Abril de 1976
…Vive porque lo vimos
por Ivan J. Barrett
Las lecciones de agosto de este año de la clase Doctrina del Evangelio, versan sobre el Cristo resucitado, su ministerio de cuarenta días entre sus discípulos y la preparación de ellos como testigos de Él. En este artículo trataremos de las apariciones del Salvador en los últimos días, después de la restauración del evangelio, las que se verificaron conforme a su antigua promesa: “yo… me manifestaré a él… y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:21,23.)
Esta dispensación del evangelio comenzó con la aparición personal de Dios nuestro Eterno Padre y su amado Hijo Jesucristo, a un muchacho campesino que había de llegar a ser el más grande Profeta y Vidente, para bendición de la tierra. El niño profeta dio testimonio de su primera visión con las siguientes palabras:
“. .. vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí. ..
Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló, llamándome por nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo!” (José Smith 2:16-17)
Esta visión del Padre y el Hijo, que mediante José Smith dio comienzo a la dispensación del cumplimiento de los tiempos, se ha calificado como la más grandiosa manifestación visible de Dios y su Hijo. Dicha visión hizo añicos los falsos conceptos de Dios que se habían enseñado a través de los siglos. En la época de José Smith se creía en Dios como en un Ser incorpóreo, que:
“Refulge en el sol, refresca en la brisa,
Brilla en las estrellas y florece en los árboles;
Vibra en toda vida, todo lo alcanza;
está en todas partes; no se agota jamás.”
(Alexander Pope, Essay On Man, primera epístola, lincas 271-74. Traducción libre.)
El ensayo literario de Pope es una hermosa descripción de algo que no corresponde al Dios a cuya imagen se hizo al hombre. (Véase Génesis 1:26-27.) José Smith vio a Dios y a Jesucristo como Seres inteligentes que en verdad existen y con quienes el hombre puede conversar. Y en esta última dispensación, más de una veintena de otras personas testifican haber visto al Salvador, y que en verdad vive.
Durante la primera conferencia que se realizó en esta dispensación, después de la organización de la Iglesia, Newel Knight vio los cielos abiertos y al Salvador sentado a la diestra del Padre. El profeta José escribió:
“Vio en visión la gran obra que habría de realizarse por mi intermedio. Vio los cielos abiertos y al Señor Jesucristo sentado a la diestra de la Majestad en lo alto y entendió claramente que llegado el tiempo sería admitido en su presencia para morar en su reino para siempre jamás.” (History of the Church 1:85.)
Durante la cuarta conferencia de la Iglesia que se realizó a principios de junio de 1831, Lyman Wight se hallaba de tal forma embebido en el Espíritu de Dios, que los cielos le fueron abiertos y vio al Hijo sentado a la diestra del Padre. (Véase HC 1:176.)
Una noche, a principios del verano de 1831, Mary Elizabeth Rollins, que en ese entonces contaba con doce años de edad, visitó con su madre al Profeta en su casa en Kirtland, con objeto de aprender algo más del Libro de Mormón. Puesto que también se hallaban reunidos allí otros amigos y parientes, a instancias del Profeta, realizaron una reunión. De esa reunión, la niña escribió en su diario de vida lo siguiente:
“Después de orar y cantar, José comenzó a hablarnos en forma profundamente solemne y seria. De pronto, se detuvo y pareció transfigurarse; recuerdo que miraba hacia el frente y que la luz de su rostro excedió en brillantez a la de la vela que había en una repisa precisamente detrás de él. A mí me pareció que casi podía verle los pómulos a través de las mejillas y era como si la luz de un foco luminoso que provenía del interior de su rostro, le brillara a través de cada poro. Yo simplemente, no pude apartar la vista de él.
Después de unos breves momentos, nos miró a todos muy solemnemente y nos dijo: ‘Hermanos, ¿sabéis quién ha estado esta noche en medio de vosotros?’ Alguien de la familia Smith dijo: ‘Un ángel del Señor’.
José guardó silencio. Martín Harris, que estaba sentado en una caja a los pies del Profeta, se deslizó hasta el suelo junto a José y rodeándole las rodillas con sus brazos, le dijo: ‘Yo lo sé, fue nuestro Señor y Salvador Jesucristo’. José, poniendo una mano sobre la cabeza de Martín, le contestó: ‘Martín, Dios te lo ha revelado’ —y agregó— ‘Hermanos, el Salvador ha estado en medio de vosotros y quiero que lo recordéis. El corrió un velo ante vuestros ojos porque no habríais podido resistir mirarlo, pues debéis alimentaros primeramente con leche y después con carne. Quiero que recordéis esto como si fuesen las últimas palabras que salieran de mis labios’.” (Diario de vida de Mary Elizabeth Rollins Lightner; manuscrito no publicado, págs. 2-4.)
En febrero de 1832, José Smith vivía con John Johnson en Hiram, estado de Ohio, Estados Unidos, y se encontraba haciendo una revisión de la Biblia con la ayuda de Sidney Rigdon. Un día, al considerar seriamente el asunto de que el hombre sería juzgado conforme, a sus hechos en la carne, llegaron a la conclusión de que el término “cielo”, en lo que al hogar eterno de los santos se refiere, debía de incluir más de un reino. El Profeta escribió de esto lo siguiente:
“Y mientras meditábamos estas cosas, el Señor tocó los ojos de nuestros entendimientos, y fueron abiertos; y la gloria del Señor brilló alrededor,
Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud;
Y vimos a los santos ángeles, y a aquellos que son santificados delante de su trono, adorando a Dios y al Cordero, a quien adoran para siempre jamás.
Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de él: ¡Que vive!
Porque lo vimos, aun a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre—
Que por él, y mediante él, y de él los mundos son y fueron creados, y los habitantes de ellos son engendrados hijos e hijas para Dios.” (D. y C. 76:19-24.)
En aquella oportunidad había en la habitación alrededor de una docena de otros varones, y entre ellos, Philo Dibble, quien testificó lo siguiente: “Vi la gloria y sentí el poder, pero no vi la visión” (Juvemle Instructor 27:303.)
En la revelación sobre la organización de la Escuela de los Profetas, el Señor dijo:
“Por lo tanto, santificaos para que vuestras mentes sean sinceras hacia Dios, y los días vendrán en que lo veréis; porque él os descubrirá su faz, y será en su propio tiempo y manera, y de acuerdo con su propia voluntad”. (D. y C. 88:68)
Durante el funcionamiento de la Escuela de los Profetas, José Smith dio una serie de disertaciones conocidas como “Sermones sobre la fe”, constituyendo el tema principal de los mismos, el contenido del pasaje anteriormente mencionado. El profeta José dijo:
“. . . cuando los integrantes de la familia humana hayan llegado a conocer el importante hecho de que hay un Dios que ha creado y sostiene todas las cosas, el grado de su conocimiento con respecto al carácter y la gloria de Él, dependerá de la diligencia y la fidelidad de ellos en buscarlo, hasta que, como Enoc, el hermano de Jared y Moisés, lleguen a obtener fe en Dios y poder de El para mirarlo cara a cara.” (Ledures on Faith—Sermones sobre la fe—, número 2, N. B. Lundwall, compilador y publicador, pág. 23.)
Más adelante, el Señor mismo prometió “que toda alma que desechare sus pecados y viniere a mí, e invocare mi nombre, obedeciere mi voz y guardare mis mandamientos, verá mi faz, y sabrá que yo soy” (D. y C. 93:1).
En su relato de la dedicación del templo de Kirtland, el Profeta expuso: “El Salvador apareció a algunos” (HC 2:432). Y el élder George A. Smith dijo en un discurso lo siguiente:
“El primer día de la dedicación, el presidente Frederick. G. Williams, uno de los consejeros del Profeta, que se hallaba ante el pulpito más elevado, dio testimonio de que el Salvador, vestido con una túnica sin costuras, llegó hasta el estrado y aceptó la dedicación de la casa. Dio testimonio de que lo vio e hizo una descripción de la ropa que vestía.” (Journal of Disc curses 11:10.)
Una semana después de la dedicación del templo de Kirtland, después de haber tomado la Santa Cena en la planta baja del templo, el profeta José Smith con Oliverio Cowdery, el Consejo de los Doce y varios hermanos del sacerdocio, los dos primeros se retiraron al pulpito ubicado en la parte occidental de la habitación y se corrieron los velos que los apartaron de los demás hermanos. Ambos jóvenes se sumieron en solemne y silenciosa oración, y al levantarse después de la misma, se desplegó ante ellos la siguiente gloriosa visión:
“Vimos al Señor sobre el barandal del pulpito, delante de nosotros; y debajo de sus pies había una obra pavimentada de oro puro del color del ámbar.
Sus ojos eran como una llama de fuego; el cabello de su cabeza era blanco como la nieve pura; su semblante brillaba más que el resplandor del sol, y su voz era como el sonido de muchas aguas, aun la voz de Jehová que decía:
Soy el principio y el fin; soy el que vive, el que fue muerto; soy vuestro abogado con el Padre.” (D. y C. 110:2-4)
Antes de su crucifixión el Salvador prometió a sus discípulos el segundo Consolador. Juan nos informa que Jesús dijo:
“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre:
… y yo le amaré, y me manifestaré a él.
… Y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.” (Juan 14:16, 21, 23.)
En cuanto a esto, José dijo: “¿Qué, es pues, este otro Consolador? No es nada más ni menos que el Señor Jesucristo mismo; y ésta es la substancia de todo el asunto: que cuando un hombre recibiere este último Consolador (la promesa de la vida eterna), tendrá la persona de Jesucristo para atenderlo o aparecerle de cuando en cuando, y aun le manifestará al Padre, y harán morada con él, y le serán descubiertas las visiones de los cielos, y el Señor lo instruirá cara a cara. . .” (HC 3:381, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 179.)
El Profeta comentó además:
“Juan 14:23. — La visita del Padre y del Hijo, en este versículo, es una manifestación personal; y la idea de que el Padre y el Hijo moran en el corazón de un hombre es una antigua noción sectaria y falsa.” (D. y C. 130:3.)
Aquellos que reciban al Segundo Consolador, o la promesa de la vida eterna, tendrán el privilegio de comunicarse personal y abiertamente con el Varón de Santidad y su Hijo Jesucristo. El profeta José se refirió repetidamente al hecho de que los santos pueden conversar personalmente con Dios el Padre y su Hijo Jesucristo. (Véase HC 1:283:4; 3:381; 5:530; 6:51.)
A Alexander Neibaur, converso judío inglés y cirujano dentista de profesión, poco antes de su muerte, su hijo le preguntó: “‘Padre, nos has contado de tus duras experiencias y te hemos escuchado con mucho cariño e interés, pero permíteme preguntarte, ¿vale la pena todo eso? ¿vale el evangelio la pena de todo ese sacrificio?’
El brillo del testimonio de la verdad inundó de luz los apagados ojos del anciano hebreo al elevar la voz en firme y profunda certeza y decir:
‘¡Sí, sí, todo aquello y aún más! ¡Yo he visto a mi Salvador y he visto las heridas en sus manos! Sé que Jesús es el Hijo de Dios y que esta obra es verdadera y que José Smith fue un Profeta de Dios. Volvería a padecer todo lo que he sufrido y aún más, mucho más, por ese solo conocimiento, aunque por ello tuviese que dar la vida en las llanuras y exponerme a que los lobos me devoraran’” (The Utah Genealogical and Histórica Magazine, 5:62).
Cuando Lorenzo Snow tenía veintidós años de edad, después de haber sido miembro de la Iglesia durante seis meses, recibió su bendición patriarcal de manos del patriarca Joseph Smith, Sr., padre del Profeta. En esa bendición se le dijo: “Llegarás a tener fe aun como la del hermanó de Jared” (Thomas C. Romney, The Life of Lorenzo Snow —La vida de Lorenzo Snow—, Deseret Book Co., 1955, pág. 1). El hermano de Jared fue un hombre que tuvo una fe tan grande que “fue imposible impedirle ver dentro del velo; por tanto, vio a Jesús, quien le impartió de su ministerio” (Eter. 3:20).
Años más tarde, al enterarse de la muerte del presidente Wilford Woodruff, el presidente Snow se vistió con su santa ropa del templo y se retiró al sagrado altar del Templo de Salt Lake City, donde abrió su corazón al Señor recordándole cuánto le había rogado que el presidente Woodruff le sobreviviera a fin de que no fuese llamado él para sobrellevar la pesada carga y las responsabilidades de la dirección de la Iglesia. En esa oración dijo: “No obstante, que se haga tu voluntad, Yo no he procurado esta responsabilidad, pero si es tu voluntad, me presento ante ti para que me guíes y me instruyas. Te suplico que me muestres lo que quieres que haga”.
Una vez que terminó de orar, esperó una respuesta, alguna manifestación especial del Señor. Esperó, esperó y esperó, mas no hubo respuesta, ni voz, ni manifestación. Salió entonces del cuarto sumamente abatido, atravesó el cuarto celestial, y cuando se encaminaba por el largo corredor que conducía hasta su habitación, tuvo la más gloriosa manifestación. Uno de los relatos más hermosos de esta experiencia es el de su nieta, Allie Young Pond, según se lo dijo su abuelo un día en que ambos andaban por el templo de Salt Lake City, y dice así:
“Íbamos por el largo corredor que conduce al cuarto celestial; yo caminaba varios pasos más adelante que el abuelo, cuando él me detuvo, diciéndome: ‘Allie, espera un momento, pues quiero decirte algo. Verás, fue en este mismo sitio donde se me manifestó el Señor Jesucristo en los días en que murió el presidente Woodruff.
En seguida, el abuelo se acercó un paso más hada el lugar señalado y sosteniendo en alto su mano izquierda, añadió: ‘Estuvo en este mismo sitio, como a un metro del suelo y parecía estar de pie sobre una plataforma de sólido oro’.
El abuelo me contó cuan glorioso Personaje es el Salvador y me describió sus manos, sus pies, su rostro y su hermosa ropa blanca, todo lo cual era de tan gloriosa blancura y brillo que apenas podía mirarlo.
Después, el abuelo dio otro paso acercándose a mí y poniéndome su mano derecha en la cabeza, me dijo: ‘Ahora, mi metedla, quiero que recuerdes que éste es el testimonio de tu abuelo, que él te dijo con sus propios labios, que en realidad vio al Salvador aquí, en este Templo, y que habló con El cara a cara’.” (Descreí News, sección de la Iglesia, 2 de abril de 1938, pág. 8.)
Alfred Douglas Young, uno de los primeros conversos de la Iglesia, conversaba con su hermano de los principios del evangelio el 17 de septiembre de 1841 por la mañana, cuando de pronto sintió la poderosa inspiración de irse a algún lugar apartado. Se dirigió al bosque y a cierta distancia de la casa de su hermano, vio en una visión a un ángel que le hacía señas instándolo a seguirlo. He aquí lo que él relata de esa experiencia:
“El ángel ascendió en la misma dirección por donde había venido, y yo lo seguí. Me llevó a la presencia de Dios el Padre y su Hijo Jesucristo. Una barra me separaba de ellos, pero los veía sentados en un trono y yo tenía en las manos muchos manojos de trigo de la más exquisita blancura.
Había un altar a mi izquierda y otro directamente enfrente de mí. El primero parecía tener un metro de altura y el otro, medio metro. Entonces deposité los haces de trigo que tenía en las manos sobre el altar que se hallaba a mi izquierda como una ofrenda al Señor y en seguida fui y me arrodillé ante el otro altar que también se encontraba frente al trono.
Supliqué entonces a Dios el Padre en el nombre de su Hijo Jesucristo que aceptara la ofrenda que había yo depositado sobre el altar. Mientras oraba, la barra se apartó y yo me puse de pie. Jesús se levantó del lado de su Padre y se dirigió hacia mí. Sí, yo estuve en presencia de Ellos y contemplé su gloria.
Entonces Jesús me dijo: ‘Tu ofrenda es aceptada. ¿Desearías saber la interpretación de ella? Le respondí: ‘Sí, Señor’. El ángel que me guiaba, me dijo: ‘Mira’, y entonces vi un grupo innumerable de personas que procedían de todas las naciones, tribus, lenguas y pueblos que se congregaban alrededor del trono de Dios y que cayendo de rodillas lo adoraban y lo glorificaban. Entonces Jesús me dijo: ‘Estos son los que gracias a ti llegarán al reino de mi Padre y tal es la interpretación de la ofrenda que has depositado sobre el altar’.” (Alfred Douglas Young, “Autohiographical Journal», 1808-1842, págs. 3-13.)
El élder Orson F. Whitney, siendo un joven misionero en los estados orientales de los Estados Unidos, vio una noche en una visión, lo que relata de la siguiente manera:
“Me parecía estar en el Jardín de Getsemaní presenciando la agonía del Salvador, y lo veía claramente. Hallándome de pie, detrás de un árbol, vi a Jesús que pasaba con Pedro, Santiago y Juan por una portezuela que había a mi derecha; después de dejar allí a los tres apóstoles y de decirles que se arrodillasen y orasen, el Hijo de Dios atravesó el jardín yendo a un lugar donde Él también se arrodilló a orar. Era la misma oración que conocen todos los estudiosos de la Biblia: ‘Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú’.
Cuando oraba, las lágrimas le corrían por el rostro, que yo veía de frente. Entonces me sentí tan profundamente conmovido que también lloré y mi corazón entero fue hacia Él; sentí que lo amaba con toda mi alma y deseé con ansias estar con El cómo jamás había anhelado estar con persona alguna.
De pronto, poniéndose de píe se dirigió hacia donde habían quedado los apóstoles. . . ¡y los encontró profundamente dormidos! Despertándolos suavemente les preguntó con un tono de dulce reproche, sin la más leve traza de enojo ni impaciencia, sino con pena, si no podían velar con Él una hora. Allí estaba El, cargando en sus hombros el peso indescriptiblemente abrumador de los pecados del mundo, atravesándole el alma sensible las congojas de todo el género humano. . . ¡y ellos no podían velar con El tan sólo una hora!
Volviendo a su lugar pronunció la misma oración, después de lo cual regresó junto a sus discípulos y los encontró dormidos; como antes, los despertó, los amonestó nuevamente y una vez más regresó a orar. Esto sucedió tres veces, hasta que pude retener clara y detalladamente su apariencia, es decir, su rostro, forma y movimientos; era de noble porte y majestuoso aspecto; no el ser débil y afeminado que algunos pintores han presentado, sino Dios mismo, tan manso como un niño pequeñito.
Repentinamente las circunstancias parecieron cambiar aunque el lugar seguía siendo el mismo, sólo que en vez de ser antes, era después de la crucifixión, y el Salvador con los tres apóstoles estaban de pie, a mi izquierda; se hallaban a punto de partir y ascender a los cielos. Yo ya no pude resistir más y saliendo de detrás del árbol corrí hacia El yendo a postrarme a sus pies; me abracé a sus rodillas y le imploré que me llevase con Él.
Jamás olvidaré la manera bondadosa y suave en que se inclinó, me puso de pie y me abrazó; fue algo intensamente vivido y real. Sentí la tibieza de su cuerpo cuando me sostuvo en sus brazos y me dijo en el más dulce tono: ‘No, hijo mío, éstos han terminado su obra y pueden ir conmigo, pero tú has de quedarte y terminar la tuya’. Todavía abrazado a Él y levantando la vista, pues era más alto que yo, mirándolo fijamente le supliqué con fervor: ‘Prométeme entonces que al final iré a ti’, Sonriendo dulcemente, me contestó: ‘Eso depende enteramente de ti’.” (Orson F. Whitney, Through Memories Halls, 1930, pás. 82.)
Durante su viaje por el mundo, y al acercarse en un velero a Apia, Samoa, el presidente David O. Mckay, “tuvo una visión en cierta forma infinitamente sublime”, que relató así:
“Vi a la distancia una hermosa ciudad blanca. Aunque se hallaba muy lejana pude darme cuenta de que abundaban allí árboles de sabrosos frutos, arbustos de esplendoroso follaje y lozanas y hermosísimas flores, todo en la más perfecta armonía de color que el límpido cielo parecía reflejar. Entonces vi un inmenso grupo de personas que se acercaban a la ciudad vistiendo todas holgada ropa blanca y un tocado blanco en la cabeza; de inmediato mi atención se fijó en Aquel que los dirigía, y aunque pude verlo sólo de perfil, me di cuenta al instante ¡de que era mi Salvador! ¡El brillo de su rostro era glorioso! Reinaba a su alrededor una sublime serenidad. . . ¡era divino!
Comprendí que aquélla era la ciudad de Él, la Ciudad Eterna, y que las gentes que lo seguían iban allí a morar con Él en paz y felicidad eternas. Me pregunté entonces quiénes serían aquellas personas y como si el Salvador leyese mis pensamientos, me contestó señalando hacia un semicírculo que en ese momento apareció inmediatamente debajo de Él, en el cual estaban escritas en letras doradas las siguientes palabras:
“¡Estos son los que han vencido al mundo, los que en verdad han nacido de nuevo!” (Cherished Expeñences, compilación de Clare Middlemiss, Deseret Book Co., 1955, pág. 102.)
En la actualidad hay personas vivientes que han experimentado la gloriosa manifestación personal del Salvador, pero que se han visto obligadas a no revelarlo.
Ciertamente ésta es la Iglesia de Cristo, y Él puede manifestarse a quien lo desee.
En su discurso de clausura de la conferencia general de abril de 1974, el presidente Spencer W. Kimball citó un sueño que relató el presidente George F. Richards y que este último tuvo cuando era presidente del Consejo de los Doce. El presidente Richards dijo;
“No es extraño que tengamos sueños importantes. . . hace más de cuarenta años yo tuve un sueño, que estoy seguro provino del Señor; en aquel sueño, me encontraba en la presencia de mi Salvador estando El de pie en el aire. No me dijo ni una palabra, pero el amor que yo experimenté hacia Él fue de tal intensidad que no tengo palabras para describirlo. Sé que ningún mortal puede llegar a sentir ese amor por el Salvador a menos que Dios se lo revele. Yo me hubiera quedado en su presencia, pero un poder me apartó de Él.
Como consecuencia de ese sueño he llegado a sentir que haré lo que se me pida en el Evangelio, aunque esto entrañe el dar la vida. . . el deseo de mi vida y la meta de toda mi existencia es tan sólo estar con mi Salvador y llegar a experimentar el amor que sentí en aquel sueño.”
El presidente José Fielding Smith escribió: “Son miles las personas que creen en la promesa del Salvador ‘que toda alma que desechare sus pecados y viniere a mí, e invocare mi nombre, obedeciere mi voz y guardare mis mandamientos, verá mi faz, y sabrá que yo soy’ (D. y C. 93:1). Y esta promesa es para todos los hombres en todas partes para que puedan llegar a saber si así lo desean” (Improvement Era 33:736).
Ivan J, Barred: es profesor adjunto de historia y doctrina de la Iglesia en la Universidad de Brigham Young.
























