Jesús el Cristo

Marzo de 1982
Jesús el Cristo
Por Edwin Brown Firmage

Hace algunos años, mientras asistía a un almuerzo, me senté junto a un joven abogado sumamente capaz y perceptivo. Había llegado a conocer bastante bien a aquel joven; sabía que era miembro de una iglesia cristiana y él sabía que yo era mormón activo.

Después de cruzar algunas frases sin importancia, empezó a hacerme algunas, preguntas serias, la primera fue:

—La Iglesia Mormona ¿es cristiana?

Después agregó que esta pregunta era de carácter más teológico que moral, y que lo que deseaba era entender el papel que Jesucristo tiene en la teología mormona.

Al principio, este tema tan amplio me apabulló. Al quedarme en silencio para poner en orden mis pensamientos y formular la respuesta, comprendí que la explicación del papel que tiene -el Salvador en las creencias mormonas tendría que comenzar en un punto muy anterior al ministerio terrenal de Jesucristo. Finalmente, le contesté a mi amigo dividiendo éste en doce misiones de Jesús el Cristo.

Primero, le expliqué en términos breves nuestra creencia en la naturaleza eterna del hombre, parafraseando y explicando varios versículos de la sección 93 de Doctrina y Convenios, en donde aparecen las palabras de Jesús al profeta José Smith con respecto a la naturaleza eterna de la inteligencia del hombre:

“Yo estuve en el principio con el Padre, y soy el Primogénito; vosotros también estuvisteis en el principio con el Padre…

También el hombre fue en el principio con Dios. La inteligencia, o la luz de verdad, no fue creada ni hecha, ni tampoco lo puede ser.

He aquí, esto constituye el albedrío del hombre. . .” (D. y C. 93:21, 23, 29, 31.)

Segundo, le describí el gran concilio que se llevó a cabo en los cielos, en el cual todos los hijos del Padre Celestial se reunieron para enterarse de Sus planes a fin de llevar adelante nuestro desarrollo eterno. Jesús fue el defensor del plan que aseguraba el albedrío del hombre como inherente en el concepto de que los seres poseen una existencia increada y eterna. Lucifer quería alterar el plan y eliminar el libre albedrío del hombre. (Véase Moisés 4:1-3.)

Tercero, analizamos la misión de Jesús como Creador de éste y de otros innumerables mundos a fin de llevar a cabo el plan del Padre, lo cual fue aceptado por la mayoría de sus hijos. Le cité las siguientes palabras de la gran visión que se le manifestó a Moisés:

“Y las he creado con la palabra de mi poder, que es mi Hijo Unigénito, lleno de gracia y de verdad.

Y he creado incontables mundos, y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito, los he creado.” (Moisés 1:32-33.)

Este punto de vista, relacionando a Jesús con el universo entero, era completamente nuevo para mi amigo, y lo dejó profundamente impresionado.

La siguiente misión de Jesús, aunque conocida y predicada en la Iglesia de los primeros días, también era desconocida para mi amigo. Le expliqué que Jesús era Jehová, el Dios del Antiguo Testamento, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el que le dio la ley a Moisés. Jesús mismo le explicó esto al profeta José en el Templo de Kirtland (D. y C. 110:1-4), y mucho antes había hablado de esa misión suya a los nefitas:

“He aquí, soy yo quien di la ley, y soy él que hizo convenio con mi pueblo Israel; por tanto, la ley se cumple en mí, porque he venido para cumplir la ley; por tanto, ha cesado.” (3 Nefi 15:5.)

Este aspecto de Jesús como Jehová, el Dios del Antiguo Testamento anterior a su nacimiento en la carne, fue predicado en la Iglesia original durante cuatrocientos años antes de ser suplantado por doctrinas apóstatas. Los primeros cristianos judíos, al ser acusados de cambiar la ley y los profetas, afirmaban constantemente que aquello que predicaban no era un concepto nuevo sino muy antiguo, habiendo sido predicado por Jesús mismo a los profetas desde el principio. Arthur Cushman McGiffert, teólogo norteamericano (1861-1933), en su edición de The Church History of Eusebius (la Historia de la Iglesia según Eusebio), indica que este primer historiador importante de la Iglesia mantenía el mismo punto de vista de los primeros cristianos de que Jesús era el personaje que apareció a los profetas en todos los casos que se conocen en el Antiguo Testamento.

“Eusebio acepta el punto de vista común de la Iglesia original, de que todas las apariciones de Dios de las que habla el Antiguo Testamento fueron en realidad apariciones de Cristo, o sea, apariciones de la segunda persona de la Trinidad. Agustín, teólogo y filósofo (354-430), parece haber sido el primero de los dirigentes cristianos que tuvo un punto de vista diferente asegurando que estas apariciones de Cristo no eran compatibles con la enseñanza de la Iglesia sobre la identidad de esencia entre el Padre y el Hijo.” (McGiffert, ed., The Church History of Eusebius, 1890.)

Al comenzar a analizar la quinta misión del Maestro, mi amigo y yo estuvimos de acuerdo en cuanto a las enseñanzas de la teología mormona; ambos convinimos en nuestra propia creencia de que Jesús nació de una virgen, María, como cumplimiento de una profecía; que enseñó el evangelio a la gente de su época (en nuestra doctrina en realidad volvió a enseñar el evangelio a su pueblo como cumplimiento directo de sus enseñanzas a los primeros profetas) y que fue crucificado. Le expliqué que los mormones creemos que Jesús estableció su Iglesia con el poder del sacerdocio mientras estaba en la tierra, que la Iglesia no fue la creación de sus seguidores después de la crucifixión, como algunos creen. El Maestro ordenó a sus Apóstoles, envió setentas en misiones, y tuvo una organización de oficiales fácilmente reconocible antes de la crucifixión.

Por supuesto, la misión principal del Señor, aquella que ningún otro podía llevar a cabo, fue la de ser Jesús el Cristo, el que fue crucificado por los pecados del mundo. Le expresé a mi amigo mi testimonio de que creo esto absolutamente, y le dije que aunque no comprendo completamente cómo una persona puede llevar sobre sí los pecados de los demás y dar paso así a la resurrección universal, sé con todo mi corazón que así fue y que esta parte del plan se lleva a cabo sin nuestra participación, y ni siquiera es necesario entenderla para que se haga efectiva en nosotros.

Yo sabía que nuestras creencias con respecto a la sexta misión de Jesucristo resultarían completamente nuevas para mi amigo y, a causa de su naturaleza particular, posiblemente totalmente ajenas a su entendimiento o aprecio. A continuación le expliqué lo mejor que pude la misión de Jesús al infierno, o el “otro mundo”, el lugar adonde van los espíritus que han salido de esta tierra. Una vez más afirmé que esta misión era un hecho muy conocido para los miembros de la Iglesia cristiana original, que en realidad se efectuó y que era de crítica importancia para el cumplimiento del plan del Padre.

Jesús se lo dijo a sus Apóstoles al hablarles en Cesárea de Filipo, poco antes de la transfiguración. El profeta José Smith dijo que Pedro, Santiago y Juan recibieron importantes llaves e investiduras en el momento de la transfiguración, hecho que hace aún más significativos los comentarios del Maestro a Pedro con respecto a los poderes selladores. (Véase Enseñanzas del profeta José Smith, pág. 184.) Después de oír la sincera confesión de Pedro, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”, como respuesta a la pregunta que el Maestro les había hecho, “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?” el Salvador le dijo a Pedro: “las puertas del Hades no prevalecerán” contra la Iglesia. (Véase Mateo 16:13-19.)

La palabra “infierno” no tenía para los eruditos que tradujeron el Nuevo Testamento el mismo significado que tiene para algunas personas actualmente; no denotaba el lugar adonde van las personas inicuas, el dominio de Satanás, sino más bien el lugar adonde van las almas de los muertos. Más aún, “las puertas” a las que se refiere este pasaje tratan de establecer una comparación con las puertas de los muros que rodeaban las ciudades, manteniendo a aquellos que estaban dentro separados de los que estaban fuera; por lo tanto, lo que el Maestro dijo a sus discípulos fue simplemente que las puertas, o sea, lo que separaba el Hades (o lugar de los muertos) de otros mundos no impediría que la Iglesia penetrara en él y liberara a todos aquellos que habían quedado aprisionados por la muerte. En realidad estaba anunciándoles Su propio descenso a ese lugar con la consiguiente introducción del evangelio allí y su triunfo sobre el efecto permanente que hasta entonces había tenido la muerte sobre la humanidad.

Le reafirmé que esta creencia se encontraba entre las más antiguas de la Iglesia original, y que el conocimiento completo de la misma había sido restaurado por medio del profeta José Smith. En una de las importantes secciones de Doctrina y Convenios que habla del sacerdocio, el Señor le reveló a José que su plan de salvación alcanzaba a todos los mortales.

“No sólo los que creyeron después de que él vino en la carne, en el meridiano de los tiempos, sino que tuviesen vida eterna todos los que fueron desde el principio, si todos cuantos existieron antes que él viniese, quienes creyeron en las palabras de los santos profetas, que hablaron conforme fueron inspirados por el don del Espíritu Santo y testificaron verdaderamente de él en todas las cosas.” (D. y C. 20:26.)

Este mismo mensaje fue enseñado por Ireneo, dirigente cristiano y famoso teólogo nacido en Asia Menor, y expresado en una forma que tiene un extraordinario parecido con la que usó José Smith:

“Porque no fue solamente para aquellos que creían en El en el tiempo de Tiberio César que vino Cristo, ni la providencia del Padre es solamente para aquellos que ahora viven, sino para todos los hombres quienes desde el principio, de acuerdo con su capacidad, han amado y temido a Dios en su generación, han practicado la justicia y la piedad hacia su prójimo y han tenido el ferviente deseo de ver a Cristo y de oír su voz.” (Ireneo, libro 4, Contra los herejes, en The Writings oflrenaeus, vol. 1, Ante-Nicene Christian Library, 1867, págs. 454-455.)

Le expliqué a continuación que esta doctrina de la oportunidad universal de salvación incluye la enseñanza del evangelio en el lugar llamado “Hades”. Clemente de Alejandría, el primero de los llamados “padres de la Iglesia”, nacido en Atenas (150?-215), en uno de sus escritos del siglo II declaró:

“Por lo tanto, el Señor predicó el evangelio a aquellos que estaban en el Hades. La escritura dice: ‘No hemos visto su forma, pero hemos oído su voz’. . . ¿Cómo? ¿No indican las Escrituras que el Señor predicó el evangelio a aquellos que habían perecido en el diluvio? . . . Los apóstoles, siguiendo las acciones del Señor, predicaron el evangelio a aquellos que estaban en el Hades. En mi opinión, era necesario que tanto allá como acá los mejores discípulos fueran imitadores del Maestro a fin de que El pudiera traer al arrepentimiento a los hebreos y a los gentiles. . . El Señor descendió al Hades con el objeto exclusivo de predicar el evangelio . . . porque no era justo que éstos fueran condenados sin un juicio, y que solamente aquellos que vivieron después del nacimiento del Salvador tuvieran la ventaja de recibir la justicia divina . . . por tanto, si El predicó el evangelio a aquellos que estaban en la carne a fin de que no fueran condenados injustamente, ¿cómo puede concebirse que no lo predicara a aquellos que habían partido de esta vida antes de Su nacimiento?” (Clemente de Alejandría, libro 6, “Misceláneas”’ en The Writings of Clement Alexandna, vol. 2, Ante-Nicene Christian Library, 1867, págs. 328-334. Cursiva agregada.)

Un conocimiento similar a éste se le dio por revelación a un profeta moderno, Joseph F. Smith, como respuesta a su afán de encontrarle significado al relato de Pedro sobre Cristo predicando a los espíritus encarcelados. (Véase D. y C. 138.)

Muchos de los llamados “padres” de la Iglesia cristiana primitiva hicieron hincapié una y otra vez en que Cristo descendió a aquel mundo de espíritus y organizó una fuerza misional entre los profetas que habían sido sus discípulos desde la época en que el Maestro era Jehová.

Le expliqué a mi amigo que la ordenanza del bautismo por los muertos, o bautismo vicario, está necesariamente relacionada con esta misión del Señor. Le hice notar que a esto se refería Pablo cuando citó dicha ordenanza a los santos de Corinto, como prueba de la realidad de la resurrección literal de la carne: “¿qué harán los que se bautizan por los muertos…?” (1 Corintios 15:29). Esta práctica del bautismo vicario continuó en las zonas rurales del imperio Romano, relativamente incorrupta por las filosofías de los centros urbanos, hasta bastante avanzado el siglo IV y quizás aún más adelante.

El conocimiento de mi amigo nos permitió entendernos al hablar de la séptima misión de Jesús. Analizamos la resurrección, la aparición de Jesús a María, a Pedro y a los demás Apóstoles, a los que iban por el camino a Emaús, a Pedro y a otros que se encontraban pescando en Galilea; y finalmente, la ascensión del Señor. Le indiqué que El indudablemente había aprovechado aquel tiempo para poder instruir más a sus Apóstoles; cualquiera que fueran los temas de aquellas enseñanzas, el Salvador nos dejó indiscutibles lecciones sobre la naturaleza literal de la resurrección, como en el caso de la aparición a sus discípulos:

“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.” (Lucas 24:39.)

Y la promesa de un igualmente literal retorno que les dejó en el momento de su ascensión:

“Varones galileos, ¿por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:11.)

La octava misión grandiosa del Maestro también era totalmente desconocida para mi amigo. Le describí el ministerio del Señor en el hemisferio occidental, como cumplimiento de la declaración que había hecho a los judíos:

“También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquéllas también debo traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor.” (Juan 10:16.)

Le dije que el Padre había presentado a su Hijo a los habitantes de este continente:

“He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd.” (3 Nefi 11:7.)

Le expliqué cómo organizó Jesús una Iglesia como la que había establecido en el oriente, llamando y ordenando a doce Apóstoles. Hubo grandes milagros, se devolvió la vista a los ciegos y el poder de caminar a los inválidos; y los niños recibieron la bendición de milagros aún mayores de los que se habían visto en el oriente. Jesús pronunció un sermón sobre la naturaleza y la función de la Casa de Israel que no ha sido igualado por ningún otro de los que aparecen en las Escrituras. Instituyó el sacramento de la Santa Cena y confirió el don del Espíritu Santo. Finalmente, luego de un ministerio de tres días, Jesús ascendió a los cielos.

Después, le hablé de la novena misión del Maestro, sobre la cual sabemos muy poco. Al hablar a los nefitas, Jesús declaró que todavía tenía otras ovejas que también debían oír su voz (3 Nefi 16:1-5); en consecuencia, deducimos que tiene que haber habido otras personas que recibieron su visita y enseñanzas, aunque no tenemos ningún registro de ese ministerio.

La undécima misión del Maestro fue la restauración de la Iglesia por medio del profeta José Smith. Le expliqué cómo José Smith había pedido a Dios que lo dirigiera hacia la verdadera Iglesia, y le expresé mi testimonio. Le relaté todos los acontecimientos relacionados con la Primera Visión: que el Padre y el Hijo se aparecieron a José y que desde ese momento él recibió a otros ministrantes angélicos que le dieron el conocimiento y los poderes para restaurar el evangelio y el poder del sacerdocio, a fin de establecer nuevamente la Iglesia de Jesucristo sobre la tierra, tal como lo había estado cuando el Maestro la estableció en el meridiano de los tiempos.

Al citar la undécima misión del Maestro consideré diversas apariciones suyas a distintas personas, incluyendo visitas que hizo a José Smith después de la Primera Visión y las oportunidades en que apareció a otros profetas, como por ejemplo: Lorenzo Snow; también le indiqué a mi amigo que la mano del Maestro dirigiendo su Iglesia es una realidad hoy, tanto como lo fue en el pasado.

Finalmente, le hablé de la última misión de Jesucristo dentro del gran plan del Padre, la que todavía no se ha cumplido, explicándole que los mormones creemos literalmente en la segunda venida del Salvador para reinar sobre la tierra que El mismo creó bajo la dirección de su Padre.

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