Con prudencia y orden

Con prudencia y orden

Dallin H. Oakspor el élder Dallin H. Oaks
del Consejo de los Doce

Hay muchas cosas que los miembros de la Iglesia pueden hacer para ayudar en la obra de la redención de los muertos, en la obra del templo y de historia familiar.

Hay muchas cosas que los miembros de la Iglesia pueden hacer para ayudar en la obra de la redención de los muertos, en la obra del templo y de historia familiar.

El Señor le dijo a Moisés que su obra y su gloria era “Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre” (Moisés 1:39). La expia­ción y resurrección de Jesucristo nos ha asegurado la inmortalidad del hombre. Y, por otro lado, todos te­nemos el privilegio de ayudar a llevar a cabo la vida eterna del hombre, lo cual es la misión de la Iglesia.

Nuestros esfuerzos se han clasificado en tres cate­gorías: Proclamar el evangelio, perfeccionar a los santos y redimir a los muertos. Como sabemos, estas tres categorías se relacionan entre sí y son, al mismo tiempo, inseparables.

Me gustaría sugerir algunos principios generales con el propósito de alentar a todos los Santos de los Últimos Días a que reciban sus propias ordenanzas y las pongan a disposición de sus antepasados. En esta Iglesia efectuamos la obra de historia familiar a fin de proveer las ordenanzas de salvación para los vivos y para los muertos porque “creemos que por la Expia­ción de Cristo todo el género humano puede sal­varse, mediante la obediencia a las leyes y ordenan­zas del evangelio” (Tercer Artículo de Fe).

El primer principio es que nuestros esfuerzos para fo­mentar la obra del templo y de la historia familiar deben ser para llevar a cabo la obra del Señor y no para hacer que Sus hijos se sientan culpables porque no la pueden hacer en algún momento determinado de su vida. Debemos tener en cuenta las distintas circunstancias de los miembros de la Iglesia tales como la edad, la salud, el lugar de residencia, las responsabilidades familiares, la situación económica, el acceso que tengan a las fuentes de investigación o a las bibliotecas, etc. Si alentamos a los miembros a que realicen esta obra sin tener en cuenta esas cir­cunstancias individuales, es muy posible que lo que más logremos sea hacerlos sentir culpables y no nece­sariamente llevar adelante la obra del Señor.

El segundo principio es que debemos comprender que en la obra de redimir a los muertos hay muchas tareas que cumplir, y que todos los miembros deben participar en ella eligiendo, mediante la oración, las formas que se adapten a su situación particular. Esto se debe hacer bajo la influencia del Espíritu del Se­ñor y con la guía de los líderes del sacerdocio que extienden llamamientos y dirigen las fases de esta obra que la Iglesia administra. Debemos tener cui­dado de no forzar a nadie a hacerlo todo, sino alentar a todos a que hagan algo.

Hay muchas cosas que los miembros de la Iglesia pueden hacer para ayudar en la obra de la redención de los muertos, en la obra del templo y de historia familiar. Algunas requieren recibir un llamamiento, otras son de carácter personal. Sea como sea, todas son expresiones de devoción y obediencia; todas re­presentan oportunidades para hacer un sacrificio y de prestar servicio a los demás.

Cuando hablamos de la historia familiar, pensamos que lo único que ésta requiere es enviar nombres e ir al templo a hacer la obra vicaria por los muertos. Sin embargo, hay una infinidad de cosas más que hacer. Se requieren asesores de historia familiar en los ba­rrios; misioneros en los centros de registros; personas que trabajan en microfilmación, en bibliotecas, en introducción de datos en computadoras y en extrac­ción de nombres; misioneros de templos; obreros del templo; personas que hagan trabajo de oficina y de recepción. Están además las personas que, sin alarde de ninguna clase, trabajan en la cocina, en las lavan­derías y en las guarderías de los templos y que cuen­tan con el apoyo y el aliento de los miembros de la familia y de los amigos. Por ejemplo, una joven que cuida niños o un matrimonio que ofrece alojamiento a los que asisten al templo deben darse cuenta de que ellos también están haciendo una contribución im­portante para la obra del templo.

En el hogar es donde se realiza uno de los aspectos más importantes de la obra del templo y de la histo­ria familiar. No me refiero únicamente al trabajo de llevar al día la genealogía de la familia, que es muy importante, y a la verificación, tan necesaria, de que se hayan efectuado todos los sellamientos. En casa podemos escribir diarios y reunir fotografías y recau­dar información para los libros de recuerdos de los miembros de la familia. Podemos reunir y registrar la información obtenida a través de nuestros parientes que aún viven; podemos escribir historias familiares y dar a conocer a nuestros hijos las grandes lecciones que éstas encierran.

Sabemos que una de las obras más grandiosas que podamos realizar será dentro de las paredes de nues­tro propio hogar. El presidente Ezra Taft Benson ha dicho: “El hogar es el lugar más eficaz para inculcar valores eternos en sus miembros.” (Conferencia Ge­neral, octubre de 1982.) Una de las cosas más impor­tantes que ayudarán a llevar a cabo la misión de la Iglesia es el esfuerzo que los padres hagan para ense­ñar a sus hijos la doctrina de la Iglesia y la aplicación de sus principios, tanto por medio del precepto como del ejemplo. Los padres jóvenes que están cum­pliendo con esa responsabilidad de enseñar estas co­sas a sus hijos no deben sentirse culpables si no en­vían al templo tantas hojas de registro familiar o si no asisten al templo con la misma frecuencia que sus padres que están jubilados.

Algunos pueden pensar que no están ayudando a llevar a cabo la misión de la Iglesia cuando en realidad sí lo están haciendo. Esto sucede porque no se tiene una perspectiva adecuada de las cosas. Por ejemplo, la madre de varios niños pequeños puede estar ayu­dando en las tres categorías de la misión de la Iglesia dentro de las paredes de su propio hogar, cuando ayuda a sus hijos a prepararse para ir a la misión, cuando les enseña a respetar las cosas del templo y a prepararse para hacer convenios en ese lugar santo así como cuando les da el ejemplo de cómo luchar para alcanzar la perfección en su vida personal.

El tercer principio es que sería oportuno que cada miembro de la Iglesia considerara la obra de proclamar el evangelio, de perfeccionar a los santos y de redimir a los muertos, no sólo como la misión de la Iglesia, sino también como una asignación personal. Todos los miembros deben hacer, en forma constante, algo en cada una de estas tres categorías. Pero el grado de acción personal no debe exceder el que sea prudente para él o para ella y éste debe estar de acuerdo con su situación o con los recursos con que cuente.

Las tres categorías de la misión de la Iglesia van tomadas de la mano y son inseparables. La persona que invita a otra para ir al templo está ayudando a perfeccionar a los santos y también a redimir a los muertos. Todos los que asisten al templo se fortalecen al relacionarse con los demás y con el Espíritu que mora en la casa del Señor. A los miembros adultos se les debe alentar a recibir las ordenanzas del templo y a guardar los convenios que han hecho allí. Asimismo, a los jóvenes se les debe alentar a que se preparen para ir a la misión y para casarse en el templo.

¿Cuánto se espera?
Con respecto a la pregunta de cuánto y qué puede hacer cada miembro en forma individual, además del llamamiento que tenga en la Iglesia, debemos guiarnos por el principio que enseñó el rey Benjamín en su gran sermón. Después de decir al pueblo las cosas que debían hacer para “andar sin culpa ante Dios”, lo cual incluye ayudar a los pobres, concluyó, diciendo:

“Y mirad que se hagan todas estas cosas; porque no se exige que un hombre corra más de lo que sus fuerzas le permiten.” (Mosíah 4:27.) De la misma manera, mientras el profeta José Smith luchaba contra la adver­sidad para traducir el Libro de Mormón, el Señor le dijo: “No corras más aprisa, ni trabajes más de lo que tus fuerzas y los medios proporcionados te permitan traducir; mas sé diligente hasta el fin” (D. y C. 10:4).

Con la guía de estas palabras inspiradas, los líderes deben exhortar a los miembros a que determinen, de acuerdo con los susurros del Espíritu, qué parte de la obra del templo y de la historia familiar pueden efec­tuar “con prudencia y orden”, de acuerdo con las “fuerzas y medios” de que dispongan. De esta ma­nera, si somos “diligentes hasta el fin”, la obra pros­perará. La lista de las formas en que se puede adelan­tar la obra es larga, y las consecuencias de los múltiples esfuerzos individuales por parte de los miembros de la Iglesia son de largo alcance.

Al organizar nuestros esfuerzos personales con res­pecto a la obra del templo y de la historia familiar, debemos tener en cuenta que no es solamente ex­tensa en su dimensión sino que durará, por lo menos, toda la vida. El tiempo y los recursos que podamos emplear para ayudar a llevar a efecto la misión de la Iglesia, o sea lo que podamos y debamos hacer en un momento determinado de nuestra vida, cambiará a medida que varíen las circunstancias que nos rodean. Asimismo, el tiempo que empleemos en cada una de las tres áreas también cambiará.

Todo lo que se quiere
Todos estamos familiarizados con la sabia enseñanza que dice que “todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. . . tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de guardar y tiempo de desechar” (Eclesiastés 3:1, 6). Los líderes deben enseñar esta realidad y aplicarla cuando tengan que tomar decisiones relacionadas con su liderazgo.

Es obvio que la naturaleza de los llamamientos que tengamos en la Iglesia influirá en gran manera en el esfuerzo que hagamos para adelantar la misión de la Iglesia. Por ejemplo, los misioneros regulares dedican casi toda su atención a las asignaciones que reciben en la misión. Esto es lo que se debe hacer en ese período de tiempo específico, pero después las cosas deben cambiar.

Cuando yo estudiaba en la facultad de derecho, vivíamos a 2.200 kilómetros del templo más cercano. Teníamos muy “poco dinero y era difícil pagar la colegiatura y criar a nuestros hijos. Mi esposa y yo asistía­mos al templo todos los veranos, cuando íbamos a Utah, pero en ninguna otra ocasión. Me siento muy agradecido a los líderes del sacerdocio que teníamos en ese entonces, porque no nos hicieron sentir culpa­bles por no asistir al templo más seguido. Pocos años después estuve trabajando en Washington, D. C., donde pude aprovechar los maravillosos recursos que tienen en las bibliotecas. Durante ese año hice el máximo esfuerzo (además de cumplir con mi llama­miento en la Iglesia) por hacer investigación genea­lógica. Pero cuando nos mudamos a otra ciudad, me llamaron para trabajar como misionero de estaca, y entonces mis esfuerzos giraron de la historia familiar a la obra misional.

Con prudencia y orden
El principio de alentar a los miembros a determi­nar, por medio de la oración, lo que pueden hacer “con prudencia y orden” en su caso en particular, es un principio importante de la administración de la Iglesia y del progreso individual. Una suma de dinero específica o una asignación para todos en general viola un importante principio. Por ejemplo, en el pa­sado, todos los miembros de un quorum o de la So­ciedad de Socorro recibían la asignación de asistir al templo un determinado número de veces al mes. Asi­mismo, no ha faltado un líder que asignara a todos los miembros de un barrio a que contribuyeran exac­tamente con la misma cantidad de dinero con el fin de cubrir un gasto en particular. Tales asignaciones o cuotas no toman en cuenta las circunstancias indivi­duales o el espíritu de la ofrenda voluntaria; la asig­nación de una cuota fija le niega al individuo la ben­dición de hacer una ofrenda voluntaria.

Recordemos que el rey Benjamín no dijo: “Todas las cosas se deben hacer por división matemática, aun cuando se requiera que algunos miembros corran más de lo que sus fuerzas les permitan” (Compárese con Mosíah 4:27.) El profeta José Smith no dijo: “Yo les enseño principios correctos y luego les fijo cuotas” (Journal of Discourses, 10:57-58).

En resumen, podemos entender y aplicar los si­guientes principios:

  1. Todas las cosas se deben hacer con prudencia y orden. Debemos reconocer que las circunstancias de cada uno de los miembros de la Iglesia son distintas. Debemos promover la misión de la Iglesia de tal ma­nera que podamos llevar a cabo la obra del Señor, sin imponer culpa a sus hijos.
  2. Todo lo que se quiera debajo del cielo tiene su hora. Hay mucho para hacer en la obra del templo y en la historia familiar. Debemos alentar a nuestros miembros a seleccionar, mediante la oración, las co­sas que puedan hacer en su caso en particular y según los llamamientos que tengan en la Iglesia, siendo “di­ligentes hasta el fin”.
  3. Todos los miembros deben pensar que las tres categorías de la misión de la Iglesia —proclamar el evangelio, perfeccionar a los santos, redimir a los muertos— son una asignación individual y un privile­gio para toda la vida. De vez en cuando, según las circunstancias y los medios de cada uno, y con la guía del Espíritu del Señor y de los líderes del sacer­docio, todos deben hacer una evaluación del grado de participación que tienen en la misión de la Iglesia.

Hay mucho por hacer: Hay Hojas de Grupo Familiar que llenar, proyectos familiares que planear y llevar a efecto, corazones que tocar, oraciones que ofrecer, doctrina de la Iglesia que aprender, niños que enseñar; hay que encontrar los nombres y las fechas necesarias para la genealogía de familiares tanto vivos como muertos, obtener una recomendación para ir al tem­plo, asistir a él, hacer convenios y recibir ordenanzas.

A medida que cumplimos con la responsabilidad que tenemos de enseñar y demostrar a nuestros her­manos y hermanas la forma de ayudar a llevar a cabo la vida eterna del hombre, todos seremos bendecidos, porque ésta es la obra y la gloria del Señor.

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