El nido vacío

El nido vacío


Por Ardeth G. Kapp
Presidenta General de las Mujeres Jóvenes
Liahona Agosto 1989

Me gustaría expresar mi testimonio y la perspectiva que he adquirido de mi experiencia personal a aquellos que no han sido bendecidos con hijos

Mi esposo y yo no tenemos hijos. Nuestras bendiciones al respecto se han postergado, pero no me interpreten mal, aun así cons­tituimos una familia. Esta fue establecida por la autoridad de Dios en el preciso momento en que nos hin­camos ante el altar del templo. Los hijos son una extensión y una expansión de la unidad familiar. Cuando un hombre y una mujer se unen en matrimo­nio, automáticamente pasan a formar un núcleo fa­miliar, que permanece siendo tal aun cuando, en forma temporaria, no tengan hijos.

Aclaro esto porque sé que hay muchas parejas que sufren el dolor de no tener hijos. Por eso, a todos aquellos que no han tenido esa bendición, me gusta­ría expresarles mi testimonio y hacerles saber la pers­pectiva que he adquirido de mi experiencia personal con respecto a nuestro problema en particular. Dado que esas experiencias son de carácter muy personal, muy rara vez he hablado de ellas fuera de las paredes de nuestro hogar.

¿Multiplicaos y henchid la tierra?

Mi esposo y yo comprendemos algunas de las frus­traciones y sabemos bien lo mucho que se sufre en esa situación. Recuerdo los altibajos emocionales por los que pasábamos todos los meses, incluso durante las reuniones de ayuno y testimonios cuando oíamos a otros contar que habían pedido con fe y habían tenido la bendición de tener hijos. Sabemos lo que es regresar a casa y poner la mesa con tan sólo dos platos, teniendo siempre presente el convenio matri­monial de multiplicar y henchir la tierra y el deseo desesperado de ser dignos de tener ese honor. Uno no puede expresar los sentimientos a su cónyuge, y mucho menos a los miembros de la familia y a los amigos.

Año tras año, muchas parejas padecen el sufri­miento y la preocupación de no tener hijos, hasta que, finalmente, llegan a decir: “Está mi alma has­tiada de mi vida” (Job 10:1), creyendo que si no son padres, no pueden cumplir la medida de su creación. Y si no pueden cumplir la medida de su creación, muy bien se pueden decir para sus adentros, ¡Nada me importa ya!

Nunca olvidaré el día en que un niño que recien­temente se había mudado a la vecindad llamó a la puerta de nuestra casa y me preguntó si mis hijos podían salir a jugar con él. Le expliqué, al igual que a otros jóvenes y adultos cientos de veces, que noso­tros no teníamos hijos. El pequeño me miró de sos­layo, con sorpresa y con una mirada llena de curiosi­dad, y me hizo la pregunta que yo nunca me había atrevido a hacerme: “Si usted no es madre, entonces, ¿qué es?

Y entonces llegó el día en que mi esposo, todavía joven, fue llamado para ser obispo, lo que me llevó al convencimiento de que si no teníamos hijos no era porque no fuéramos dignos. Hay personas que no pueden comprender algo así. Un buen hermano del barrio que tenía el deseo de recibir ese llamamiento se dirigió a él, en privado, y casi con enojo le dijo: “¿Qué derecho tiene usted de ser obispo, y qué sabe usted acerca de ayudar a una familia? ¡Jamás espere que ni yo ni mi familia le pidamos nada!” Con el tiempo, mi esposo les ayudó durante una crisis muy difícil, lo que nos dio la oportunidad de entablar con ellos un lazo de amor imperecedero.

No me cabe la menor duda de que ustedes, parejas sin hijos, también han tenido experiencias similares; y si no las han tenido, estoy segura de que las ten­drán. Deben recordar que es así como nos despoja­mos del dolor y el resentimiento y, con fe en Dios, superamos esa etapa. Pero si ahora sufren y se sienten humillados, quiero que sepan que los entiendo per­fectamente.

¿Qué podemos hacer para superar las frustraciones de la vida? Primero, debemos aceptar el hecho de que esta vida no tiene el objeto de que estemos libres de dificultades. En realidad, es por medio de las ad­versidades que tenemos la oportunidad de cumplir con el verdadero propósito de esta vida. Las dolorosas pruebas de esta etapa mortal son lo que nos con­sumirá o nos refinará.

Parte de esas dificultades es el enfrentarnos con diferentes caminos a seguir. Para aquellos de nosotros que no tenemos hijos, el tomar decisiones puede re­sultar tremendamente difícil. ¿Qué desea el Señor que hagamos? ¿Hasta qué punto debemos buscar la solución en la ciencia médica? ¿Acaso debemos adoptar niños o tener algunos en tutela? ¿Debemos quedarnos sin hijos? Si decidimos esto último, ¿qué haremos con nuestra vida? El tomar decisiones no es nunca fácil, y mientras estamos buscando el camino a seguir, con frecuencia nos encontramos confusos por los consejos contrarios que recibimos de padres, amigos, líderes de la Iglesia, médicos y otros exper­tos. He conocido algunas parejas que hasta llegaron a considerar el divorcio como la solución del pro­blema, pensando, cada uno de ellos, que el responsa­ble de que no tuvieran hijos era el otro.

Por experiencia propia, he aprendido que la única paz que perdura en nosotros es la que sentimos cuando aceptamos la voluntad del Señor. Para ello, debemos considerar las posibilidades y los recursos que tenemos a nuestro alcance, tomar una decisión y presentársela al Señor. Entonces, como el élder Da- Uin H. Oaks dijo cuando era presidente de la Uni­versidad Brigham Young: “Cuando la decisión que tomemos habrá de cambiar totalmente nuestra vida… y si estamos en armonía con el Espíritu y buscamos su guía, podremos tener la seguridad de que recibiremos la guía que necesitamos a fin de lograr nuestras metas. El Señor no nos abandonará si la de­cisión que tenemos que tomar tiene repercusión en nuestro bienestar eterno”. (Discurso pronunciado el 29 de septiembre de 1981 en la Universidad Brigham Young. Fireside and Devotional Speeches, 1981-1982, Provo, Utah, University Publications, 1982, pág. 26.) Yo creo en eso. Nosotros no conocemos los de­signios del Señor, y es precisamente ahí donde se pone a prueba nuestra fe.

Tengo dos hermanas menores; ambas tienen hijos. La menor tiene once; la otra tiene una niña que na­ció al cabo de seis años de ansiosa espera. Diez años más tarde, después de fervientes oraciones de parte de toda la familia para que pudieran adoptar un hijo, tuvieron la bendición de recibir un niñito que fue sellado a ellos por esta vida y toda la eternidad. Tanto él como los otros niños han sido una bendi­ción para todos nosotros.

A través de los años, mis hermanas y yo, con nuestros respectivos esposos, hemos orado, tanto jun­tos como en forma individual, los unos por los otros; sabemos que el Señor ha contestado nuestras oracio­nes de diferentes maneras y no siempre en forma afir­mativa ni de acuerdo con los planes que teníamos.

No obstante, todos hemos sentido la cálida seguridad de su aprobación y de su amor.

Habrá momentos en que estarán seguros de que lo que desean es justo, pero aun así, la respuesta sigue siendo negativa. Entonces, la única manera de tener paz interior es decir: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”. El Señor no tiene por qué darnos expli­caciones de sus designios, porque si lo hiciera, ¿cómo aprenderíamos a tener fe? He aprendido que, por di­fícil que sea, es preciso tomar decisiones en la vida y asumir la responsabilidad de las consecuencias. Por­que lo que nos va a acercar a Dios es afrontar la tremenda responsabilidad de hacer uso de nuestro li­bre albedrío, y tomar con fe decisiones que tengan consecuencias eternas.

Algún día, quizás años después de que hayamos so­metido a prueba nuestra fe, recibiremos un testimo­nio de que las decisiones que tomamos fueron correc­tas (véase Eter 12:6). Pero hasta entonces, los que tratan de ser receptivos a la inspiración del Espíritu deben ejercer mucha fe y ser valientes para seguir lo que éste les indique.

Prestar servicio, sacrificarse y aprender

Entonces, ¿cuáles son las decisiones que una pareja debe tomar a fin de llevar una vida plena cuando sabe que no tendrá hijos en esta vida? Una noche en que mi esposo y yo buscábamos una respuesta a esta pregunta, leímos algo que dijo el presidente David O. McKay: “La mira más noble en la vida es esfor­zarse por mejorar la vida de otras personas y hacerlas más felices” (véase “Estoy muy agradecido”, Liahona, mayo de 1970, pág. 2).

Esa declaración fue para nosotros como un faro encendido en medio de un mar de obscuridad, entonces pasó a ser un lema, una estela de luz, indicándonos lo que debíamos hacer. Esa misma noche, hablando bajo la inspiración del Señor, el patriarca de nuestra familia me dijo: “No tienes que tener hijos para amar a los niños. El amor no es sinónimo de posesión, y el poseer no necesariamente implica amar. El mundo está lleno de personas que necesitan a alguien que les ame, que les guíe, que les enseñe, que les edifique y que les inspire”.

Mi esposo y yo sabíamos que los padres están cons­tantemente renunciando con generosidad a sí mismos y sacrificándose por sus hijos. Entonces, nos dimos cuenta de que si íbamos a aprender las importantes lecciones que nuestros amigos con hijos estaban aprendiendo, era necesario buscar situaciones en las que pudiéramos prestar servicio y sacrificarnos por los demás. De modo que comenzamos a decir que sí a todo y a todos.

No pasó mucho tiempo antes de que se nos presen­taran varias ocasiones de servir y de sacrificarnos. A menudo, después de una larga semana, nos disponía­mos a estar un rato juntos, los dos solos, cuando so­naba el teléfono. De manera que posponíamos nues­tro momento de descanso y seguíamos adelante con alegría y agradecimiento en el corazón por tener la oportunidad de ser útiles, con la esperanza de ser dig­nos de adquirir la cualidad a la que se refería el élder Neal A. Maxwell cuando dijo: “A menudo, la mujer [y, quisiera agregar, el hombre también] brinda con­suelo cuando su propia necesidad es mayor que la de aquel a quien ayuda, una cualidad similar a la gene­rosidad de Jesucristo en la cruz. Quien en medio de | su dolor da consuelo a otros, participa de lo divino… y no niegan a los demás sus bendiciones, simplemente porque algunas les sean negadas a ellas en esta tierra”. (“Mujeres de Dios”, Liahona, agosto de 1978, págs. 14-15.)

Los que no tenemos hijos podemos entregarnos a la pena sumergidos en la autocompasión, o podemos experimentar el dolor que conduce al verdadero gozo esforzándonos por abrir el paso por la senda que con­duce hacia la vida eterna tanto para nosotros como para los demás. Yo testifico que en lugar de volcar esa soledad y ese dolor en sí mismos, es posible vol­carse y brindarse a los demás. Si lo hacen, llegará el día en que podrán sentir verdadero regocijo al tener en sus brazos a los hijos de sus amigos. Podrán com­partir la dicha y el gozo de la madre de una joven que se va a casar, el orgullo radiante de la de un joven que ha recibido su llamamiento misional, y hasta lle­garán a compartir el gozo supremo de sus amigos al ser abuelos. ¿Cómo es posible lograr esto? Permí­tanme explicarles.

Un año, cuando se aproximaba la Navidad, sentí en mi alma el angustioso vacío y la desgarradora sole­dad de no tener hijos. Aun cuando mi esposo y yo compartíamos la alegría y el entusiasmo de nuestros sobrinos, no era lo mismo que tener nuestros propios hijos en esa época tan especial del año. Todo me parecía injusto; me sentía como en tinieblas y presa de un gran abatimiento y desolación. Entonces hice lo que he aprendido a hacer a través de los años: me puse de rodillas y oré al Señor en busca de consuelo.

La respuesta me llegó cuando abrí el libro de Doc­trina y Convenios y leí en el capítulo 88, versículos 67-68: “Y si vuestra mira de glorificarme es sincera [y recuerden que la gloria de Dios es ‘llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre’ (Moisés 1:39)], vuestro cuerpo entero será lleno de luz y no habrá tinieblas en vosotros; y el cuerpo lleno de luz comprende todas las cosas.

“Por tanto, santificaos para que vuestras mentes sean sinceras para con Dios, y vendrán los días en que lo veréis, porque os descubrirá su faz; y será en su propio tiempo y en su propia manera, y de acuerdo con su propia voluntad.”

No sé cuánto tiempo les llevará a ustedes; para no­sotros fueron años. Pero llegará el día en que adquiri­rán una perspectiva eterna de todo y tendrán paz y no dolor, esperanza en lugar de desolación. Mucho me habría gustado haber tenido ese conocimiento años atrás, pero sé que si hubiera sido así, no habría adquirido el progreso que se obtiene al ser consolado por el testimonio del Espíritu después de la prueba de mi fe. □

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a El nido vacío

  1. Pingback: Por favor, no me preguntes cuando voy a tener hijos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s