La disposición a hacer lo bueno continuamente

La disposición a hacer lo bueno continuamente

Spencer J. Condiepor el élder Spencer J. Condie
de los Setenta
Liahona  Junio de 2001

Puede que la mejor evidencia de la verdadera conversión sea el no tener más la disposición a obrar mal.


Hace más de dos mil años, una gran congregación de santos se reunió alrededor del templo en la tierra de Zarahemla para escuchar uno de los sermones más grandiosos jamás registrados en las santas Escrituras. El rey Benjamín recordó varias veces a su auditorio que hablaba las palabras que le habían sido dadas por un ángel de Dios (véase Mosíah 3:2; 4:1; 4:11; 5:5).

Una vez que hubo escuchado el inspirador sermón del rey Benjamín, la vasta congregación gritó al unísono: “¡Oh, ten misericordia, y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados”. En respuesta a sus súplicas, “el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo” (Mosíah 4:2–3). Este sentimiento de gozo es una de las características de haber sido perdonados de nuestros pecados, pues, tal como declaró Alma, “la maldad nunca fue felicidad” (Alma 41:10).

Cuando reconocieron la bondad de Dios, los del pueblo de Zarahemla también experimentaron una “paz de conciencia” y fueron “llenos del amor de Dios”, dos manifestaciones más de que habían sido perdonados (véase Mosíah 4:3, 12). Aprendieron sobre otros indicadores del perdón: no tendrían “deseos de injuriar[se] el uno al otro” (Mosíah 4:13), ni permitirían que sus hijos “quebrant[aran] las leyes de Dios, ni cont[endieran] y riñ[ieran] unos con otros” (Mosíah 4:14). Otra indicación de la remisión de los pecados era su inclinación a ayudar al necesitado y su deseo de “impartir[se] el uno al otro de [sus] bienes” (Mosíah 4:21).

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A la conclusión del inspirado discurso del rey Benjamín, el pueblo creyó todas sus palabras y experimentaron un potente cambio de corazón y “ya no [tuvieron] más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”.

A la conclusión del inspirado discurso del rey Benjamín, el pueblo creyó todas sus palabras y experimentaron un potente cambio de corazón y “ya no [tuvieron] más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2). Puede que de todas las evidencias de una conversión verdadera y de la remisión de los pecados, ésta sea la más significativa: el no tener más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente.

LA LEY DE MOISÉS Y LA LEY MAYOR

Un enfoque en la disposición constituye una distinción significativa entre la ley de Moisés y la ley mayor que el Salvador dio a conocer en el Sermón del Monte. Mientras que los Diez Mandamientos prohíben ciertos comportamientos como el asesinato, el adulterio y el lenguaje soez, la ley mayor prohíbe aun la disposición que conduce a tales comportamientos malvados: respectivamente, la ira, los pensamientos lujuriosos y cualquier tipo de malas palabras (véase Mateo 5:21–37; 3 Nefi 12:21–37). Las Bienaventuranzas fomentan el desarrollo de una disposición que invita a la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón y muchos otros atributos divinos (véase Mateo 5:3–12; 3 Nefi 12:3–12). Cuando uno tiene la disposición a hacer lo bueno continuamente, la consecuencia natural será el “[abstenerse] de toda especie de mal” (1 Tesalonicenses 5:22) y no “ver el pecado sino con repugnancia” (Alma 13:12).

El rey Benjamín advirtió a su pueblo: “…no puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado… Pero esto puedo deciros, que si no os cuidáis a vosotros mismos, y vuestros pensamientos, y vuestras palabras y vuestras obras, y si no observáis los mandamientos de Dios ni perseveráis en la fe de lo que habéis oído concerniente a la venida de nuestro Señor, aun hasta el fin de vuestras vidas, debéis perecer”. Y luego amonestó amorosamente a los santos a recordar y no perecer (Mosíah 4:29–30; cursiva agregada; véase Alma 12:14).

EL CULTIVO DE LA DISPOSICIÓN

La disposición de mucha gente es un reflejo de las tradiciones culturales que han interiorizado al crecer. El ampliamente extendido consumo de alcohol, la inmodestia en el vestir y en el comportamiento y la convivencia sin estar casados son sólo unos cuantos ejemplos de tradiciones culturales contrarias al espíritu del Evangelio. Y es así como “aquél inicuo viene y despoja a los hijos de los hombres de la luz y la verdad, por medio de la desobediencia, y a causa de las tradiciones de sus padres” (D. y C. 93:39).

Las Bienaventuranzas fomentan el desarrollo de una disposición que invita a la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón y muchos otros atributos divinos.

Estas tradiciones parecen algo natural debido a que la mayoría de la gente de una sociedad cualquiera toma parte en tales comportamientos, pero los mandamientos de Dios se basan en la verdad revelada y no en las preferencias populares. De este modo, el rey Benjamín advirtió a su pueblo que “el hombre natural es enemigo de Dios”, y les exhortó a despojarse del hombre natural o, en otras palabras, a rechazar las tradiciones impuras y experimentar un potente cambio en su disposición natural al someterse “al influjo del Santo Espíritu” (Mosíah 3:19).

En ocasiones, los miembros se apegan de tal modo a determinadas tradiciones de la Iglesia que cualquier cambio en las normas o los procedimientos se convierte en una prueba de fe. Creen en la revelación continua siempre cuando ésta no implique cambio alguno. Al describir a los santos de su época, el profeta José Smith dijo una vez: “Por varios años he tratado de preparar la mente de los santos para que puedan recibir las cosas de Dios; pero frecuentemente vemos que algunos de ellos… estallan en pedazos como el cristal, en cuanto surge algo que se opone a sus tradiciones” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 409).

LA DISPOSICIÓN SURGE DEL DESEO

La fuente de nuestra disposición hacia el bien o el mal emana principalmente de nuestros deseos. Al enseñar a los rebeldes zoramitas cómo podían obtener un conocimiento de la verdad, Alma los amonestó a “[ejercitar] un poco de fe”, y si no tenían “más que un deseo de creer, [debían dejar] que este deseo obr[ara] en [ellos]” (Alma 32:27).

Lo que comienza con un deseo minúsculo, cuando se cultiva y se persigue por largo tiempo, se convierte en una forma habitual de pensar o de comportarse. El élder Joseph Fielding Smith (1876–1972), por entonces miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, observó: “Resulta igual de fácil crearse un hábito bueno como uno malo” (The Way to Perfection, décima edición, 1953, pág. 150). El élder James E. Talmage (1862–1933), del Quórum de los Doce Apóstoles, enseñó: “El hombre realmente verídico no puede mentir culpablemente; sin embargo, esta seguridad de que no hablará una falsedad no viene por causa de una compulsión externa, sino es una restricción interna nacida en él como consecuencia de la asociación que ha cultivado con el espíritu de la verdad” (Jesús el Cristo, pág. 141).

Las consecuencias eternas de nuestros deseos y de nuestra disposición le fueron emotivamente explicadas a Coriantón, por su padre Alma, cuando le enseñó que “en el postrer día le será restaurado según sus hechos. Si ha deseado hacer lo malo, y no se ha arrepentido durante sus días, he aquí, lo malo le será devuelto, según la restauración de Dios” (Alma 42:27–28).

La persona que no cumple con un diezmo íntegro puede desarrollar una disposición semejante a la del individuo que roba un banco: las diferencias principales estriban en las víctimas y los métodos. El Señor mismo pregunta: “¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas” (Malaquías 3:8).

Las personas que demuestran una ira injusta hacia un vecino pueden desarrollar una disposición semejante a la de un dictador que se comporta de forma cruel con los demás.

Los adictos a Internet y a la televisión que degustan las obscenidades satánicas de la pornografía adquieren idénticas inclinaciones a las de la persona que realmente comete esos actos inmorales; la disposición difiere únicamente en grado.

Santiago describió ese proceso en una secuencia de detalles: “…cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte” (Santiago 1:14–15). Por lo general, nuestra disposición se manifiesta en el comportamiento, y Santiago nos ofrece a cada uno de nosotros el siguiente reto: “…Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras” (Santiago 2:18).

EL DESARROLLO DE UNA DISPOSICIÓN REQUIERE TIEMPO

Algunos candidatos a misionero, así como unas pocas parejas que tienen planes de sellarse en el templo, de vez en cuando se quedan consternadas al saber que ciertas transgresiones recientes les obligarán a aguardar un año o más antes de poder reclamar las bendiciones de una misión o del matrimonio en el templo. Se preguntan si sus ayunos, sus lágrimas y sus oraciones no valen para demostrar un corazón quebrantado y un espíritu contrito, y dicen: “¿Por qué ahora se nos requiere que aguardemos tanto tiempo?”.

La confesión debe ir seguida del cultivo de una disposición para no obrar mal, la cual se evidencia por haber desechado el pecado por completo, y esto requiere del paso del tiempo.

La confesión debe ir seguida del cultivo de una disposición para no obrar mal, la cual se evidencia por haber desechado el pecado por completo, y esto requiere del paso del tiempo.

Ésta parece ser una pregunta justa, en especial al considerar la garantía de las palabras del Señor que dicen: “Por esto sabréis si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y los abandonará” (D. y C. 58:43). La confesión es un requisito crucial para el perdón, pero a ésta debe seguirle el cultivo de una disposición a no obrar mal, la cual se evidencia por haber desechado el pecado por completo, y esto requiere el paso del tiempo. Pedro comparó de forma gráfica a los que se arrepienten brevemente pero que no vencen la disposición a obrar mal, al “…perro [que] vuelve a su vómito, y la puerca lavada [que se revuelca] en el cieno” (2 Pedro 2:22). En la revelación de los últimos días, el Señor hizo hincapié en la importancia de desarrollar una disposición a obrar bien continuamente cuando declaró: “…yo, el Señor, en verdad os digo que no os imputaré ningún pecado; id y no pequéis más; pero los pecados anteriores volverán al alma que peque, dice el Señor vuestro Dios” (D. y C. 82:7).

Después de que Saulo de Tarso contempló una cegadora luz celestial y oyó la voz de Jesucristo, su vida se transformó de forma radical y su nombre fue cambiado al de Pablo. Tras un periodo temporario de ceguera, una bendición de manos de Ananías le restauró la vista. El autor de Hechos registró que “En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios” (Hechos 9:20).

Pero el propio relato que Pablo hace de su conversión es mucho más detallado que la versión que se encuentra en Hechos. Pablo escribió a los gálatas que, tras su conversión, no se unió de inmediato a los demás Apóstoles en Jerusalén, sino que fue a “Arabia, y [volvió] de nuevo a Damasco. Después, pasados tres años, [subió] a Jerusalén para ver a Pedro, y [permaneció] con él quince días” (Gálatas 1:17–18). Aun después de predicar el Evangelio en Damasco, cuando se unió a sus hermanos en Jerusalén “todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo” (Hechos 9:26). Dada la reputación de Pablo, quien anteriormente había intentado destruir la Iglesia, les llevó un tiempo a los demás darse cuenta de que ahora había desarrollado la disposición de un discípulo de Cristo.

INDICIOS DE DISPOSICIONES

Hay muchos indicios de la disposición que tenemos hacia el bien o el mal. Por ejemplo, podemos vernos a nosotros mismos como amables y caritativos, aunque podemos tener cierta inclinación a contar chistes racistas, lo cual contradice nuestra compasión. Puede que creamos que somos pacientes y longánimes, pero entonces los demás pueden observar unos ligeros síntomas de enojo cuando estamos al volante y de repente otro conductor se interpone ante nosotros. Podemos vernos como seres compasivos y tolerantes entre nuestros compañeros de trabajo y nuestros vecinos, mientras que nuestros familiares más cercanos pueden tenernos por intolerantes y crueles.

El uso que hacemos del tiempo, en especial del tiempo libre, revela la disposición que tenemos hacia el bien o el mal. El Señor declaró: “Porque el que es fiel y sabio en esta vida es considerado digno de heredar las mansiones preparadas para él por mi Padre” (D. y C. 72:4). Algunas personas llenan los fines de semana y sus tardes libres con televisión, mientras que otros acuden al templo, estudian las Escrituras y leen otros libros espléndidos, enseñan a sus hijos pequeños a leer y a escribir, visitan a los pacientes enfermos en los hospitales, comparten el Evangelio con sus vecinos, trabajan en su historia familiar y participan en proyectos de mejora comunitaria, así como en otras incontables actividades respetables. La de éstos es la disposición a hacer el bien continuamente.

Nuestra actitud también refleja la disposición que tenemos hacia el bien o el mal. La crítica inveterada y el pesimismo persistente, así como las actitudes semejantes del sarcasmo y el cinismo, con frecuencia reflejan una falta de fe y confianza en el Señor y una constante impaciencia porque Su gran plan de felicidad se despliegue en nuestra vida. Nefi advirtió enérgicamente que debemos “seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres” (2 Nefi 31:20). En el capítulo final del Libro de Mormón, Moroni reafirma que “debe haber fe; y si debe haber fe, también debe haber esperanza; y si debe haber esperanza, debe haber caridad también” (Moroni 10:20). Además, enseñó que esa caridad, fe y esperanza son esenciales para la salvación en el reino de Dios (véase Moroni 10:21).

Moroni procede entonces a realizar una observación muy importante: “Y si no tenéis esperanza, os hallaréis en la desesperación; y la desesperación viene por causa de la iniquidad” (Moroni 10:22). Moroni no dijo que la desesperación viene por causa de la adversidad. Hay numerosas personas cuyas doloridas almas han sido probadas hasta el límite, pero que permanecen fieles y firmes. Es la iniquidad la que produce desesperación, porque la iniquidad aleja al Consolador, el cual es una gran fuente de fe y esperanza. La desesperación se manifiesta en la falta de fe, en la ausencia de esperanza y en el no demostrar caridad hacia quienes nos hayan ofendido o intentado destruir nuestros sueños. Sin la intervención cicatrizante de la fe, la esperanza y la caridad, la decepción pronto se torna en pesar, y luego en desesperación.

El uso que hacemos del tiempo, en especial del tiempo libre, revela nuestra disposición hacia el bien o el mal.

El uso que hacemos del tiempo, en especial del tiempo libre, revela nuestra disposición hacia el bien o el mal.

El presidente Boyd K. Packer, actualmente Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles, afirma: “Desde el principio se dispuso que la vida nos presentaría un desafío constante; es normal sufrir algo de ansiedad, de depresión, de desilusión e incluso algunos fracasos”. Y luego añadió: “Enseñen a nuestros miembros que si tienen un día desgraciado de vez en cuando, o varios consecutivos, los enfrenten firmemente. Las cosas se arreglarán. Existe un gran propósito para nuestra lucha en la vida” (“That All May Be Edified”, 1982, pág. 94). Mientras vivamos en rectitud y continuemos nutriendo nuestro testimonio y nuestra fe, incrementando nuestra confianza y esperanza en un Padre Celestial amoroso, y persistamos en tratar a los demás con caridad —el amor puro de Cristo—, nuestras desilusiones no se tornarán, en última instancia, en angustia, desesperanza y desesperación.

DISPOSICIONES HUMANAS Y DIVINAS

Es bueno contrastar nuestra disposición humana con la disposición divina de Jesucristo. Durante Su ministerio terrenal, el Salvador reconoció humildemente: “…nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre… porque yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 8:28–29). En el jardín de Getsemaní, en las profundidades de la agonía, oró dócilmente: “…no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42), reflejando así “la voluntad del Hijo siendo absorbida en la voluntad del Padre” (Mosíah 15:7).

Después de que a Abraham se le mandó sacrificar a su hijo Isaac, demostró al Señor y a su posteridad que tenía la disposición a hacer el bien continuamente cuando “se levantó muy de mañana” (Génesis 22:3; cursiva agregada) para hacer los preparativos necesarios para el sacrificio que preveía se requeriría de él.

José, bisnieto de Abraham, proporciona otro ejemplo impresionante de una disposición firme a eludir el mal y hacer lo bueno de continuo. Cuando la esposa de su señor intentó seducirle, José respondió indignado: “…¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?” (Génesis 39:9). Y luego huyó de su presencia. José había decidido mucho antes de conocer a la esposa de Potifar que jamás ofendería a Dios.

Una vez que Alma fue ultrajado, escupido y echado de la ciudad de Ammoníah, se le apareció un ángel que le mandó volver al mismo ambiente hostil del cual había sido expulsado. Su amor por Dios antes que temor alguno a los hombres y su disposición a hacer el bien se ponen de manifiesto en el hecho de que “volvió prestamente a la tierra de Ammoníah” (Alma 8:18; cursiva agregada).

Cuando el profeta José Smith relató los acontecimientos relacionados con la Primera Visión y la posterior aparición del ángel Moroni, confesó que, en ocasiones, había “[manifestado] las debilidades de la juventud y las flaquezas de la naturaleza humana”, pero se apresuró a añadir: “Esta confesión no es motivo para que se me juzgue culpable de cometer pecados graves o malos, porque jamás hubo en mi naturaleza la disposición para hacer tal cosa” (José Smith—Historia 1:28).

La disposición natural que el Profeta tenía para hacer el bien quedó demostrada durante el Campo de Sión. En mayo de 1834, el Profeta y los demás hermanos se hallaban en el proceso de levantar las tiendas en las praderas de Illinois cuando, de repente, algunos de los hermanos descubrieron tres serpientes de cascabel y estaban a punto de matarlas. El Profeta intervino de inmediato, enseñando: “¡Déjenlas en paz, no les hagan daño! ¿Cómo habrá de perder el veneno la serpiente, mientras los siervos de Dios posean la misma disposición y continúen haciéndole la guerra? Los hombres deben llegar a ser pacíficos antes de que la creación bruta lo sea; y cuando los hombres pierdan su disposición maligna y cesen de destruir la raza animal, el león y el cordero vivirán juntos y el niño pequeño jugará sano y salvo con el áspid” (History of the Church, tomo II, pág.71). El profeta José vivió según predicó.

Fortalecemos nuestra disposición para hacer el bien cada vez que hacemos convenios y los honramos.

Fortalecemos nuestra disposición para hacer el bien cada vez que hacemos convenios y los honramos.

Tal es la disposición que nace de la admonición del Salvador, cuando dijo: “…Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen… Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” (Mateo 5:44; 6:14).

Las palabras del profeta José Smith se aplican al presidente Gordon B. Hinckley: “El hombre que se siente lleno del amor de Dios no se conforma con bendecir solamente a su familia, sino que va por todo el mundo, con el deseo de bendecir a toda la raza humana” (Enseñanzas, pág. 208). El exhaustivo calendario de viajes del presidente Gordon B. Hinckley, exhaustivo para quienes lo acompañan, demuestra la disposición que tiene para hacer el bien continuamente, haciendo a un lado las comodidades del hogar para poder bendecir a los santos por toda la tierra.

LA “DISPOSICIÓN DE CASI TODOS LOS HOMBRES”

El Señor nos ha advertido en la revelación moderna “que la naturaleza y disposición de casi todos los hombres, en cuanto reciben un poco de autoridad, como ellos suponen, es comenzar inmediatamente a ejercer injusto dominio” (D. y C. 121:39). Puedo detectar el injusto dominio más fácilmente en los demás que en mí mismo. Puedo considerarme franco, decidido y exigente, mientras que los demás pueden verme como una persona descortés, desconsiderada y poco razonable. Una de las más grandes salvaguardas contra la disposición hacia el injusto dominio es el principio de presidencia y el sistema de consejos de la Iglesia. Cuando los líderes humildemente buscan y escuchan el consejo de los demás, y cuando los miembros de la familia se aconsejan entre sí, por lo general toman decisiones que recibirán la aprobación ratificatoria del Señor (véase D. y C. 107:26–31).

Nuestra disposición para hacer el bien o el mal se refleja a menudo en nuestras interpretaciones de los mandamientos y en nuestra reacción al consejo de las Autoridades Generales. Algunas personas, por ejemplo, tratan de negociar una definición muy estrecha del diezmo, pero prefieren una interpretación muy amplia de la Palabra de Sabiduría. En palabras del élder Marion G. Romney (1897–1988), por entonces del Quórum de los Doce Apóstoles: “Hay aquellos entre nosotros que tratan de servir a Dios sin ofender al diablo” (“The Price of Peace”, Speeches of the Year, 1 de marzo de 1955, pág. 7). Pero hay muchos otros Santos de los Últimos Días fieles cuyas vidas reflejan la disposición del Salvador, quien siempre buscó hacer aquellas cosas que complacían a Su Padre (véase Juan 8:29).

GUARDAS DE LOS CONVENIOS

Fortalecemos nuestra disposición a hacer el bien cada vez que hacemos convenios y los honramos. Cada vez que participamos en las ordenanzas del sacerdocio, descienden los poderes de lo alto y nos acercan a los cielos. Los que participan de la Santa Cena y de las ordenanzas del templo con corazones puros y guardan fielmente sus convenios no precisan de largas instrucciones en cuanto a la modestia en el vestir, el pago de una ofrenda de ayuno generosa y un diezmo íntegro, la obediencia a la Palabra de Sabiduría y la santificación del día de reposo. No necesitan severos recordatorios sobre el compartir el Evangelio con los demás, asistir al templo con frecuencia, realizar la investigación de historia familiar, o sobre hacer sus visitas de orientación familiar o de maestras visitantes. Tampoco se les tiene que indicar que deben visitar al enfermo y servir al necesitado.

Éstos son los santos fieles del Dios Altísimo que guardan los sagrados convenios que han concertado en la casa del Señor, “con la determinación de servirle hasta el fin, y verdaderamente [manifiestan] por sus obras que han recibido del Espíritu de Cristo para la remisión de sus pecados” (D. y C. 20:37). Los que observan los convenios “[están] dispuestos a llevar las cargas los unos de los otros” y están dispuestos a “llorar con los que lloran; sí, y a consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios en todo tiempo, y en todas las cosas” (Mosíah 18:8–9). Ellos viven la ley de consagración. Todo su tiempo, sus talentos y sus recursos económicos pertenecen al Señor.

El profeta José Smith enseñó que “cuando los hombres pierdan su disposición maligna y cesen de destruir la raza animal, el león y el cordero vivirán juntos”.

El profeta José Smith enseñó que “cuando los hombres pierdan su disposición maligna y cesen de destruir la raza animal, el león y el cordero vivirán juntos”.

El guardar sus convenios les ha permitido desarrollar la disposición a hacer lo bueno continuamente, y “están dispuestos a tomar sobre sí el nombre [del] Hijo, y a recordarle siempre, y a guardar sus mandamientos que él les ha dado” (D. y C. 20:77; cursiva agregada). El guardar los convenios los hace merecedores de recibir la bendición prometida en la oración sacramental de que “siempre puedan tener su Espíritu consigo” (D. y C. 20:77; cursiva agregada); y la compañía continua del Espíritu cultiva una disposición a hacer lo bueno.

Ruego que siempre “[sigamos] adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres” (2 Nefi 31:20). Al hacerlo, podremos llegar a ser como los del pueblo del rey Benjamín, quienes “no [tenían] más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente” (Mosíah 5:2).

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Una respuesta a La disposición a hacer lo bueno continuamente

  1. Miny Ruiz dijo:

    Excelente discurso. Estaba estudiando el Libro de Mormon, especificamente Alma 3:20. Lei la explicacion de este versiculo en el Manual del Libro de Mormon, en el cual citaron parte de este hermoso discurso, por lo que lo bisque completo. Aprendi grandes verdades en este discurso. Gracias Elder Condie.

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