A través del velo

Septiembre de 1983
A través del velo
Ray J. Snelson

Un día, cuando cursaba mi último año de la escuela secundaria, tuve la fuerte impresión de que mi abuelo quería verme, de manera que, después de salir de mis clases, tomé un cuaderno y me dirigí a la casa de mi tío, Jacob Cline, donde mi abuelo vivía desde la muerte de mi abuela.

Cuando llegué, mi abuelo estaba sentado en la cama.

—Entra, Ray —me dijo—. Te he estado esperando.

Quería contarme la historia de su familia, y yo debía anotar la información que me diera. Entonces supe por qué había traído mi cuaderno. Durante la siguiente hora me contó la historia de su familia desde cuatro generaciones atrás, dándome nombres, fechas, lugares y relatos. Cuando acabó, me puso la mano en el hombro y me dijo muy suavemente:

—Ray, te encargo que guardes esta información, porque algún día la necesitarás. Cuando ese día llegue, oirás mi voz y sabrás que el momento ha llegado, y cuál era la razón.

Un cálido sentimiento me invadió el corazón mientras mi vista descansaba fijamente en los penetrantes ojos de mi abuelo. Le prometí que haría lo que me encargaba, aunque no tenía la menor idea por qué estaba escribiendo o preservando la información. Mi abuelo falleció a las dos semanas.

Pasaron los años, y me encontré asistiendo a un instituto para técnicos de radar de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, en Biloxi, estado de Misisipí. Durante una charla general cierto día, uno de mis maestros, Norman M. Hale, mencionó que era mormón. Esa noche, descansando en la cama, no podía olvidar la conversación de ese día. Finalmente, salí de la cama, me vestí y caminé hasta donde vivían los maestros. Para entonces ya era más de la medianoche. Toqué la puerta de Norman Hale y lo desperté con el saludo:

—Hola; quiero que me hable acerca de la Iglesia Mormona.

Hale y su compañero de cuarto habían sido compañeros en el campo misional, y ambos pasaron el resto de la noche dándome las charlas. Cuando mencionaron los templos, la obra genealógica y la obra vicaria, una voz resonó en mis oídos, la voz de mi abuelo, y volví a oír el encargo solemne que me había dado. Algo cálido penetró mi pecho y supe que lo que se me enseñaba era la verdad. La siguiente semana comencé a asistir a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, y fui bautizado en el mes de octubre de 1954.

Mis padres no estuvieron muy contentos con mi bautismo. Mi padre hasta me hizo prometer que nunca le predicaría el “mormonismo».

Pasaron diez años, durante cuyo lapso conocí a una joven, le enseñé el evangelio, la bauticé y me casé con ella en el Templo de Idaho Falls, en el estado de Idaho. Durante todo ese tiempo, aunque éramos activos en la Iglesia, guardé mí promesa y nunca le mencioné a mi padre nada referente a ella.

Cierto día, me dijo:

—Nunca la vas a mencionar, ¿verdad?
—No— le contesté.
—Bien. Entonces, ¿me contestarías un par de preguntas?— inquirió.

Sus preguntas indicaban que había estado pensado muy seriamente. Después que le contesté, me quedé callado, aunque sabía que deseaba saber más.

—Bueno—, me preguntó con Impaciencia—, ¿no me vas a decir más?
—No— le dije. Siguió un largo silencio. Luego añadí: — Veo que has estado pensando mucho y muy seriamente con respecto al evangelio. Ya que tú y yo somos tan allegados, no creo que deba ser yo quien trate de enseñarte, pero conozco a dos jóvenes fantásticos que pueden contestar tus preguntas y hablarte del evangelio.
—Ray, ya he oído acerca de esos dos jóvenes fantásticos; un minuto te están contestando un par de preguntas y el próximo te están bautizando.
—Hagamos un trato— le sugerí—.

Les diré que éstas serán sólo charlas informativas, y que si tratan en la más mínima manera de ejercer presión sobre ti, yo les pediré personalmente que se retiren. Y, si no te molesta, yo estaré presente durante las charlas para asegurarme de que no rompan el acuerdo.

—Está bien— respondió—, pero si intentan presionarme, les mostraré la puerta de la calle.

Le aseguré que no habría presión alguna.

El siguiente martes por la noche, mis padres y yo nos juntamos para oír a los misioneros presentar el evangelio. Me sentí complacido y un tanto sorprendido cuando mi padre expresó que todo lo que le habían dicho era simplemente lógico y que lo creía. Después de la segunda charla, a la cual asistió también mi madre, los misioneros hicieron lo que se suponía no debían hacer, pero lo que el Espíritu les indicó que hicieran: Le dieron a mi padre la meta de ser bautizado. Antes de que yo pudiera decir una palabra, él respondió:

—Sí, quiero ser bautizado.

Mi madre estuvo de acuerdo. Se fijaron citas para las próximas charlas para la siguiente semana.

Ese domingo, recibí una llamada telefónica de mi hermano menor. Se le oía la voz enmudecida por el llanto; todo lo que podía decir era:

—Ray,. . . papá ha muerto… un accidente automovilístico. . .

Lloré al haber perdido a mi buen-amigo, compañero, confidente y padre.

Un año después, fuimos al templo para efectuar la obra vicaria por él. Durante la sesión en el templo, y al actuar por él, tuve el buen sentimiento de que estaba haciendo algo que él quería que yo hiciera.

En el cuarto de sellamientos y al estar arrodillados en el altar para que fuera sellado a sus padres, sentí un cálido sentimiento descender sobre mí. Sabía que mi padre estaba presente en espíritu. Dirigí la vista hacia el presidente del templo, y vi lágrimas en sus ojos. —Hermano Snelson— me dijo—, dígame acerca de su padre.

Comencé a decirle del amor y la cercanía que sentía hacia él, pero me interrumpió:

—No; descríbame su apariencia.

Al hacerlo, vi que una dulce sonrisa aparecía en su rostro.

Al concluir el sellamiento, le suplicó a todos, menos a mí, que se retiraran por un momento. Me tomó de la mano, me llevó a un lado del cuarto y nos sentamos. Para entonces, ambos teníamos los ojos llenos de lágrimas, y el cuarto parecía estar cargado de electricidad. El presidente del templo dijo:

—Ya lo sabe, ¿verdad?
—Sí— le respondí muy calladamente.

Pero él continuó: —Su padre estaba parado directamente detrás de usted.

Volví a llorar, esta vez de gozo.

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