comunicación que llegan a nuestra mente hoy en día. La televisión, la radio, los videos, la transmisión vía satélite y el material impreso han agrandado considerablemente la congregación de esta reunión de la Sociedad de Socorro. Es una bendición para nosotras. Pero hay otras personas, que, con otros fines, se valdrán de la misma tecnología para comunicarnos otras cosas de un modo seductor.

Es preciso ejercer el mejor discernimiento para escoger lo que dirija los pensamientos hacia lo edificante y evitar lo que nos distraiga, nos confunda o nos engañe.

«Por tanto, cuidaos a fin de que no os engañen; y para que no seáis engañados, buscad diligentemente los mejores dones, recordando siempre para que son dados;

«porque de cierto os digo, que se dan para el beneficio de los que me aman y guardan todos mis mandamientos, y de los que procuran hacerlo» (D. y C. 46:8-9).

Como oficial de la Sociedad de Socorro, he tenido la gran bendición de conocer a muchas de las hijas de Dios que con dedicación guardan Sus mandamientos, que han hecho y guardan convenios sagrados, y que se esfuerzan con sinceridad por conocer la palabra de Dios. Ninguna es igual a otra; cada una es diferente según sus circunstancias particulares, las cuales varían en una gama infinita- Se distinguen del mundo porque procuran verificar la realidad de los dones espirituales y del amor de Dios.

Hacia fines de la primavera de este año, conocí a una hermana así en California, cuya fe y testimonio me conmovieron el alma. Era pequeña de cuerpo y de hablar stiave, y dijo que era refugiada. Había aprendido inglés y reunía los requisitos para recibir becas para ir a la universidad tras su llegada a los Estados Unidos. Además de cursar estudios en ingeniería química, se casó, se unió a la Iglesia y tuvo cuatro hijos. El saber leer fue un factor importante para realizar todo eso. Describió el gran esfuerzo que le había costado interpretar los textos universitarios en un idioma tan diferente de su lengua materna. Contó que el leer el Libro de Mormón había profundizado su entendimiento, no sólo de las verdades de las Escrituras sino también de sus rigurosos estudios de matemáticas y química.

Poco después de haber recibido la licenciatura, su marido la abandonó y la dejó a ella y a sus hijos sin ayuda económica, por lo que tuvo que buscar trabajo. Dijo que pensaba que la habían empleado en un laboratorio por la ventaja que tenía al pertenecer a un grupo minoritario, pero que no tenía experiencia laboral ni conocía los procedimientos que para los demás eran rutinarios. Como el único al que podía acudir era el Señor, comenzó a orar en privado en el trabajo para pedir ayuda. También descubrió que, mientras leía el Libro de Mormón, su mente se aclaraba y se le ocurrían buenas ideas sobre el modo de realizar su trabajo. Tanto ha progresado que ahora cuando sus compañeros del laboratorio se encuentran ante un dilema en un trabajo, le piden a ella que les aclare el problema.

Aquella hermana testificó de su conocimiento cierto de la realidad de Dios y sobre todo del amor de Dios. Su lucha por sus hijos le exige toda su fortaleza física y espiritual. Ahora, los sábados, a menudo los lleva al mercado a comprar alimentos que después preparan juntos y en seguida llevan a un refugio de gente sin hogar. Su gran deseo es que sus hijos lleguen a comprender en cierta medida lo que fue su vida cuando no tenía nada. Al ayudarles a ejercer la caridad, les enseña a comprender el amor de Dios. Al tratar yo de comprender más a fondo el significado de su testimonio, me sirvió lo que dice en Alma 32:23;

«Y ahora bien, él comunica su palabra a los hombres por medio de ángeles; sí, no sólo a los hombres, sino a las mujeres también. Y esto no es todo; muchas veces les son dadas a los niños palabras que confunden al sabio y al erudito».

Les testifico que Dios vive y que es bueno, y que Sus dones espirituales están al alcance de todas nosotras. Que le conozcamos a Él y a Cristo nuestro Salvador de formas que nos lleven a brindarnos amor puro las unas a las otras mediante el Santo Espíritu, ruego, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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