La Lampara de Jehova

Liahona Diciembre 1988

La Lampara de Jehova

President Boyd K. Packerpor el élder Boyd K. Packer
del Quorum de los Doce

De un discurso pronunciado en un seminario para nuevos presidentes de misión.


Quisiera hablaros de algunos princi­pios que se relacionan con el Espíritu y la forma en que podemos prepararnos para recibirlo. No aprendemos lo espiritual exactamente de la misma forma en que aprendemos otras cosas, aunque leer, escuchar y meditar for­men parte de ese aprendizaje. He aprendido que se requiere una actitud especial tanto para enseñar como para aprender todo lo concerniente al espí­ritu. Hay cosas que uno sabe o puede llegar a saber, que quizás sean difíciles de explicar a los demás, pero estoy seguro de que así tiene que ser. Os relataré una experiencia que tuve antes de ser llamado como Autoridad Ge­neral, la cual me afectó profundamente. Viajaba en avión y sentado junto a mí iba un hombre que profesaba ser ateo y que insistía en su incredulidad tan tenazmente que sentí la necesidad de expresarle mi testimonio.

El Espíritu no atrae nuestra atención por medio de gritos ni de sacudidas bruscas. Por el contrario, nos susurra; nos acaricia tan tiernamente que si nos encontramos demasiado enfrascados en nuestras preocupaciones, quizás no lo percibamos en absoluto.

— Está equivocado —le dije —; hay un Dios. ¡Yo que El existe!
— No lo sabe; ¡nadie lo sabe! ¡No puede saberlo!
— protestó él.

Cuando vio que yo no cedía, el ateo, que era abo­gado, hizo lo que quizás sea la pregunta clave en lo que respecta al tema del testimonio.

― Muy bien —habló en tono despectivo y burlón—, usted dice que sabe. Pero, ¿cómo lo sabe?

¿Qué sabor tiene la sal?

Pensé que quizás le hubiera expresado mi testimo­nio en una forma incomprensible para él y me sentía confuso en cuanto a lo que debía hacer. Entonces recordé algo y le dije al hombre:

― Permítame preguntarle si conoce el sabor de la sal.
— Claro que sí —fue su respuesta.
― ¿Cuándo fue la última vez que la probó?
— En la cena que nos sirvieron en el avión.
— Usted cree que sabe qué sabor tiene la sal
— le dije.
— Conozco perfectamente el sabor de la sal — insistió él.
— Si le diera una taza de sal y una de azúcar y le permitiera probarlas, ¿podría diferenciar un sabor del otro? ¿Sabría cuál es la sal?
― ¡No sea pueril! —Exclamó el hombre—. Por supuesto que podría reconocer la diferencia. Conozco el sabor de la sal; lo experimento a diario; lo recono­cería sin ninguna dificultad.
― Entonces —le respondí—, imagine que yo nunca he probado la sal, y explíqueme exactamente qué sabor tiene.

Después de quedarse pensativo por un momento dijo:

― Pues se puede decir que no es dulce ni amarga.
— Con eso usted me ha dicho el sabor que no tiene, pero no el que tiene.

Naturalmente, después de varios intentos, no pudo hacerlo. No pudo comunicarme, por medio de pala­bras solamente, una experiencia tan común y co­rriente como el del gusto de la sal. De nuevo le ex­presé mi testimonio y le dije:

—Sé que Dios existe. Usted ridiculizó ese testimo­nio diciéndome que si yo verdaderamente lo sé, debo ser capaz de explicarle exactamente cómo lo sé. Mi amigo, hablando desde el punto de vista espiritual, be probado la sal. De todas maneras, no me es posi­ble comunicarle verbalmente cómo be adquirido ese conocimiento de la misma forma que usted no ha podido decirme qué sabor tiene la sal. Pero le repito, ¡Dios existe! ¡Es un Dios vivo! y simplemente porque usted no lo sabe, no trate de decirme que yo tampoco lo sé, ¡porque yo sí lo sé!

Desde ese día nunca más me he sentido humillado ni avergonzado por no poder explicar sólo por medio de la palabra todo lo que sé espiritualmente. El após­tol Pablo lo dijo de esta manera:

El Espíritu Santo nos enseña

“Lo cual también hablamos, no con palabras ense­ñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.” (1 Corintios 2:13-14.)

No podemos expresar el conocimiento espiritual con palabras solamente. Sin embargo, mediante las palabras podemos enseñarle a otra persona la manera de prepararse para recibir el Espíritu, y éste le ayu­dará.

“. . . porque cuando un hombre habla por el po­der del Espíritu Santo, el poder del Espíritu Santo lo lleva al corazón de los hijos de los hombres.” (2 Nefi 33:1.)

Entonces cuando recibamos una comunicación es­piritual, inmediatamente podremos reconocerla como tal; a esto se refieren las palabras de la revelación.

No poseemos palabras (tampoco las Escrituras las tienen) que describan perfectamente al Espíritu. Por lo general las Escrituras utilizan la palabra voz, que no describe exactamente lo que es. Esas delicadas y refinadas comunicaciones espirituales no las vemos con nuestros ojos, ni las escuchamos con nuestros oí­dos, y pese a que se describe como una voz, es algo que se siente, más que escucharse.

Una vez que llegué a comprender esto, encontré un profundo significado a un versículo del Libro de Mormón y mi testimonio acerca de esa obra aumentó en forma considerable. El pasaje trataba de Lamán y Lemuel, quienes se rebelaron contra Nefi, ya los cuales éste amonestó diciendo:

“ . . . Habéis visto a un ángel; y él os habló; sí, habéis oído su voz de cuando en cuando; y os ha hablado con una voz quieta y delicada, pero habíais dejado de sentir, de modo que no pudisteis percibir sus palabras …” (1 Nefi 17:45; cursiva agregada.)

Nefi, en un sublime y profundo sermón de instruc­ción, explicó que “los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo; por lo que, declaran las palabras de Cristo. Por tanto, os dije: Deleitaos en las palabras de Cristo; porque he aquí, las palabras de Cristo os dirán todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:3).

Si un ángel se os apareciese y os hablara, ni él ni vosotros estaríais limitados a utilizar vuestros ojos u oídos a fin de comunicaros, ya que existe ese proceso espiritual descrito por el profeta José Smith, me­diante el cual la inteligencia pura puede llenar nues­tra mente y nos es posible saber lo que es necesario que sepamos sin la labor fatigosa del estudio o el transcurso del tiempo, porque es revelación.

La voz del Espíritu se describe en las Escrituras comò una voz que no es ni “áspera” ni “fuerte”; no es “una voz de trueno, ni una voz de un gran ruido tu­multuoso”, sino que es “una voz apacible de perfecta suavidad, cual si hubiese sido un susurro”, y penetra “hasta el alma misma” y hace “arder” los “corazones” (3 Nefi 11:3; Helamán 5:30). Recordad que Elías descubrió que la voz del Señor no se encontraba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino que era “un silbo apacible y delicado” (1 Reyes 19:12).

Nos acaricia tiernamente

El Espíritu no atrae nuestra atención por medio de gritos ni de sacudidas bruscas. Por el contrario, nos susurra; nos acaricia tan tiernamente que si nos en­contramos demasiado enfrascados en nuestras preocu­paciones, quizás no lo percibamos en absoluto.

En algunas ocasiones sólo nos presionará con la firmeza necesaria para que le pongamos atención, pero la mayoría de las veces, si no le hacemos caso a esa suave impresión, el Espíritu se alejará y esperará basta que acudamos en su busca y lo escuchemos.

He aprendido que no recibimos experiencias espi­rituales impresionantes y fuertes muy frecuentemente, y cuando lo hacemos, son por lo general para nuestra propia instrucción o corrección. Dichas ex­periencias espirituales no nos dan la libertad para aconsejar o corregir a los demás, a menos que se nos haya llamado para hacerlo mediante la debida autori­dad.

He llegado también a la convicción de que no es prudente hablar continuamente de experiencias espi­rituales extraordinarias. Estas han de guardarse con la debida reserva, y se ha de hablar de ellas sólo cuando el Espíritu nos induzca a mencionarlas para el beneficio de otros.

En una ocasión escuché al presidente Marion G. Romney aconsejar a los nuevos presidentes de misión y a sus esposas: “No digo todo lo que sé; nunca le he dicho a mi esposa todo lo que sé, porque descubrí que si hablaba a la ligera de asuntos sagrados, después el Señor no confiaría en mí”.

Yo creo que debemos reservarnos todas estas cosas y meditarlas en nuestro corazón, tal como Lucas dice que María hizo con respecto a los acontecimientos divinos que anunciaron el nacimiento de Jesús. (Véase Lucas 2:19.)

El aumento de nuestro testimonio

Hay algo más que debemos aprender: No se nos impone un testimonio por la fuerza, sino que es algo que crece dentro de nosotros. Nuestro testimonio va creciendo de la misma forma en que va creciendo nuestro cuerpo y aumentando nuestra estatura física durante los primeros años de vida, o sea, que crece paulatinamente sin que nos demos cuenta de ello.

Si no le hacemos caso a esa suave impresión, el Espíritu se alejará y esperará hasta que acudamos en su busca y lo escuchemos.

No es bueno exigir respuestas o bendiciones inmediatas como nos plazca; no podemos forzar lo espiri­tual. No podemos forzar al Espíritu a que responda, tal como no podemos forzar a una semilla a germinar ni a un huevo a que empolle antes de tiempo. Se puede crear un ambiente que fomente el progreso, que nutra y proteja, pero no es posible forzar ni com­petir, sino que debemos esperar el progreso natural.

No os impacientéis por obtener un gran conoci­miento espiritual; dejadlo aumentar, esforzaos por que aumente, mas no lo forcéis o daréis lugar al en­gaño.

Se espera que hagamos uso de la luz y el conoci­miento que ya poseemos para dirigir nuestras vidas. No es necesario que tengamos una revelación que nos instruya a hacer nuestro deber, ya que en las Es­crituras ya se nos ha dicho lo que debemos hacer; tampoco debemos esperar que la revelación reem­place la inteligencia espiritual o temporal que ya ha­yamos recibido, sino que solamente la aumente. De­bemos seguir el curso de nuestra vida de una manera sencilla y laboriosa, siguiendo la rutina y guiándonos por las normas que la gobiernan.

Las reglas, normas y mandamientos son una pro­tección de gran valor. Si en alguna ocasión llegára­mos a necesitar que se nos revelase instrucción para alterar nuestro curso, la revelación estaría esperándo­nos cuando llegáramos al punto preciso. El consejo de estar “anhelosamente empeñados” es verdadera­mente sabio. (Véase D. y C. 58:27.)

No os sintáis vacilantes ni avergonzados si no lo sabéis todo. Nefi dijo: “… Sé que ama a sus hijos; sin embargo, no sé el significado de todas las cosas” (1 Nefi 11:17).

Vuestro testimonio puede ser más fuerte de lo que os imagináis. Hace algunos años me encontré con uno de mis hijos en la misión, en una lejana parte del mundo en la cual había estado sirviendo por un año. Su primera pregunta al verme fue: “Papá, ¿cómo puedo progresar espiritualmente? He tratado diligen­temente de hacerlo, pero no lo he logrado”.

Eso era lo que él pensaba. Para mí era todo lo con­trario; casi no podía creer la madurez y el progreso espiritual que había logrado en sólo un año. El “no se daba cuenta” ya que su crecimiento había ocurrido gradualmente y no como una asombrosa experiencia espiritual.

Sobre el borde de la luz

No es raro oír a un misionero decir: “¿Cómo puedo dar testimonio si no lo tengo? ¿Cómo puedo testificar que Dios vive, que Jesús es el Cristo y que el evange­lio es verdadero? Si no tengo un testimonio de todo ello, ¿no sería un engaño?

Si tan sólo pudiera enseñar este principio: Un tes­timonio se encuentra cuando se expresa. En alguna parte, en vuestra búsqueda de conocimiento espiri­tual, existe ese “salto de fe”, como lo llaman los filó­sofos. Es el momento en que uno llega al borde de la luz y tropieza con la obscuridad, sólo para descubrir que el camino continúa iluminado cada uno o dos pasos. “La lámpara de Jehová”, como dice el pasaje de las Escrituras, es verdaderamente “el espíritu del hombre” (Proverbios 20:27).

Una cosa es recibir un testimonio de lo que uno ha leído o de lo que otra persona ha dicho, lo cual es necesario como comienzo, y otra es que el Espíritu nos confirme dentro de nosotros que lo que hemos testificado es verdadero. ¿Os dais cuenta de que este testimonio se nos restituirá a medida que lo exprese­mos? Al dar de lo que tenemos, esto se nos reempla­zará, ¡pero aumentado!

El profeta Éter “profetizó al pueblo cosas grandes y maravillosas, las cuales no creyeron, porque no las veían.

“Y ahora yo, Moroni, quisiera. . . mostrar al mundo que la fe es las cosas que se esperan y que no se ven; por tanto, no contendáis porque no veis, por­que no recibís ningún testimonio sino hasta después de la prueba de vuestra fe” (Éter 12:5-6).

Dar testimonio es la prueba de vuestra fe. Si ha­blamos con humildad y sincera intención, el Señor no nos dejará solos.

El escéptico dirá que dar testimonio cuando uno no sabe que lo posee es programarse, que la respuesta es fabricada. Pero una cosa es segura: el escéptico nunca llegará a saberlo porque no reúne los requisitos de fe, humildad y obediencia que lo harían digno de recibir una manifestación del Espíritu.

En ese mismo escepticismo radica la protección de un testimonio, protección contra el falso, el analí­tico, contra el que sólo experimenta, el arrogante, el incrédulo, el orgulloso. A ellos no se les manifestará.

Dar testimonio de las cosas que esperamos que sean verdaderas, como un acto de fe, es algo así como un experimento semejante al que el profeta Alma les propuso a sus seguidores. Empezamos con fe, no con un conocimiento perfecto.

Por lo general, recibimos el testimonio de Cristo, y permanece en nosotros, únicamente si lo expresa­mos. En ese proceso se encuentra la esencia misma del evangelio.

Sigamos la inspiración del Espíritu

¿No es ésta una demostración perfecta de cristia­nismo? No podemos encontrarlo, conservarlo, ni au­mentarlo hasta que estemos dispuestos a compartirlo, porque es cuando lo compartimos generosamente que realmente lo poseemos.

Una vez que lo recibamos, debemos ser obedientes a su inspiración. Siendo presidente de misión, aprendí una gran lección. Ya en aquel entonces era también Autoridad General. En varias ocasiones ha­bía recibido la impresión de que, para beneficio de la obra, debía relevar a uno de mis consejeros. Además de haber orado al respecto, había razonado y llegado a la conclusión de que sería lo mejor. Pero no lo hice por temor a herir a un hombre que había prestado un largo servicio a la Iglesia.

El Espíritu se apartó de mí y no recibí inspiración en cuanto a quién debía llamar como consejero si relevaba al actual. Esto duró varias semanas; mis ora­ciones parecían permanecer en la habitación donde las ofrecía. Traté de arreglar el trabajo de diferentes maneras, pero sin ningún resultado. Finalmente, hice lo que me había indicado el Espíritu e inmedia­tamente el don regresó. ¡Qué exquisita dulzura tener al Espíritu Santo de nuevo conmigo! Ya sabéis de qué os hablo, porque vosotros también poseéis el don del Espíritu Santo. El hermano en cuestión no se sintió herido, sino que fue bendecido grandemente y la obra prosperó.

Debemos estar alertas para no ser engañados por una falsa inspiración de procedencia maligna. Es po­sible recibir falsos mensajes espirituales. Existen espí­ritus falsos, así como existen ángeles falsos (véase Moroni 7:17). Tened cuidado de no ser engañados, porque el diablo puede presentarse disfrazado como ángel de luz.

La parte espiritual y la emocional de nuestro ser están tan íntimamente ligadas que es posible que confundamos un impulso emocional con una inspira­ción espiritual. Algunas veces encontramos personas que piensan que han recibido inspiración espiritual de Dios, cuando lo que han creído percibir era fruto de sus propias emociones o provenía del adversario.

Evitad como a una plaga a aquellos que afirmen haber tenido alguna grandiosa experiencia espiritual que les autorice a poner en tela de juicio la autoridad del sacerdocio establecida de la Iglesia. No os sintáis desconcertados si no podéis explicar las insinuaciones de los apóstatas o refutar las acusaciones falsas de los enemigos que atacan la Iglesia del Señor. En el de­bido tiempo, tendréis el poder de confundir a los ini­cuos e inspirar a los puros de corazón.

Sé, por medio de experiencias demasiado sagradas para mencionar, que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que el don del Espíritu Santo que se nos con­fiere en el momento de nuestra confirmación es un don divino.

¡El Libro de Mormón es verdadero!

¡Esta es la Iglesia del Señor! ¡Jesús es el Cristo! Nos preside un Profeta de Dios. Los milagros no han cesado, ni los ángeles han dejado de aparecer y ministrar a los hombres. La Iglesia posee los dones espirituales. ¡El más preciado de éstos es el don del Espíritu Santo! □

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3 respuestas a La Lampara de Jehova

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