Cuál es el objeto de estos templos?

¿Cuál es el objeto de estos templos?

Gordon B. Hinckley

por el élder Gordon B. Hinckley
del Consejo de los Doce

Existen sólo unos cuantos lugares sobre la tierra donde las preguntas del hombre en cuanto a la vida reciben respuestas de la eternidad.

¿Ha habido alguna persona que en un momento de serena introspección no haya meditado sobre los más profundos misterios de la vida? ¿Habrá quién no se haya preguntado “De dónde vine”? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde voy? ¿Cuál es mi relación con mi Hacedor? ¿Me quitará la muerte las relaciones más gratas de la vida? ¿Qué será de mi cónyuge y de mis hijos? ¿Habrá otra existencia después de ésta? Y si es así, ¿nos reconoceremos los unos a los otros?

Las respuestas a estas preguntas no se hallan en la sabiduría de los hombres; se encuentran sólo en la palabra revelada de Dios. Los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son edificios sagrados en los que se responden a éstas y a otras preguntas eternas. Cada uno de ellos es dedicado como la Casa del Señor, un lugar de santidad y paz aislado del mundo, donde se enseñan las verdades y se efectúan las ordenanzas que brindan conocimiento de las cosas eternas y motivan al participante a vivir con un entendimiento de su divina herencia como hijo de Dios y de sus potencialidades como ser eterno.

El imponente nuevo templo, terminado recientemente en las inmediaciones de Washington, D.C., es el decimosexto operado por la Iglesia. Estos edificios, diferentes de los miles de las casas de adoración regulares de la Iglesia esparcidas sobre la tierra, son únicos en propósito y función con respecto a todos los demás edificios religiosos. Lo que los hace así no es su tamaño ni su belleza arquitectónica, sino la obra que se realiza en ellos.

Además del Templo de Washington, hay otros de los Santos de los Últimos Días en la región occidental de los Estados Unidos y en Hawai, Canadá, Nueva Zelandia, Inglaterra y Suiza, En los primeros días de la Iglesia se construyeron dos templos, pero quedaron abandonados cuando los santos se vieron expulsados de uno a otro lugar bajo el cruel fanatismo de una época poco tolerante.

Cuando el escriba le preguntó al Señor: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?” el Salvador le respondió: “. . . amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.

Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. . . ” (Marcos 12:28, 30-31).

Las enseñanzas que se exponen en los templos modernos ponen especial énfasis en éste, el más fundamental concepto del deber del hombre hacia su Hacedor y hacia sus hermanos. Las sagradas ordenanzas acrecientan está en-ennoblecedora filosofía de la familia de Dios; enseñan que el espíritu que tenemos dentro de nosotros es eterno, en contraste con el cuerpo que es mortal; no sólo brindan un conocimiento de estas grandiosas verdades, sino que también motivan al participante a amar a Dios al paso que lo estimulan a mostrar mayor cortesía y buena voluntad hacia los demás hijos de nuestro Padre.

Al aceptarse la premisa de que el hombre es hijo de Dios se entiende que hay un propósito divino en la vida terrenal. En la Casa del Señor se enseña la verdad que ha sido revelada; la vida terrena es parte de un trayecto eterno; antes de que viniésemos aquí vivíamos como hijos espirituales de Dios. Las escrituras dan testimonio de esto como lo atestigua la palabra del Señor a Jeremías: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

Vinimos a esta vida como hijos de padres mortales y como miembros integrantes de una familia. Los padres son socios de Dios para ayudarlo a llevar a cabo sus propósitos eternos con respecto a sus hijos. Por lo tanto, la familia es una institución divina, la más importante tanto en la vida terrenal como en la eternidad.

La mayor parte de la obra que se realiza dentro de los templos se relaciona con ella. Ahora bien, tal cual existimos como hijos de Dios antes de que naciésemos en este mundo, así también continuaremos viviendo después de la muerte. Este hecho es fundamental para la comprensión del propósito de los templos.

Las parejas que van a la Casa del Señor y reciben las bendiciones del templo quedan ligadas, no sólo por el período de su vida terrenal, sino por toda la eternidad. Las leyes de la tierra los unen hasta que la muerte los separe, mientras que el Sacerdocio eterno de Dios une en los cielos lo que se ha unido en la tierra, La pareja así casada tiene la certeza de la revelación divina de que su unión y la de ambos con sus hijos no terminará con la muerte sino que continuará por la eternidad, siempre que vivan dignos de recibir esa bendición.

¿Hubo alguna vez un hombre que amase verdaderamente a una mujer, o una mujer que amase verdaderamente a un hombre, que no deseara que su unión pudiera continuar más allá de la tumba? ¿Ha habido alguna vez padres que sepultaran un hijo, que no anhelasen tener la certeza de que su vástago volvería a pertenecerles en un mundo venidero? ¿Puede cualquiera que crea en la vida eterna, abrigar la idea de que el Dios del cielo negaría a sus hijos el más precioso atributo de la vida, el amor que encuentra su expresión más significativa en la relación familiar? No, la razón exige que la vida familiar continúe después de la muerte; el corazón humano lo desea vivamente. El Dios del cielo ha revelado una vía para asegurar que así suceda; las sagradas ordenanzas de la Casa del Señor proporcionan esta vía.

Más todo esto resultaría egoísta si las bendiciones de estas ordenanzas estuviesen disponibles sólo para aquellos que ahora son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El hecho es que la oportunidad de entrar en el templo y tomar parte de las bendiciones que allí se reciben, está a la mano de todos los que acepten el evangelio y sean bautizados en la Iglesia. Por esta razón la Iglesia lleva a cabo un extenso programa misional en gran parte del mundo, el que continuará expandiéndose tanto como sea posible, porque tiene la responsabilidad bajo la revelación divina de enseñar el evangelio a “toda nación, tribu, lengua y pueblo”.

Consideremos ahora a los innumerables millones de individuos que han vivido en la tierra y que nunca tuvieron la oportunidad de escuchar el evangelio. ¿Se les negarán las bendiciones que se ofrecen en los templos de la Iglesia?

Las mismas ordenanzas se pueden realizar por los muertos mediante la obra por poder. En el mundo de los espíritus, tienen la libertad de aceptar o rechazar las ordenanzas que se efectuarán por ellos, incluyendo el bautismo, el matrimonio y el sellamiento de las familias. En la obra del Señor no ha de haber compulsión sino oportunidad.

Esta obra vicaria constituye una labor de amor sin precedente por parte de los vivos en favor de los muertos; para llevarla a cabo, es necesario embarcarse con gran empeño en la investigación genealógica a fin de encontrar e identificar a aquellos que han muerto. Con el fin de ayudar en esta investigación la Iglesia coordina un programa genealógico y mantiene fuentes genealógicas únicas en todo el mundo; sus archivos están abiertos al público y han sido usados por muchas personas que no son miembros de la Iglesia para ubicar a sus antepasados. Este programa ha sido elogiado por genealogistas de todo el mundo, al mismo tiempo que ha sido utilizado por diversas naciones como sistema de protección de sus propios registros. Sin embargo, su propósito primordial es proporcionar a los miembros de la Iglesia los recursos necesarios para que encuentren los datos de sus antepasados, de modo que puedan extenderles a ellos las mismas bendiciones de las cuales gozan. En realidad, su concepto se basa en esta idea: “Si yo quiero a mi esposa y a mis hijos tan profundamente como para desear tenerlos conmigo por toda la eternidad, ¿por qué no han de tener la oportunidad de recibir las mismas bendiciones eternas mis abuelos, bisabuelos y demás antepasados?”

Y de este modo, estos sagrados edificios son escenarios de una inmensa actividad que se lleva a cabo en forma silenciosa y reverente. Esto trae a la memoria parte de la visión de Juan el Revelador en la que se encuentran esta pregunta y esta respuesta: “. . . Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido?

. . . Estos son los que han salido de la gran tribulación, y que han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.

Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo…” (Apocalipsis .7:13-15).

Los que entran en estos sagrados edificios llevan atavíos blancos mientras toman parte en las ordenanzas; pueden entrar solamente con la recomendación de sus autoridades eclesiásticas locales, que certifican su dignidad; se espera que para entrar en el Templo de Dios, vayan limpios de pensamiento, de cuerpo y de vestido. Una vez que entran se espera que dejen el mundo a sus espaldas y se concentren en las cosas de Dios.

Este mismo ejercicio, si así puede llamársele, trae consigo su propia recompensa. ¿Quién, en estos difíciles tiempos no acogería feliz una oportunidad ocasional para aislarse del mundo y entrar en la Casa del Señor, a fin de meditar allí serenamente en las cosas eternas? Estos sagrados lugares ofrecen al individuo una oportunidad que no se encuentra en ningún otro lugar: la de aprender las cosas verdaderamente significativas de la vida y reflexionar sobre ellas, nuestra relación con la Deidad y nuestro viaje eterno desde un estado preexistente a través de esta vida, hacia un estado futuro donde nos reconoceremos y nos relacionaremos unos con otros. También nos acercaremos a nuestros seres queridos y nuestros antepasados de quienes hemos heredado características físicas, intelectuales y espirituales.

Ciertamente estos templos son únicos entre todos los edificios; son casas de instrucción, lugares de convenios y promesas; en sus altares nos arrodillamos ante Dios nuestro Creador y recibimos la promesa de sus bendiciones sempiternas; en la santidad de sus recintos nos ponemos en contacto con Él y reflexionamos sobre su Hijo, nuestro Salvador y Redentor, el Señor Jesucristo, Allí dejamos de lado nuestros egoísmos y servimos a aquellos que no pueden servirse a sí mismos. Allí somos ligados en la más sagrada de todas las relaciones humanas, como esposos, como padres e hijos, como familia, bajo un sellamiento que el tiempo no puede destruir ni la muerte desbaratar.

Estos sagrados edificios fueron construidos aun durante aquellos obscuros días en que los Santos de los Últimos Días eran perseguidos sin piedad. Han sido construidos y mantenidos, tanto en tiempo de pobreza como de prosperidad. Son el resultado de la fe vital de un número siempre creciente de individuos que dan testimonio del Dios viviente, del Señor resucitado, de profetas y de la revelación divina, así como de la paz y la convicción de que las bendiciones eternas se encuentran solamente en la Casa del Señor.

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