Cómo nutrir el Espíritu

Cómo nutrir el espíritu

Dallin H. Oakspor élder Dallin H. Oaks
del Quórum de los Doce Apóstoles
Discurso pronunciado en el Colegio Universitario Ricks el 13 de febrero de 1996.

Dios se revela a Sí mismo y revela Sus verdades eternas a los que procuran, sirven y escuchan Sus enseñanzas con humildad.


Sabemos que nuestros cuerpos físicos requieren de nutrientes para sostener la vida y mantener la salud física y mental. Si se nos priva de esos nutrientes, nuestra vitalidad física y mental se debilita y tenemos la condición llamada desnutrición. La desnutrición produce síntomas tales como reducción de las funciones mentales, trastornos estomacales, pérdida de la fortaleza física y deterioro de la visión. La buena nutrición es especialmente importante en los niños, cuyos cuerpos en desarrollo pueden dañarse fácilmente si les faltan los nutrientes necesarios para un crecimiento normal.

PROCURAR Debemos recordar la enseñanza de Nefi de que los misterios de Dios, el alimento espiritual más selecto, no puede comprenderse “a menos que uno [recurra] al Señor”.

Nuestros espíritus también necesitan nutrirse. Así como hay alimento para el cuerpo, también hay alimento para el espíritu. Las consecuencias de la desnutrición espiritual son tan dañinas para nuestra vida espiritual como la desnutrición física lo es para nuestro cuerpo físico. Los síntomas de la desnutrición espiritual incluyen la reducción de la capacidad de digerir alimento espiritual, la pérdida de fortaleza espiritual y el deterioro de la visión espiritual.

Existen algunos principios importantes que debemos comprender para asegurarnos de que nosotros y nuestros hijos no sufriremos la desnutrición espiritual. Sabemos que las principales fuentes de alimento espiritual son: la oración, el estudio de las Escrituras, la asistencia a reuniones inspiradoras, el canto de los himnos de Sión, el servicio en nuestros llamamientos, el ayuno, el participar de la Santa Cena y hacer otros convenios, tales como los del templo. También sabemos que algunas experiencias pueden interferir en la asimilación del alimento espiritual, de la misma forma que ciertas sustancias dañinas pueden interponerse en la obtención de la nutrición física necesaria que proviene de los alimentos físicos. Por ejemplo, todo lo que aleja al Espíritu del Señor, como la pornografía, las malas palabras o la ira, nos impedirá obtener la nutrición espiritual que necesitamos de las experiencias que normalmente serían efectivas como alimento espiritual. Algunas sustancias físicas, tales como las prohibidas por la Palabra de Sabiduría, son dañinas tanto para el cuerpo como para el espíritu. Debemos asegurarnos de que nuestros hijos tengan suficiente alimento espiritual y que estén protegidos de las influencias que impidan que este alimento sea asimilado como nutrición espiritual.

CÓMO NUTRIR A LA NUEVA GENERACIÓN

El que los padres reciban suficiente nutrición espiritual, ¿garantiza que sus hijos también la tendrán? Si bien es cierto que algunas características físicas son hereditarias, la experiencia nos enseña que una fe fuerte y la espiritualidad no pasan automáticamente de una generación a otra. Consideremos el ejemplo del rey Benjamín, uno de los grandes maestros del Libro de Mormón, que enseñó la pureza del Evangelio a una generación con un efecto tan profundo que ya no tenían “más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”. Ellos experimentaron en sus corazones lo que denominaron “un potente cambio” (Mosíah 5:2). Pero esa maravillosa fe y espiritualidad no pasó automáticamente a su posteridad. Las Escrituras registran:

Agosto de 2001 Liahona

“Y aconteció que había muchos de los de la nueva generación que no pudieron entender las palabras del rey Benjamín, pues eran niños pequeños en la ocasión en que él habló a su pueblo; y no creían en la tradición de sus padres.

“No creían lo que se había dicho tocante a la resurrección de los muertos, ni tampoco creían lo concerniente a la venida de Cristo.

“Así que, por motivo de su incredulidad no podían entender la palabra de Dios; y se endurecieron sus corazones.

“Y no quisieron bautizarse ni tampoco unirse a la iglesia. Y constituyeron un pueblo separado en cuanto a su fe, y así quedaron desde entonces, en su estado carnal e inicuo, porque no querían invocar al Señor su Dios” (Mosíah 26:1–4).

De manera similar, alrededor de cien años después, las poderosas enseñanzas del profeta Samuel el Lamanita causaron que muchos creyesen. No obstante, a medida que sus hijos fueron creciendo, las Escrituras dicen que se desviaron y que el pueblo empezó “a decaer en cuanto a su fe y rectitud, por causa de la iniquidad de la nueva generación” (3 Nefi 1:30). Quizá ustedes hayan visto entre sus conocidos algunos ejemplos similares de padres que son fieles pero cuyos hijos, en su mayoría, rechazan la fe de sus antepasados o no sienten nada por ella. Yo lo he visto y he meditado sobre sus causas.

En su primer mensaje al cuerpo estudiantil y del profesorado de la Universidad Brigham Young, el élder Merrill J. Bateman, de los Setenta, en su papel de presidente de esa institución, recordó a los asistentes un principio primordial: “Los hijos de Dios son más que intelecto y cuerpo. El intelecto se aloja en un espíritu que también debe ser educado. Las verdades sagradas o superiores que se relacionan con el espíritu son las verdades fundamentales… y se centran en Jesucristo como el Hijo de Dios… quien dio Su vida por los pecados del mundo” (“A Zion University”, en Brigham Young University 1995–96 Speeches, 1996, pág. 126).

Todos sabemos que el Señor ha dado el mandamiento a los padres que tienen hijos en Sión de enseñarles a comprender los conceptos fundamentales del Evangelio: la fe en Cristo y las doctrinas del arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo. Si los padres no hacen esto, el pecado recae sobre sus cabezas (véase D. y C. 68:25). Dos años después de esa revelación, el Señor dio el mandamiento a los santos de “criar a [sus] hijos en la luz y la verdad” (D. y C. 93:40) y luego recalcó la importancia de ese mandamiento al aplicarlo directamente a Sidney Rigdon (1793–1876) y Frederick G. Williams (1787–1842), quienes apenas habían sido llamados como Consejeros de la Primera Presidencia. Al presidente Williams le dijo:

“No has enseñado a tus hijos e hijas la luz y la verdad, conforme a los mandamientos; y aquel inicuo todavía tiene poder sobre ti, y ésta es la causa de tu aflicción.

“Y ahora te doy un mandamiento: Si quieres verte libre, has de poner tu propia casa en orden, porque hay en tu casa muchas cosas que no son rectas” (D. y C. 93:42–43). Creo que todos los padres deben recordar esta importante verdad: si no enseñan a sus hijos la luz y la verdad, el inicuo tendrá poder sobre ellos.

A LA MANERA DEL SEÑOR

Al meditar en las maneras de evitar la desnutrición espiritual y de pasar la fe y la espiritualidad de una generación a otra, he llegado a la conclusión de que lo más importante que podemos comprender de este asunto es que las verdades espirituales, lo que las Escrituras algunas veces llaman “los misterios de Dios”, deben enseñarse y transmitirse a la manera del Señor y no a la manera del mundo. Esto se manifiesta una y otra vez en las Escrituras.

Orar “El estudio y la razón son insuficientes para acercarse a Dios y comprender las doctrinas de Su Evangelio. Las cosas de Dios deben aprenderse a Su manera, mediante la fe en Dios y la revelación del Espíritu Santo”

ORAR
“El estudio y la razón son  insuficientes para acercarse a Dios y comprender las doctrinas de Su Evangelio. Las cosas de Dios deben aprenerse a Su manera, mediante la fe en Dios y la revelación del Espíritu Santo”

Cuando Lehi intentó explicar su visión a sus rebeldes hijos mayores y exhortarlos a que siguieran los mandamientos de Dios, éstos pusieron sus palabras en tela de juicio. El joven Nefi, quien acababa de tener la gloriosa visión clarificadora que había buscado, escribió que su padre había hablado “muchas grandes cosas que eran difíciles de comprender, a menos que uno recurriera al Señor; y como eran duros de corazón, no acudían al Señor como debían” (1 Nefi 15:3). Debemos recordar la enseñanza de Nefi de que los misterios de Dios, el alimento espiritual más selecto, no puede comprenderse “a menos que uno [recurra] al Señor”.

Existen otros ingredientes importantes. El profeta Ammón dio esta receta primordial: “Sí, al que se arrepiente y ejerce la fe y produce buenas obras y ora continuamente sin cesar, a éste le es permitido conocer los misterios de Dios” (Alma 26:22).

¿Por qué es importante conocer los misterios de Dios? El presidente Spencer W. Kimball (1895–1985) explicó:

“De todos los tesoros de conocimiento, el más vital es el conocimiento de Dios: de su existencia, poder, amor y promesas…

“Si pasamos nuestra vida mortal acumulando conocimiento secular de manera que excluimos lo espiritual estaremos en una callejón sin salida, ya que esta vida es cuando el hombre debe prepararse para comparecer ante Dios; éste es el tiempo para fomentar la fe…

“El conocimiento secular, con la importancia que tiene, nunca podrá salvar las almas ni abrir el reino celestial” (The Teachings of Spencer W. Kimball, editado por Edward L. Kimball, 1982, pág. 390).

El conocimiento de Dios y de Su plan de salvación es el tipo de conocimiento que salva, y es el tipo de conocimiento que sólo se puede obtener a la manera del Señor. Dios se revela a Sí mismo y revela Sus verdades eternas, el alimento espiritual que las Escrituras llaman el pan de vida y el agua viva, a aquellos que procuran, sirven, obedecen Sus mandamientos, y esperan y escuchan Sus enseñanzas con humildad. El estudio y la razón son apropiados para empezar el proceso, pero “las cosas de Dios no se pueden aprender únicamente mediante el estudio y la razón. A pesar de sus usos esenciales y beneficiosos, los métodos del estudio y la razón son insuficientes para acercarse a Dios y comprender las doctrinas de Su Evangelio. No podemos conocer las cosas de Dios mientras rechacemos o dejemos de utilizar el método indispensable que Él ha señalado para que las aprendamos. Las cosas de Dios deben aprenderse a Su manera, mediante la fe en Dios y la revelación del Espíritu Santo” (Dallin H. Oaks, The Lord’s Way, 1991, pág. 56). Únicamente de esta manera podemos obtener la comprensión, la nutrición y el poder espirituales necesarios para enseñar y transmitir la fe y el testimonio.

El aprendizaje del Evangelio se inicia, por lo general, con el estudio y la razón; sin embargo, lo que he podido observar hasta ahora es que los métodos intelectuales por sí solos no son eficaces para transmitir la fe duradera y la espiritualidad profunda de una persona a otra o de una generación a otra.

El Libro de Mormón contiene muchas muestras de esto. Por ejemplo, pocos años antes de la venida de Cristo, “el pueblo empezó a endurecer su corazón, todos salvo la parte más creyente de ellos… y empezaron a confiar en su propia fuerza y en su propia sabiduría…

“Y empezaron a raciocinar y a disputar entre sí, diciendo:

“No es razonable que venga tal ser como un Cristo” (Helamán 16:15, 17–18).

A continuación, las Escrituras concluyen: “Satanás logró gran poder sobre el corazón del pueblo en toda la faz de la tierra” (Helamán 16:23).

La manera del Señor para enseñar las verdades del Evangelio se explica en la revelación dada en 1831 y que ahora se publica como la sección 50 de Doctrina y Convenios. Aquí se nos enseña que no basta con hablar o enseñar la verdad; debemos enseñar las verdades del Evangelio “por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad” (versículo 14). El Señor vuelve a recalcar esta verdad vital advirtiéndonos que si predicamos o enseñamos el Evangelio “de alguna otra manera, no es de Dios” (versículo 18). De igual modo, el Señor declara que si “la palabra de verdad” (versículo 19) se recibe “de alguna otra manera, no es de Dios” (versículo 20). Finalmente, el Señor indica que Él ha explicado estos principios “para que sepáis la verdad, a fin de que desechéis las tinieblas de entre vosotros” (versículo 25).

Por supuesto, podemos pasar por alto esas instrucciones y tratar de enseñar el Evangelio a nuestros hijos o investigadores a la manera del mundo, mediante el estudio y la razón, sin el testimonio ni la enseñanza del Espíritu. Pero los resultados no son los mismos. Si nos desviamos de la manera del Señor, renunciamos a Sus promesas. El presidente Brigham Young (1801–1877) explicó la importante diferencia que existe entre una conversión basada en el intelecto y una conversión basada en el testimonio espiritual cuando dijo: “Muchos aceptan el Evangelio porque saben que es verdadero; están convencidos por juicio propio que es verdadero; una vigorosa explicación los persuade y, al razonar, son impulsados por lógica a admitir que el Evangelio es verdadero. Lo aceptan y obedecen sus primeros principios, pero nunca procuran ser iluminados por el poder del Espíritu Santo; con frecuencia, tales personas terminan alejándose del camino” (Enseñanzas de los presidentes de la Iglesia: Brigham Young, 1997, pág. 87).

También están aquellos cuyo enfoque intelectual hacia las cosas del espíritu les ha dejado espiritualmente desnutridos y vulnerables a las dudas y a los recelos. El presidente James E. Faust, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, ha sugerido la forma en que tales personas pueden procurar una mayor espiritualidad: “Su fe se puede fortalecer si siguen su criterio intuitivo y los sentimientos más nobles y puros de su alma” (Reach Up for the Light, 1990, pág. 29). Nótese cómo emplea el presidente Faust el término sentimientos. Las cosas espirituales, al igual que la conversión y el testimonio, vienen en gran parte mediante sentimientos, o sea la iluminación del Espíritu. Aquellos que procuran o están satisfechos con una convicción intelectual viven en un habitáculo espiritual edificado sobre la arena. Para ellos y para sus hijos —si ésa es toda la herencia que los hijos reciben—, dicho habitáculo será eternamente vulnerable. Las cosas de Dios, incluso la conversión y el testimonio espirituales, deben ser transmitidos a la manera del Señor, “por el Espíritu”.

En respuesta a las preguntas de un escéptico acerca de la Resurrección, el profeta Alma dio esta gran explicación de los misterios de Dios:

ENSEÑAR Se nos enseña que no basta con hablar o enseñar la verdad; debemos enseñar las verdades del Evangelio “por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad”.

ENSEÑAR
Se nos enseña que no basta con hablar o enseñar la verdad; debemos enseñar las verdades del Evangelio “por el Espíritu, sí, el Consolador que fue enviado para enseñar la verdad”.

“A muchos les es concedido conocer los misterios de Dios; sin embargo, se les impone un mandamiento estricto de que no han de darlos a conocer sino de acuerdo con aquella porción de su palabra que él concede a los hijos de los hombres, conforme a la atención y la diligencia que le rinden.

“Y, por tanto, el que endurece su corazón recibe la menor porción de su palabra; y al que no endurece su corazón le es dada la mayor parte de la palabra, hasta que le es concedido conocer los misterios de Dios al grado de conocerlos por completo.

“Y a los que endurecen sus corazones les es dada la menor porción de la palabra, hasta que nada saben concerniente a sus misterios; y entonces el diablo los lleva cautivos y los guía según su voluntad hasta la destrucción. Esto es lo que significan las cadenas del infierno” (Alma 12:9–11).

Enseñamos y aprendemos los misterios de Dios mediante la revelación de Su Santo Espíritu. Si endurecemos nuestros corazones a la revelación y reducimos nuestro entendimiento a lo que podemos obtener por el estudio y la razón, estamos limitados a lo que Alma llamó “la menor porción de la palabra”.

EL PODER DEL EJEMPLO DE LOS PADRES

A medida que procuramos transmitir la fe y la nutrición espiritual a nuestros hijos, pocos métodos son más eficaces que el ejemplo de los padres. La oración familiar, las enseñanzas y el testimonio de los padres, tal como en la noche de hogar, son poderosos transmisores de valores religiosos. De igual manera lo son el guardar el día de reposo, el pago del diezmo y el servicio misional.

Hace más de cien años, el presidente George Q. Cannon (1827–1901), Primer Consejero de la Primera Presidencia, recordó a los padres el siguiente principio. Si ellos enseñan principios correctos y los ponen en práctica mediante el ejemplo apropiado, “a medida que los hijos crecen, recordarán el ejemplo y los preceptos de sus padres. El paso de los años agregará peso a todo lo que [los padres] hayan dicho y hecho” (Gospel Truth, selecciones de Jerreld L. Newquist, 1987, pág. 383). He visto la verdad y el poder de este método al reflexionar en el ejemplo de mis padres.

Entre las cosas más importantes que los padres pueden hacer por sus hijos está el brindarles un ejemplo digno y oportunidades de tener experiencias religiosas personales. Los estudios estadísticos realizados a miembros de la Iglesia en Norteamérica muestran que el ejemplo de los padres es el factor más importante para moldear la conducta y las creencias de la juventud. Estos estudios también muestran que las experiencias familiares son los métodos más poderosos para influir en la conducta religiosa, superando en gran manera el efecto que tienen las actividades de la Iglesia. Las prácticas religiosas familiares observadas durante la adolescencia de los jóvenes son indicadores importantes de los valores y las conductas que éstos seguirán al llegar a la madurez.

El mismo efecto se manifiesta cuando los eruditos estudian a los que se han “alejado” de la Iglesia. Cuando la familia es religiosa en sus ideales y prácticas, la proporción de jóvenes que permanecen activos en la Iglesia por el resto de su vida es cuatro veces mayor a la de aquellos que crecieron en familias que no son religiosas.

Nada de esto es sorprendente, pero invita a la reflexión. Pensemos en la responsabilidad que los padres asumen cuando abandonan las prácticas religiosas familiares o cuando siguen conductas que no recomendarían a sus hijos. Además, los métodos y las experiencias espirituales no son suficientes para transmitir la fe y la espiritualidad. Los padres que no dan a sus hijos un buen ejemplo ni experiencias religiosas personales positivas, están arriesgando seriamente la transmisión de la fe y la espiritualidad a la nueva generación.

Los padres pueden enseñar más eficazmente mediante lo que sus hijos les ven hacer. El ejemplo de mis padres que tuvo mayor influencia en mí fueron las expresiones de fe en Dios de mi madre, su apoyo absoluto y la falta total de crítica a los líderes de la Iglesia, y su fiel pago de los diezmos, aun en los tiempos difíciles.

PARTICIPAR El participar de los emblemas sacramentales, el pan y el agua, es uno de los medios por los cuales podemos ser “llenos del Espíritu Santo”, tal y como enseñó el Salvador.

PARTICIPAR
El participar de los emblemas sacramentales, el pan y el agua, es uno de los medios por los cuales podemos ser “llenos del Espíritu Santo”, tal y como enseñó el Salvador.

Voy a describir tres ejemplos de padres que pueden dar a los hijos la nutrición espiritual que los sostendrá a lo largo de la vida. Levi M. Savage fue un pionero Santo de los Últimos Días llamado a establecerse en el este de Arizona. Año tras año, trabajó fielmente en el área que le fue asignada. Finalmente, después de criar a su gran familia, deseaba un poco de descanso. No pidió que se le relevara de su misión, pero permitió que su hijo se pusiera en contacto con el presidente Joseph F. Smith (1838–1918) en Salt Lake City para hacerle saber que a la edad de 70 años el hermano Savage aún estaba “haciendo las labores diarias en la Presa Woodruff, caminando 9,5 kilómetros [6 millas] de ida y de regreso a su lugar de trabajo”. El emisario preguntó si el hermano Savage había cumplido con su misión y si podía ahora ir a vivir a otro lugar, y añadió que “él tiene el deseo de quedarse si pensamos que es lo mejor para él”. El Presidente de la Iglesia indicó que el hermano Savage debía “considerarse libre de vivir donde él quisiera”.

Después de recibir dichas instrucciones, el hermano Savage permaneció allí por un tiempo hasta que se hubo construido la nueva presa “para llevar de nuevo el agua al valle”. Sólo entonces Levi Savage se sintió relevado del deber impuesto por los líderes del sacerdocio en 1871, cuarenta y siete años atrás (citado en Nels Anderson, Desert Saints, 1942, pág. 359). ¡Qué legado de fe y servicio para la herencia espiritual de su posteridad y de otras personas!

Mi segundo ejemplo también proviene de la época de los pioneros. Cuando los Santos necesitaban gran cantidad de trapos para procesarlos en la fábrica de papel, la Primera Presidencia pidió a los obispos que patrocinaran una colecta de trapos en los barrios y asentamientos. En 1861, el presidente Brigham Young llamó a George Goddard, un fiel miembro de la Iglesia, a una “misión de trapos” a fin de promover dicha obra.

El hermano Goddard comentó: “[Este llamamiento] fue un duro golpe para mi orgullo… Después de ser conocido en la comunidad por muchos años, como comerciante y subastador, ahora se me vería en las calles, yendo de puerta en puerta, con una canasta en un brazo y un costal vacío en el otro, pidiendo trapos por las casas. Qué gran cambio tuvieron las cosas… Cuando el presidente Young me hizo la propuesta, la humillante perspectiva casi me aturdió, pero después de unos momentos de reflexión recordé que vine a este valle entre las montañas desde mi país natal, Inglaterra, con el propósito de obedecer la voluntad de mi Padre Celestial, mi tiempo y mis medios deben estar a Su disposición. De manera que di una respuesta afirmativa al presidente Young” (citado por Leonard J. Arrington en Great Basin Kingdom, 1958, pág. 115). Por más de tres años, George Goddard viajó desde Franklin, Idaho, en el norte, hasta el Condado de Sanpete, Utah, en el sur, visitando cientos de casas. Los domingos predicaba lo que llamaban “sermones de trapos”. Al final de su misión de tres años, había reunido más de 45.000 kilogramos de trapos para el proyecto del papel. Fue un trabajo humilde pero esencial para el progreso de su comunidad, y le fue asignado por la autoridad del sacerdocio.

Mi tercer ejemplo es más actual. En Tongan Saints: Legacy of Faith [Santos tonganos: Un legado de fe], el presidente de la Universidad Brigham Young–Hawai, Eric B. Shumway, comparte una experiencia que tuvo cuando era un joven misionero en Tonga y una fiel familia tongana que vivía en extrema pobreza le invitó a cenar. El hermano Shumway escribe:

SERVIR Dios se revela a Sí mismo y revela Sus verdades eternas, el alimento espiritual que las Escrituras llaman el pan de vida y el agua viva, a aquellos que procuran, sirven, obedecen Sus mandamientos, y esperan y escuchan Sus enseñanzas con humildad.

SERVIR
Dios se revela a Sí mismo y revela Sus verdades eternas, el alimento espiritual que las Escrituras llaman el pan de vida y el agua viva, a aquellos que procuran,
sirven, obedecen Sus mandamientos, y esperan y escuchan Sus enseñanzas con humildad.

“La familia Kinikini no tenía ni sembradíos ni animales en Tongatapu, excepto una bandada de patos que con el tiempo se redujo a un patito. Cuando esa noche me senté en el suelo del círculo familiar, cuatro pequeños niños observaron a su madre colocar pedazos hervidos de fruto del árbol del pan frente a cada uno de nosotros. Luego, colocó un patito recién hervido en mi plato. El aspecto y el aroma de ese manjar impresionaron de manera visible a los niños, quienes estaban calladamente sentados con las manos entrelazadas sobre las piernas. Era obvio que el patito era para mí.

“ ‘No me lo comeré yo solo’, dije al [hermano] Tevita Muli. ‘Lo compartiremos’.

“Antes de que empezara a partirlo, Tevita Muli me interrumpió rápidamente, ‘No, se lo comerá usted solo. ¡Es para usted!’

“ ‘Pero, ¿y los niños?’ repliqué.

“ ‘Ellos no lo quieren’, continuó. ‘Para ellos es un honor que se lo coma usted. Un día ellos estarán orgullosos de decir a sus hijos que no comieron kiki (carne) para que un siervo del Señor pudiera comer y estar satisfecho’ ” (1991, pág. 10).

Ejemplos de padres como ésos brindan la nutrición espiritual y fomentan la fe en los hijos y en otras personas. Ése es el tipo de enseñanza que edifica testimonios y transmite la fe y la espiritualidad a la siguiente generación.

LA NUTRICIÓN DEL CRECIMIENTO ESPIRITUAL

Las palabras de Jesús a la mujer samaritana en el pozo de Jacob nos recuerdan la diferencia que hay entre las cosas mundanas y las cosas celestiales, entre la nutrición física y la nutrición espiritual. “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed”, dijo a la mujer, “mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:13–14).

Jesús utilizó con frecuencia los ejemplos familiares del alimento y la bebida para enseñarnos Sus lecciones. Dijo en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6). La relación inspirada del Libro de Mormón revela el medio espiritual mediante el cual se cumple esta promesa: “…porque ellos serán llenos del Espíritu Santo” (3 Nefi 12:6; cursiva agregada).

En el Libro de Mormón también aprendemos que el participar de los emblemas sacramentales —el pan y el agua— es uno de los medios por los cuales se puede lograr esto: “El que come de este pan, come de mi cuerpo para su alma; y el que bebe de este vino, bebe de mi sangre para su alma; y su alma nunca tendrá hambre ni sed, sino que será llena” (3 Nefi 20:8).

De igual modo, Juan relata lo que dijo Jesús: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás” (Juan 6:35).

Cuando pensemos en la manera de enseñar a nuestros hijos las cosas del Espíritu, o sea, cómo darles el agua viva y el pan de vida, debemos entender que se debe hacer a la manera del Señor y no a la manera del mundo. El élder Bruce R. McConkie (1915–1985), del Quórum de los Doce Apóstoles, escribió: “Se necesita un criterio especial para probar cualquier cosa en el ámbito espiritual. Ninguna investigación científica, ninguna pesquisa intelectual, ningún proceso inquisitivo conocido por el hombre mortal puede probar que Dios es un ser individual, que todos los hombres serán levantados de la inmortalidad y que las almas que se arrepienten nacen del Espíritu… Las verdades espirituales pueden probarse solamente a través de medios espirituales” (The Millennial Messiah, 1982, pág. 175).

Los métodos intelectuales —el estudio y la razón— son esenciales para nuestro progreso hacia la vida eterna, pero no son suficientes. Pueden preparar la vía, pueden preparar la mente para recibir el Espíritu; pero lo que las Escrituras llaman conversión, el cambio de mente y de corazón que nos da la dirección y la fortaleza para avanzar en forma determinada hacia la vida eterna, se obtiene únicamente por el testimonio y el poder del Espíritu Santo.

El presidente James E. Faust enseñó esta misma verdad cuando nos instó a nutrir lo que llamó “una fe simple y calmada”, observando que algunas veces “nos pasamos el tiempo satisfaciendo nuestros egos intelectuales y tratando de encontrar todas las respuestas antes de aceptar ninguna”. Continúa diciendo: “Todos estamos en la búsqueda de la verdad y el conocimiento. La nutrición de una fe simple y calmada no nos limita en la búsqueda de crecimiento y logro. Por el contrario, puede intensificar y acelerar nuestro progreso” (Reach Up for the Light, pág. 15).

Las verdades y el testimonio del Evangelio se reciben del Espíritu Santo mediante la búsqueda a través de la oración, la fe, el estudio de las Escrituras, un comportamiento digno, el escuchar la guía y el consejo inspirados, conversaciones serias con personas de fe, y el estudio personal reverente y la tranquila reflexión. Es por estos medios que nutrimos el alma y se hace realidad la promesa que se da en 3 Nefi, de que seremos “llenos del Espíritu Santo” (12:6).

Discurso pronunciado en el Colegio Universitario Ricks el 13 de febrero de 1996.

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