El maravilloso y verdadero relato de la Navidad

El maravilloso y verdadero
relato de la Navidad

Gordon B. Hinckleypor el presidente Gordon B. Hinckley


Qué época tan maravillosa es la Navidad, donde los corazones se enternecen, se elevan voces de adoración y la bondad y la mise­ricordia vuelven a ocupar su lugar de importancia en nuestra vida. Hay un mayor esfuerzo por tender una mano de ayuda a los necesitados, un sentimiento de paz que embarga nuestros hogares y una demostración de amor que no se percibe hasta ese mismo grado en cualquier otro momento del año.

Al igual que ustedes, y junto con otras personas a lo largo de tres siglos, yo he cantado la letra que Isaac Watts compuso para la música de Georg Friedrich Handel:

¡Regocijad! Jesús nació,dd137ece593e8525d847cdb846fc77af
del mundo Salvador;
y cada corazón
tomad a recibir al Rey…

¡Regocijad! El reinará;
cantemos en unión;
y en la tierra y en el mar
loor resonará.
(Himnos, número 123)

Me siento muy humilde al pensar en el gran amor de mi Padre Celestial Cuán agradecido estoy al saber que Dios nos ama. La incomprensible profundidad de ese amor halló su expresión en el don de Su Hijo Unigénito, en venir El al mundo para traer esperanza a nuestro corazón, bondad y cortesía a nuestras relaciones y, por encima de todo, para salvarnos de nuestros pecados y guiarnos por el camino que conduce a la vida eterna.

Maravillosa es la crónica que comenzó con el canto de los ángeles en Belén y terminó en la cruel cruz del Gólgota; Su vida no se puede comparar con la de nadie más.

Él fue el único hombre perfecto que caminó sobre la tierra, el mejor ejemplo de excelencia, el ejemplo singular de perfección.

En cierta forma, percibo el signifi­cado de Su Expiación, aunque no puedo comprenderla por completo; es tan extensa en su alcance, y a la par, tan íntima en su efecto, que es incomprensible.

“¡Oh, muerte elocuente, grandiosa y poderosa!”, dijo Sir Walter Raleigh cuando estaba a punto de morir en la Torre de Londres.

Recuerdo haber hablado en el funeral de un buen hombre, un amigo cuya bondad me motivó a ser un poco mejor. A través de los años, había conocido su sonrisa, sus palabras bondadosas, el uso de su brillante intelecto, la magnitud de su servicio a los demás; y entonces, aquel que había sido tan brillante y bueno falleció de repente. Observé su cuerpo sin vida, en el que no había seña alguna de reconocimiento, de movimiento ni de palabra. El manto de la muerte, con tan severa irrevocabilidad, había descendido sobre él, transformándole en alguien muy diferente.

Observé a su viuda e hijos, que lloraban; ellos sabían, al igual que yo, que nunca volverían a oír su voz en la mortalidad, mas una tierna dulzura, de naturaleza indes­criptible, trajo paz y alivio. Parecía decir: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10).

Parecía añadir: “No se preocupen; todo esto forma parte de mi plan. Nadie puede escapar a la muerte; aun mi Hijo Amado murió en la cruz, mas al hacerlo llegó a ser las maravillosas Primicias de la Resurrección. Le quitó a la muerte su aguijón y a la tumba su victoria”.

En mi mente podía oír al Señor hablando a la apenada Marta: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Juan 1 L25-26).

A fin de cuentas, cuando toda la historia se haya examinado, cuando se hayan explorado las más hondas profundidades de la mente humana, nada es tan maravilloso, tan majes­tuoso ni tan formidable como este acto de gracia, en el que el Hijo del Todopoderoso, el Príncipe de la casa, real de Su Padre, Aquel que una vez hablara como Jehová, el que había condescendido a venir a la tierra como un bebé nacido en Belén, cedió Su vida en igno­minia y dolor para que todos los hijos y las hijas de Dios de todas las generaciones del tiempo, cada uno de los que tendrá que morir, pueda caminar de nuevo y vivir eternamente. El hizo por nosotros lo que ninguno podía hacer por sí mismo.

Maravillosa es la crónica que comenzó con el canto de los ángeles en Belén y terminó en la cruel cruz del Gólgota; Su vida no se puede comparar con la de nadie más.

Tengo un relato sencillo que me gustaría contarles; es algo parecido a una parábola. Desconozco el nombre de su autor. Quizás sea de interés especial para nuestros pequeños, pero espero que sirva de recordatorio para todos.

“Hace años había una pequeña escuela de un solo cuarto en las montañas del estado de Virginia, donde los muchachos eran tan rudos que ningún maestro había logrado disciplinarlos.

“Un maestro joven e inexperto solicitó la plaza, y el viejo director le miró de arriba abajo y le preguntó: ‘Joven, ¿sabe usted que está pidiendo que le den una tremenda paliza? Todos los maestros que hemos tenido durante años ha recibido una’.

“ ‘Acepto el riesgo’, contestó.

“Llegó el primer día de escuela y el maestro se presentó para cumplir con su deber. Un muchacho llamado Tom susurró: ‘No voy a necesitar ayuda con éste; yo mismo me encargaré de él’.

“El maestro dijo: ‘Buenos días, muchachos, hemos venido para comenzar las clases’; todos gritaron y se rieron hasta que no pudieron más. ‘Bien, quiero tener una buena escuela, pero confieso que no sé cómo a menos que ustedes me ayuden. Qué les parece si estable­cemos unas cuantas reglas; ustedes me las dicen y yo las escribiré en la pizarra’.

“Un joven gritó: ‘¡Nada de robar!’. Otro exclamó: ‘Ser puntuales’. Finalmente había diez reglas en la pizarra.

“ ‘Ahora bien’, dijo el maestro, ‘ninguna regla es buena a menos que se le asocie un castigo. ¿Qué haremos con aquel que quebrante las reglas?’

“ ‘Quitarle el abrigo y darle diez azotes en la espalda’, fue la respuesta de la clase.

“ ‘Eso es demasiado severo, muchachos. ¿Están seguros de que están dispuestos a atenerse a su deci­sión?’ Y otro gritó: ‘Secundo la moción’, y el maestro dijo: ‘¡De acuerdo, la acataremos! ¡Clase, mantengan orden!’

“Uno o dos días después, Tom descubrió que le habían robado el almuerzo. Encontraron al ladrón, un hambriento muchachito de unos diez años. ‘Hemos encontrado al ladrón y se le debe castigar de acuerdo con las reglas que ustedes establecieron: diez azotes en la espalda. ¡Jim, ven aquí!’, dijo el maestro.

“El jovencito se acercó lentamente, temblando, con un gran abrigo abrochado hasta el cuello y suplicó: ‘Maestro, puede pegarme tan fuerte como lo desee pero, por favor, ¡no me quite el abrigo!’.

“‘Quítate el abrigo’, dijo el maestro, ‘¡tú colaboraste en la creación de las reglas!’

“ ‘¡Ay, maestro, no me obligue!’, y comenzó a desabro­charse; y ¿qué fue lo que vio el maestro? El muchacho no tenía camisa, y su delgado y escuálido cuerpo quedó al descubierto.

“ ‘¿Cómo voy a azotar a este niño?’, pensó. ‘Pero debo, debo hacer algo si quiero seguir en esta escuela’. Reinaba un silencio de muerte.

“ ‘¿Cómo es que no tienes puesta una camisa, Jim?’

“El joven contestó: ‘Mi padre murió y mi madre es muy pobre. Sólo tengo una camisa y ella la está lavando hoy. Me puse el abrigo de mi hermano para no tener frío’.

“El maestro, con la vara en la mano, vaciló. En ese momento, Tom se puso de pie y dijo: ‘Maestro, si no tiene inconveniente, yo recibiré los azotes de Jim’.

“ ‘Muy bien, existe cierta ley mediante la cual uno puede tomar el lugar del otro. ¿Están todos de acuerdo?’

“Tom se quitó el abrigo y después de cinco azotes la vara se quebró. El maestro agachó la cabeza en sus manos y pensó: ‘¿Cómo puedo poner fin a esta amarga tarea?’. Entonces oyó el sollozo de la clase y, ¿qué fue lo que vio? El pequeño Jim se había puesto de pie y echado sus brazos alrededor del cuello de Tom con ambas manos. ‘Tom, lo siento que te robé tu almuerzo, pero tenía mucha hambre. ¡Tom, te amaré hasta que muera por haber recibido los azotes qué eran para mí! ¡Sí, te amaré para siempre!’ ”.

Empleando una frase de este sencillo relato, Jesús, mi Redentor, ha recibido “los azotes que eran para mí” y para ustedes.

El profeta Isaías declaró:

“Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores…

“…Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Isaías 53:4-5).

Este es el maravilloso y verdadero relato de la Navidad, El nacimiento de Jesús en Belén de Judea es el prefacio y el ministerio de tres años del Maestro es el prólogo. Su sacrificio constituye la magnífica esencia del relato, el acto plenamente desinteresado de morir de dolor en la cruz del Calvario para expiar los pecados de todos nosotros.

El epílogo es el milagro de la Resurrección, que nos proporciona la certeza de que “así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (1 Corintios 15:22).

No habría habido Navidad de no haber habido Pascua. El niño Jesús de Belén sería como cualquier otro niño si no fuera por el Cristo redentor de Getsemaní y del Calvario, y por la triunfante realidad de la Resurrección.

Creo en el Señor Jesucristo, el Hijo del Dios Eterno y Viviente. No ha habido nadie tan grande que haya cami­nado sobre la tierra; ningún otro ha hecho un sacrificio comparable o ha concedido una bendición semejante. Él es el Salvador y el Redentor del mundo. Creo en El. Declaro Su divinidad de manera directa y total. Le amo; pronuncio Su nombre con reverencia y asombro. Le adoro como adoro a Su Padre, en espíritu y en verdad. Le doy gracias y me arrodillo ante Su Amado Hijo, quien tiempo ha estrechó su mano y dijo a cada uno de nosotros: “Venid a mí, todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).

Deseo que para cada uno de ustedes ésta sea una feliz Navidad, pero, más importante aún, deseo que cada uno de ustedes pase un tiempo, quizás sólo una hora, en callada meditación y tranquila reflexión sobre la maravilla y la majes­tuosidad de éste, el Hijo de Dios. La dicha que sentimos en esta temporada se debe a que Él vino al mundo. La paz que emana de Él, Su amor infinito que cada uno de nosotros puede percibir, así como el sobrecogedor sentimiento de gratitud por lo que gratuitamente nos dio a un precio tan alto para Él, consti­tuyen la verdadera esencia de la Navidad.

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3 Responses to El maravilloso y verdadero relato de la Navidad

  1. Avatar de rosa rosa dice:

    Gracias por recordarme que soy aquel por quien el Cristo dio su vida… puso su cuerpo y alma para que yo fuera salvada de las garras de la muerte espiritual. Dios me ayude a retornar a casa…

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  2. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Gracias Presidente, por éste maravilloso e inspirado mensaje hacerca de Jesucristo, nuestro salvador y redentor.
    Es un privilegio vivir en ésta época, donde la voz de profetas y apóstoles está al alcance de cada oído. 💝

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  3. Avatar de Desconocido Anónimo dice:

    Nunca he entendido el porqué de que este discurso (que para mí es el mejor de la presidencia en la Liahona de diciembre) no se puede encontrar en la app de la iglesia. Creo que no es solo un tremendo mensaje, sino más bien doctrina pura de nuestro Salvador. Saludos desde Concepción Chile

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