La búsqueda constante de la verdad

La búsqueda constante de la verdad

Gordon B. Hinckley

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Segundo Consejero en la Primera Presidencia

(Este artículo es una versión revisada del discurso que el presidente Hinckley pronunció en la ceremonia de graduación de la Universidad Brigham Young-Hawaii en junio de 1983.)

Como miembros de La Iglesia de Jesu­cristo de los Santos de los Últimos Días, tenemos la responsabilidad de observar el mandamiento de estudiar y aprender. El Señor dijo: “Buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe” (D. y C. 88:118).

Además, dijo claramente que no debe­mos poner límite a nuestra búsqueda de la verdad, que hemos de aprender “de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y deba­jo de la tierra; cosas que han sido, que son y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; Las guerras y perplejidades de las naciones, y los juicios que se ciernen sobre el país; y también el conocimiento de los países y reinos” (D. y C. 88:79).

El Señor nos ha mandado perfeccionar­nos y avanzar constantemente hacia la eternidad. Nadie puede suponer que ha aprendido lo suficiente, ya que, al cerrar­se la puerta de una etapa de la vida, se abre la de otra en la cual tenemos que seguir adquiriendo más conocimiento.

Nuestra búsqueda de la verdad debe ser incesante: una búsqueda que abarque la verdad espiritual y religiosa, así como el conocimiento del mundo. Y al crecer y progresar, busquemos lo bueno, lo bello, lo positivo.

Personalmente, procuro leer dos o tres periódicos al día. A veces leo los editoria­les de comentaristas y de vez en cuando, escucho a comentaristas de la radio y de la televisión, los cuales son brillantes, emplean el lenguaje con eficacia y domi­nan el arte de escribir bien. Pero la mayo­ría de las veces, observo que no importa de quién escriban, sacan a relucir defectos y debilidades, criticando constantemente y elogiando muy rara vez.

Y ese espíritu no se limita a los comen­taristas de los periódicos, de la radio y de la televisión, ya que algunas de las cartas que se envían a los periódicos están satu­radas de hostilidad, habiendo sido escritas por personas que evidentemente no hallan nada bueno en el mundo ni en los demás. La reprobación, el señalar defectos ajenos y la maledicencia, son las emociones que prevalecen en la actualidad. Se nos dice que no se encuentra en ninguna parte hombre íntegro alguno que ocupe un car­go político. Muchos opinan que los hom­bres de negocios no son más que estafa­dores. Se afirma que las empresas públicas se dedican a robarnos por medio de un cobro excesivo. Por todas partes se oye La observación ofensiva, el comenta­rio sarcástico, el ataque verbal contra la reputación de otras personas. Lamentablemente, éstos constituyen muchas veces la base de nuestra conversación. En nuestros hogares, las esposas lloran y los hijos estallan emocionalmente por los repro­ches de los que son maridos y padres. La crítica es la semilla del divorcio y engen­dra la rebelión en los jóvenes. A veces, conduce aun a la destrucción de la autoestimación de las personas. En la Iglesia, siembra la semilla de la inactividad y, por último, termina en la apostasía.

Pido que dejemos de andar en busca de las tempestades y de los problemas de la vida y que disfrutemos más de la luz del sol. Sugiero que, al avanzar por la vida, nos concentremos en lo positivo. Pido que busquemos un tanto más profunda­mente lo bueno, que pongamos fin a las palabras insultantes y al sarcasmo, que felicitemos más generosamente la virtud y el esfuerzo. No estoy pidiendo que calle­mos toda clase de crítica, ya que cuando se corrige, se progresa, a la vez que del arrepentimiento se saca fortaleza. Sabio y entendido es aquel que puede reconocer los errores que otras personas le hacen notar y que en seguida cambia su modo de proceder.

Lo que propongo es que todos abando­nemos las actitudes negativas que se han propagado en el medio social de nuestro tiempo y que busquemos lo notablemente bueno entre las personas con las cuales nos relacionamos, que hablemos de nues­tras mutuas virtudes más que de nuestros defectos, que el optimismo substituya al pesimismo, que nuestra fe exceda a nues­tros temores. Cuando yo era joven y me volvía propenso a censurar a personas o sucesos, mi padre me decía: “Los pesi­mistas no aportan nada, los incrédulos no crean nada y los que dudan no logran na­da”.

El mirar el lado tenebroso de las cosas atrae un espíritu de pesimismo, el cual muchas veces conduce a la derrota. Si ha habido un hombre que ha infundido alien­to a una nación en sus momentos de más honda aflicción, ése fue el primer minis­tro británico Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial. Caían las bom­bas sobre Londres, Inglaterra, y las tropas nazis habían conquistado Austria, Che­coslovaquia, Francia, Bélgica, Holanda, Noruega y avanzaban hacia Rusia. La mayor parte de Europa se encontraba bajo el dominio de la tiranía e Inglaterra era la próxima víctima. En aquellos peligrosos momentos en que desfallecía el corazón de muchos, habló Churchill y dijo:

“No hablemos de días más tenebrosos; hablemos más bien de días más rigurosos. Estos no son días lóbregos; son días ex­traordinarios: los más monumentales que nuestro país haya vivido jamás; y todos debemos dar gracias a Dios de que se nos haya permitido —a cada cual conforme a su posición en la vida— desempeñar una parte en hacer estos días memorables en la historia de nuestra raza.” (Discurso pronunciado en Harrow School, Inglate­rra, el 29 de octubre de 1941.)

Un año antes, tras el espantoso desastre militar en la violenta batalla de Dunker­que, Francia, cuando Gran Bretaña inten­taba invadir Europa y hacer retroceder al enemigo, muchos vaticinadores de la fa­talidad pronosticaron el fin de Gran Bre­taña. Pero en aquellos tenebrosos y so­lemnes momentos, ese hombre notable, Churchill, dijo:

“No decaeremos ni desfalleceremos. . . lucharemos en Francia, pelearemos en los mares y en los océanos, combatire­mos con creciente confianza y fortaleza en el aire, defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el costo, pelearemos en las costas, combatiremos en los terre­nos de desembarco, batallaremos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; no nos rendiremos nunca.” (Dis­curso pronunciado en el parlamento britá­nico, Londres, Inglaterra, el 4 de junio de 1940.)

Fueron esas palabras de un hombre que vio la victoria allá lejos, en la distancia, a través de las negras nubes de la guerra, y no la crítica mordaz de los pesimistas, lo que resguardó al pueblo de Gran Bretaña y salvó a esa nación de la catástrofe.

No dudo de que a muchos nos inquie­tan temores con respecto a nosotros mis­mos. Atravesamos por un período de ten­sión que aflige a todo el mundo y, de vez en cuando, todos tenemos días difíciles. No desesperéis. No os deis por vencidos. Buscad la luz del sol por entre las nubes. Las oportunidades de salir adelante os sal­drán al paso tarde o temprano. No permi­táis que los vaticinadores de la fatalidad pongan en peligro vuestras posibilidades de salir adelante victoriosos.

Ese consejo también se aplica a noso­tros como miembros de la Iglesia del Se­ñor. Hay un sinnúmero de personas que nos critican, algunas de las cuales están al parecer empeñadas en destruimos; se bur­lan de lo que es sagrado; desprestigian lo que llamamos divino. Algunos han dicho que nos han pillado en errores en nuestra historia; otros se han dedicado denodada­mente a buscar fallas en nuestros prime­ros líderes de la Iglesia. Se nos acusa de oponemos a la razón y al pensamiento racional.

Esas son acusaciones graves contra una iglesia que enseña que “la gloria de Dios es la inteligencia, o en otras palabras, luz y verdad” (D. y C. 93:36). Son acusacio­nes serias contra una Iglesia que cada año invierte grandes sumas de sus propios fondos en la educación de su juventud. Las personas que nos critican no advier­ten siquiera la gloria y el prodigio de esta obra; se han engolfado en tal forma en la tarea de buscamos defectos que no ven la grandeza de la obra del Señor; han perdi­do de vista la chispa espiritual que se en­cendió en Palmyra, Nueva York, la mis­ma que ahora hace arder el fuego de la fe a lo largo y a lo ancho de la tierra en muchos países y en muchas lenguas. Al seguir la filosofía de los humanistas, que no reconocen la necesidad de la interven­ción divina, no se dan cuenta de que la influencia del Espíritu Santo tuvo tanto que ver con los hechos de nuestros ante­cesores como lo tuvieron los procesos mentales. No llegan a percibir que la reli­gión atañe tanto al corazón como al inte­lecto.

Jorge Santayana* dijo en una oportuni­dad:

¡Oh, mundo, que no escoges la mejor parte!
No es sabiduría ser solamente entendido Y cerrar los ojos a la visión interior,
Sino que sabiduría es creer al corazón.

De una enorme cantidad de informa­ción, nuestros vituperadores seleccionan y escriben acerca de aquellas cosas que degradan y denigran a ciertos hombres y mujeres del pasado que trabajaron con tanto ahínco para establecer la base de esta obra admirable. Y hay quienes se de­leitan en leer esos nefastos artículos; al hacerlo, no hacen más que probar peque­ñísimos bocados en lugar de participar de un espléndido y satisfactorio banquete de muchos platos.

Mi mego y petición es que sigamos adelante en nuestra búsqueda de la ver­dad, particularmente los miembros de la Iglesia, que reparemos en los puntos fuer­tes y en la virtud y la bondad más bien que en los puntos débiles y en los defectos de aquellos que llevaron a cabo una obra tan grandiosa en su época.

Admitimos que nuestros antecesores eran humanos y que indudablemente co­metieron errores. Algunos de ellos reco­nocieron haber cometido errores; sin em­bargo, esos errores son de menor importancia al comparárseles con la obra maravillosa que realizaron. Destacar los defectos y ocultar los rasgos buenos es dibujar una caricatura. Si bien las carica­turas son divertidas, muchas veces son grotescas y no hacen honor a la verdad. Una persona puede tener una verruga en la mejilla y aun así tener un rostro bello y enérgico; pero si la verruga se acentúa exageradamente en comparación con las demás facciones, al retrato le faltará inte­gridad.

Ha habido sólo un hombre perfecto en la tierra, nuestro planeta. El Señor se ha valido de personas imperfectas para llevar a cabo la obra de edificar Su sociedad perfecta. Si alguno de ellos hizo algún desatino alguna vez o si tuvieron un leve defecto en sus rasgos de carácter, sor­prende aún más que hayan logrado tanto.

He mencionado todo eso porque confío en que adoptaremos la actitud de buscar los elementos positivos que conducen al entusiasmo y al progreso. No se nos ha atrapado por nuestra historia, esa historia que contiene los cimientos de esta obra y que expone con detalles las circunstancias y los acontecimientos relacionados con la restauración del evangelio de Jesucristo. Si el cuadro no está siempre completo o si hay varias versiones que difieren entre sí en cierto modo, la integridad intelectual hará notar que en ello no hay nada nuevo. Por ejemplo, el Nuevo Testamento con­tiene cuatro evangelios; la índole de cada uno de ellos es la misma, pero los diversos evangelistas escogieron los puntos que individualmente deseaban destacar y sólo al leerse todos y ponerse en armonía unos con otros se consigue el cuadro más completo posible del Hijo de Dios que recorrió los caminos de Palestina.

Yo no tengo temor a la verdad, por el contrario, la acojo con una bienvenida; pero deseo que todos los hechos estén dentro de su debido contexto, que se re­calquen los elementos que esclarecen y explican el gran crecimiento y el poder de esta organización. He sentido la necesi­dad de hablar de esos asuntos por motivo de que en la actualidad hay quienes desta­can lo negativo y que, por esa misma ra­zón, pasan enteramente por alto la magna inspiración de esta obra.

Todo eso me lleva a decir unas palabras sobre el intelectualismo. Un erudito ex­presó una vez la opinión de que la Iglesia es enemiga del intelectualismo. Si al ha­blar del intelectualismo su intención fue referirse a esa rama de la filosofía que enseña “la doctrina de que el conocimien­to se deriva total o principalmente de la razón pura” y “que la razón es el principio determinante de la realidad”, entonces, sí, nos oponemos a tan estrecha interpre­tación en lo que respecta a religión. (Citas del Random House Dictionary of the English Language, pág. 738.) Esa interpre­tación excluye el poder del Espíritu Santo en lo que toca a hablar al hombre y por medio del hombre.

Naturalmente, creemos en el desarrollo de la mente, pero el intelecto no es la única fuente de conocimiento. Existe una promesa que se ha recibido por la inspira­ción del Todopoderoso, la cual se expone en las bellas palabras: “Dios os dará cono­cimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo” (D. y C. 121:26).

Los humanistas que critican la obra del Señor, los llamados intelectualistas que difaman, hablan sólo por su ignorancia de las manifestaciones espirituales; no han oído la voz del Espíritu y no la han oído porque no la han buscado ni se han prepa­rado para ser dignos de ella. Luego, al suponer que el conocimiento se obtiene sólo por el razonamiento y las funciones de la mente, niegan el conocimiento que se recibe por medio del poder del Espíritu Santo.

Las cosas de Dios se comprenden por el Espíritu de Dios. Ese Espíritu es real. Para los que han experimentado las mani­festaciones de éste, el conocimiento que han obtenido por este medio es tan real como el que se adquiere por medio de los cinco sentidos. Doy testimonio de ello y confío en que la mayoría de los miembros de la Iglesia puedan testificar de la misma manera. Exhorto a todos a que sigamos esforzándonos para poner nuestro corazón en armonía con el Espíritu. Si así lo hace­mos, nuestras vidas se embellecerán y perfeccionarán; sentiremos un vínculo que nos une con Dios, nuestro Eterno Pa­dre; probaremos la dulzura de un regocijo que no se puede sentir de ninguna otra manera.

No nos dejemos seducir por los razona­mientos engañosos del mundo, los cuales son en su mayor parte negativos y dan, las más de las veces, frutos agrios. Camine­mos con fe en lo futuro, hablando con optimismo y adoptando una actitud de confianza. Al hacerlo, nuestra fortaleza servirá para fortalecer a las demás perso­nas.

En una ocasión en que el Salvador ca­minaba entre una multitud, una mujer que estaba enferma desde hacía largo tiempo tocó su manto. El percibió que había sali­do poder de Él. La fortaleza que el Señor poseía había fortalecido a aquella mujer, y así puede suceder con cada uno de noso­tros.

Dijo el Señor a Pedro:

“Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo;
“pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto [convertido], confirma a tus hermanos.” (Lucas 22:31-32.)

No participemos del espíritu negativo que tanto predomina en nuestros tiempos. Hay tanto de lo grato, de lo decoroso y de lo bello sobre lo cual podemos basamos.

Somos partícipes del Evangelio de Jesu­cristo. El evangelio significa “¡buenas nuevas!” ¡El mensaje del Señor es de es­peranza y salvación! ¡La voz del Señor es de buenas nuevas! ¡La obra del Señor es una obra de realizaciones gloriosas!

En momentos sombríos y angustiosos, el Señor dijo a los que amaba: “No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Esas poderosas palabras que infunden esperanza y seguridad son un faro de luz que nos guía a cada uno. Verdaderamen­te, podemos tener confianza en Él, por­que Él y sus promesas no fallarán ja­más. ■

*Jorge Ruiz de Santayana, filósofo español, nació en Madrid (1863-1952), vivió y enseñó en Estados Unidos y escribió en lengua inglesa.

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