Florecimiento lamanita

1977 Conferencia de Área en la Bogotá, Colombia
Florecimiento lamanita
por el presidente Spencer W. Kimball
Sesión General de la mañana

Spencer W. KimballMis queridos hermanos, es realmente un placer y un privilegio reunirme otra vez con vosotros aquí en Bogotá. Tal como se ha mencionado, yo he participado en parte, en algunas de las cosas que han sucedido aquí en esta área.

El presidente George Albert Smith, Presidente de la Iglesia hace tres décadas, declaró que la obra entre los lamanitas no había progresado en la forma que hubiera correspondido. Él decía muy frecuentemente: “No quiero llegar a las eternidades y conocer a mi padre Lehi sin haber hecho algo más por los lamanitas”. Se nos ha dicho que hay sesenta millones de ellos en todo el Continente Americano. Un cuarto de millón son ya miembros de la Iglesia. Yo siento igual que el presidente Smith; tengo la esperanza de no dejar esta vida hasta llevar a cabo una contribución aún mayor por Lehi y su posteridad.

Una de las más grandes sorpresas que tuvimos durante estas conferencias fue ver el gran número de lamanitas que están participando en los asuntos de la Iglesia. Yo amo a los lamanitas y a todos aquellos que se relacionan con ellos. En los últimos años he estado más en contacto con la obra entre los jóvenes indios de los Estados Unidos, y a miles de ellos se les ha dado la oportunidad de recibir una educación y de oír el evangelio. Esperamos que esta obra pueda continuar con mayor ahínco.

Me impresionó mucho lo que dijo el élder que habló hace unos minutos. Que el evangelio significaba todas las bendiciones que ha recibido, y todas las que recibirá. Sé que todos los Santos que están congregados aquí reconocen esa gran bendición.

Fue para mí un privilegio organizar la primera estaca aquí en Sudamérica, en Sao Paulo. Recuerdo que cuando hicimos las entrevistas pertinentes, llegué a una conclusión definitiva: el evangelio de Jesucristo cambia la vida de los hombres. Yo hacía preguntas concernientes a la organización de la estaca, también concerniente a la vida privada y cuando preguntaba: “¿Cómo es su vida?”, siempre me respondían “¿Ahora o antes de unirme a la Iglesia?” Les preguntaba acerca de la Palabra de Sabiduría y entonces contestaban: “Antes de unirme a la Iglesia yo fumaba, tomaba y hacía muchas otras cosas que no debía; apostaba, jugaba a las cartas y llegaba a mi casa sin dinero. Pero ahora, ahora soy miembro de la Iglesia, y llevo todo mi sueldo a casa, y mi esposa y yo, juntos, hacemos el presupuesto”.

Esto es lo que me ha impresionado: el cambio que el evangelio ejerce en la vida de las personas. En este día, entre las numerosas familias reunidas aquí, habrá muchos hombres que podrían decir como aquéllos: “Ya no fumo ni bebo; ya no hago más apuestas. Cada lunes llevamos a cabo la noche de hogar; amo a mi esposa y a mis hijos, mi esposa me ama a mí, y juntos criamos a nuestros hijos en justicia y dignidad.”

Este es mi testimonio; que Jesucristo vive. Que ha visitado este continente y testificó aquí las mismas verdades que testificó en Palestina; y lo dejo con todo el amor que siento por vosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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