El poder de Elías

El poder de Elías

Theodore M. Burtonpor el élder Theodore M. Burton
Ayudante del Conseja de los Doce

Si somos obedientes, el Señor cumplirá su promesa de vigilarnos y cuidarnos

Mis queridos hermanos, todo lo que se ha dicho hoy cuenta con mí más absoluta aprobación, Y a estos hombres que han sido llamados por Dios como profetas, les doy mi absoluto apoyo y lealtad.

El Antiguo Testamento nos habla de muchos grandes profetas. El último de éstos en Israel que tuvo la plenitud, de la autoridad divina, fue Elías Tibita. Cuando Dios se lo ordenó, Elías selló los cielos para que no lloviera y hubo gran escases sobre la tierra; durante esa época, se realizó el milagro de que los cuervos lo alimentaran junto al arroyo de Querit, que desemboca en el río Jordán.

Después, Dios lo envió a la ciudad de Sarepta, diciéndole que allí encontraría una viuda que habría de alimentarlo. Elías la encontró en las afueras de la ciudad y le rogó que le diera de comer.

“Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir” (1 Reyes 17:12).

Entonces el Profeta le prometió en el nombre del Señor, que si lo alimentaba, jamás le faltaría alimento a ella. He pensado muchas veces sobre la fe de aquella mujer que, ante la promesa de un humilde hombre de Dios, puso su vida y la de su hijo en las manos del Profeta, Obedientemente, preparó la comida y alimentó a Elías, y a continuación ocurrió él milagro del cumplimiento de la promesa que éste le había hecho:

“Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías” (1 Reyes 17:16).

Si el poder de Elías es tan importante en asuntos temporales, pensad en el poder espiritual que él poseía. Como recordaréis, lo que él podía atar o sellar en la tierra, quedaría atado en el cielo y lo que desatare en la tierra quedaría desatado en el cielo. En sus días, por la iniquidad de la gente, selló los cielos para que no lloviera, y no llovió hasta que el pueblo comprendió la importancia y el engaño de los cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal. Después que éstos fueron destruidos y que el pueblo se humilló, Elías abrió los cielos nuevamente por el poder de Dios y cayó la salvadora lluvia que llevó alivio a la escases. Este poder sellador es característico de los profetas de Dios que tienen la plenitud de la divina autoridad.

Jesús le prometió a Pedro este poder, diciéndole:

“Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19).

Sin embargo, Pedro no recibió este poder hasta una semana más tarde, cuando Jesús lo llevó junto con Santiago y Juan, a lo alto de una elevada montaña. Allí se transfiguraron y se les aparecieron Moisés y Elías, quienes les dieron, bajo la dirección de Jesucristo, la plenitud de la autoridad divina. Elías, que fue el último Profeta del Antiguo Testamento que poseyó estas llaves del poder sellador, pasó ese poder a los profetas de la época del Nuevo Testamento. En el sacerdocio tiene que haber un gran orden, y la transferencia de las llaves de autoridad se lleva a cabo cuidadosamente, a la manera del Señor y bajo su dirección. Una vez que se restauró este poder, fue posible pasarlo a los apóstoles, como lo registran las escrituras. Jesús les dijo a los Doce:

“De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo’18:18).

Entre los eruditos de la Biblia existe una gran confusión con respecto al poder de Elías. Hubo un Profeta llamado Noé que también fue conocido como Elías. (Véase Answers to Gaspel Questions, por Joseph Fielding Smith. Deseret Book Co., 1959-66. Vol. 3, págs. 138 a 141.) Este cargo de Elías es el de un precursor, y los que tienen ese poder son predecesores que preparan el camino para los grandes acontecimientos por venir. Esos profetas llevan el título de Elías.

Los Doce, después de oír que Moisés y Elías habían venido, le dijeron a Jesús que creían que Elías el Profeta tendría que venir primeramente, y le pidieron una explicación. El Maestro les respondió que esto era doctrina correcta y verdadera, y les explicó que Juan el Bautista era el Elías que tenía que preparar la vía para Él, pero que la gente no lo había reconocido como tal. Después de él, vendría Elías el Profeta con el poder de colocar el sello del Sacerdocio de Melquisedec sobre la Casa de Israel. Y como culminación, vino el Mesías, el Ungido, que es el Salvador o Redentor con el poder mayor.

Así también se ha cumplido en nuestros días. El precursor de la restauración del evangelio fue Juan el Bautista, que vino como un Elías a restaurar el poder del Sacerdocio Aarónico. Después vinieron Pedro, Santiago y Juan, que restauraron el Sacerdocio de Melquisedec. Pero nuestra generación es la del cumplimiento de los tiempos de la cual habló Pedro, diciendo que se establecería en los últimos días. Por lo tanto, en esta generación tiene que haber una “. . . restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21).

Entonces, antes de que Jesucristo venga en todo su poder y gloria, todo tenía que estar preparado de antemano, incluyendo la restauración del poder sellador de Elías. Así es que la profecía de Malaquías tiene que cumplirse. Deseo citar las palabras de promesa de Moroni cuando vino para instruir a José Smith, al comienzo de esta dispensación:

“He aquí, yo os revelaré el sacerdocio por la mano de Elías el Profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.

Y él plantará en los corazones de los hijos las promesas hechas a los padres, y los corazones de los hijos se volverán a sus padres.

De no ser así, toda la tierra sería destruida totalmente a su venida” (D. y C. 2).

Esta escritura es tan importante que es la única que yo conozco que ha sido citada casi palabra por palabra en todas las obras canónicas. Elías el Profeta, con las llaves de este poder sellador, vino tal cual se había predicho. Las llaves del sacerdocio se restauraron en orden y armonía perfectos, tal como sucedió en el Monte de la Transfiguración. Cada uno de los profetas que tenía llaves (o poderes) especiales del sacerdocio, apareció para entregarlas a los profetas vivientes. Aparecieron Moisés y Elías; después vino Elías el Profeta, y dijo:

“He aquí, ha llegado el tiempo preciso anunciado por boca de Malaquías—quien testificó que él (Elías) sería enviado antes que viniera el día grande y terrible del Señor,

Para convertir los corazones de los padres a los hijos, y los hijos a los padres, para que no fuera herido el mundo entero con una maldición—

Por tanto, se entregan en vuestras manos las llaves de esta dispensación; y por esto podréis saber que el día grande y terrible del Señor está cerca, aun a las puertas” (D. y C. 110:14-16).

Con el cumplimiento de esta profecía se restauraron a la tierra todos los poderes del sacerdocio. Se han erigido templos en los cuales se pone la plenitud de estas ordenanzas del sacerdocio, a disposición de aquellos que son dignos de recibirlas por su fe y su vida justa. Antes de que el Salvador venga otra vez, se ha dado el poder para llevar a cabo una gran obra del sacerdocio: tenemos que unir a las familias de la raza humana en el verdadero orden patriarcal; en esa forma, y por medio de nuestros merecimientos, podremos tener el privilegio de vivir en el reino celestial como hijos de Dios, con cuerpos resucitados, de carne y huesos, para morar eternamente en la presencia de nuestro Padre.

Por medio de este poder del sacerdocio, restaurado nuevamente a los profetas de Dios, podemos ser sellados como familias en la tierra y que ese sellamiento se haga efectivo en los cielos. Como discípulos autorizados por Jesucristo, podemos a nuestra vez ser salvadores, no sólo de nuestros familiares vivos sino también de nuestros antepasados que han muerto. Todo lo que se requiere es el ejercicio de una sencilla fe para que se cumpla esta promesa, una fe como la de la viuda que dio de comer a Elías lo último que le quedaba, como prueba de que creía en Dios. Ciertamente, de todo aquello con que Él nos bendice, podremos compartir algo, en tiempo y tal vez en medios económicos, para hacer esta obra espiritual por los vivos y los muertos, bajo la dirección de profetas modernos que tienen la misma plenitud de poderes del sacerdocio que Elías Tisbita. El presidente Kimball tiene las llaves de este poder sellador, para que sea sellado en el cielo todo lo que se selle en la tierra. Él es un verdadero Profeta de Dios, y testifico esto en el nombre de Jesucristo. Amén.

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