Unión eterna

Conferencia General Octubre 1974

Unión eterna

Mark E. Petersen

por el élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce


Quisiera expresar en esta oportunidad, el profundo aprecio que siento por la maravillosa dirección que nos brinda al presidente Kimball, sentimiento que, estoy seguro, vosotros compartís conmigo. El me conmueve, y tengo la certeza de que os conmueve también a vosotros. Es un poderoso hombre de Dios, y lo caracteriza una inmensa humildad. Cuenta con la magnífica habilidad de comunicarse claramente con tos demás. Lo amamos profundamente. Además, estoy seguro de hablar en nombre de todos vosotros, al decirle hoy que estamos agradecidos por la dirección que nos brinda y que le apoyamos y sostenemos con todo nuestro corazón y alma.

Tengo un amigo que se llama Kenneth. El tiene una buena esposa y cuatro hijitos; es buen ciudadano y excelente trabajador.

Su familia es muy unida. Hacen muchas cosas juntos, van juntos a diferentes lugares, y juntos se divierten. Algunos se preguntarán con razón, qué más podrían desear. Pero en realidad, a mi amigo Kenneth y su familia les falta algo muy importante: se trata, por cierto, de una deficiencia fundamental; les falta precisamente aquello que puede hacer de su felicidad y unión, algo permanente.

Están tan satisfechos con el presente, que no se han detenido a pensar en la posibilidad de que toda esa felicidad de que disfrutan, pueda llegar a su fin, desvaneciéndose, por lo tanto, todo esto, llegando a convertirse su gozo y unión actuales, sólo en un placentero recuerdo.

Kenneth y su esposa son personas buenas, honestas y rectas. Pero no asisten a la Iglesia y piensan que pueden ser suficientemente buenos sin una religión que los guíe. A los hijos les inculcan la honestidad y la virtud, y se dicen a sí mismos que eso es precisamente todo lo que una religión haría por ellos.

Insisten en que, de todos modos, necesitan los fines de semana para sus actividades de recreo familiar. Los sábados y los domingos son los únicos días que Kenneth está libre de su trabajo, por lo que el ir a la Iglesia sería sólo un estorbo en sus planes para los fines de semana.

Quisiera hablarles ahora a Kenneth y su familia, y a todas las familias que se encuentren en situaciones similares. Entonces, Kenneth, conversemos por un momento.

Sabemos que el amor que sientes por tu familia es muy grande, pero podría ser aún mucho mayor. Tú sabes cuán incierta es la vida y que las buenas cosas de que disfrutas ahora, bien podrían no continuar del mismo modo para siempre.

¿Recuerdas a Ralph Stewart, que trabajaba en el mismo lugar donde tú trabajas? ¿Recuerdas el accidente que tuvo, que lo dejó inválido y que a la postre fue el motivo que le quitó la vida? ¿Qué sucedió con la unión de aquella familia? ¿Dónde está ahora el recreo de fin de semana que ellos solían tener?

Sí, ya sé que no te gusta recordar cosas tristes; sin embargo, tú eres realista y te gusta enfrentarte a la realidad como es. ¿Por qué no miramos entonces a tu familia desde el mismo punto de vista?

Hace poco pasé por una hermosa capilla de otra iglesia, en el frente de la cual había un tablero de anuncios que tenia escrito el tema que el pastor iba a tratar el domingo siguiente, el cual ostentaba a modo de título la siguiente pregunta: «¿Dónde va a pasar usted la eternidad?»

Ese título me hizo recapacitar por un momento y recordé una oportunidad en la que me encontraba en un aeropuerto con el élder Richard L. Evans. Observábamos los apuros en que se encontraba la gente: algunas personas corrían para alcanzar los aviones y otras buscaban taxis o amigos que los llevaran a sus destinos.

El hermano Evans lo miró por un momento, y luego posando su vista en mí, me preguntó: «¿Adónde pensarán que se dirigen?»

Pero al igual que tú, Kenneth, ellos no le daban a ese sujeto la importancia suficiente como para que les hiciera contestar esa pregunta. Ahora, yo te pregunto: ¿Adónde te diriges tú, en realidad? ¿Vas a dedicarte siempre a divertirte? ¿Vas a estar siempre junto a tus familiares tal como lo estás ahora? ¿Has pensado alguna vez en la eternidad?

En la Escuela Dominical solíamos cantar un himno que decía así:

Marchamos, sí, marchamos,
A celestial mansión;
Por salvación obramos,
Es nuestra ambición,

La marcha no paremos,
Al cielo en unión;
Las obras que hacemos,
Nos dan el galardón.
—»Marchemos a la Gloria» Himnos de Sión No. 234

Se trata de una hermosa y antigua canción que nos mantenía la atención en el tema mismo que tú pareces haber llegado a olvidar.

Kenneth, estoy seguro de que tú ya crees que existe una eternidad. Hay un Dios en los cielos, que es nuestro Padre Eterno; tú también crees en eso. Pero ¿qué debemos hacer para asegurarnos un lugar adecuado en esa eternidad?

Creo que debemos aceptar el hecho de que si bien Dios es un Padre sumamente misericordioso, también es un Dios justo. ¿Recuerdas lo que El espera de nosotros?

El tiene la esperanza de que todos nosotros lleguemos a ser como es El, tal como lo mandó el Salvador en su Sermón del Monte. (Mateo 5:48.) Como hijos de Dios, tenemos en nosotros mismos la absoluta capacidad de llegar a ser como El es. ¿No es acaso natural y lógico que los hijos lleguen a ser como los padres? Pero no podremos llegar a ser como El por el simple deseo de serlo, y ni siquiera siendo lo que nosotros pudiéramos calificar de «bueno».

El cuenta con su propio plan para que podamos lograr el progreso necesario, y sólo ese plan nos podrá asegurar los resultados tan deseados. Es una fórmula de éxito tanto para esta vida como para la vida venidera. Si no seguimos ese plan, impedimos irremediablemente nuestro progreso. Es igual en todos los demás aspectos, ¿no es así? ¿Recuerdas cuando estudiabas química en tus años escolares? ¿Qué sucedía si no seguías al pie de la letra la fórmula en los experimentos de laboratorio? ¿Recuerdas que en los estudios también tenías que seguir un programa determinado, sin el cual no podías graduarte? Lo mismo sucede con la eternidad. Debemos seguir la fórmula del Señor, que es el evangelio.

Si lo hacemos, entonces podremos conservar siempre esta unión, como la que tú disfrutas ahora con tu familia, y ni la muerte ni la resurrección impedirán que permanezcáis siempre juntos. ¿Acaso no te gustaría eso?

Pero el Señor sabe que la perfección no puede lograrse por métodos imperfectos; por lo tanto, El nos brinda su fórmula perfecta, con la advertencia —tal como nos la dan en los centros de estudios escolásticos— de que si no seguimos la fórmula, si no aceptamos completamente su plan, no estaremos en condiciones de recibir las bendiciones.

Destaquemos sólo unas pocas cosas que dijo, teniendo en cuenta el hecho de que El no puede violar sus propios preceptos. La obediencia es parte de la grandeza. Es sólo lógico y de sentido común el obedecer la ley divina.

Leamos algunas de las cosas que el Señor nos ha dicho con respecto a la obediencia. A los nefitas les dijo:

«Por tanto, venid a mí y sed salvos; porque en verdad os digo que si no guardáis mis mandamientos que ahora os he dado, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos» (3 Nefi 12:20).

Detente y piensa en lo que esas palabras pueden significar para ti y tu familia. Estúdialas, medita sobre ellas. Son extremadamente importantes: «…porque en verdad os digo que si no guardáis mis mandamientos que ahora os he dado, de ningún modo entraréis en el reino de los cielos.»

Durante los primeros tiempos de nuestra Iglesia, el Salvador dio una revelación en la cual dijo esencialmente lo mismo: «Guarda mis mandamientos continuamente. . . Y si no haces esto, no podrás venir donde yo estoy» (D. y C. 25:15).

Kenneth, tú has recibido el sacerdocio. A aquellos que han sido bendecidos de esta manera, el Señor les da grandes promesas para el futuro, pero establece asimismo una importante condición en las siguientes palabras: «Porque viviréis con cada palabra que sale de la boca de Dios» (D. y C. 84:44).

¿Acaso no puedes comprender que si vamos a vivir por la eternidad en el lugar donde se encuentra Dios, tenemos que ganarnos ese derecho cumpliendo con los requisitos y las leyes establecidos para que eso sea posible? Si vamos a vivir eternamente junto al Señor, debemos transformarnos y llegar a ser como El es, y del mismo modo deben cambiar nuestras esposas e hijos. Pero del único modo que podremos lograr esa transformación para ser como El, será viviendo de acuerdo con sus mandamientos y leyes, trabajando en su Iglesia y desarrollándonos mediante el programa en ella establecido. ¿No puedes comprender que el programa de la Iglesia es en realidad el plan de salvación, el medio por el cual podemos desarrollar esos atributos que pueden hacer que lleguemos a ser como El es?

Si no fuéramos como El y si aún así fuera posible estar en su presencia, nos sentiríamos fuera de lugar, ¿no es así? Pero, claro está, que allegarnos a él en esas condiciones sería absolutamente imposible.

El desarrollar rasgos de carácter o una personalidad similares a las de Jesucristo, no es algo que pueda lograrse sin un verdadero esfuerzo. Debemos comprender que se trata de un proceso de desarrollo que se logra solamente haciendo de su evangelio un modo de vida.

Tampoco podemos ser tibios al respecto. Debemos estar dispuestos a servirle con todo nuestro corazón, alma, mente y fuerza. También debemos recordar que el ser activos en su Iglesia es parte del evangelio. El Señor lo dijo con énfasis: «Toda persona que pertenezca a esta Iglesia de Cristo procurará guardar todos los mandamientos v convenios de la Iglesia» (D. y C. 42:78).

Se nos dice que cosecharemos lo que sembremos. Esa es la ley de la siembra. Si en nuestras granjas sembramos trigo, trigo es lo que cosecharemos. Si en el desarrollo de nuestro carácter sembramos semillas de rectitud y justicia, esa misma cosecha es lo que vamos a tener como recompensa. Del modo que el Señor mismo lo dijo: «. . .Porque lo que sembréis eso mismo cosecharéis. Por lo tanto, si sembráis lo bueno, así también cosecharéis lo bueno como vuestro galardón» (D. y C. 6:33).

Esto se efectúa, a modo de ejemplo, de la siguiente forma: el Señor dijo: «Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre Celestial» (Mateo 6:141. Y agregó: «Porque con el juicio que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir» (Mateo 7:2).

Dicho de otra forma, si planeamos aquí y ahora la unión de nuestra familia por la eternidad, podremos estar en condiciones de conseguirla una vez llegado el momento. Pero sí por lo contrario, no hacemos ningún esfuerzo al respecto, perderemos la bendición que podríamos haber ganado.

Permíteme preguntarte, Kenneth: ¿Dónde querrías que pasara tu esposa la eternidad? ¿Dónde querrías que estuvieran tus hijos durante ese tiempo? ¿Desearías que todos ellos estuviesen contigo? ¿O estás planeando la separación definitiva de ellos?

¿Quieres que tu esposa se vea privada de su marido por toda la eternidad, así como, de sus hijos, porque tú no hiciste lo que te correspondía en esta vida?

¿No comprendes acaso que todo lo que tú hagas afecta la vida eterna tanto de tu esposa como la de tus hijos? Tú sabes que por lo general los hijos siguen el ejemplo de los padres. El ejemplo que tú les des ahora, determinará si van a creer en Dios y si le servirán, y si van a vivir vidas limpias o de malos hábitos. Ellos, a su vez, tendrán el mismo poder de influir sobre sus propios hijos. . . los cuales serán tus nietos. Ya ves que lo que tú hagas ahora, podrá ejercer gran influencia sobre tus generaciones futuras.

¿Qué deseas para ellos? ¿Lo mejor, o algo inferior?

¿No crees que el día de hoy es el tiempo apropiado para consolidar tus relaciones con Dios, por tu propio bien, por el bien de tu esposa y por el bien de tus hijos así como de tus nietos?

Todos deseamos la felicidad familiar, pero la felicidad no puede existir en la desobediencia, ni ignorando a Dios. ¿Por qué habremos de seguir los caminos del mundo? Estos nunca nos traen la satisfacción del alma. Además de ser también costosos.

Para lograr la unión eterna de la que hablamos, se requiere el casamiento en el templo. Asusta pensar en la alternativa, pues el Señor nos dice que si lo rechazamos, no podremos progresar en el mundo venidero, sino que por el contrario, permaneceremos solos y solteros sin unión, por toda la eternidad.

El presidente Spencer W. Kimball se refirió a este asunto en cierta oportunidad; entre otras cosas dijo:

«¿Estáis dispuestos a sacrificar vuestras eternidades, vuestra grande y continua felicidad, vuestro privilegio de ver a Dios y de morar en su presencia por la falta de investigación, estudio y meditación o como consecuencia del prejuicio, el mal entendimiento o la falta de conocimiento? ¿Estáis dispuestos a renunciar a estas grandes bendiciones y privilegios?

¿Estáis dispuestos a hacer de vosotros viudos eternos, solteros perpetuos, individuos separados que tengan que vivir solos y se vean forzados a servir a otros? ¿Estáis dispuestos a renunciar a vuestros hijos cuando ellos mueran o cuando vosotros salgáis de esta vida y convertirlos en huérfanos? ¿Estáis dispuestos a ir solos por la eternidad, cuando el gozo y la felicidad más grandes que habéis experimentado en esta vida, podrían verse aumentados, acentuados, multiplicados y eternizados? ¿Estáis dispuestos … a ignorar y rechazar estas verdades?»

Además, nuestro gran presidente dijo «Amigos nuestros, os rogamos que no ignoréis este llamamiento. Os suplico que abráis los ojos y veáis, que descubráis vuestros oídos y escuchéis». (Liahona, enero de 1975, pág. 5).

Por lo tanto, Kenneth, quisiera preguntarte otra cosa; ¿Tiene para ti algún significado la parábola de las Diez Vírgenes? La mitad de ellas eran sabias y la otra mitad eran fatuas; las sabias se prepararon para el futuro; las fatuas no lo hicieron así y quedaron fuera de la presencia del Señor, mientras que las que se había preparado fueron recibidas por El.

Junto con el presidente Kimball os suplicamos, a ti y a todos los «Kenneths» que pueda haber diseminados por todos lados, así como a vuestras familias, que aceptéis el mandato del Señor de servirle y de ganaros vuestro lugar junto a El en la eternidad.

Grande es la promesa del Señor si lo hacemos, porque El dijo:

«Y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre;
«Y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado» (D. y C. 84:37-38).

Que éste pueda llegar a ser nuestro feliz privilegio, ruego encarecidamente en el sagrado nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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1 Response to Unión eterna

  1. Avatar de Engels Engels dice:

    Este mensaje lo encontré escuchando un discurso de la Conferencia General de Octubre del año 2021 por el presidente Dallin H. Oaks Primer Consejero de la Primera Presidencia. Es maravilloso saber que su mensaje ha sido tan impactante para mí que me ha motivado a actuar y a no tan sólo a escuchar pasivamente. Su mensaje me ha remontado al año 1974 con este mensaje, fecha en la que aún no había nacido. Gracias por tomarse el tiempo de publicar discursos de la Conferencia General como este porque en la aplicación de la Biblioteca del Evangelio sólo se hallan las conferencias desde el año 1990 hacia adelante. Saludos cordiales.

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