8 de marzo de 1975, Conferencia General de Área en Buenos Aires
Escogeos hoy a quién sirváis
por el presidente Spencer W. Kimball
Mis queridos hermanos y hermanas:
Ya que no es posible que todos vosotros podáis concurrir a la Conferencia General que se realiza en Salt Lake City, en los meses de abril y octubre, estamos realizando esta conferencia entre vosotros para que os sintáis parte de esta gran Iglesia en constante desarrollo, y para que veáis la importancia de vuestras unidades de la Iglesia en ésta área del mundo.
En noviembre de 1966, hace menos de diez años, tuve el privilegio de venir aquí, a Buenos Aires, y con el hermano Richards organizamos la primera estaca en esta parte del mundo. Ya en mayo de 1966 habíamos organizado la estaca de Sao Paulo. Antes de esa fecha no teníamos estacas en Sudamérica y había muy pocas fuera de los límites del estado de Utah en los Estados Unidos. En la actualidad contamos con cinco estacas en Argentina y varias otras en los países limítrofes. Tenemos 21 estacas en Sudamérica y 133 misiones en el mundo, y estamos creciendo muy rápidamente. Hay pocas iglesias en el mundo, si es que hay alguna, que crezca tan rápidamente con respecto al porcentaje de sus miembros, como lo está haciendo la nuestra. Los apóstoles organizan nuevas estacas prácticamente todos los domingos. Cuando vinimos por primera vez a Sudamérica los miembros de la Iglesia eran pocos. Estamos muy agradecidos por tener en la actualidad aproximadamente 105,000 miembros de la Iglesia en Sudamérica, muchos de los cuales se encuentran en Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay. Hay un millón más de miembros en la Iglesia desde que se creó esta estaca en Buenos Aires, lo cual nos brinda la gran satisfacción de comprender que la Iglesia aquí, se está desarrollando en forma evidente. Hay estacas en todos los países del mundo donde está organizada la Iglesia. Las tenemos en el oriente, en el occidente, en las islas del Pacífico, en las Filipinas, en Nueva Zelandia, en Australia, y ahora también las tenemos en el occidente de Europa y aun en Escandinavia.
Cuando yo nací, la Iglesia contaba con solamente 200.000 miembros en todo el mundo. Ahora, tenemos 17 veces esa cantidad. En aquella época había solamente 37 estacas, y ahora tenemos cerca de 700. Había entonces muy pocas misiones y ahora las tenemos alrededor de todo el mundo. Me pregunto si el Señor habrá comprendido con cuánta rapidez progresaría esta Iglesia, cuando llamó a sus once apóstoles en el Monte de los Olivos. Él les dijo: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Marcos 16:15). Y esta es la responsabilidad que tenemos en la actualidad; vuestra y mía.
En los tiempos antiguos el Señor eligió al profeta Abraham. El padre de Abraham era un adúltero y el resto de sus hijos y nietos también lo eran. Pero el Señor inspiró a Abraham para que dejara la tierra en la que se encontraba, y que se estableciera en una zona donde pudiera criar a su familia. Todos conocemos la historia de los hijos de Israel. La gran posteridad de Abraham, Isaac, Jacob y sus 12 hijos, se encontraron finalmente en Egipto y estuvieron en esclavitud por 400 años. Recordaréis que el Señor le habló a Moisés, quien era uno de ellos. Le dijo entonces: Moisés tengo una misión para ti. Quiero que vuelvas a Egipto y liberes a mis hijos de su persecución y esclavitud. El Señor se presentó a Moisés en una zarza ardiente que no se consumía y le dijo: «… Quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» (Éxodo 3:5).
Vosotros estáis familiarizados con la historia que relata el esfuerzo de los egipcios por mantener cautivos a los hijos de Israel pero finalmente, mediante las bendiciones del Señor, fueron liberados y cruzaron el mar hacia la península. También fue un gran profeta el que sucedió a Moisés en la dirección de este pueblo, lo mantuvo unido, lo instruyó en los caminos del Señor. Mientras estaban en esclavitud, se habían convertido en idólatras, y fue por eso que Josué le preguntó al pueblo a quién debían servir: «. . . escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron Vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15) «Entonces el pueblo respondió y dijo: nunca tal acontezca, que dejemos a Jehová para servir a otros dioses; y cuando el pueblo fue desafiado nuevamente, le dijo a Josué: no, sino que a Jehová serviremos. Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos. Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos» (Josué 24:16, 21, 22, 24). Esta fue su contraseña, su lema.
Os lo traemos en este día, a todos los miembros de la Iglesia de esta parte de la viña del Señor. «. . . pero yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15): lo decimos cuando por la noche nos acostamos; lo decimos cuando nos levantamos por la mañana; lo decimos con nuestras familias durante la Noche de Hogar. Este es el tema de nuestra conferencia. Algunos representantes de la prensa le preguntaron a mi predecesor, el presidente Lee, cuál iba a ser su plan de trabajo. Su respuesta fue: «le enseñaremos al pueblo a vivir los mandamientos.» Este es el plan de trabajo que la Iglesia tiene en la actualidad. Nosotros mismos elegimos servir al Señor.
Cuando Moisés presidia sobre el pueblo, fue llamado a subir al monte Sinaí, y cuando bajó del mismo, llevaba en sus brazos las planchas conteniendo los Diez Mandamientos. Esta no era la primera vez que se oía hablar de ellos, ya que Adán enseñó a su familia los mismos principios, y todos los profetas desde Adán en adelante enseñaron la misma doctrina. Cuando ellos leyeron estos Diez Mandamientos, comprendieron que se trataba de mandamientos básicos, y aun cuando ellos no abarcaban todos los detalles, abarcaban sí las cosas más importantes.
El primero de estos mandamientos dice: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3). Eso significa cualquier tipo de dioses, ya sea que se trate de dioses de madera o piedra, o que sean de oro y plata, así como cualquier otra cosa que nosotros convirtamos en instrumento de adoración. Algunas veces los dioses pasan a ser: vida social y acumulación de dinero. Podrían ser automóviles, ropas, artículos y materiales finos. ¿Recordáis a los nefitas en El Libro de Mormón? Siempre que prosperaban y tenían muchas cosas materiales para disfrutar, comenzaban a perder la fe; ese es el motivo por el cual ruego al Señor que bendiga al pueblo con prosperidad; pero no con demasiada, para que así tengamos que hacer sacrificios y establecer prioridades. En lo que a mí y a mi casa concierne, nosotros elegimos servir al Señor.
Otros de los mandamientos dice: «No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano» (Éxodo 20:7). Esto incluye todos los nombres de Dios. Es muy desagradable que el ser humano utilice el nombre del Señor con falta de respeto. Esto incluye también nombrar al Señor sin autoridad; y hay mucha gente que reclama tener revelaciones y autoridad, pero en realidad no la tienen directamente del Señor.
Otro de los Diez Mandamientos declara: «Acuérdate del día de reposo para santificarlo» (Éxodo 20:8). Esta importante ley es ampliamente ignorada en todo el mundo. El día de reposo ha llegado a ser un día de fiesta. En ese día las playas están cubiertas de bañistas, mucha gente se encuentra pescando y cazando, así como viajando; otros se dedican a comprar diversas mercaderías en el día del Señor, Tenemos la esperanza de que todos vosotros, junto con vuestras familias elijáis servir al Señor. Creemos en el programa del trabajo. Pero el Señor dijo: «. . . ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas». (Éxodo 20:10) No deberá emplearse a nadie en el día de reposo. Y si alguien emplea gente para violar ese día, entonces, esa es su responsabilidad.
Tenemos el mandamiento: «No matarás» (Éxodo 20:13).
Tal vez podríamos pensar que esto no necesitaría comentarios, pero debemos decir que el tomar una vida que no podemos devolver o proveer, es un crimen terrible, e íntimamente asociado con el mismo se encuentra el aborto, que ha pasado a ser tan común en el mundo. Por lo tanto esperamos que, al hacer nuestras promesas a nuestro Padre Celestial, nos comprometamos a apoyar, mejorar y apreciar la vida.
Otro de los mandamientos es: «Honra a tu padre y a tu madre» (Éxodo 20:12). Y creo que la gente latina es más dispuesta a hacer esto, de lo que lo somos en el norte. Al Señor la agrada que velemos por nuestros padres.
Otro de los mandamientos que es extremadamente importante en la actualidad es: «No cometerás adulterio» (Éxodo 20:14). Esto significa la violación de la fe conyugal. Nosotros creemos que tanto el esposo como la esposa deben ser totalmente honorables y leales el uno para con el otro. Que nunca debe existir la infidelidad entre esposo y esposa, También enseñamos que todos los jóvenes deben permanecer limpios y libres de la inmoralidad aun después del casamiento. Hablemos ahora acerca del templo o casamiento eterno. Esperamos que todo joven y señorita dé todas las edades, mantengan su vida limpia y libre de cualquier inmoralidad. Esperamos que todo joven que se enfrenta a su obispo o su presidente de rama para recibir una recomendación para entrar al templo, pueda decir cara a cara al obispo: «Soy limpio. He mantenido mi vida libre de las impurezas del mundo.» Hemos instruido a nuestros obispos y presidencias de estaca, así como a presidencias de misión, que deben tomar medidas para con aquellos que ignoren esta importante ley. El Señor dice:
«No cometerás adulterio;. . . Mas perdonarás al que haya cometido adulterio si luego arrepintiéndose de todo corazón, lo desecha, y no lo vuelve a hacer. Mas si lo hiciere otra vez, no será perdonado, sino que será expulsado» (D. y C. 42:24-26).
El presidente Joseph F. Smith, uno de los presidentes de la Iglesia, dijo hace tiempo lo siguiente: «El pecado de la inmoralidad puede emerger del pensamiento sensual o de la mirada lujuriosa, así como el asesinato es el fruto del odio y la codicia. El pecado sexual le sigue en importancia al asesinato y constituye uno de los actos más destructivos de la humanidad,»
El décimo mandamiento dice: «No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo» (Éxodo 20:17). Codiciar es desear con anhelo algo por lo cual no estamos dispuestos a pagar. El desear la esposa de otro hombre es pecaminoso; muy pecaminoso. No existe una forma honorable en la cual sea posible que le quitéis la esposa a vuestro hermano. Por lo cual decimos: «No codiciarás.»
Mucha gente piensa que los Diez Mandamientos fueron dados solamente a los hijos de Israel, pero de la misma manera fueron dados a los hijos en Sud y Norteamérica. De modo que estos son mandamientos universales. Tanto nosotros como nuestra familia hemos elegido servir al Señor.
Hay también otras normas de vida. No utilizamos licores de ninguna clase y en ninguna medida. No utilizamos tabaco, ni té ni café. El Señor ya nos ha dicho que esas cosas no son buenas para el cuerpo. Cada mañana y cada noche nos arrodillamos con la familia para tener nuestra oraciones y damos a nuestros hijos la oportunidad de orar cuando íes llega su turno. Pagamos nuestro diezmo y ofrendas; servimos en las organizaciones de la Iglesia y como ya lo dijimos, elegimos servir al Señor.
El Señor dijo en nuestros días: «Yo, el Señor, estoy obligado cuando hacéis lo que os digo; mas cuando no hacéis lo que os digo, ninguna promesa tenéis» (D. y C. 82:10), El Señor nos dio el libre albedrío cuando nos creó, de modo que cada hombre o mujer puede utilizar este libre albedrío para hacer lo que más le plazca. Puede cometer pecados o crímenes, o cualquier cosa que desee, pero a la vez no podrá evitar la pena que recibirá como resultado de ello. Uno de nuestros poetas escribió las siguientes estrofas:
El hombre tiene libertad de escoger lo que será;
mas Dios la ley eterna da, que El a nadie forzará.
El con cariño llamará, y luz en abundancia da;
diversos dones mostrará, más fuerza nunca usará.
No abusemos del poder que Dios nos da de escoger;
contento Dios ha de estar si procuramos mejorar.
Es mi derecho a creer, es libre Dios a recibir;
y al rebelde El dirá que fuerza nunca usará.
(«Sabed que el hombre libre está», Himnos de Sión, No. 92)
Recordad que vosotros y yo, hemos hecho convenios. Cuando fuimos bautizados en esta Iglesia prometimos que viviríamos de acuerdo con los mandamientos del Señor, y ante todo, que siempre elegiríamos servir al Señor.
El Señor dijo en los tiempos antiguos: «Cuando alguno hiciere voto a Jehová, o hiciere juramento ligando su alma con obligación, no quebrantará su palabra; hará conforme a todo lo que salió de su boca» (Números 30:2). De ahora en adelante vosotros tendréis la oportunidad de ir al templo a menudo. Allí haréis nuevos convenios y renovaréis los anteriores. Esperamos que guardéis en forma sagrada todos los convenios, incluyendo los del bautismo.
Ahora hermanos y hermanas, Dios os bendiga al comenzar una nueva era, para que cada padre y madre pueda hacer esta promesa: «En cuanto a mí y a mi casa, nosotros elegimos servir al Señor.»
Ahora os dejo mi testimonio, buenos hermanos. El Señor vive y habla a sus líderes. El Salvador Jesucristo vive, y Él es nuestro Salvador y Redentor. Nosotros somos miembros de su Iglesia; le amamos y le serviremos por el resto de nuestra vida. Os dejo este testimonio con toda solemnidad, en el nombre de Jesucristo. Amén.
























