Fuerza para perseverar

Octubre 2016
Fuerza para perseverar
Por Jessica Turner, según se lo contó a Lynne Crandall
La autora vive en Utah, EE. UU.

Con una pierna y un corazón rotos, necesitaba sanar. La esperanza me ayudó.

crashed car

Como un mes antes de cumplir los dieciséis años, mi familia realizó un viaje para recorrer algunos sitios históricos de la Iglesia en los Estados Unidos. No me importaba tener que pasar mucho tiempo en el auto, ya que siempre nos divertíamos con mi familia. Recuerdo haberme subido al auto el día después de visitar Winter Quarters, Nebraska. Llovía muchísimo. Me senté en el asiento de atrás, tomé una manta, me acurruqué para escuchar la lluvia y me dormí.

La próxima cosa que recuerdo fue sentir como si estuviera dando vueltas sin control. Más tarde me enteré de que nuestro auto había hidroplaneado y chocado contra una barricada de cemento debajo de un puente. Recuerdo vagamente que alguien me decía que me estaban llevando a cirugía porque tenía la pierna fracturada.

Después de la operación, mientras me recuperaba en el hospital, mi papá entró a mi cuarto; se sentó a mi lado en la cama y me tomó de la mano. De alguna manera sentí que ya sabía lo que me iba a decir.

“Cariño”, dijo él, “¿sabes dónde estás?”.

“En el hospital”, le respondí.

“¿Sabes lo que pasó?”.

“Tuvimos un accidente de auto”.

“¿Alguien te informó sobre el resto de la familia?”.

Hice una pausa y luego le respondí que no.

Él dijo que todos iban a estar bien, salvo mi mamá; ella no había sobrevivido.

Pensé que en ese instante iba a sentir una tristeza abrumadora, pero no fue así. Después de la conmoción inicial, de alguna manera, por alguna razón, sentí paz, un dulce sentimiento de que podía confiar en Dios y que las cosas estarían bien.

Allí en la cama del hospital, recordé un sitio histórico de la Iglesia en particular que habíamos visitado dos días antes del accidente: Martin’s Cove, en Wyoming. Muchos pioneros murieron allí debido al hambre y por estar expuestos a la nieve y al frío. Recordé haber visto rocas apiladas sobre las tumbas y pensar en cuánta fe necesitaron los demás pioneros para tomar sus carros de mano y seguir adelante. Esa historia me impresionó. Al pensar en esa experiencia, supe que los pioneros perseveraron y que yo debía hacer lo mismo, incluso ser fuerte para mis hermanos menores.

Mi sentimiento inicial de paz permaneció conmigo por una semana y media. Estaba sentada en la silla de ruedas mirando los fuegos artificiales del 4 de julio a través de la ventana del hospital cuando reaccioné: mi mamá ya no estaba. No estaría en mi graduación de la escuela secundaria; no estaría cuando tomara mis investiduras en el templo; no estaría en mi boda; se había ido.

Entonces fue cuando las cosas comenzaron a ponerse difíciles. La pierna me dolía terriblemente y no tenía apetito; miraba televisión sin verla, y mayormente todo lo que hacía era dormir. Mi familia se preocupaba por mí porque no lloraba mucho.

Derramé muchas más lágrimas cuando finalmente regresamos a nuestro hogar en Oregón, a una casa vacía. De repente, tuve que hacerme cargo de algunas de las responsabilidades de mi mamá, y mis hermanos a menudo buscaban consuelo en mí. Trataba de ser fuerte por ellos, pero no era fácil.

Regresar a la escuela fue difícil. Todos sabían del accidente, y si no lo sabían, se enteraban cuando mis profesores me presentaban como la joven que había tenido un accidente. Me sentía sola.

Fue particularmente difícil cuando mi papá se volvió a casar nueve meses después de que había fallecido mi mamá. Sabía que mi madrastra sería algo bueno para nuestra familia y que la necesitábamos, pero fue muy difícil la adaptación.

Sin embargo, no todo fue sombrío durante ese tiempo. Sentí mucho amor de parte de mi Padre Celestial, de mi familia y de los líderes de la Iglesia. Lo que me ayudó a sanar y a seguir adelante después del accidente fue hacer cosas simples que fortalecieran mi fe. Cada día, antes de acostarme, dedicaba una hora a leer las Escrituras, orar y escribir en mi diario personal dentro de mi clóset (armario). En la privacidad de mi clóset, no tenía que ser fuerte para mis hermanos; podía llorar todo lo que quería y derramar mi corazón a Dios; le decía exactamente cómo me sentía y cuánto extrañaba a mi mamá. Sé que Él me escuchaba debido a las muchas tiernas misericordias que recibí. Ese espacio de mi clóset se volvió sagrado para mí.

Hacer esas cosas pequeñas me ayudó a estar cerca de Dios en vez de alejarlo y volverme resentida. No veía el accidente como una forma en que Dios lastimó a mi familia; sentía más fuerza para ser paciente, someterme a Su voluntad y seguir adelante en los días difíciles; y hubo algunos días que fueron realmente difíciles.

Después de que mi papá se volvió a casar, yo quería ser un buen ejemplo para mis hermanos, y definitivamente no quería tener malos sentimientos hacia mi madrastra; así que, continué confiando en Dios. Una actividad del libro El Progreso Personal se enfocaba en fortalecer mi relación con un integrante de la familia por dos semanas a fin de hacer que la vida en mi hogar fuera mejor. Básicamente, la meta era tratar de ser como Cristo y mostrar amor por medio de las acciones. Decidí intentarlo y servir a mi madrastra.

helping with the dishes
Con dos familias combinadas, había mucha vajilla para lavar, así que comencé allí. Al prestar servicio a mi madrastra las próximas dos semanas, me sentí capaz de amarla y ser paciente con ella aunque no me sintiera feliz con la situación. Concentrarme en prestarle servicio me ayudó a superar los momentos difíciles, porque sentía el Espíritu conmigo.

Todavía no comprendo todo acerca de por qué mi familia tuvo ese accidente, y todavía tengo días difíciles; pero al igual que los pioneros, he puesto mi confianza en Dios y se me ha dado la fuerza para perseverar.

Eleva tu corazón

Dieter F. Uchtdorf
“Es posible que sientan que su vida está en ruinas… es posible que tengan temor, estén enojados, apenados o que las dudas los torturen; pero así como el Buen Pastor encuentra a Su oveja perdida, si solo elevan su corazón al Salvador del mundo, Él los encontrará.

“Él los rescatará.

“Él los levantará y colocará en Sus hombros.

“Él los llevará a casa”.

Presidente Dieter F. Uchtdorf, Segundo Consejero de la Primera Presidencia, “Él los colocará en Sus hombros y los llevará a casa”, Liahona, mayo de 2016, pág. 104.

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