Nuestra primordial obligación

Nuestra primordial obligación
por el presidente David O. McKay

David O. McKay“Porque ¿qué aprovechará al hombre”, dijo el Señor, “si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Mat. 16:26.)

La primera pregunta que hizo el Salvador después de su bautismo en el río Jordán, se encuentra registrada en Juan 1:38, y dice: “¿Qué buscáis?”. En Mateo 16:24-26, también se refiere al impulsó dominante que motiva todas las acciones del hombre en su vida diaria. Si una persona busca fortuna, honores mundanos, placeres, y todo lo demás que la riqueza y la fama pueden otorgar, pero descuida el desarrollo de las riquezas eternas de su alma, ¿qué provecho sacará de ello? En esta forma, el Señor hace una comparación simple, pero magnífica, de las posesiones materiales y las espirituales.

En el Sermón del Monte, amonestó a sus oyentes a buscar “primeramente el reino de Dios y su Justicia”, diciéndoles: “y todas estas cosas os serán añadidas” (Mat. 6:33). Por lo tanto, el primordial propósito de la vida debe ser procurar el establecimiento del reino de Dios y el avance de Su justicia.

Muchos estadistas y educadores, en discursos públicos y en artículos impresos, se refieren con frecuencia a lo que ellos consideran una aparente pobreza espiritual de nuestra época, mencionando la necesidad que existe de normas morales y éticas más elevadas.

Los Santos de los Últimos Días siempre deben recordar que tienen como tales, dos obligaciones primordiales: 1) Poner en orden sus hogares, y mantenerlos en esa forma. 2) Proclamar la divinidad de Jesucristo y la necesidad de Sus enseñanzas para la salvación de la familia humana.

Juan Enrique Pestalozzi, conocido pedagogo suizo que vivió entre los años 1746 y 1827, dedicándose a mejorar la educación de los niños pobres, dijo:

“Los goces del hogar son los más exquisitos lujos terrenales que podamos obtener; y el gozo que encuentran los padres en sus hijos, es el más sagrado que pueda experimentar el ser humano, porque hace que su corazón sea puro y bueno y lo eleva hacia su Padre que está en los cielos.”

Estos goces estarán al alcance de la mayoría de las parejas, con que sólo estén dispuestas a procurar y atesorar los ideales más elevados del matrimonio y el hogar.

Entre los peores agentes destructores del hogar están la calumnia, la conversación mal intencionada y la crítica, ya sea de parte de los padres como de los hijos. La calumnia es veneno para el alma. En el hogar ideal no existe la murmuración en contra de ninguna persona. Con el pasar de los años, cada vez me siento más agradecido a mi padre que, con un gesto enérgico siempre decía: “Nada de criticar a tus maestros, ni a ninguna otra persona”.

Las peleas y el lenguaje vulgar son también vicios que rebajan las normas del hogar. No puedo imaginar a un padre o a una madre expresando vulgaridades o diciendo malas palabras en presencia de sus hijos.

Otro detrimento para la felicidad del hogar, es la negativa de algunas parejas a asumir la total responsabilidad de la paternidad. Los miembros de la Iglesia sanos y normales no deben limitar el número de hijos que reciben en su hogar, particularmente si esta restricción es el resultado del deseo de divertirse, de la ambición por obtener fortuna y adquirir los mismos lujos que otras personas se pueden dar. O por la idea falsa de que teniendo Solamente uno o dos hijos, se les puede brindar una mejor educación. Todas esas excusas son injustificadas.

Con el elevado ideal del matrimonio, que fue revelado al profeta José Smith, los santos deben tener sólo una meta en la vida, la de recordar siempre que el matrimonio, que es el fundamento de la sociedad, ha sido decretado por Dios para la edificación de hogares permanentes, en los cuales los hijos crezcan adecuadamente y aprendan los principios del Evangelio de Jesucristo.

Deseo citar algo que, estoy seguro, conmoverá el corazón de la mayoría de los padres en la Iglesia:

“Cada período de la vida humana es maravilloso: la infancia, con su irresponsabilidad; los emocionantes años de la adolescencia y los galanteos amorosos; la época productiva de cargas y luchas de la paternidad. Pero los mejores años de la vida llegan cuando los padres se convierten en amigos íntimos de sus hijos, ya crecidos, y comienzan a disfrutar a los hijos de sus hijos…

La infancia está restringida por horarios, limitaciones y dominio de los adultos; la adolescencia está llena de misterios, ansiedades y derrotas; los primeros años de paternidad son dominados por las luchas y la solución de problemas; la extrema vejez está ensombrecida por los misterios eternos. Pero la edad madura y la vejez normal, cuando se ha vivido con plenitud y corrección, se ve colmada con las emociones, no solamente de los éxitos, sino también del compañerismo con los hijos y los nietos.

Toda persona normal debería completar el ciclo entero de la vida humana, con todos sus goces y satisfacciones, y en el orden natural: la infancia, la adolescencia, la juventud y la responsabilidad de ser padres, la edad madura, y la época de los nietos. Cada época brinda satisfacciones que solamente por experiencia propia se pueden gustar. Es necesario nacer muchas veces para llegar a conocer el curso completo de la felicidad humana; cuando nace el primer hijo, junto con él nacen un padre y una madre, los abuelos y las abuelas. Sólo el nacimiento puede producir este milagro. Y únicamente por medio del ciclo natural de la vida, puede el ser humano alcanzar sus goces graduales.” (R. J. Sprague.)

Queremos exhortar a todos los miembros de la Iglesia a que pongan en orden sus hogares y disfruten de la verdadera felicidad que trae la vida familiar armoniosa.

Como ya lo expresé, la segunda obligación primordial de los santos es proclamar al mundo la divina misión de Jesucristo. Hace mil novecientos años, un valiente defensor de esa causa dijo:

“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.

Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.” (He. 4:11-12.)

El mismo hombre que declaró que Jesús es el único líder y guía seguro en el mundo, era un humilde pescador que vivió hace casi dos mil años, creció ganando experiencia de la vida entre la gente común, como cualquiera de nosotros; no era un soñador, sino un hombre de acción. Había prosperado bastante, poseía cualidades de líder y, sobre todo, era honesto.

Las circunstancias empujaron a Pedro a establecer una estrecha relación con el Salvador; durante cerca de tres años, lo acompañó casi constantemente y llegó a conocerlo íntimamente. Pedro adoptó la misma filosofía de la vida que tenía el Maestro. No fue súbitamente, sino en forma gradual, mediante una cuidadosa y aguda observación y la íntima experiencia, que Pedro llegó a la sublime y firme convicción expresada claramente y sin vacilaciones enfrente de sus acusadores, los líderes del Sanedrín: “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

Más aún, los miembros de la Iglesia declaramos que la Iglesia de Jesucristo se une a Pedro, Santiago, Pablo, y todos los demás apóstoles en la afirmación de que la resurrección no sólo es literalmente verdadera, sino que es la consumación de la misión divina de Cristo en la tierra. Desde el principio del mundo los líderes religiosos han enseñado la virtud, la moderación, el autocontrol, la generosidad y la obediencia a la rectitud y al deber; algunos de ellos han enseñado a creer en un Ser Supremo y en el más allá; pero solamente Cristo pudo romper el sello de la tumba y revelar a la muerte como una puerta que conduce a la inmortalidad y la vida eterna. A la irrebatible evidencia que presentaron los antiguos apóstoles sobre la resurrección, agregamos la sublime declaración del profeta José Smith:

“Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de Él, este testimonio, el último de todos, es el que nosotros damos de El: ¡Que vive!” (D. y C. 76:22.)

En la misma forma en que Cristo vive después de muerto, toda la familia humana volverá a vivir, y en el otro mundo cada uno de nosotros tomará el lugar que le corresponda y merezca, de acuerdo con sus acciones en la vida terrenal. Puesto que el amor es tan eterno como la vida misma, el mensaje de la resurrección es el más reconfortante y glorioso que el hombre haya podido recibir; gracias a él, cuando la muerte nos arrebata a un ser amado, podemos mirar a la tumba y afirmar: “No está ahí, sino que su espíritu vive”.

Un hogar feliz hace que sus habitantes prueben un poco de cielo en la tierra. El aceptarla divinidad de la misión de Cristo y cumplir con los principios de su Evangelio, nos da la seguridad de la inmortalidad y la vida eterna. Testifico que la mayor fuente de consuelo y felicidad para el hombre, es el conocimiento de la existencia del Salvador y de la verdad de su Evangelio.

Que pueda llegar pronto el día en que toda persona honesta y sincera en este mundo pueda tener esa seguridad en lo más profundo de su alma.

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