Orad siempre

Orad siempre

Spencer W. KimballPor el presidente Spencer W. Kimball
Liahona Marzo de 1982


Nuestro Padre Celestial desea que todos obtengamos el conocimiento personal de que El oye y contesta nuestras oraciones. Siempre me he sentido conmovido con respecto al poder y las bendiciones de la oración, por lo que agradezco a mi Padre Celestial y a mis queridos padres y maestros que me enseñaron por medio de la palabra y el ejemplo lo que es la oración justa y sincera.

Estoy seguro de que si oramos ferviente y honradamente, solos y junto con la familia, antes de acostarnos por la noche, después de despertar por la mañana, y a la hora de la mesa para bendecir los alimentos, no sólo formaremos una relación más estrecha entre nuestros seres queridos sino que por medio de la comunicación que estableceremos con nuestro. Padre Celestial, podremos progresar espiritualmente.

Todos necesitamos su ayuda cuando nos esforzamos por aprender y vivir las verdades del evangelio. Necesitamos su dirección para tomar las decisiones importantes de nuestra vida, en los estudios, el matrimonio, los empleos, para elegir el lugar de residencia, en la crianza de nuestras familias, en el servicio mutuo en la obra del Señor. Buscamos y suplicamos su perdón, guía continua y protección en todo lo que hacemos. La lista de nuestras necesidades es real, larga y sincera.

Cuando años atrás viajaba por las estacas y misiones de la Iglesia, conocía a menudo a personas con problemas o con grandes necesidades. La primera pregunta que les hacía era: “¿Cómo van vuestras oraciones? ¿Cuán a menudo oráis? ¿Hasta qué punto se encuentran vuestros pensamientos sumidos en la oración?” He observado que, por lo general, el pecado ocurre cuando se han eliminado las líneas de comunicación. Por esta razón el Señor dijo al profeta José Smith:

“Lo que digo a uno lo digo a todos; orad a todo tiempo, no sea que aquel inicuo logre poder en vosotros.” (D. y C. 93:49.)

Fue el Maestro quien nos enseñó a orar cuando dijo:

“De esta manera, pues, orad: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.
Sea hecha tu voluntad en la tierra así como en el cielo.
Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal.
Porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, para siempre. Amén.” (3 Nefi 13:9-13.)

Es mucho lo que podemos meditar acerca de estos principios, ya sea sobre nuestra actitud, sobre el amor que sentimos por Sus propósitos, el amor hacia nuestros semejantes o la manera en que demostramos que nuestra fe y nuestra vida están en el camino correcto. Si nosotros, en unión, procuramos aprender estos principios básicos, nos hallaremos preparados para progresar espiritualmente y mejorar nuestro entendimiento respecto a la oración.

Al unirnos en oración, ya sea en el hogar, en la Iglesia, o en reuniones sociales o públicas, debemos recordar el propósito de nuestras oraciones: el de comunicarnos con nuestro Padre Celestial. He descubierto que cuando oramos con otras personas, es mucho mejor, por difícil que parezca, tratar de que nuestra actitud se vuelque hacia una comunicación amorosa y sincera con Dios, en vez de preocuparnos por lo que nuestros oyentes puedan pensar. Por supuesto, debemos considerar dónde y con quiénes oramos, y ésa es una razón por la cual las oraciones públicas y aun las familiares no pueden representar la totalidad de nuestra comunicación con Dios.

Sin embargo, en el círculo familiar, nuestros hijos aprenderán a hablar con su Padre Celestial al oír que los padres lo hacemos, y pronto verán hasta qué punto son sinceras y honestas nuestras oraciones. Si éstas son rápidas y tienden a parecer ritualistas, los niños pronto se percatarán de ello. Es mejor que personalmente y en forma familiar hagamos tal como mormón, cuando suplicó:

“Por consiguiente, amados hermanos míos, pedid al Padre con toda la energía de vuestros corazones.” (Moroni 7:48.)

Hay ciertas cosas por las que es aconsejable orar privadamente. La oración que se ofrece en soledad es de un rico valor y gran beneficio. El solo hecho de orar a solas nos ayuda a despojarnos de la vergüenza, la pretensión y cualquier dejo de engaño; nos ayuda a abrir el corazón y a ser completamente honestos a medida que expresamos todas nuestras esperanzas y sentimientos.

Hace mucho tiempo que descubrí la necesidad que existe de tener un lugar privado donde ofrecer nuestras oraciones personales. El Salvador a veces necesitaba irse a las montañas o al desierto para orar. Asimismo, el apóstol Pablo fue al desierto para comunicarse con Dios. José Smith encontró su lugar a solas en el bosque donde únicamente los pájaros, los árboles y Dios pudieran escuchar su súplica. Debemos observar algunos puntos importantes en este relato:

“Por consiguiente, de acuerdo con esta resolución mía de recurrir a Dios, me retiré al bosque para hacer la prueba. . . Era la primera vez en mi vida que hacía tal intento, porque en medio de toda mi ansiedad, hasta ahora no había procurado orar vocalmente. (José Smith—Historia 14; cursiva agregada.)

Nosotros también debemos encontrar, siempre que sea posible, un cuarto, un rincón, un lugar donde podamos “retirarnos” y “orar vocalmente” en secreto. Recordemos las muchas veces que el Señor nos ha instruido a que oremos de esta manera:

“Y además, te mando que ores vocalmente así como en tu corazón; sí, ante el mundo como también en secreto; así en público como en privado.” (D. y C. 19:28.) .

Este principio es tan esencial para nuestras oraciones y para nuestra vida personal religiosa que el Señor mandó que los poseedores del sacerdocio deberían “. . . visitar la casa de cada miembro, exhortándolos a orar vocalmente así como en secreto, y a cumplir con todos los deberes familiares”. (D. y C. 20:51.)

Y ¿qué es lo que debemos decir en nuestras oraciones? Debemos expresar gozo y gratitud sincera por nuestras bendiciones pasadas. El Señor ha dicho:

“Y habéis de dar gracias a Dios en el Espíritu por cualquier bendición con que seáis bendecidos.” (D. y C. 46:32.)

Nos invade un maravilloso espíritu de certidumbre cuando expresamos gratitud sincera a nuestro Padre Celestial por nuestras bendiciones, por el evangelio, por el conocimiento que de él tenemos y el privilegio de haberlo recibido, por todo lo que nuestros padres y demás personas hicieron por nosotros, por nuestras familias y amistades, por las oportunidades que se nos presentan, por nuestra mente y cuerpo y vida, por aquellas experiencias que nos ayudan a progresar en el curso de nuestra vida, por toda la ayuda de nuestro Padre, por sus bondades y las oraciones contestadas.

Podemos orar por nuestros líderes. Pablo escribió:

“Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres;
por los reyes y por todos los que están en eminencia. . .(1 Timoteo 2:1-2.)

Si oramos así, desarrollaremos lealtad por nuestro país y por las leyes justas que nos gobiernan. También desarrollaremos amor y fe por nuestros líderes de la Iglesia, y nuestros hijos llegarán a respetarlos, ya que difícilmente podremos criticarlos si ofrecemos oraciones sinceras por ellos. Es un gozo para mí el hecho de que toda mi vida he apoyado a mis líderes y orado por su bienestar. En los últimos años he sentido una gran fuerza descender sobre mí a causa de este tipo de oraciones que los santos hacen elevando sus súplicas al cielo para pedir por mi bienestar.

La obra misional mundial debe ser objeto constante de nuestras oraciones. Oramos para que se abran las puertas de las naciones y puedan recibir el evangelio; oramos para que existan oportunidades y guía divina y así compartir las gloriosas nuevas del evangelio con otros. El niño que ora toda su vida por la causa misional llegará a ser buen misionero.

Oramos por aquellos que se sienten frustrados, por los desequilibrados, por los enfermos y necesitados, por los pecadores. Oramos por aquel a quien consideramos un enemigo, al recordar el consejo hermoso pero a la vez enérgico de nuestro Señor:

“Pero a vosotros los que oís, os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os calumnian.” (Lucas 6:27-28.)

¿Puede alguien tener un enemigo por mucho tiempo cuando ora por aquellos que le rodean y por los cuales pueda tener sentimientos negativos?

Oramos para tener sabiduría, juicio y entendimiento. Oramos pidiendo protección cuando estamos en peligro, y para tener fuerza en momentos de tentación. Recordamos a nuestros seres queridos y a nuestras amistades en oración. Pronunciamos oraciones impremeditadas en palabras o en pensamientos, en voz alta o en el más profundo silencio. Siempre tenemos una oración en nuestro corazón para lograr éxito en los quehaceres diarios que emprendemos. ¿Puede alguien hacer el mal cuando invaden su corazón y surgen de sus labios oraciones sinceras?

Oramos por nuestro matrimonio, nuestros hijos y vecinos, por nuestras labores, nuestras decisiones, nuestras asignaciones eclesiásticas, nuestro testimonio, nuestros sentimientos, nuestras metas. De hecho, aceptamos el gran consejo de Amulek y oramos por misericordia, oramos por nuestros empleos, por nuestros hogares y contra el poder de nuestros enemigos. Clamamos “contra el diablo, que es el enemigo de toda justicia”, y clamamos por las cosechas de nuestros campos. Y cuando no clamamos al Señor, dejamos que “rebosen” nuestros “corazones, entregados continuamente en oración a él por” nuestro “bienestar, así como por el bienestar de los que” nos rodean (véase Alma 34:18-27).

Pero, ¿es la oración sólo una comunicación de nuestra parte? ¡No! Una razón que nos aclara por qué “del alma es la oración, el medio de solaz” (Himnos de Sión, 129) es que éste es un privilegio que no consiste sólo en el hecho de poder dirigirnos a nuestro Padre Celestial, sino también de poder recibir cariño e inspiración de Él. Al concluir nuestras oraciones, necesitamos escuchar intensamente, aun hasta el punto de tener que esperar varios minutos. Hemos orado suplicando consejo y ayuda, y ahora debemos estar “quietos y conocer que Él es Dios” (véase Salmo 46:10).

Y ¿qué lenguaje usará el Señor para respondernos? Por medio del profeta José Smith, el Señor aconsejó a Oliverio Cowdery, quien tenía dudas con respecto a una respuesta a sus oraciones:

“De cierto, de cierto te digo: Si deseas más testimonio, piensa en la noche que me imploraste en tu corazón, a fin de poder saber tocante a la verdad de estas cosas.
¿No hablé paz a tu mente en cuanto al asunto? ¿Qué mayor testimonio puedes tener que de Dios?” (D. y C. 6:22-23.)

Poco después el Señor nuevamente instruyó a Oliverio Cowdery por medio del profeta José Smith:

“Debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien.
Más si no estuviere bien, no sentirás tal cosa, sino que te sobrevendrá un estupor de pensamiento…” (D. y C. 9:8-9.)

El aprender el lenguaje de la oración es una experiencia gozosa que perdura toda la vida. A veces las ideas nos vienen a la mente al detenernos a escuchar después de haber orado. A veces nos invaden sentimientos y un espíritu de tranquilidad que nos asegura que todo marchará bien. Pero siempre, si hemos sido sinceros y honestos en nuestra súplica, tendremos un bello sentimiento, un sentimiento cálido por nuestro Padre Celestial y la sensación de que Él nos ama. Me ha entristecido notar que algunos de nosotros no hemos aprendido el significado de ese cálido sentimiento espiritual, ya que éste nos indica que nuestras oraciones han sido escuchadas. Y ya que nuestro Padre Celestial nos ama con un amor mayor aún que el que sentimos por nosotros mismos, significa que podemos tener confianza en su bondad, que podemos contar con El; significa que si continuamos orando y viviendo correctamente, la mano de nuestro Padre nos guiará y bendecirá.

De manera que en vuestras oraciones decid, “Sea hecha tu voluntad”, con verdadera sinceridad. No pedimos consejo a un líder para después desatenderlo; ni debemos pedir bendiciones del Señor, para luego despreciarlas. Por lo tanto, decid: “Sea hecha tu voluntad, Señor. Tú, bondadoso Padre, sabes lo que es más conveniente. Aceptaré y seguiré tu guía de corazón.”

Hacemos esto porque las Escrituras nos recuerdan que en ocasiones podemos “pedir mal” (Santiago 4:3), o pedir lo que no es conveniente (véase D. y C. 88:65), o pedir algo que no es “justo” (véase 3 Nefi 18:20). Sin embargo, aun en esto, nuestro Padre Celestial es un padre amoroso, y el Maestro así nos lo enseñó:

“¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? . . .

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre Celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lucas 11:11,13.)

¡Es tan grande el privilegio y el gozo de orar a nuestro Padre Celestial, tan grande la bendición que tenemos! Sin embargo, el propósito de la oración no acaba después que la concluimos. Amulek enseñó muy correctamente:

“Y he aquí, amados hermanos míos… si después de haber (orado) despreciáis al indigente y al desnudo, y no visitáis al enfermo y afligido, si no dais de vuestros bienes, si los tenéis, a los necesitados, os digo que si no hacéis ninguna de estas cosas, he aquí, vuestra oración es en vano y no os vale nada, y sois como los hipócritas que niegan la fe.” (Alma 34:28.)

Es importante que nunca olvidemos que debemos vivir el evangelio con tanta honestidad y sinceridad como oramos.

Si así lo hacemos, las bendiciones del cielo serán nuestras. Nuestras oraciones reflejarán la verdad que nos rodea, y en nuestra completa honradez de palabra y hechos con nuestro Padre, encontraremos en nuestro ser la capacidad de buscar su ayuda, especialmente su perdón, con toda sinceridad, a medida que nos arrepentimos y demostramos que vivimos tan justamente como oramos.

Siempre me ha gustado el relato de Enós, una persona con grandes imperfecciones. Se había descarriado, ya que como todos nosotros, él tampoco era perfecto. No sé cuán pecaminoso puede haber sido su pasado, pero escribió: “Os diré de la lucha que tuve ante Dios, antes de recibir la remisión de mis pecados”.

Su relato es muy gráfico y sus palabras impresionantes:

“Salí a cazar bestias en los bosques…”

Pero no cazó animal alguno. Estaba escudriñando su propia alma, buscando, llamando, pidiendo, rogando.

Estaba naciendo otra vez. Tal vez antes se había conformado con vivir entre la maleza toda su vida, pero entonces estaba en búsqueda de un jardín. Continúa diciendo:

“. . . y las palabras que frecuentemente había oído a mi padre hablar, en cuanto a la vida eterna y el gozo de los santos, penetraron mi corazón profundamente.”

Los recuerdos de su vida pasada se abrieron paso en su memoria, y su alma se agitó cuando cálidamente se sintió influenciado por las imágenes que las palabras de su padre habían proyectado en su ser.

“Y mi alma tuvo hambre…” Se apoderaba de Enós el espíritu del arrepentimiento. Sentía remordimiento y estaba ansioso por enterrar al hombre pecador que era y resurgir como un hombre de fe, un hombre de Dios.

“. . . y me arrodillé ante mi Hacedor, y clamé a él con potente oración y súplica por mi propia alma…”

Se dio cuenta de que nadie puede ser salvo en sus pecados, que ninguna cosa impura puede entrar en el reino de Dios; se dio cuenta de que debe haber una purificación, y debe existir un nuevo corazón dentro de un hombre nuevo.

Sabía que no era una pequeñez o cosa de poca importancia y escribió: “Y clamé a él todo el día.”

No fue ésta una oración común, con frases triviales y repetidas. Los minutos se convirtieron en horas, y cuando el sol ya había caído, aquella añorada liberación aún no había llegado, porque el arrepentimiento no es una sola acción, ni tampoco es el perdón una dádiva por la cual no se requiere empeño. Tan preciosa fue para Enós esta comunicación con Dios, que su alma continuó determinadamente sin cesar:

“Sí, y cuando anocheció, aún elevaba mi voz en alto hasta que llegó a los cielos.”

Y después de llorar amargamente, después de haber hecho un convenio sincero, después de haber mostrado con toda seguridad la integridad de su súplica, la voz del Señor vino a Enós diciendo:

“Tus pecados te son perdonados, y serás bendecido.” (Enós 1:1-5.)

¡Qué bendición y qué gozo sería que todos nosotros supiéramos que nuestro Padre vive y que nos ama, que nos perdona cuando nos arrepentimos y que siempre está listo para ayudarnos y brindarnos su amor!

Después de haber orado toda mi vida, yo sé del amor, la fortaleza, y el poder que se reciben de la oración sincera y honrada. Yo sé lo dispuesto que está nuestro Padre para ayudamos en nuestra experiencia mortal, para enseñarnos, dirigimos y guiarnos. Así, con gran cariño, fue que nuestro Salvador dijo:

“Lo que digo a uno lo digo a todos.” (D. y C. 93:49.)

Si así lo hacemos, obtendremos el conocimiento personal de que nuestro Padre Celestial verdaderamente oye y contesta nuestras oraciones. Este conocimiento es el que El desea que todos logremos. ¡Buscadlo, mis amados hermanos y hermanas! ¡Buscadlo!

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