El Profético Destino de la Iglesia

Conferencia Genera Octubre 1963

El Profético Destino de la Iglesia

Por el presidente Hugh B. Brown

Al contemplar las miles de personas que están congregadas aquí, y tener en cuenta que otros cientos de miles están escuchando y participando de esta conferencia por medio de la radio y la televisión, sentimos que la responsabilidad de captar la atención y orientar el pensamiento de tan vasta multitud sería una tarea abrumadora si no fuera que por medio de oraciones y de la fe podemos contar con la inspiración divina.

Durante los últimos meses se ha manifestado un considerable interés en cuanto a la posición de la Igle­sia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días con respecto a los derechos civiles. Quisiéramos hacer saber, por lo tanto, que en esta Iglesia no existe doctrina, creencia o práctica tendiente a negar el pleno disfrute de los derechos civiles a ninguna persona, no importan su raza, credo o color.

Tal como muchas veces lo hemos expresado antes, nuevamente decimos que creemos que todos los hom­bres son hijos del mismo Dios, y que es moralmente malo que cualquier persona o grupo de personas prive a ser humano alguno del derecho de tener un empleo digno amplias oportunidades educacionales y todo pri­vilegio correspondiente a la ciudadanía, como también lo es el negarle el derecho de adorar a Dios conforme a los dictados de su propia conciencia.

Firme y persistentemente hemos apoyado la consti­tución de los Estados Unidos, lo cual significa que aprobamos toda prerrogativa constitucional de cada uno de sus ciudadanos.

Exhortamos a todos los hombres del mundo, tanto dentro como fuera de la Iglesia, a que apoyen el estable­cimiento de una completa igualdad civil para todos los hijos de Dios. No hay otra cosa que podría perturbar más nuestros altos ideales concernientes a la fraternidad humana, que la desigualdad ciudadana.

Indudablemente, el asistir a un conferencia mor- mona resulta, para muchos, una nueva experiencia. Quizás algunos podrían preguntarse – como lo hizo Natanael en los días de Cristo, con respecto a Nazaret (Juan 1: 46) —: “¿Del mormonismo, puede salir algo bueno?” – Tal como lo hizo Felipe, nosotros respondere­mos: “Ven y ve.” A todos vosotros os extendemos una cálida bienvenida y esperamos que el tiempo que paséis con nosotros os resulte inspirador y benéfico.

En medio de este mundo fantásticamente variable, donde los viejos métodos, modelos e ideas están siendo reemplazados por substitutos nuevos y revoluciónanos, sería conveniente que los líderes religiosos en todas par­tes reexaminen y evalúen nuevamente sus credos, y con valor traten de descubrir las causas de la decadencia del interés del hombre por la religión.

Atravesamos hoy por un período de absoluta re­construcción intelectual y desasosiego espiritual. A fin de comprenderla moralmente, debemos considerar la religión desde el punto de vista intelectual. No debe­mos permitir que las aguas de la vida sean paralizadas y congeladas por fríos pensamientos religiosos.

Por un momento, quisiéramos considerar los funda­mentos divinos e históricos de la Iglesia de Jesucristo, su estado actual y su profético destino.

Basados en la autoridad bíblica, afirmamos que Dios el Padre formuló un plan divino para la salvación humana, aun antes de la Creación de la tierra cuando todos los hijos del Creador se regocijaron ante la pers­pectiva de ser mortales. (Job 38: 7.)

En una época anterior a la incidencia del Jardín de Edén, los espíritus de todos los hombres tuvieron una prístina existencia como inteligencias dotadas de cuer­pos de espíritu, de los que Dios fue el Padre universal. La Biblia nos dice lo siguiente:

“Y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espí­ritu vuelva a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12; 7)

El Señor dijo a Jeremías que Él lo conoció antes de que su cuerpo fuera formado, y que le había santifi­cado ordenándole profeta ante las naciones. (Jeremías 1: 5.) Y el apóstol Pablo testificó:

“Por otra parte, tuvimos a nuestros padres terrenales que nos disciplinaban, y los venerábamos. ¿Por qué no obedeceremos mucho mejor al Padre de los espíritus, y viviremos? (Hebreos 12: 9.)

Precisamente durante esta existencia premortal, en un concilio celestial presidido por Dios el Padre, uno de los espíritus se levantó contra El, tratando de usurpar Su poder a fin de forzar a los hombres a obedecer sus mandatos. Codiciando la divinidad, dijo entonces al Padre: “Dame tu gloria.” Si el Padre hubiera consen­tido los cielos serían una dictadura bajo la cual todos los hijos espirituales de Dios habrían vivido en esclavitud.

Uno de los principales en aquella vasta asamblea era Jehová – el mismo que en la carne habría de ser Cristo, el Redentor. Él fue el primogénito entro los espíritus v por derecho patrimonial, heredero y Señor. Oponiéndose al complot de privar a los hombres de su libertad, abogó entonces por el libre albedrío como lema de su contraposición.

Todos los que apoyaron al Mesías habrían de ob­tener cuerpos mortales, que al final de la etapa de probación “volverían a la tierra” de la cual habían venido. Contarían con el derecho de escoger el camino que habrían de seguir en la vida y aceptarían la responsabilidad de su conducta.

Se garantizó la resurrección de la muerte para todos, por medio de la expiación voluntaria de Cristo — un miembro de la Trinidad. El mismo, poder divino de la procreación, constituiría otra de la bendiciones del esta­do mortal.

El orgulloso y provocador Lucifer promovió una gran rebelión contra este plan y le siguió una tercera parte de los espíritus. Juan el Revelador nos provee la siguiente información:

“. . . Hubo un gran batalla en los cielos: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles; pero no prevalecieron, ni se halló ya lugar para ellos en el cielo- Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.” (Apocalipsis 12: 7-9.)

Isaías tenía conocimiento de esto, al decir:

“¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la maña­na! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las na­ciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.” (Isaías 14: 12-14.)

Por causa de su desobediencia, Adán fue desterrado del Jardín de Edén; detrás de él y su posteridad, fue cerrada la puerta y el camino del árbol de la vida fue guardado por una espada encendida. (Génesis 3: 24.) El nacimiento a la vida mortal borra todo recuerdo de aquella preexistencia espiritual y toda memoria anterior no es sino un débil eco; sin embargo, cuando solemos cantar, un algo secreto parece susurrar a nuestros oídos la idea de que somos extraños aquí, y que provenimos de una esfera más exaltada.

Cuando el pecado y la muerte juntan sus manos para aprisionarnos, nuestro destino se nos antoja sin esperanzas; Satanás acecha entonces intencionado ante lo que parece ser una derrota para Cristo. El diablo sabe que los hombres no tienen poder para conquistar la muerte y que sin la ayuda divina dormirían para siempre en sus tumbas.

Ya con los sacrificios que Adán ofreciera, fue presa­giada la expiación y cada Profeta que le sucedió supo de la misión de Cristo. Otro es el campo de batalla, pero aún continúa la guerra del bien contra el mal entre los hijos de los hombres.

Al nacer en la carne, Cristo tenía poder para con­quistar la muerte. Vino al mundo para atravesar, tam­bién El, el valle de la probación y trazar un recto y angosto sendero por el cual los hombres podrían re­gresar de la muerte a la vida hasta los cielos y agregó:

“. . . Nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6.)

Y así Cristo nació en Belén, entrando en el mundo de los hombres mortales, del que Belcebú se consideraba único dueño. La guerra fue reiniciada con el Mesías y los hijos leales de Dios en un lado, y Lucifer y sus se­guidores en el otro.

Al nacer Jesús, Satanás buscó la destrucción del Hijo de Dios, y trató, por la fuerza, de desbaratar Su divina misión. Pero el Padre había proscripto la compul­sión. El diablo ha tenido siempre instrumentos dispo­nibles sobre la tierra y en la oportunidad Herodes ha­bía de ser su agente. Este hombre era cruel y vil co­mo su amo; procurando matar al Niño Jesús, asesinó a numerosos infantes en Palestina. Pero este Niño de madre mortal, era también el Hijo de Dios el Padre y no podía ser vencido por hombres ni por malos espíritus. Habiendo fracasado en su infame intención, Satanás decidió astutamente esperar la hora propicia, cuando el Niño llegara a hombre, y entonces trató de vencerle por medio de artificios.

Después de cuarenta días de ayuno, Jesús se en­contró con el ruin tentador, quien le sugirió satisfacer Su hambre transformando las piedras en pan y mani­festando, de esta forma, Su poder. Con ello, Satanás trató de sembrar las semillas del orgullo y la arrogancia —dos de sus principales vicios; pero Cristo le demostró que “no sólo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra de Dios.”

No habiendo tenido éxito en su intento de enaltecer el apetito y el orgullo, Lucifer recurrió a la ambición de poderío — el amor al poder, roca sobre la que él mismo se había establecido. Pero Cristo desdeñó una vez más esta oferta maligna. El tercer esfuerzo que el diablo hizo para atrapar al Hijo de Dios, consistió en ofrecerle riquezas y potestad, pero sólo logró otra réplica firme del Salvador: “Vete de mí, Satanás. . .” (Lucas 4: 8.)

El diablo encontró algunos aliados entre aquellos que habían seguido a Jesús. Como muchos otros, Judas pensó que las riquezas del mundo son provechosas, pese a cómo se obtengan. Vendió entonces a su Maestro por unas cuantas monedas que resultaron ser de miseria y muerte, como todas las recompensas de Lucifer.

La lucha continuó y Cristo fue crucificado, pero no vencido; El seguía teniendo poder sobre la muerte y sólo cedió por propia voluntad, a fin de conquistar la muerte y abrir las puertas que habían sido cerradas a Adán. Aun muriendo, Cristo fue victorioso, porque llevó a cabo el propósito de Su venida a la tierra, rompiendo las cadenas de la muerte y siendo primicia de la resu­rrección.

Sus contados seguidores honestos continuaron sién­dole fíeles hasta ser arrebatados por la muerte. Entonces la apostasía se hizo universal y Satanás manifestó su soberanía a través de las épocas de tiniebla espiritual.

Pero más tarde, Dios envió mensajeros especiales a la tierra a fin de llevar cabo la reformación y preparar el camino para la escena final y la restauración.

El mensaje del mormonismo es éste: que el plan de salvación del que hemos hablado, es el evangelio de Jesucristo. Desde Adán basta Malaquías se enseñó este evangelio en cada dispensación y alcanzó su punto cul­minante en el Meridiano de los Tiempos, cuando Cristo fue resucitado de los muertos. Desde el mismo prin­cipio, Él había sido siempre la figura central del plan de salvación. Los judíos habían esperado, por siglos, la venida del Mesías, un libertador del linaje de David enviado por Dios. Más a pesar de las profecías y señales que les fueron dadas, no lo reconocieron y lo rechazaron.

Los mismos Profetas que habían predicho la venida del Mesías, recibieron también visiones y revelaciones concernientes a Su segunda venida. La Santa Biblia registra sus mensajes de advertencia y las señales por medio de las cuales los hombres habían de recibir, en estos últimos días, exhortaciones y orientación.

Por ejemplo, en Salmos leemos que antes de la venida del Señor se verá en la tierra un fuego devorador, mientras que Joel advierte que, entre otras señales anun­ciadoras, la luna se convertirá en sangre y las estrellas perderán su brillo. A Zacarías le fue revelado que los pies del Señor se pararán sobre el Monte de los Olivos, el cual se partiría por el medio hacia el este y el oeste. Malaquías predijo que El vendría súbitamente a Su templo y sería como fuego purificador y jabón de lava­dores. Refiriéndose a nuestros días, Job dijo:

“Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo.” (Job 19: 25.)

Aunque éstas y muchas otras profecías fueron he­chas antes del nacimiento de Cristo en Belén, la mayoría de los acontecimientos a que se refieren no tuvieron lugar en esa época ni durante la vida terrenal del Sal­vador.

Desde el tiempo en que comenzó Su trascendental ministerio, muchos hombres han tratado de evaluar al Cristo, variando sus estimaciones desde denun­cias blasfemas hasta cultos de adoración consistentes en sacrificios físicos. Algunos dudan aun que tal Hom­bre haya jamás vivido y otros preguntan si quizás no fue sólo un mito. ¿Fue El, acaso, un oportunista, un visionario o un revolucionario social? ¿O fue un genio, un sabio, un realizador de cosas maravillosas o un gran maestro? Si consultamos a los hombres que estu­vieron más cerca de El — aquellos que le siguieron al Monte de la Transfiguración — aprenderemos que fue, en verdad, “el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” (Mateo 16: 16) Quisiéramos pedir a todos y cada uno de los que nos están escuchando hoy; que determinen su propia apreciación acerca de Jesús de Nazaret, a fin de llegar a la conclusión de que si fue El o no el Cristo, el Hijo de Dios. Nosotros testificamos humildemente este he­cho trascendental. En el Evangelio según San Juan, Jesús es considerado el Verbo, que fue con Dios en el principio y por medio de quien todas las cosas fueron hechas; El fue la vida y la luz de los hombres que, hecho carne, habitó entre nosotros. (Juan 1: 1-3, 14.)

El apóstol Pablo declaró:

“Dios,… en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.” (Hebreos 1:1-2.)

Y en el octavo verso del mismo capítulo agrega:

“Más el Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino.” (lbid.,1: 8.)

Indudablemente Su divinidad, Su poder y Su auto­ridad nunca han sido puestos en juicio con tanta auda­cia y ferocidad como lo son hoy en día. Jamás, en la historia, la gente común de todos los pueblos ha sentido tanta necesidad de orientación divina como en la actua­lidad. Nunca lo hemos necesitado más como en nuestros días, en que tantas falsas ideologías y milagros científi­cos están empujando al mundo hacia los límites de la aniquilación.

Hay en la actualidad hombres y naciones que están tratando de desplazar a Dios, desterrar la religión y convertir al mundo en una sola nación atea. La guerra actual entre Cristo y el anti-Cristo es un cumplimiento de profecías innegables, y constituye una señal o eviden­cia de la proximidad del Milenio.

Exhortamos a todos los Cristianos del mundo a que certifiquen su fe en El guardando Sus mandamientos. Su obra de redención no está completa, ni lo estará, hasta que el evangelio se escriba en la vida y el cora­zón de los hombres. El hecho de que resucitó de los muertos — el más fehacientemente comprobado de la historia — nos asegura que vive todavía; El nos ha pro­metido que volverá y todos aquellos que lean las pro­fecías contenidas en las Escrituras e identifiquen las señales de nuestro tiempo, deben convencerse de que estamos viviendo en los últimos días, que los grandes eventos predichos por los Profetas, han sido y están siendo realizados sobre el escenario de la historia contemporánea. Reconozcamos en los portentosos acon­tecimientos actuales, el preludio del gran final.

Estando en la Isla de Patmos, Juan recibió una visión concerniente a las cosas venideras; oyó que diez mil ángeles cantaban alabanzas al Hijo de Dios y que luego se unían a toda criatura sobre la tierra y los cielos, para decir a una:

. . Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos.” (Apocalipsis 5: 13.)

También vio “volar por en medio del cielo a otro ángel que tenía el evangelio eterno para predicarlo a los moradores de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo. . .” Vio un lago sin fondo, el dragón atado con cadenas y mil años de concordia, paz y descanso. Vio asimismo la santa ciudad, la nueva Jerusalén, ba­jando de Dios desde los cielos, para reunirse con los de su reino en la tierra.

Entonces vio a los pequeños y a los grandes pa­rarse ante el trono de Dios a fin de ser juzgados con­forme a los registros, cada cual de acuerdo con sus méritos. La muerte y el infierno dejaron libres a sus cautivos, el mar devolvió a sus muertos y los ángeles cantaron hosannas al Príncipe de Paz, su Señor.

Damos nuestro humilde testimonio de que Jesús de Nazaret es el Salvador y Redentor del mundo y que El regresará y reinará personalmente sobre la tierra. Y que en esa época todos los pueblos del mundo se reunirán con las huestes celestiales, y cantarán: “Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y El reinará por los siglos de los siglos… Rey de Reyes y Señor de Señores.” Y lo hacemos pú­blicamente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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