Los grandes mandamientos

Abril de 1980
Los grandes mandamientos
Por el presidente N. Eldon Tanner
Primer Consejero en la Primera Presidencia

N. Eldon TannerEn una época en la que los hombres están turbados y reina la contención, y en un mundo afligido con problemas para los cuales parece no haber soluciones, nosotros deberíamos hacer una pausa y reflexionar en cuanto a la causa de nuestra intranquilidad y también considerar los remedios que nos pueden volver a la razón y al equilibrio.

Si tan sólo prestáramos atención a las palabras del Autor de la paz y del amor fraternal, podríamos subsanar todo mal, acallar los cañones en las batallas, alimentar a los que tienen hambre, vestir al desnudo, cambiar las espadas por arados (véase Isaías 2:4) y vivir en felicidad que nos permitiría prepararnos más rápida y adecuadamente para el día del juicio que ciertamente debe llegar para cada uno de nosotros.

En respuesta al abogado que preguntó, tentándolo: ¿Cuál es el gran mandamiento en la ley?» Jesús dijo:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.

Este es el primero y grande mandamiento.

Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.» (Mateo 22:37-40.)

¿Por qué somos tan lentos en aceptar que debemos hacer lo que Dios dice? ¿Por qué es que no entendemos que todos los problemas sociales se pueden encauzar en forma adecuada conforme aceptamos a Dios como el Creador del universo y vivimos de acuerdo con las leyes por las cuales El gobierna en los asuntos de los hombres?

Cierta vez vi una presentación privada de Los Diez Mandamientos y la película me dejó con este mensaje impresionante: Somos libres de escoger servir a Dios y obedecer sus mandamientos o ser gobernados por un dictador. Podemos ser libres solamente cuando escogemos ser obedientes a aquellas leyes que garantizan nuestra libertad. La violación de la ley puede acarreamos la esclavitud o la muerte, o la restricción de nuestra libertad.

Si amamos a Dios y a nuestros semejantes (esto es, a nuestro prójimo), los trataremos en la misma forma que nos gustaría ser tratados. Hay muchas cosas que entran en juego en lo que a demostrar amor verdadero se refiere. Considerad las palabras del Señor a Moisés:

«No andarás chismeando entre tu pueblo. . .

No aborrecerás a tu hermano en tu corazón. . .

No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo.» (Lev. 19:16-18.)

En Deuteronomio leemos las palabras de Moisés a su pueblo:

«y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.

Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.» (Deut. 6:5-7.)

Cristo dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.» (Juan 13:35.)

Juan, en sus exhortaciones al pueblo, hizo esta fuerte declaración:

«Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?

Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.» (1 Juan 4:20-21.)

Nuestros sentimientos de los unos hacia los otros deben ser los del amor fraternal. La religión debe fortalecer y nunca debilitar este sentimiento. Es sumamente importante que respetemos y honremos las creencias religiosas y los sentimientos de nuestro prójimo.

Creo que Cristo es realmente el Hijo Unigénito de Dios engendrado en la carne. Pero el hecho de que otros no crean lo mismo no es motivo de malos sentimientos, ni de odio o falta de amor. Por el hecho de que yo crea como mormón, otro como católico, otro como protestante y otro como judío, no debemos desechamos, ni criticar, ni tener malos sentimientos los unos hacia los otros. Debemos respetar los puntos de vista de los demás, comprendiendo que la creencia en Dios hace que todos sean mejores como individuos y ciudadanos, según siga las enseñanzas de Dios, particularmente la de «Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Juan 15:12).

Este amor del cual el Salvador habló, y el que recalca como la cosa más importante en la vida, debe comenzar en el hogar y proyectarse en nuestra vida diaria. La tolerancia y el respeto hacia las creencias de los demás se deben enseñar en el hogar. Los hijos deben aprender a amar y a vivir en armonía, y a jugar con otros que tienen creencias diferentes, al mismo tiempo que son firmes y fieles a sus propias convicciones y enseñanzas.

Siempre me ha resultado interesante y ha sido una fuente de inspiración notar que cuando nuestros misioneros van a países extranjeros a predicar el evangelio de paz y amor, pronto aprenden un idioma diferente, adoptan costumbres foráneas y vuelven al hogar con un amor profundo y arraigado hacia la gente de la tierra donde han servido. Todos debemos aprender a hacer esto dondequiera que vivamos o sirvamos.

Lo más difícil para nosotros parece ser dar de nosotros mismos, ser generosos. Si realmente amamos a alguien, nada de lo que hacemos en bien de esa persona es demasiado difícil. No hay felicidad real en tener cosas o en obtener cosas a menos que lo hagamos con el propósito de dar de ellas a los demás. La mitad del mundo parece estar siguiendo la senda errónea en la búsqueda de la felicidad; muchos piensan que ésta consiste en tener y obtener cosas y en ser servidos; en cambio, la felicidad verdadera se encuentra en servir a los demás.

A veces casi me convenzo de que la naturaleza humana tiende a magnificar las debilidades de los demás a fin de reducir las propias. Recordemos siempre que los hombres de carácter no minimizan a los demás ni magnifican las debilidades del prójimo. De hecho, lo que los hace grandes es el amor e interés que muestran por el éxito y bienestar de los demás. El amor verdadero no nos permite alimentar rencores ni malos sentimientos, decir cosas carentes de amabilidad respecto a otras personas, o destruir la buena reputación de las personas. No debemos hablar de otros ni criticarlos, sino esforzamos por fortalecernos mutuamente.

Un amigo me relató la siguiente experiencia: Su padre y un primo de su padre vivían en el mismo vecindario y eran competidores en el negocio de la construcción. A causa de una licitación de contratos comenzó una fuerte rivalidad que se lúe haciendo cada vez más amarga y lúe creciendo a través de los años hasta que llegó a ser heredada por los familiares inmediatos, aun después de la muerte del padre de mi amigo. Fue difícil para ellos tratarse con mutuo respeto, aun en sus llamamientos en la Iglesia, en la que mi amigo era obispo de un barrio y su primo de otro. La situación empeoró.

De pronto mi amigo se encontró ante un llamamiento para servir como presidente de una misión. Tanto el cómo su familia se sintieron emocionados ante la perspectiva, pero él tenía un sentimiento de intranquilidad. Se preguntaba si realmente era digno de un llamamiento tan importante. Sabía que estaba viviendo la Palabra de Sabiduría, que pagaba el diezmo, que era fiel en sus actividades en la Iglesia, que era moralmente limpio y demás; pero el sentimiento de intranquilidad persistía.

En medio de sus preparativos, una tarde regresaba a su casa cuando algo le dijo: «Debes ir a la casa del primo de tu padre y corregir la situación que existe entre ustedes. No puedes salir a enseñar el evangelio de amor mientras exista ese sentimiento.»

De manera que fue a la casa de su primo, llamo a la puerta y esperó con temor, pero no hubo respuesta. Se volvió sintiendo que al menos había intentado corregir la situación y que con esto el asunto estaba terminado’ pero el sentimiento de intranquilidad no desapareció.

Al día siguiente se presentó su pariente en un servicio funerario y se sentó al otro lado del salón, frente a él. Entonces le preguntó a su primo si podría hablar con él después del servicio. Ahora paso a citar el relato de mi amigo:

«Al llamar a su puerta me invitó a entrar a la sala y me felicitó por mi llamamiento a la misión. Hablamos un rato sobre cosas sin importancia y entonces sucedió lo que tenía que suceder. Lo miré con un sentimiento de amor que reemplazó a la antigua amargura y dije: ‘He venido a pedir perdón por todo lo que he dicho o hecho y que haya servido para separar a nuestras familias y a nosotros’.

En ese momento las lágrimas inundaron nuestros ojos y durante algunos minutos ninguno de los dos pudo decir palabra alguna. Esta fue una de esas ocasiones en las que el silencio tiene más poder que las palabras. A los pocos minutos dijo: ‘¡Me hubiera gustado ser yo quien fuera a ti!’ Le respondí: ‘Lo que importa es que nos hayamos reunido, no quién tuvo la iniciativa’.

En ese momento tuvimos una rica experiencia espiritual que nos hizo limpiar nuestra vida y alma de aquellas cosas que nos habían separado. Aquella experiencia ha dado como resultado que ahora tengamos relaciones familiares apropiadas. Ahora yo podía ir a mi misión y enseñar el verdadero significado del amor, porque por primera vez en mi vida lo había sentido en su dimensión más profunda. Ahora podía decir honestamente que no había persona a quien yo no amase y apreciase. Desde aquel día mi vida no ha vuelto a ser la misma de antes, porque entonces aprendí en una forma sumamente positiva, como nunca había comprendido antes, estas palabras del Maestro a sus discípulos: ‘Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros’.» (Juan 13:34.)

Al hacer un repaso de lo que ha sido nuestra vida, sea ésta corta o larga, comprendemos que no hay gozo mayor que el de hacer algo por alguien en razón del amor que sentimos hacia esa persona. Expresemos nuestro amor a Dios y a nuestros semejantes ahora, mientras nos es posible, mediante cada acto y palabra, porque no volveremos a recorrer este camino.

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