Lo que espero enseñéis a vuestros hijos acerca del templo

Liahona Abril – Mayo 1986
Lo que espero enseñéis a vuestros hijos acerca del templo
Por el presidente Ezra Taft Benson

Ezra Taft Benson

Tomado de un discurso pronunciado en el centenario del  Templo de Logan (Utah) en mayo de 1984

La última vez que vi al presidente Heber J. Grant fue en el edificio de las Oficinas Generales de la Iglesia cuando él era ya muy anciano. Le habían llevado hasta allí en un vehículo, donde el conductor de éste le pidió a otro her­mano que le ayudara a llevar al Presiden­te hasta su despacho, uno de cada brazo.

Yo iba entrando en el edificio en el momento en que el presidente Grant avanzaba hacia la puerta. El Presidente dijo entonces a los hermanos que le ayu­daban a caminar:

— ¿No es ése el hermano Benson?

—Sí, Presidente —afirmaron ellos. Entonces, dirigiéndose a mí, me dijo: —Venga, acérquese, hermano Ben­son.

Cuando llegué a su lado, me dijo:

— ¿Le he contado alguna vez de la ju­garreta que el presidente Brigham Young le hizo a su bisabuelo?

Le contesté:

—No, Presidente. No sé nada de que Brigham Young le hubiera jugado una jugarreta a nadie.

Añadió:

—Pues sí, sí que lo hizo. Se lo contaré.

Como me di cuenta de que aquellos dos hermanos sostenían prácticamente todo el peso del presidente Grant, le dije:

—Pasaré por aquí a conversar con us­ted en cuanto pueda. Me gustaría saber de esa anécdota.

Más él replicó:

—No, no, se la contaré aquí mismo. Estos hermanos me sostendrán mientras se lo cuento todo.

Continuó:

—Usted sabe dónde se encuentra el Zion’s Bank, ¿no es así? En la esquina de las calles Main y South Temple [en el centro de Salt Lake City].

—Sí, Presidente—asentí.

—Verá usted—prosiguió—, su bisa­buelo edificó en esa esquina la casa más bella de Salt Lake City con excepción de la de Brigham Young (la cual era, como se sabe, la del Lion House que todavía permanece en pie). La terminó entera­mente; era una casa hermosa: de dos pi­sos y con portal en ambos niveles y a ambos costados. La rodeaba una cerca blanca de madera, tenía árboles frutales y de adorno y un arroyito atravesaba el jar­dín. Estaba a punto de mudarse a ella con su familia de las cabañas de troncos que hasta entonces habían habitado cuando el presidente Young le llamó a su despacho. Allí, le dijo: “Hermano Benson, desea­mos que vaya usted a colonizar el Valle Cache [pronuncíese Cash] en el norte de Utah y que presida allí a los miembros de la Iglesia. Le sugerimos que venda su casa al hermano Daniel H. Wells”.

—Y bien —agregó el presidente Grant—, el hermano Daniel H. Wells era consejero de Brigham Young. ¿No le pa­rece eso una jugarreta? —y dicho eso, dijo a quienes le sostenían— Vamos, hermanos, sigamos adelante.

Dado que en todos los años en que había asistido a las reuniones de la fami­lia Benson no había oído nunca esa histo­ria, pedí al Departamento Histórico que la verificara y allí me confirmaron lo que el presidente Grant me contó; me dijeron aun que tenían una vieja fotografía del caserón.

Desde entonces, me he sentido profundamente agradecido por la tal “jugarreta” del presidente Young, ya que si no hu­biera sido por eso, los Benson no hubie­ran echado raíces en el Valle Cache.

Siento un afecto muy grande tanto por ese valle como por los miembros de la Iglesia de ese lugar; y me siento suma­mente agradecido por el hermoso Templo de Logan, el cual en realidad ha sido co­mo la luz de un faro para el Valle Cache.

Si se enseña bien a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos, ese santo edificio seguirá siendo un símbolo de importancia especial.

El templo es un recordatorio constante de que el propósito de Dios es que la familia sea eterna. ¡Cuán conveniente es que el padre y la madre señalen hacia el templo y digan a sus hijos: “En ese lugar nos casamos por la eternidad”! Si hacéis ese comentario, inculcaréis en la mente y en el alma de vuestros hijos, desde su más tierna infancia, el ideal del casa­miento en el templo.

Agradezco al Señor el hecho de que mis recuerdos del templo se remonten aun a los años en que yo era muy peque­ño. Cuán vívidamente recuerdo cuando, en mi niñez, tras haber estado en el cam­po, me iba a la casa de la granja familiar en Whitney, Idaho, y, al acercarme, oía a mi madre que cantaba el himno “¿He he­cho hoy un bien?” (Himnos de Sión, 136.)

Todavía la veo en mis recuerdos con las gruesas gotas de sudor que le corrían por la frente, inclinada sobre la tabla de planchar, con el suelo alrededor del sitio donde planchaba cubierto de papeles lim­pios, planchando largos lienzos blancos. Cuando yo le preguntaba qué estaba ha­ciendo, ella me decía: “Estos son los mantos del templo, hijo mío. Tu padre y yo vamos al Templo de Logan”.

En seguida, ponía encima de la cocina de leña la vieja plancha de hierro, acerca­ba una silla a la mía y me hablaba de la obra del templo: de cuán importante es poder ir al templo y participar en las sa­gradas ordenanzas que allí se llevan a ca­bo. También expresaba su ferviente anhelo de que algún día sus hijos y sus nietos y sus bisnietos tuvieran la oportu­nidad de recibir esas bendiciones de valor incalculable.

Esas gratas experiencias referentes al espíritu de la obra del templo fueron una bendición en nuestra casa de campo, así como en nuestro pequeño barrio rural de trescientos miembros y en la antigua Es­taca Oneida. Esos recuerdos han vuelto a mi memoria al efectuar el casamiento de cada uno de mis hijos y de mis nietos —que son los nietos y los bisnietos de mi madre— bajo la influencia del Espíritu en la Casa del Señor.

Esos son recuerdos muy especiales pa­ra mí, sobre los cuales nunca he dejado de reflexionar. En la paz de estos bellos templos, encontramos a veces la solución de los problemas serios de la vida. Bajo la influencia del Espíritu, sentimos a ve­ces que emanan a nuestra alma oleadas de conocimiento puro. Los templos son lugares de revelación personal. Cuando me he sentido abrumado por algún pro­blema o dificultad, he ido a la Casa del Señor con una oración en mi corazón en busca de una respuesta y he recibido la respuesta de un modo claro e inconfundi­ble.

Quisiera dirigir mis palabras a voso­tros, los padres, y a vosotros, los abue­los. Deseo deciros lo que espero enseñéis a vuestros hijos con respecto al templo.

El templo es un lugar sagrado y las ordenanzas que en él se efectúan son de índole sagrada. Por motivo de su carácter sagrado, a veces nos mostramos reacios a decir cosa alguna del templo a nuestros hijos y a nuestros nietos. Como resultado de eso, muchos no adquieren un verdade­ro deseo de ir al templo o, si van, van sin mucho conocimiento tocante a él que les prepare para las obligaciones que allí contraen y los convenios que allí hacen.

Creo que un debido entendimiento o conocimiento servirá de un modo inmen­surable para preparar a nuestros jóvenes para el templo. Pienso que ese entendi­miento alimentará en el alma de ellos el deseo de ir en busca de sus bendiciones del sacerdocio tal como Abraham buscó las suyas.

Cuando nuestro Padre Celestial puso sobre esta tierra a Adán y a Eva, lo hizo con el fin de enseñarles la manera de vol­ver a Su presencia. Nuestro Padre prome­tió un Salvador que los redimiría de su estado caído. Les dio el plan de salvación y les indicó que enseñaran a sus hijos la fe en Jesucristo y el arrepentimiento. Además, les dio a Adán y a su posteridad el mandamiento de bautizarse, de recibir el Espíritu Santo y de entrar en el orden del Hijo de Dios.

Entrar en el orden del Hijo de Dios es el equivalente actual de entrar en la pleni­tud del Sacerdocio de Melquisedec, cuya plenitud sólo se recibe en la Casa del Se­ñor.

A causa de que Adán y Eva cumplie­ron con esos requisitos, Dios le dijo a Adán: “Eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, de eternidad en eternidad” (Moisés 6:67).

Tres años antes de la muerte de Adán, se verificó un gran acontecimiento. Lle­vó Adán a su hijo Set, a su nieto Enós y a otros sumos sacerdotes que eran sus des­cendientes directos, junto con el resto de su posteridad que eran justos, al valle lla­mado Adán-ondi-Ahman, donde dio a és­tos su última bendición.

Entonces el Señor se les apareció.

Todos se pusieron de pie y bendijeron a Adán y le llamaron Miguel, el príncipe, el arcángel. Entonces el Señor dijo que Adán sería para siempre príncipe de su propia posteridad.

Y Adán, agobiado por el peso de sus años, se puso de pie y lleno del espíritu de profecía, predijo “todo cuanto habría de sobrevenir a su posteridad hasta la úl­tima generación”. Todo eso se encuentra en la sección 107 de Doctrina y Conve­nios (versículos 53-56).

El profeta José Smith dijo que Adán bendijo a todos los de su posteridad por­que “quería llevarlos a la presencia de Dios” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 184).

He aquí un explicativo pasaje de la sección 107 de Doctrina y Convenios que nos dice cómo podría Adán llevar a los justos de su posteridad, junto con él mis­mo, a la presencia de Dios:

“El orden de este sacerdocio se confir­mó para descender de padre a hijo; y por derecho pertenece a los descendientes li­terales del linaje escogido, al cual se hi­cieron las promesas.
“Este orden se instituyó en los días de Adán, y descendió por linaje. . . de que su posteridad sería la elegida del Señor, y que sería preservada hasta el fin de la tierra.” (D. y C. 107:40—42; cursiva agregada.)

¿Cómo llevaría Adán a sus descen­dientes a la presencia de Dios?

La respuesta es: Adán y sus descen­dientes entrarían en el orden del sacerdo­cio de Dios. Hoy en día, diríamos que irían a la Casa del Señor a recibir sus bendiciones.

El orden del sacerdocio de que se ha­bla en las Escrituras se menciona a veces como el orden patriarcal debido a que se ha transmitido de padres a hijos.

Pero en la revelación moderna, este or­den se describe de otro modo, el cual es: el orden del gobierno de la familia según el cual un hombre y una mujer hacen un convenio con Dios —de la misma forma en que lo hicieron Adán y Eva— de ser sellados por la eternidad, de tener poste­ridad y de hacer la voluntad de Dios y la obra de Dios a lo largo de toda su vida terrenal.

Si los cónyuges son fieles a sus conve­nios, tienen derecho a recibir la bendi­ción del más elevado grado de gloria del reino celestial. En la actualidad, esos convenios sólo se pueden hacer en la Ca­sa del Señor.

Adán siguió ese orden y llevó a su pos­teridad a la presencia de Dios. Él es el gran ejemplo que todos debemos seguir.

Noé y su hijo Sem siguieron ese mis­mo orden después del Diluvio.

Abraham, que fue un siervo justo de Dios, habiendo deseado, como él mismo lo dijo, “ser un partidario más fiel de la justicia”, buscó esas mismas bendicio­nes. Hablando del orden del sacerdocio, dijo: “Me fue conferido de los patriarcas; descendió de los patriarcas, desde que comenzó el tiempo, sí, aun desde el prin­cipio… el derecho del primogénito so­bre el primer hombre, el cual es Adán, nuestro primer padre, y por conducto de los patriarcas hasta mí” (Abraham 1:2-3).

Por tanto, Abraham dijo: “Busqué mi nombramiento en el sacerdocio conforme al nombramiento de Dios a los patriar­cas. . .” (Abraham 1:4).

Moisés enseñó este orden del sacerdo­cio a los de su pueblo y “procuró diligen­temente santificar a los de su pueblo, a fin de que pudieran ver la faz de Dios; “más endurecieron sus corazones y no pudieron aguantar su presencia; por tan­to, el Señor en su ira, porque su ira se había encendido en contra de ellos, juró que mientras estuviesen en el desierto no entrarían en su reposo, el cual es la pleni­tud de su gloria.

“Por consiguiente, tomó a Moisés de entre ellos, y el Santo Sacerdocio tam­bién” (D. y C. 84:23-25).

Por medio de la traducción de José Smith, sabemos que el Señor dijo además a Moisés: “Quitaré el sacerdocio de en medio de ellos; y, por consiguiente, mi santo orden, y las ordenanzas de éste” (Traducción de José Smith: Éxodo 34:1; cursiva agregada).

Ese sacerdocio mayor y las ordenanzas que lo acompañan fue quitado de Israel hasta la época de Jesucristo.

La finalidad que persigo al citar todos esos datos fundamentales es la de ilustrar que este orden del sacerdocio ha estado en la tierra desde el principio y es el úni­co medio por el cual podremos un día ver la faz de Dios y vivir. (Véase D. y C. 84:22.)

Entre Moisés y Cristo sólo algunos profetas poseyeron el derecho al sacerdo­cio mayor y a las bendiciones que pueden llevar a las personas a la presencia de Dios. Uno de ellos fue Elías el profeta.

Elías el profeta tenía las llaves del po­der para sellar y efectuó muchos y gran­des milagros en su época. Poseía el poder para sellar los cielos, levantar a los muer­tos, poner fin a la sequía e invocar a Dios para que hiciera caer fuego del cielo.

Por medio de José Smith, sabemos que fue el último profeta que tuvo las llaves del sacerdocio. Posteriormente, fue tras­ladado y llevado al cielo sin gustar de la muerte.

Ese mismo Elías el profeta, en calidad de ser trasladado, restauró las llaves del sacerdocio a los Apóstoles principales del Salvador—Pedro, Santiago y Juan— en el monte de la Transfiguración. Sin embargo, una generación después, la Iglesia fue destruida por la gran apostasía y las bendiciones del sacerdocio fueron quitadas de la tierra.

Fue preciso una nueva dispensación del cielo para restaurar esas bendiciones en nuestra época.

Es interesante que en la primera reve­lación que se dio en 1823, que se conoce como la sección 2 de Doctrina y Conve­nios, se hiciera la siguiente promesa acerca del sacerdocio:

“He aquí, yo os revelaré el sacerdocio, por conducto de Elías el profeta, antes de la venida del grande y terrible día del Señor.
“Y él plantará en el corazón de los hi­jos las promesas hechas a los padres, y el corazón de los hijos se volverá a sus pa­dres.
“De no ser así, toda la tierra sería total­mente consumida en su venida.” (D. y C. 2:1-3.)

¿Qué sacerdocio había de revelar Elías el profeta? Juan el Bautista restauró las llaves del Sacerdocio Aarónico. Pedro, Santiago y Juan restauraron las llaves del reino de Dios. ¿Por qué se había de en­viar a Elías?

“Porque él tiene las llaves de la autori­dad para administrar todas las ordenan­zas del sacerdocio” o el poder para sellar. (Enseñanzas, pág. 204; cursiva agrega­da.) ¡Así lo dijo el profeta José Smith!

Además, el profeta José Smith dijo que esas llaves son las de “las revelacio­nes, ordenanzas, oráculos, poderes e in­vestiduras de la plenitud del Sacerdocio de Melquisedec y del reino de Dios sobre la tierra” (Enseñanzas, pág. 416; cursiva agregada).

Aun cuando tanto el Sacerdocio Aaró­nico como el Sacerdocio de Melquisedec habían sido restaurados a la tierra, el Se­ñor instó a los miembros de la Iglesia a edificar un templo a fin de recibir en él las llaves por medio de las cuales este orden del sacerdocio se podría adminis­trar nuevamente en la tierra. El Señor di­jo: “Porque no existe lugar sobre la tierra donde él pueda venir a restaurar otra vez lo que se os perdió. . . a saber, la pleni­tud del sacerdocio» (D. y C. 124:28).

El profeta José Smith también dijo: “Si un hombre ha de recibir la plenitud del sacerdocio de Dios, debe obtenerla de la misma manera que Jesucristo la alcanzó, que fue por guardar todos los manda­mientos y obedecer todas las ordenanzas de la casa del Señor” (Enseñanzas, págs. 376-377).

Por eso, el Templo de Kirtland, en Ohio, se terminó a costa de grandes sa­crificios de los primeros miembros de la Iglesia.

Entonces, el 3 de abril de 1836, el Se­ñor Jesucristo y otros tres seres celestia­les aparecieron en ese santo templo. Uno de esos mensajeros celestiales era Elías el profeta, de quien el Señor dijo: “. . .Elías el profeta, al que he dado las llaves del poder de tornar el corazón de los padres a los hijos, y el corazón de los hijos a los padres, para que toda la tierra no sea he­rida con una maldición” (D. y C. 27:9).

Elías el profeta trajo las llaves del po­der para sellar: ese poder que sella un hombre a una mujer y que sella a ellos a sus descendientes eternamente, que sella a ellos a sus antepasados hasta llegar a Adán. Ese es el poder y el orden que reveló Elías: ese mismo poder del sacer­docio que Dios dio a Adán y a todos los patriarcas antiguos que siguieron después de él.

Y ésa es la razón por la que el Señor dijo al profeta José Smith: “porque, de cierto os digo, las llaves de la dispensa­ción, las cuales habéis recibido, han des­cendido desde los padres, y por último, se han enviado del cielo a vosotros” (D. y C. 112:32).

En una revelación posterior, el Señor explicó:

“En la gloria celestial hay tres cielos o grados;
“y para alcanzar el más alto, el hombre tiene que entrar en este orden del sacer­docio es decir, el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio];
“y si no lo hace, no puede obtenerlo.
“Podrá entrar en el otro, pero ése es el límite de su reino; no puede tener proge­nie.”(D. y C. 131:1—4; cursiva agrega­da.)

Cuando nuestros hijos obedecen al Se­ñor y van al templo a recibir sus bendi­ciones y entran en el convenio del matri­monio, entran en el mismo orden del sacerdocio que Dios instituyó en el prin­cipio con el padre Adán.

Ese orden les confiere el derecho de recibir las mismas bendiciones de Abraham, de quien el Señor dijo: ha en­trado en su exaltación y se sienta sobre su trono” (D. y C. 132:29).

En seguida, elocuentemente, añadió: “Esta promesa es para ti también, pues eres de Abraham” (D. y C. 132:31).

Por eso, recalco nuevamente: Sólo po­demos entrar en este orden del sacerdocio si cumplimos con todos los mandamien­tos de Dios y si vamos en busca de las bendiciones de nuestros padres, como lo hizo Abraham, a la casa de nuestro Pa­dre. ¡Esas bendiciones no se pueden reci­bir en ningún otro lugar de la tierra!

Confío en que enseñéis a vuestros hi­jos y a vuestros nietos este hecho con respecto al templo. Id al templo —la casa de nuestro Padre— a recibir las bendicio­nes de vuestros padres, las cuales os per­mitirán recibir las más elevadas bendicio­nes del sacerdocio. “Porque sin esto, ningún hombre puede ver la faz de Dios, sí, el Padre, y vivir” (D. y C. 84:22).

La casa de nuestro Padre Celestial es una casa de orden. Vamos a Su casa para entrar en ese orden del sacerdocio que nos permitirá recibir todo lo que el Padre tiene, esto es, si somos fieles; porque, como lo ha revelado el Señor en los tiem­pos modernos, los de la simiente de Abraham son “herederos legales” del sa­cerdocio. (Véase D. y C. 86:8-11.)

A continuación, quisiera deciros a to­dos los que podéis ir dignamente a la Ca­sa del Señor que si vais al templo a efec­tuar las ordenanzas que pertenecen a la Casa del Señor, recibiréis ciertas bendi­ciones:

  • Seréis investidos con poder de lo alto, como el Señor lo ha prometido.
  • Vuestros corazones se volverán a vuestros padres y el de ellos a vosotros.
  • Amaréis a vuestros familiares con un amor más profundo que el amor con que hasta ahora los habéis amado.
  • Recibiréis el espíritu de Elías, el cual os hará volver vuestros corazones a vues­tro cónyuge, a vuestros hijos y a vuestros antepasados.
  • Recibiréis la llave del conocimiento de Dios. (Véase D. y C. 84:19.) Aprende­réis cómo podéis ser como El y aun el poder de Dios os será manifestado. (Véa­se D. y C. 84:20.)
  • Estaréis llevando a cabo un gran servi­cio a aquellos que han pasado al otro lado del velo a fin de que ellos puedan ser “juzgados en la carne según los hombres, pero [vivan] en espíritu según Dios” (D. y 138:34).

Esas son las bendiciones del templo y del ir a la Casa del Señor con frecuencia.

Por eso, digo: ¡Dios bendiga a Israel! Dios bendiga a nuestros antepasados que construyeron templos santos. Dios nos bendiga para que enseñemos a nuestros hijos y a nuestros nietos qué grandes ben­diciones les aguardan al ir al templo.

Dios nos bendiga para que recibamos to­das las bendiciones que reveló Elías el profeta a fin de que podamos afirmar o asegurar nuestra vocación y elección.

Testifico de la veracidad de este men­saje con todo el poder de mi alma y ruego que el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob bendiga al Israel de la actualidad con el deseo ardiente de ir en busca de todas las bendiciones de los patriarcas a la Casa de nuestro Padre Celestial.■

Tomado de un discurso pronunciado en el centenario del  Templo de Logan (Utah) en mayo de 1984.

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