El precio de la paz

Febrero de 1984
El precio de la paz
Por el presidente Marion G. Romney
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Marion G. RomneyHe elegido este tema por el extraordinario interés que hay en el mundo por preservar la paz… y el obvio fracaso de nuestros intentos. Lamentablemente, en esos esfuerzos, como dijo Pablo, parece que “siempre están aprendiendo, y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad” (2 Timoteo 3:7). También somos, como declaró Isaías, “como sueño de visión nocturna. . . como el que tiene hambre y sueña, y le parece que come, pero cuando despierta, su estómago está vacío” (Isaías 29:7, 8).

Cuando me encontraba en el servicio militar, durante la Primera Guerra Mundial, se nos dijo que estábamos “preparando al mundo para la democracia”, que aquella guerra tenía como objeto dar fin a todo conflicto bélico. Más tarde, al estar mi hijo mayor en el servicio militar, durante la Segunda Guerra Mundial, se les decía que aquélla era para preservar la causa de la paz y la libertad. Y se ha continuado utilizando esta misma explicación en las últimas décadas.

¿Por qué nuestra generación, con todo su conocimiento, ha fracasado tan lamentablemente en su búsqueda de la paz? La única respuesta que puedo dar a esta pregunta es que no estamos dispuestos a pagar por lo que tanto anhelamos. El propósito de mis palabras es explicar cuál es el precio de esa paz.

Hay diversas definiciones de lo que es la paz, pero quizás deberíamos describirla como una armonía consigo mismo, con Dios y con los semejantes. Este concepto encierra todos los demás con que pueda definirse la palabra.

La condición opuesta, de acuerdo con aquellos que preparan los diccionarios, tiene como características la turbación, la guerra, el conflicto, las disensiones, las riñas, la intranquilidad, el dolor.

Consideremos estas dos descripciones, comparándolas con lo que dicen las Escrituras. Primero, desearía aclarar que baso todo mi concepto en éstas, creyendo, como creo, que contienen la palabra revelada de Dios, y que El, conociendo todas las cosas, nos ha dado en ellas la verdad absoluta. Veamos lo que dicen las Escrituras: “Manifiestas son las obras de la carne», nos dice el apóstol Pablo, “que son: adulterio. . . lascivia, idolatría. . . enemistades, pleitos . . . iras, contiendas . . . envidias, homicidios, borracheras … y cosas semejantes a éstas.” (Gálatas 5:19-21.)

Fijaos en cuánto se parecen estas “obras de la carne” al conflicto, las disputas, la contención y la guerra, todo en oposición a la paz y la armonía.

“Más el fruto del Espíritu es amor», continúa Pablo, “gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, “mansedumbre, templanza. . .” (Gálatas 5:22-23.)

Y ésos son exactamente los elementos que forman la paz que buscamos. Al leer esa descripción, ¿no es sumamente claro que lo que debemos hacer para lograr la paz es obtener los frutos del Espíritu? O, para decirlo en otra forma, puesto que Lucifer es “el padre de la contención” (3 Nefi 11:29), que es lo opuesto a la paz, el precio de ésta es la victoria sobre Satanás.

Ya sé que hay quienes niegan la existencia de un ser llamado Satanás. Pero esa posición es falsa, y la auspicia el mismo padre de las mentiras. Esto no es nada nuevo, puesto que los anticristos han negado la existencia de Satanás desde tiempos antiguos. No obstante, la verdad es que Lucifer existe y es un personaje de espíritu, lo mismo que Jesús y nosotros lo fuimos antes de nacer. En el mundo espiritual era un ser de gran capacidad. Isaías se refiere a él, diciendo:

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana!” (Isaías 14:12.)

Lucifer rechazó el plan del Padre para la salvación del género humano y trató de substituirlo con su propio plan. Como no tuvo éxito, él, con una tercera parte de las huestes celestiales, fue “echado abajo… y se convirtió en Satanás… el padre de todas las mentiras, para engañar y cegar a los hombres y llevarlos cautivos según la voluntad de él”. Estos son los que no quieren “escuchar mi voz”. (Véase Moisés 4:3-4.)

Korihor fue un hombre que había sido víctima de las artimañas de Satanás y había quedado mudo por negar repetidamente la existencia de Dios.

“Y Korihor extendió su mano y escribió, diciendo: Sé que estoy mudo, porque no puedo hablar; y sé que nada, sino el poder de Dios, pudo haber traído esto sobre mí; sí, y también sabía yo que había un Dios.

“Más he aquí, me ha engañado el diablo; pues se me apareció en forma de un ángel, y me dijo: Ve y rescata a este pueblo, porque todos se han extraviado en pos de un Dios desconocido. Y me dijo: No hay Dios; sí, y me enseñó lo que había de decir. Y he enseñado sus palabras; y las enseñé porque deleitaban la mente carnal; y las enseñé hasta que hube logrado mucho éxito, al grado que realmente llegué a creer que eran ciertas; y por esta razón me opuse a la verdad, hasta traer esta gran maldición sobre mí.” (Alma 30:52-53.)

En realidad, aun mientras estaba negando su existencia, Korihor sabía que había un Dios y que existía Satanás. Muchos hay semejantes a él en la actualidad, en los que se cumple la predicción de Nefi quien, hablando de nuestros días, dijo:

“En aquel día él [el diablo] enfurecerá los corazones de los hijos de los hombres, y los agitará a la ira contra lo que es bueno.
“Y a otros pacificará y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sión; sí, Sión prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce astutamente al infierno.
“Y he aquí, a otros los lisonjea y les cuenta que no hay infierno; y les dice: Yo no soy el diablo, porque no lo hay; y así les susurra al oído, hasta que los prende con sus terribles cadenas, de las cuales no hay rescate.” (2 Nefi 28:20-22.)

Ahora bien, hay algo de lo que podemos estar seguros: si no existe el diablo, tampoco existe Dios. Pero hay un Dios y hay un diablo, y para lograr la paz se requiere que eliminemos la influencia de Satán, porque donde él está jamás reinará la paz. Más aún, la coexistencia pacífica con él es imposible; nunca se le convencería de cooperar en el mantenimiento de la paz y la armonía. Lo único que él fomenta son las obras de la carne.

“Pero cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo, y a no servir a Dios, entonces podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es del diablo; porque de este modo es como obra el diablo, porque él no persuade a ningún hombre a hacer lo bueno, no, ni a uno solo; ni lo hacen sus ángeles; ni los que a él se sujetan.” (Moroni 7:17.)

Como preludio para la paz, entonces, es necesario eliminar por completo la influencia de Satanás. Ni siquiera en los cielos pudo haber vida pacífica con él después de su rebelión. Allá, en el mundo espiritual, el Padre y el Hijo no pudieron encontrar manera de cooperar con él; fue necesario expulsarlo: no transigir con él, sino echarlo.

“Ninguno puede servir a dos señores», dijo Jesús, “porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas.” (Mateo 6:24.)

La vida terrenal es un período de prueba para toda persona, en el que hay dos grandes fuerzas tirando en direcciones opuestas. Por un lado está el poder de Cristo y su justicia; por el otro, Satanás y sus seguidores. El ser humano, en el ejercicio del don que Dios le ha dado de albedrío moral, debe decidirse a hacer su jornada en compañía del uno o del otro. La recompensa por seguir a uno es el fruto del Espíritu: la paz. El pago por seguir al otro es el de las obras de la carne: lo contrario de la paz.

Durante seis mil años, Satanás ha emprendido su campaña por las almas de los hombres con furia inalterable.

La extensión del libertinaje, la idolatría, la contención, el derramamiento de sangre, la aflicción y el dolor, por causa de los cuales los habitantes de la tierra han clamado a través de los siglos, testifican del hecho de que Satanás ha ejercido siempre una influencia potente.

No obstante, aunque generalmente las obras de la carne han florecido, ha habido por lo menos dos períodos de paz, y habrá todavía otro.

Después del ministerio de Jesús entre los nefitas, éstos abolieron las obras de la carne y obtuvieron el fruto del Espíritu. Esto fue lo que hicieron:

“Los discípulos de Jesús habían establecido una iglesia de Cristo… Y cuantos iban a ellos, y se arrepentían verdaderamente de sus pecados, eran bautizados en el nombre de Jesús; y también recibían el Espíritu Santo.

“Y. . . en el año treinta y seis se convirtió al Señor toda la gente. . .” Y, en consecuencia, «no había contiendas ni disputas entre ellos . . .
“. . .a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo.
«Y no había envidias, ni contiendas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni lascivias de ninguna especie. . .
“. . .sino que eran uno, hijos de Cristo y herederos del reino de Dios.” (4 Nefi 1-2, 15.)

Y dice el registro que «obraban rectamente unos con otros” y que “ciertamente no podía haber un pueblo más dichoso entre todos los que habían sido creados por la mano de Dios” (véase 4 Nefi 2 y 16).

Esta condición prevaleció entre ellos durante casi dos siglos. Pero entonces, abandonando el Evangelio de Jesucristo, los nefitas se volvieron a entregar a las obras de la carne, y “empezó a haber entre ellos algunos que se ensalzaron en su orgullo… Y empezaron a dividirse en clases; y empezaron a edificarse iglesias con objeto de lucrar; y comenzaron a negar la verdadera iglesia de Cristo”. También había entre ellos «muchas iglesias que profesaban conocer al Cristo, y sin embargo, negaban la mayor parte de su evangelio”, exactamente lo que pasa en nuestros tiempos. Estas iglesias se multiplicaron “en gran manera por causa de la iniquidad, y por el poder de Satanás que se apoderó de sus corazones” (véase 4 Nefi 24-28). Entregándose en esa forma a Satanás, el pueblo nefita, que por causa de su estricta obediencia al Evangelio de Jesucristo había disfrutado de una paz perfecta por casi dos siglos, en otros dos siglos quedó totalmente destruido como nación en una guerra civil.

Otro pueblo que logró la paz fue el de Enoc, que vivió antes del Diluvio; y la logró en la misma forma que los nefitas, y gozó de la misma felicidad. Pero, en lugar de entregarse a Satanás y volver a las obras de la carne como sus hermanos, los del pueblo de Enoc continuaron viviendo con rectitud, y “el Señor vino y habitó con” ellos y “llamó Sión a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en justicia”. Y edificaron “una ciudad que se llamó la Ciudad de Santidad, a saber, Sión”. “Con el transcurso del tiempo, Sión fue llevada al cielo”, donde está actualmente. (Véase Moisés 7:16-21.)

De todos los descendientes de Adán y Eva, ese pueblo de Enoc ha sido el único en la tierra, que yo sepa, que ha obtenido una paz perfecta y duradera.

Al igual que sucedió a los nefitas y al pueblo de Enoc respectivamente, así ha sucedido siempre y así sucederá, porque vivir de acuerdo con el Evangelio de Jesucristo y eliminar a Satanás de nuestra vida es el precio de la paz y el único camino para llegar a ella. En su infinita dedicación al bienestar de sus hijos, Dios trazó el derrotero hacia la paz en el principio del mundo, y lo ha vuelto a hacer en cada una de las dispensaciones que ha habido desde entonces. Constantemente ha dado al hombre señales de peligro de los desastres que pueden sobrevenirle si abandona ese curso.

Si una sola persona se entrega al diablo y se dedica a las obras de la carne, la lucha se llevará a cabo dentro de sí misma; si dos personas lo hacen, la lucha será dentro de ellas y, además, entre ellas. SI muchos caen en esa tentación, entonces una sociedad entera cosechará gran agitación y contención. Si son los gobiernos de los países los que caen, habrá conflicto en el mundo, porque, como dice el profeta Isaías:

“Los impíos son como el mar en tempestad, que no puede estarse quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo.
«No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos.” (Isaías 57:20-21.)

Así como las obras de la carne tienen relación con todo el género humano, también tiene relación el evangelio de paz. Si una persona vive de acuerdo con sus principios, logrará la paz consigo mismo; si dos lo hacen, estarán en paz consigo mismos y el uno con el otro. Si los ciudadanos de un país los obedecen, habrá paz en esa nación. Y cuando haya bastantes naciones disfrutando del fruto del Espíritu, que puedan controlar los asuntos del mundo, entonces, y sólo entonces, dejaremos de oír resonar los tambores bélicos y de ver flamear en el parlamento universal las banderas de guerra.

Hay personas que tratan de servir al Señor, pero sin ofender al diablo, y hacen que muchos de los que buscan la verdad se pregunten: ¿No habrá un término medio para lograr y mantener la paz? ¿Es necesario tomar una sola decisión entre, por un lado, la paz que se obtiene obedeciendo el Evangelio de Jesucristo, y, por el otro, la contención y la guerra?

Para contestar esta pregunta, pienso que estoy en lo cierto si digo que, si existe ese término medio, no ha sido descubierto todavía a pesar del hecho de que los esfuerzos por encontrarlo han seguido un camino largo y tortuoso. El hombre lo ha intentado en diversas formas, sin darse cuenta de que hay que pagar un precio por la paz, o haciendo caso omiso de ello. Se llevaron a cabo las Conferencias de La Haya en 1899 y 1907, se organizó la Liga de las Naciones después de la Primera Guerra Mundial, y se han hecho pactos, tratados y alianzas sin fin, todos sin ningún éxito.

A veces ponemos todas nuestras mejores esperanzas, aun la última esperanza, en la sabiduría y las obras del hombre. Recuerdo que poco antes de que estallara la Primera Guerra Mundial en agosto de 1914, David Starr Jordan, que era entonces canciller honorario de la Universidad Stanford, en California, y eminente defensor de la paz, expresó que las condiciones mundiales hacían imposible que pudiera haber una guerra entre naciones, que no habría otra guerra internacional porque el mundo ya había sobrepasado esa etapa de salvajismo. El élder James E. Talmage, que lo oyó hablar, comentó lo siguiente:

“El afirmó que los intereses en los grandes negocios estaban tan entremezclados que si una nación cometiera la imprudencia de declarar la guerra a otra, los banqueros harían que quedara sin efecto la declaración porque todos sus intereses estarían de por medio; y que si no se escuchara a éstos, los pueblos se levantarían en masa para exclamar: ‘¡No habrá guerra!’. . . Luego, con otro despliegue impresionante de hechos, declaró el posible costo de una guerra en la actualidad y demostró que no existe en el mundo suficiente dinero para mantener una guerra de proporciones por más de unos pocos meses. Después que terminó su discurso, le dije:

“—Me gustaría poder creerle.
“— ¿Así que no me cree?

“Le dije que no.

“— ¿Y por qué? —me preguntó.
“—Porque no ha tenido en cuenta algunos de los factores más importantes del problema.
“— ¿Y cuáles son esos factores?
“—Las palabras de los profetas. Y en una cuestión que concierne a la existencia misma de las naciones prefiero considerar ciertas las palabras de los profetas antes que las deducciones de un capacitado académico, aun cuando sea tan distinguido como usted, señor Jordan.”

El hecho de que en los treinta años que siguieron a la predicción del Sr. Jordan el mundo pasó por dos guerras mundiales y desde entonces ha continuado con guerras y rumores de guerras nos hace recordar lo que habló el Señor por boca de Isaías:

“Perecerá la sabiduría de sus sabios, y se desvanecerá la inteligencia de sus entendidos.” (Isaías 29:14.)

Si hemos de tener paz, mis hermanos, debemos convencernos de que tenemos que pagar el precio de la paz. Así nos dice la palabra de Dios, y ése es el veredicto que nos dejan seis mil años de historia de la humanidad.

Ahora bien, aunque creo que mucha gente en la tierra está tan contagiada por las obras de la carne que ni siquiera las reconoce como tales y, por lo tanto, no posee el valor moral para pagar el precio que se requiere por la paz, aun así no debemos hacer como Jonás e irnos enfurruñados a un rincón si vemos que algunos de nuestros semejantes se convierten a los principios del Príncipe de Paz y reciben sus recompensas. Por el contrario, debemos regocijarnos, pues el único propósito de nuestra misión en la vida es proclamar esa paz. Tampoco debemos alegrarnos al ver que los esfuerzos del hombre por obtenerla han demostrado ser inútiles. Yo no tengo nada en contra de sus esfuerzos. Muchas de esas personas hacen todo lo que pueden, de acuerdo con el conocimiento que tienen. Sin embargo, no encuentro justificación alguna para que nosotros, los que poseemos la brillante luz del Evangelio de Cristo que nos ha sido revelado, pasemos nuestra vida tambaleándonos en las tinieblas y siguiendo el vacilante resplandor de la vela parpadeante que enciende la sabiduría del hombre. En su lugar, debemos dedicar nuestras energías a esparcir la verdadera luz y dejar las tinieblas para aquellos que no pueden ver su fulgor.

Sin embargo, aun al tratar de enseñar el evangelio de paz, vemos que la mayoría de nuestros semejantes prefieren dedicarse a otros aspectos del problema. No obstante, no debemos vivir en la desesperanza y la melancolía, sino disfrutar de la vida a la luz de la verdad revelada. Pero es necesario que mantengamos presente lo que el Señor ha dicho con respecto al precio de la paz.

Me siento agradecido porque los días de mi probación han tenido lugar en esta dispensación, en la cual la luz de la verdad revelada brilla en toda su radiante gloria. No hay ninguna otra época en la que hubiera preferido vivir. Si en la providencia de Dios ocurriera una catástrofe, la tierra no se desintegrará o quedará inhabitable, ni serán destruidos todos sus habitantes. Esto será parte del camino de los profetas hacia la aurora de un glorioso milenio de paz perfecta. Porque sé —y podéis estar seguros de ello—, que al final triunfará la justicia, los poderes de las tinieblas serán eliminados y sobrevendrá la paz.

Que nuestro pueblo se comprometa a aplicar individualmente y en los hogares, los negocios, y en todos los tratos entre sí y con los demás, los principios del Evangelio restaurado de Jesucristo. El fruto del Espíritu lleva consigo la paz. Y cada uno encontrará la paz consigo mismo si está dispuesto a pagar el precio.

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