Un testimonio del Espíritu Santo

Junio de 1985
Un testimonio del Espíritu Santo
Por Arlin P. Neser

Una mujer yugoslava me enseñó lo que significa «buscad conocimiento. . . por la fe”.

Durante mis días de estudiante de secundaria y al principio de mis estudios universitarios, el estudiar ar­duamente parecía ser algo indispensa­ble si es que deseaba comprender la verdad—si en realidad había una ver­dad que comprender. Por consiguien­te, en materia de religión, era un tanto escéptico y consideraba que no llegaría a descubrir la verdad real sino hasta que fuera viejo y canoso y hubiera aprendido y comparado bastante.

Fue a través de la siguiente expe­riencia misional que pude comprender claramente que el descubrimiento de la verdad puede ocurrir en algunos casos antes de llevar a cabo un estudio exten­sivo. Esto no implica que el estudio se convierta en algo irrelevante una vez que se haya entendido la verdad; por el contrario, el estudio adquiere un nuevo énfasis una vez que uno se da cuenta de que la idea sobre la cual se está aprendiendo es verdadera. Este nuevo énfasis se refleja en la admonición del Señor: “Buscad conocimiento. . . por la fe” (D. y C. 88:118).

“Recibid estas cosas”

Una gota de lluvia salpicó de pronto el papel, manchando el nombre de la calle y el número del apartamento. El resto de la anotación escrita rápida­mente en el libro de referencias decía: “Visitar a la señora yugoslava del pri­mer apartamento a la derecha”. Bue­no, pensé, una breve introducción en la puerta bastará, sin necesidad de la explicación del Libro de Mormón. En todo caso, ella probablemente no esta­rá interesada. Hoy ha sido un día frío y triste, como la lluvia que se filtra por mi impermeable.

Debido a la renuencia de mi compa­ñero, me tocó a mí hacer otra vez la introducción. Yo tenía frío y estaba demasiado cansado e impaciente como para ofrecerle ningún aliento. Cuando nos acercábamos a la entrada del edifi­cio del apartamento, me cambié de hombro la mochila, ya que las dos co­pias del Libro de Mormón en alemán, las cuales mi compañero había metido en contra de mi voluntad, me pesaban en la espalda.

Mi propia renuencia a hablar con la gente acerca del Libro de Mormón en nuestras reuniones iniciales y a llevar copias del Libro en alemán se basaba en la idea de que no teníamos una tra­ducción del Libro de Mormón que la mayoría de los trabajadores yugosla­vos que vivían temporalmente en Ale­mania pudiese leer. El idioma de la mayoría de estas personas era el serbo- croata. ¿Cómo podrían ellos por sí mismos obtener un testimonio de algo que no podían entender? ¿Cómo po­drían “recibir estas cosas”, como dice la admonición de Moroni, si aquellas páginas eran para ellos indescifrables? Es verdad que algunos podían leer ale­mán, pero la mayoría no lo dominaba bien.

Aún así, mi compañero y yo subi­mos hasta el apartamento. Cuando nos disponíamos a tocar a la puerta, vimos a una mujer que subía la escalera de cemento desde el sótano, cargando una gran canasta de ropa lavada a mano. Los callos de sus manos ásperas hacían contraste con la blancura de su tez y el cabello negro peinado hacia atrás y atado con un pañuelo de colores.

Me retiré lentamente de la puerta del apartamento y le hablé. Después de decirle que éramos misioneros, le dije sin mucho entusiasmo que podríamos regresar en otra ocasión, considerando que ya era tarde. Sin embargo, ella nos invitó a pasar.

Entramos, y rápidamente le di una versión resumida de la primera charla que habla acerca de José Smith, la Pri­mera Visión y el Libro de Mormón, y terminé con mi testimonio de la veraci­dad de lo que acababa de decir. Luego le pregunté si deseaba saber más, espe­rando por supuesto que dijera que no y nos suplicara que nos fuéramos. Por en vez de ello, nos preguntó si teníamos una copia del Libro de Mormón que pudiera mirar. Rápidamente mi com­pañero sacó de la mochila una de las copias en alemán que me había estado molestando en Respalda durante todo el día. Sonrió irónicamente como di­ciendo: “¡Te lo dije!”

Le entregué el libro y le pregunté si leía alemán, a lo cual respondió que no. Me dispuse a quitarle el libro de la mano, explicándole que desafortuna­damente no teníamos una copia que pudiese leer y entender. Sin embargo, insistió en que le diera la copia, y así lo hice. Sus dedos ásperos hojearon las primeras páginas las cuales contienen las láminas de José Smith, Moroni y las civilizaciones de la antigua Améri­ca. Hizo diversas preguntas acerca de las mismas y acabó suplicándonos que le dejáramos el libro durante algunos días. Luego dijo que tenía una amiga que hablaba alemán y que le gustaría mostrárselo.

Inmediatamente recordé un inciden­te similar en el que el “amigo” resultó ser un líder de una secta local la cual se oponía a nuestra causa. No obstante, finalmente consentí en dejárselo. No acordamos una hora específica para re­gresar; simplemente dije que volvería­mos dentro de algunos días.

Nos retiramos y mi compañero men­cionó que el encuentro había tenido mucho éxito y dijo que se sentía segu­ro de que realmente teníamos una refe­rencia de oro. Escépticamente le res­pondí: “seguro”.

Unos días más tarde le correspondió a mi compañero el turno de planificar las actividades del día. Sugirió que re­gresáramos a ver a la señora yugoslava a quien le habíamos dado la copia del Libro de Mormón. Accedí, pero toda­vía estaba convencido de que no ten­dríamos éxito. Llegamos a su aparta­mento y procedí a preguntarle cuál había sido su experiencia al mostrarle el Libro de Mormón a su amiga. Dijo que ésta había estado ocupada durante esos días, pero que ella misma había examinado el libro y estudiado las lá­minas y hasta había orado acerca de la veracidad del libro como yo le había dicho que Moroni había exhortado a que los lectores lo hicieran. Después dijo que consideraba que el libro era la palabra verdadera de Dios.

Sus palabras me dejaron atónito. Después de haber sido rechazados tan­tas veces tenía dudas en cuanto a su sinceridad. Le pregunté nuevamente acerca de su capacidad para leer ale­mán, y reiteró que no podía leerlo, pe­ro que había meditado acerca de nues­tra charla anterior y había orado. Mi reacción fue de desconfianza: ¡Cómo puede tener un testimonio de un libro que ni siquiera puede leer!

Mientras tanto mi compañero se ha­bía dado cuenta de que ella realmente sabía que el Libro de Mormón era ver­dadero y estaba emocionado por las fu­turas posibilidades. Me instó para que le enseñara más, de manera que co­mencé desde el principio con la charla de José Smith y la Primera Visión si­guiendo un tanto sospechoso de la si­tuación. Terminamos esa reunión y re­gresamos para otras. Después de algunas semanas de instrucción, la hermana fue bautizada y más adelante recibió una copia del Libro de Mor­món que ella misma podía leer y en­tender.

Después de haber afirmado por pri­mera vez que sabía que el Libro de Mormón era verdadero, noté una mar­cada diferencia en su interés y capaci­dad para aprender los principios del evangelio, comparada con otros inves­tigadores que habíamos enseñado an­tes. Casi parecía una niña pequeña, alerta y ansiosa por asimilar todo lo que teníamos que decir. No era como  otros investigadores, que intentaban criticar todo lo que decíamos con el fin de aprobar o desaprobar la veracidad de nuestro mensaje. Su conocimiento del Libro de Mormón y del evangelio au­mentó rápidamente, como ninguna de las demás personas con quienes yo ha­bía trabajado antes. Ella parecía ser exactamente la persona que Moroni te­nía en mente cuando habló de aquellos que reciban “estas cosas” (Moroni 10:4) y tienen una manifestación de la verdad; sin embargo, ella todavía no había leído “estas cosas”. (Moroni 10:3.)

“Buscad conocimiento por Ja fe”

Muchas veces he meditado acerca del significado de esta experiencia. Du­rante mucho tiempo, se me siguió ha­ciendo difícil creer que alguien pudiera llegar al conocimiento de la verdad sin haber hecho una determinada cantidad de estudio. No fue sino hasta hace po­co que pude discernir lo que puede ser el significado de la historia de la con­versión de esa mujer yugoslava.

Es posible conocer la veracidad de una idea, antes de haber aprendido to­dos los detalles acerca de la misma, por medio del poder testificante del Espíritu Santo. A medida que una per­sona busca la verdad, Dios puede dar­le, debido a su fe, el entendimiento de que la idea es verdadera, a pesar de la falta de un conocimiento extenso acer­ca de dicha idea. Una vez que haya recibido un testimonio de la verdad, la persona puede concentrar su estudio en ese testimonio y así “buscar conoci­miento. . . por la fe” (D. y C. 88:118). Alma enseñó: “Y como decía concerniente a la fe: Fe no es tener un conocimiento perfecto de las cosas; de modo que si tenéis fe, tenéis esperanza en cosas que no se ven, y que son verdaderas» (Alma 32:21).

Ciertamente, el conocimiento de que una idea es verdadera no se le brinda a una persona en cada caso an­tes de que haya realizado un estudio, como se puede apreciar en la experien­cia de Oliverio Cowdery cuando trató de traducir el Libro de Mormón. El Señor exhortó a Oliverio diciéndole: “No te quejes, hijo mío, porque es se­gún mi sabiduría el haber obrado con­tigo de esta manera.

“He aquí, no has entendido; has su­puesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme.
“Pero he aquí, te digo que debes es­tudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien.” (D. y C. 9:6-8.)

En cambio la experiencia del profeta José Smith al obtener y preservar las planchas de oro es un buen ejemplo de cuando el entendimiento de la verdad ha ocurrido mucho antes de haber he­cho un estudio extensivo. El Profeta comprendió tan profundamente que las planchas de oro contenían la verdad que fue capaz de combatir populachos, afrontar persecuciones y en general ha­cer grandes sacrificios con el fin de protegerlas. Todo esto ocurrió antes de que tuviera la oportunidad de aprender las doctrinas contenidas en el libro.

¿Por qué existe una aparente dife­rencia entre estas dos experiencias? In­dudablemente, hay ocasiones en que el Señor está ansioso de que nos concen­tremos directamente en aprender a aplicar la verdad en nuestras vidas. Luego, habiendo recibido un testimo­nio de la verdad, evitamos tener que pasar el tiempo tratando de determinar si una idea es verdadera y podemos enfocar directamente nuestra atención al proceso de aprender a aplicar esa verdad en nuestras actividades diarias.

Por tanto, nuestro Padre Celestial nos ayuda en gran manera cuando nos bendice por medio del Espíritu Santo con un testimonio de la verdad. Con un testimonio proveniente de Dios, te­nemos a nuestro alcance “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. (Hebreos 11:1.) Con tal “certeza” y “convicción”, anhelamos tener más luz y conocimiento de nues­tro Padre Celestial, como en el caso de la mujer yugoslava; y nuestro aprendi­zaje se enfoca en la comprensión de Su voluntad para con nosotros así como de Sus pensamientos y Sus caminos, los cuales no son nuestros pensamien­tos ni nuestros caminos.

Por lo tanto, es importante que constantemente nos esforcemos por permanecer en armonía con el Espíri­tu, pues sólo de este modo podremos recibir el testimonio de la verdad de Dios y así ser guiados en nuestra im­portante tarea de aprender. Al estar en armonía con el Espíritu y al recibir de vez en cuando un testimonio de la ver­dad, usamos más eficazmente este tiempo de probación mortal y progre­samos más rápidamente hacia la exal­tación.

El hermano Arlin Neser es el segundo consejero en el quórum de élderes de su barrio en Los Angeles. California.

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