Fortalezcámonos mutuamente

Fortalezcámonos mutuamente

Gordon B. HinckleyPor el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
Liahona, Junio de 1985

¡Cuán maravillosa es esta época en la que vivimos! Se trata de la más increíble de toda la historia del mundo en lo que tiene que ver con los adelan­tos de la tecnología y la ciencia. Ade­más, vivimos en la “dispensación del cumplimiento de los tiempos”, en que todo el poder y la autoridad de dispensaciones anteriores ha sido restaurado a la tierra. Es una época maravillosa para ser miembro de la Iglesia, junto a millones más, todos unidos en una gran fraternidad que se extiende por todo el mundo. Doquiera que uno vaya como fiel Santo de los Últimos Días, inmediatamente gozará de amistades al revelar su afiliación religiosa.

Cuando el emperador de Japón visi­tó los Estados Unidos hace algunos años, tuve la oportunidad de asistir a un almuerzo que se le ofreció en su honor en San Francisco, California.

Me senté en una mesa junto a personas que no eran miembros de la Iglesia quienes habían vivido en Japón, en donde conocieron a miembros de la Iglesia. El tema de la conversación de­rivó hacia la conmoción cultural que experimentan aquellos que tienen que ir a vivir a un país ajeno a aquel en el cual han sido criados. Un caballero de notoria experiencia, quien había vivi­do en el extranjero por varios años, dijo:

“Nunca he conocido a nadie igual a su gente cuando se trata de hacerle a uno sentir cómodo y como si estuviera en su propia casa. Cuando una familia mormona llegaba a Japón, no transcu­rría ni una semana sin que se hicieran de varios amigos. Con otras personas era diferente. La mayoría de ellas se sentían generalmente solas, y se en­frentaban a enormes problemas de adaptación.”

Recordad que no estamos solos en este mundo. Somos parte integral de una gran comunidad de amigos. Miles y miles se esfuerzan por seguir las en­señanzas del Señor. No obstante, sé que hay muchos que se encuentran en­tre la minoría en el lugar donde viven. Afortunadamente, sin embargo, casi sin excepción hay santos de los últi­mos días no muy lejos; personas de nuestro mismo estilo de vida con quie­nes podemos asociarnos y vivir los principios que hemos aprendido a apreciar.

Recuerdo una oportunidad en que entrevistaba a un misionero a quien las circunstancias tenían descorazonado. Experimentaba problemas con el idio­ma que trataba de aprender. Había per­dido el espíritu de la obra y deseaba regresar a su hogar. Era uno de los 180 misioneros que había en esa misión.

Le dije que si decidía marcharse a su hogar, les fallaría a sus 179 compañe­ros. Cada uno de ellos era su amigo; cada uno de ellos oraría por él, ayuna­ría por él y de seguro estaría dispuesto a hacer lo que fuera necesario por él. Trabajarían con él, le enseñarían y ora­rían con él; le ayudarían a aprender el idioma y a lograr el éxito, y todo por­que le amaban.

Me complace informar que final­mente aceptó mi seguridad de que to­dos los demás misioneros eran sus amigos. Y así fue que le extendieron una mano de ayuda, no para que se sintiera avergonzado, sino para forta­lecerle. Aquel terrible sentimiento de soledad que le había agobiado por un tiempo se alejó de él, y llegó a com­prender que formaba parte de un gran equipo. Comenzó a tener éxito, llegó a ser líder y ha actuado como tal desde entonces.

Eso es lo que cada uno de nosotros debe hacer por su prójimo.

Pablo escribió a los romanos: “Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles”.

Y después agregó las siguientes pala­bras significativas: “Y no agradarnos a nosotros mismos”. (Romanos 15:1.)

Existe en el mundo actual la lamen­table tendencia de parte de la gente a rebajar a otras personas. ¿Os habéis dado cuenta de que no se requiere mu­cha inteligencia para hacer declaracio­nes y comentarios que sirvan para herir a otros? Tratad de hacer lo opuesto a eso. Tratad de emitir comentarios po­sitivos.

Durante varios años, mientras estu­ve encargado de la obra de la Iglesia en Asia, entrevisté personalmente a todos los misioneros. Les preguntaba qué virtud veían en su compañero o com­pañera, que quisieran incorporar a su propia vida.

Al formular esa pregunta, casi siem­pre el misionero hacía una pausa al tiempo que dibujaba en su rostro un gesto de asombro. Nunca había pensa­do en el compañero desde ese punto de vista. Había observado sus faltas y de­bilidades, mas nunca había reparado en sus virtudes. Entonces le pedía que lo meditara por un momento, y así las respuestas comenzaban a fluir, res­puestas tales como: “Es muy trabajador”, “Se viste siempre bien”, “Nunca se queja de nada”.

Era realmente interesante. En la ma­yoría de los casos estos jóvenes y se­ñoritas eran ajenos a las virtudes de sus respectivos compañeros o compañe­ras, mas eran plenamente conscien­tes de sus fallas o aspectos negativos en su personalidad o proceder, los cua­les a menudo les hacían sentir abati­dos. Pero cuando comenzaron a cam­biar su actitud, empezaron a tener experiencias maravillosas.

Me consta que todos nosotros nos sentimos descorazonados de vez en cuando, y la mayoría sentimos a veces que hemos fracasado por completo. La Biblia nos dice que hasta el mismo Je­sús sintió angustia. No me cabe duda de que el profeta José Smith experi­mentó sentimientos de abatimiento al cruzar las aguas del río Misisipí mien­tras lo perseguían sus enemigos, para más tarde enterarse de que muchos a quienes él consideraba sus amigos ha­bían comentado que escapaba por mie­do. A tan injustas declaraciones res­pondió: “Si mi vida no tiene ningún valor para mis amigos, entonces tam­poco lo tiene para mí”. Regresó y se dirigió a Carthage, en el estado de Illi­nois, donde no mucho después encon­traría la muerte.

He visto al presidente David O. Mc­Kay con lágrimas en los ojos. También he sido testigo de la angustia del presi­dente Joseph Fielding Smith, del presi­dente Harold B. Lee y del presidente Spencer W. Kimball. Ninguno de no­sotros está libre del descorazonamien­to. Pero cuando pienso en ello, a me­nudo recuerdo un artículo que leí una vez en un periódico, en el cual decía:

“Si uno a veces se siente abatido, repare en el siguiente caso de una per­sona que abandonó la escuela prima­ria. Atendió un comercio rural que al poco tiempo quebró. Le llevó quince años pagar sus deudas. Se casó, más el matrimonio no resultó. Se postuló co­mo candidato a diputado de los Esta­dos Unidos y perdió dos veces. Se pos­tuló para el Senado y también perdió dos veces. Dio un discurso que pasó a la historia. La opinión pública le era indiferente. La prensa lo atacaba todos los días y era despreciado por la mitad del país. Mas por encima de todo esto, imaginaos cuántas personas en todo el mundo se han visto inspiradas por este hombre extraño, de apariencia rústica, y encorvado, quien firmaba su nombre sencillamente, A. Lincoln.” (Wall Street Journal.)

Resulta importante saber, cuando uno se siente descorazonado, que no somos los únicos, y que las circunstan­cias que rodean a todas esas otras per­sonas son generalmente mucho peores que las nuestras. También es impor­tante que sepamos que cuando uno de nosotros se siente agobiado, pasa a ser la obligación de sus amigos el levan­tarle el ánimo. Espero que cada uno de nosotros pueda cultivar sensibilidad hacia los sentimientos de otras perso­nas, y que cuando se requiera que de­mos estímulo, hagamos el esfuerzo por concederlo. Brindad amistad, y de se­guro que también la recibiréis. Demos gracias a Dios por los amigos que nos rodean.

También existe en nuestra sociedad la lamentable tendencia a subestimar­nos. Es posible que veamos a las per­sonas que nos rodean como seguras de sí mismas, pero no hay duda de que la gran mayoría de los seres humanos se ve expuesta a menudo a sentimientos de inferioridad. Lo principal es no lle­gar a convencernos a nosotros mismos de que en verdad somos inferiores. No todos podemos ser espigados, de piel cobriza y bien parecidos. No todos po­demos ser delgados ni tener un rostro hermoso. Lo verdaderamente impor­tante es extraer lo mejor de lo que la naturaleza nos ha concedido.

No perdáis el tiempo sintiendo con­miseración por vosotros mismos, y no os despreciéis. Nunca olvidéis que sois hijos de Dios, y que tenéis derecho a una herencia divina. Todos y cada uno de nosotros ha heredado algo de la na­turaleza de Dios. El salmista cantó:

“Yo dije: Vosotros sois dioses, y todos vosotros hijos del Altísimo”. (Salmos 82:6).

Supongo que David debe de haber estado sentado debajo del firmamento, meditando en cuanto a este gran poten­cial, cuándo escribió:

“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?
“Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y honra.
“Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies.” (Salmos 8:4-6.)

Cada ser humano tiene el potencial de lograr grandes cosas. El Señor de­claró por medio de la revelación: “Sé humilde; y el Señor tu Dios te llevará de la mano y dará respuesta a tus oraciones” (D. y C. 112:10). ¡Cuán maravillosa promesa, y cuánto se apli­ca a nuestro desarrollo personal!

Existe otra característica vinculada con nuestro progreso personal sobre la cual quisiera hacer un comentario. En esta era tan avanzada en la que vivi­mos, uno se ve bastante a menudo ex­puesto a lo que yo llamo arrogancia intelectual. Se trata, en la mayoría de los casos, de algo falso, y por ser tan plausible en apariencia, lleva al cinis­mo y por último al descorazonamiento de una forma u otra.

Un profeta del Libro de Mormón de­claró: “¡Oh ese sutil plan del maligno! ¡Oh las vanidades, y las flaquezas, y las necedades de los hombres! Cuando son instruidos se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben de sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve; y perecerán” (2 Ne. 9:28).

De las páginas de la historia de la Iglesia se extrae un interesante relato. Concierne a un hombre de gran valía que cayó a causa de la arrogancia. Ha­blando de él, el presidente Wilford Woodruff dijo:

“He visto a Oliverio Cowdery cuan­do con su sola presencia parecía hacer que la tierra temblase debajo de sus pies. Nunca escuché a un hombre dar un testimonio más fuerte que a Olive­rio, cuando lo hacía bajo la influencia del Espíritu. Pero cuando dejó el reino de Dios, en ese mismo momento su poder cayó como caen los rayos del cielo, y fue privado de su fortaleza co­mo lo fue Sansón en brazos de Dalila.

Perdió entonces el poder y el testimo­nio que había tenido hasta ese momen­to, y jamás volvió a recuperarlo en su totalidad mientras estuvo en la carne, aun cuando murió siendo miembro de la Iglesia.” (Citado por Stanley R. Gunn en Oliver Cowdery: Second Ei­der and Scribe, Salt Lake City: Book- craft, 1962, pág. 73.)

A medida que transcurre el tiempo, todos nos enfrentamos a crisis inter­nas, generalmente en aquellos aspec­tos de nuestra vida en los que necesita­mos mejorar y purificarnos. Es posible que surjan preguntas en cuanto a la Iglesia, su historia, su doctrina o sus prácticas. Quiero daros mi testimonio en cuanto a esta obra, en la que he tomado parte activa por más de medio siglo. He tenido oportunidad de traba­jar bajo el liderazgo de los profetas desde la época del presidente Heber J. Grant hasta la fecha. Entablé una rela­ción estrecha con él, al igual que con los presidentes George Albert Smith, David O. McKay, Joseph Fielding Smith, Harold B. Lee y Spencer W. Kimball. Conocí a los consejeros de todos estos hombres, y también a los integrantes del Consejo de los Doce durante los años de las administracio­nes de estos presidentes. Todos ellos han sido y son seres humanos. Cada uno de ellos ha estado dotado de carac­terísticas humanas y hasta de algunas debilidades también humanas. Mas por encima de todo ello, ha habido en la vida de cada uno de ellos una pode­rosa manifestación de la inspiración que proviene de Dios. Aquellos que han sido Presidentes han sido profetas en todo lo que el título encierra. He tenido el privilegio de ser testigo del espíritu de revelación al que cada uno de ellos se hizo acreedor. Cada uno de estos hombres llegó a la Presidencia tras muchos años de experiencia como miembro del Consejo de los Doce y en otros llamamientos. El Señor refino y pulió a cada uno de ellos, les permitió que sintieran desánimo y fracaso, per­mitió que padecieran enfermedades y en algunos casos hasta profundo pesar, todo ello como parte de un gran proce­so de purificación; proceso que puso de manifiesto hermosas realizaciones en la vida de estos hombres.

Mis amados amigos en el evangelio, esta es la obra de Dios. Esta es Su Iglesia y la Iglesia de Su Amado Hijo cuyo nombre lleva. Dios jamás permi­tirá que haya un impostor a su cabece­ra. El mismo llamará a sus profetas, y les inspirará y guiará. José Smith fue su gran profeta llamado para dar inicio a esta dispensación del cumplimiento de los tiempos. Con gozo y sinceridad de corazón podemos cantar: “Al gran profeta rindamos honores, fue ordena­do por Cristo Jesús”. (“Loor al profeta”, Himnos de Sión, 190.)

Que Dios nos bendiga a cada uno con fe y con un testimonio de esta gran y sagrada obra. Él nos conceda tam­bién el gozo que se recibe mediante el servicio que prestemos en el cumpli­miento del plan de Dios concerniente a su obra en estos últimos días.

El Señor mismo lo ha dicho: “Las llaves del reino de Dios han sido entre­gadas al hombre en la tierra, y de allí rodará el evangelio hasta los extremos de la misma, como la piedra cortada del monte, no con mano, ha de rodar, hasta que llene toda la tierra”. (D. y C. 65:2.)

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