La relación entre
la caída y la Expiación
Tad R. Callister
La Expiación Infinita
La expiación rectifica la caída
¿Cómo podían corregirse, enmendarse y conciliarse en el plan eterno los efectos negativos de la Caída: la muerte espiritual y la muerte física? ¿Qué valor tenían la descendencia o el conocimiento divino si tanto hombres como mujeres estaban condenados a permanecer en la tumba, separados de la presencia de su Dios? No había solución sin un Redentor, alguien que expiara, redimiera, reconciliara y corrigiera estas condiciones negativas. Lehi lo afirma de manera sencilla y concisa: «el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de redimir a los hijos de los hombres de la caída» (2 Nefi 2:26). Lehi entendía que la Caída no era irremediable, cuando declaro: «la vía está preparada desde la caída del hombre, y la salvación es gratuita» (2 Nefi 2:4).
La Expiación, según enseñó el élder Talmage, se convirtió en «una continuación necesaria de la transgresión de Adán».1 Moroni explicó claramente esta necesidad secuencia!: «por Adán vino la caída del hombre. Y por causa de la caída del hombre, vino Jesucristo, (…) y a causa de Jesucristo vino la redención del hombre» (Mormón 9:12). Alma dedicó una cantidad de tiempo considerable a abordar las consecuencias de la Caída antes de declarar: «se hizo menester que la humanidad fuese rescatada de esta muerte espiritual» (Alma 42:9). La Expiación fue ese instrumento de recuperación.
Pero, ¿cómo se llevó a cabo? Mediante un sacrificio infinito y eterno. Tal y como declaró el élder Bruce R. McConkie: «De alguna manera, incomprensible para nosotros, Getsemaní, la cruz y la tumba vacía se combinan en un drama grandioso y eterno, en el transcurso del cual Jesús abolió la muerte y del cual emanan la inmortalidad para todos y la vida eterna para los justos».2
La superación de la muerte física y la primera muerte espiritual para todos
Si se les preguntara: «¿Cuáles son las consecuencias de la Expiación?», muchos responderían: «Superó la muerte física para todos los hombres y la muerte espiritual para los que se arrepienten». Aunque esa respuesta es correcta en lo esencial, resulta incompleta. La Caída provocó la muerte física y un tipo de muerte espiritual para todos los hombres. Esta última se debió a la transgresión de nuestros primeros padres en el Jardín, y se conoce en el mundo con el nombre de «pecado original». Todos los hombres mueren físicamente por la transgresión de Adán. No hay escapatoria de esta consecuencia. Del mismo modo, todos los hombres resucitarán gracias a Cristo. No hay excepción en lo que respecta a este remedio. La muerte física, no obstante, no es la única consecuencia universal de la Caída. Otra consecuencia de la transgresión de Adán es que todos los hombres nacen en un contexto alejado de la presencia física de Dios. Esta separación recibe en las Escrituras el nombre de primera muerte espiritual (véase Helamán 14:16-18; DyC 29:41). Es un alejamiento de Dios que se origina en Adán.
Existe asimismo una segunda muerte espiritual; esta es la separación de Dios causada por los pecados de cada uno.
Ambas formas de muerte spiritual tienen su propia cura. La Expiación corrige la primera muerte espiritual para todos los hombres sin ningún esfuerzo por su parte, y es comprensible, puesto que ellos no son su causa en modo alguno. La Expiación corrige la segunda muerte espiritual individualmente para quienes se arrepienten, ya que cada uno de nosotros, que hemos pecado, hemos de contribuir personalmente a nuestra propia redención, «pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos» (2 Nefi 25:23).
Los efectos universales de la primera muerte espiritual los impuso externamente Adán y los corrigió externamente Cristo a favor de toda la humanidad. Pablo enseñó: «Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22). Robert J. Matthews señala que muchos no comprenden dichas palabras de Pablo. «La mayoría cree que se aplican únicamente a la muerte del cuerpo y a la resurrección de este. En realidad, la afirmación de Pablo comprende tanto la muerte física como la muerte espiritual»;3 es decir, la primera muerte espiritual propiciada por Adán. A renglón seguido, el hermano Matthews ofrece esta útil explicación:
«Existe la idea, muy arraigada, de que, pese a que la resurrección es gratuita, solamente los que se arrepientan y obedezcan el evangelio volverán alguna vez a la presencia de Dios. A los que apoyan este punto de vista parece habérseles escapado un punto esencial y un concepto fundamental de la Expiación: que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad de todas las consecuencias de la caída de Adán.
»Las escrituras enseñan que toda persona, santos o pecadores, retornarán a la presencia de Dios después de la resurrección. Puede que esta sea únicamente una reunión pasajera en su presencia, pero la justicia exige que todo lo que se perdió en Adán se restaure en Jesucristo. Todos volverán a la presencia de Dios, verán su rostro y serán juzgadas por sus propias obras. Entonces, los que hayan obedecido el evangelio podrán permanecer en su presencia, mientras que todos los demás serán expulsados de su presencia por segunda vez y morirán así en lo que se denomina la segunda muerte espiritual».4
Las Escrituras enseñan que «ninguna cosa impura puede morar con Dios» (1 Nefi 10:21). Sin embargo, esto no significa que no volveremos a la presencia de Dios provisionalmente a fin de ser juzgados, y de hecho eso es lo que haremos todos. Sencillamente, esto quiere decir que no podemos «morar» o permanecer en la presencia de Dios de manera permanente ni «ser [recibidos] en el reino de Dios» (Alma 7:21), si somos impuros. En el mismo versículo en el que Nefi afirma que los impuros no pueden «morar con Dios», también enseña que los impuros serán traídos «ante el tribunal de Dios» (1 Nefi 10:21). Lehi evidentemente enseñó que todos los hombres, incluso los inicuos, volverán a la presencia de Dios: «Y por motivo de la intercesión hecha por todos, todos los hombres vienen a Dios; de modo que comparecen ante su presencia para que él los juzgue de acuerdo con la verdad y santidad que hay en él» (2 Nefi 2:10; véase también Alma 33:22). Jacob, quien aprendió tanto sobre la Expiación de su padre, también habló de esta reunión temporal, incluso para los malvados: «¡ay de todos aquellos que mueren en sus pecados!, porque volverán a Dios, y verán su rostro y quedarán en sus pecados» (2 Nefi 9:38). Entonces Jacob profetizó que los que rechacen a los profetas «se presentarán con vergüenza y con terrible culpa ante el tribunal de Dios» (Jacob 6:9; véase también Mormón 9:5).
Alma deja claro que el retorno a la presencia de Dios no es un programa optativo, ni una reunión gozosa para los inicuos, ya que «[se darían] por felices si pudiéramos mandar a las piedras y montañas que cayesen sobre nosotros, para que nos escondiesen de su presencia». Por si esto fuera poco, la siguiente descripción abunda en el terror del momento: «tendremos que ir y presentarnos ante él en su gloria, y en su poder, y en su fuerza, majestad y dominio, y reconocer, para nuestra eterna vergüenza, que todos sus juicios son rectos» (Alma 12:14-15). Este será el día de rendir cuentas, cuando «los juicios de Dios [se cernirán] sobre ellos» (Helamán 4:23).
Amulek advirtió que en ese augurado momento de nuestro juicio «tendremos un vivo recuerdo de toda nuestra culpa» (Alma 11:43). Jacob sabía que tendremos «un conocimiento perfecto de toda nuestra culpa, y nuestra impureza» (2 Nefi 9:14), y Alma previo que tendremos un «recuerdo perfecto» (Alma 5:18) de todos nuestros actos malvados. Cuánto da esto que pensar. Alma enfrentó esta realidad estremecedora: «Sí, me acordaba de todos mis pecados e iniquidades (…), sí, y por último, mis iniquidades habían sido tan grandes que el solo pensar en volver a la presencia de mi Dios atormentaba mi alma con indecible horror» (Alma 36:13-14). Tan terrorífica era la perspectiva de este encuentro con el Santo que Alma ansiaba el destierro y la aniquilación con tal de «no ser llevado ante la presencia de mi Dios» (Alma 36:15).
Entonces se produjo un milagro. Sumido en el sufrimiento, Alma se acordó de las palabras de su padre acerca del Salvador y de su sacrificio expiatorio por «los pecados del mundo» (Alma 36:17). El pensamiento mismo del Salvador fue un bálsamo para su alma herida y su mente enloquecida, hasta tal punto que exclamó: «dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados» (Alma 36:19). Entonces vio «a Dios sentado en su trono» y, en un vuelco espiritual sorprendente, su «alma anheló estar allí» (Alma 36:22). El que antes había deseado el destierro de la presencia de Dios y la aniquilación de su alma, ahora anhelaba la vida eterna en la presencia de Dios.
Las Escrituras dejan clara esta cuestión: dulce o amargo, habrá un reencuentro entre todos los hombres y su Hacedor.
En resumen, la Expiación tenía por objeto la restauración de todo lo perdido por causa de la Caída, incluidas la resurrección y la vuelta a la presencia de Dios, independientemente de nuestro estado de rectitud. Alma explica: «la expiación lleva a efecto la resurrección de los muertos; y la resurrección de los muertos lleva a los hombres de regreso a la presencia de Dios; y así son restaurados a su presencia, para ser juzgados según sus obras» (Alma 42:23). Este retorno a la presencia de Dios superó la primera muerte espiritual desencadenada por Adán, y de esta manera, todo lo que se perdió por causa de la Caída lo restauró igualmente la Expiación. Como enseñara Amulek con bellas palabras: «esta restauración vendrá sobre todos» (Alma 11:44). En algunos casos, la mencionada restauración se acelera temporalmente. Debido a la fe del hermano de Jared, el Señor le prometió: «Porque sabes estas cosas, eres redimido de la caída; por tanto, eres traído de nuevo a mi presencia; por consiguiente yo me manifiesto a ti» (Eter 3:13; énfasis añadido).
No hay nada que pueda hacer persona alguna para rechazar estos poderes de la Expiación, que descenderán sobre todo hombre «pese a sí mismo»,5 tal y como observó Joseph F. Smith. No hay nadie a quien no le afecten, santo o pecador. Estas bendiciones están garantizadas; de hecho, son obligatorias para todos los hombres. Así todos los hombres se salvan de la muerte física y de la primera muerte espiritual.
La superación de la segunda muerte espiritual para el arrepentido
La segunda muerte espiritual la provocan los pecados de cada cual. Es una muerte separada e independiente de la transgresión original de Adán, aunque está relacionada con ella. Y el resultado es una separación permanente de la presencia de Dios, a menos que recurramos al arrepentimiento con anterioridad al día del juicio. Samuel el Lamanita explicó la diferencia existente entre lo que las Escrituras denominan la primera muerte y la segunda muerte. Al hacerlo, Samuel habló de la muerte del Salvador como una muerte que «lleva a efecto la resurrección, y redime a todo el género humano de la primera muerte, esa muerte espiritual; porque, hallándose separados de la presencia del Señor por la caída de Adán, todos los hombres son considerados como si estuvieran muertos». Este profeta lamanita enseñó a continuación que la resurrección «trae de vuelta a la presencia del Señor» a todos los hombres, con lo cual se salvan de la primera muerte. Samuel declaró entonces de todos los que no se arrepientan: «aquel que se arrepienta no será talado y arrojado al fuego; pero el que no se arrepienta será talado y echado en el fuego; y viene otra vez sobre ellos una muerte espiritual; sí, una segunda muerte, porque quedan nuevamente separados de las cosas que conciernen a la justicia» (Helamán 14:16-18; véase también Alma 12:16; Mormón 9:13-14).
El «pecado original» como tal no fue una herencia de la humanidad, pero sus efectos universales sí se heredaron. Existe una diferencia sustancial en las consecuencias. José Smith estableció la distinción siguiente: «Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán» (Segundo artículo de fe). Esto es correcto plenamente en un sentido eterno. Las consecuencias del «pecado original» son temporales, puesto que fueron remediadas por el Salvador incondicionalmente. Las consecuencias del pecado individual, no obstante, son permanentes, a menos que nos arrepintamos. Así, la Expiación proporciona la redención incondicional del «pecado original», pero una redención condicional del pecado individual.6 Las Escrituras enseñan con claridad que la Expiación rectifica automáticamente todos los efectos de las transgresiones de Adán, sin ninguna actuación por nuestra parte, y que, además, nos redime a cada uno de nuestros propios pecados, si tan solo nos arrepentimos.
Un resumen de la caída y la expiación
La Expiación, en lo que a su relación con la Caída respecta, fue el precio que el Salvador pagó para (1) superar la muerte física para todos los hombres, (2) superar la primera muerte espiritual (o la separación de Dios causada por Adán) para todos los hombres, y (3) superar la segunda muerte espiritual (causada por nuestros pecados particulares) para todos los que están dispuestos a arrepentirse. La tabla siguiente resume las consecuencias de la Caída y de la Expiación. No se pretende que sea exhaustiva, pero puede resultar de utilidad como perspectiva general de estos acontecimientos interrelacionados.
| Antes de la Caída | Después de la Caída | Después de la Expiación |
| 1. Inmortalidad (+) Génesis 2:17 | 1. Mortalidad (-) Génesis 2:17 (a) El hombre (b) Las plantas y los animales (c) La Tierra |
1. Resurrección (+) (incondicional para todos) 1 Corintios 15:20- 22 |
| 2. Vida en la presencia de Dios (+) Génesis 3:8 Moisés 4:14 | 2. Muerte espiritual (-)(a) La primera muerte espiritual (nacer lejos de la presencia de Dios) DyC 29:41 2 Nefi 9:6 Helamán 14:16(b) La segunda muerte espiritual (separación de Dios por los pecados propios) 1 Nefi 10:6 Alma 12:16; 42:9 |
2. Superación de la muerte espiritual (+) (a) Incondicional, porque todos los hombres volverán a la presencia de Dios para ser juzgados 2 Nefi 2:10 2 Nefi 9:38 Alma 12:15; 42:23 Helamán 14:15— 18 Mormón 9:12-14 (b) Condicional, porque la segunda muerte espiritual solamente se supera mediante el arrepentimiento Helamán 14:15— 18 Moroni 9:12—14 |
| 3. Inocencia (-)2 Nefi 2:22-23 | 3. Conocimiento del bien y del mal (+) Génesis 3:5 Alma 42:3 | 3. Conocimiento ilimitado del bien y del mal para los exaltados (+) Juan 14:26 |
| 4. Sin descendencia (-) 2 Nefi 2:23 | 4. Descendencia (+) 2 Nefi 2:25 Moisés 5:11 | 4. Descendencia eterna para los exaltados (+) DyC 132:19 |
¿Qué significa salvarse mediante la expiación?
El verbo «salvarse» en la expresión «salvarse mediante la Expiación» tiene múltiples connotaciones. En gran parte del mundo cristiano, el término «salvarse» se emplea como si tuviera un significado unívoco y universal. Y lo cierto es que no lo tiene. En un sentido religioso, la expresión «salvarse» significa ser rescatado de algún mal o de una consecuencia perniciosa. José Smith lo definió así: «Salvación quiere decir que un hombre se encuentre fuera del alcance del poder de todos sus enemigos».7 A continuación, se repasan cuatro usos de «salvarse» y «salvación» en un contexto religioso:
Primero, todos los hombres, incluso los hijos de perdición, resucitarán y se salvarán así de la muerte física. Pablo enseñó esta verdad: «Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22).8 Y Amulek enseñó algo similar: «todos se levantarán de esta muerte [temporal]» (Alma 11:42; véase también Alma 11:41). En este sentido, todos los hombres se salvarán.
Segundo, todos los hombres, excepto los hijos de perdición, se salvarán además de otra manera; resucitarán con un cuerpo glorificado y se les asignará un reino de gloria que presidirán uno o varios miembros de la Trinidad (DyC 76:71, 77, 86). En este aspecto, todos estos hombres serán rescatados del poder y del dominio de Satanás. Mientras que los que hereden el reino telestial «no serán redimidos del diablo sino hasta la última resurrección» (DyC 76:85), no obstante, a su debido tiempo, serán salvados de sus garras. A esto se refería el Señor cuando dijo que «salva todas las obras de sus manos, menos a esos hijos de perdición», quienes «irán al castigo perpetuo (…) para reinar con el diablo y sus ángeles por la eternidad» (DyC 76:43-44). Así pues, los hijos de perdición son «los únicos que no serán redimidos en el debido tiempo del Señor» (DyC 76:38). Todos los demás heredarán un reino de gloria y serán salvados del dominio de Satanás.
Tercero, la mayoría de los cristianos emplean el termino salvarse para expresar que tienen garantizada una vida de felicidad eterna en presencia de Dios. Este uso podría ser un equivalente más cercano, aunque ciertamente imperfectamente, de nuestro concepto del reino celestial. Los que heredan el reino celestial, pero no el nivel superior de la exaltación, se salvan en el sentido de que no se los destierra de la presencia del Padre. Estos santos «permanecen separada y solitariamente, sin exaltación, en su estado de salvación, por toda la eternidad» (DyC 132:17). No se salvan, sin embargo, de todas las formas de condenación (por ejemplo, de la incapacidad de progresar). No pueden tener simiente eterna, y no pueden llegar a ser como Dios. En consecuencia, se salvan únicamente en un sentido limitado.
Cuarto, salvarse plenamente significa ser exaltado, es decir, que una persona no solamente es rescatada de la muerte física, de Satanás, y del destierro de la presencia de Padre; además, se salva de toda forma de condenación. Dicho de otra manera, no hay nada en absoluto susceptible de frenar el progreso de esa persona. Él o ella pueden tener progenie eterna, crear mundos sin fin y ser como Dios (DyC 132:19-20, 37; véase también el capítulo 21). Después de referirse al estado exaltado de Abraham como un dios, el Señor afirmó: «entra en mi ley, y serás salvo» (DyC 132:32; véase también 2 Nefi 25:23). En referencia a la exaltación, el élder McConkie enseñó: «Con unas pocas excepciones, esta es la salvación de la que hablan las escrituras».9 En este sentido, la Expiación de Jesucristo no solo nos salva de los efectos de la Caída; también nos dota de los poderes necesarios para salvarnos de toda debilidad, de toda ignorancia, de todo obstáculo que de otra manera podría obstaculizar o impedir nuestro progreso de alguna forma. Esta es la salvación máxima que las Escrituras denominan exaltación. Esta es la finalidad culminante de la Expiación.
Las consecuencias si no hubiera habido Expiación →
NOTAS
- Talmage, Anieles of faith,
- McConkie, Mortal Messiah, 4:224.
- Matthews, A Bible!, 260, 262.
- , 262.
- Smith, Doctrina del Evangelio,
- Orson Pratt nos ayuda a comprender la diferencia entre la redención incondicional y la redención condicional:
«Pero la redención universal de los efectos del pecado original, nada tiene que ver con la redención de nuestros pecados personales; porque el pecado original de Adán y los pecados personales de sus hijos son dos cosas diferentes. (…)
»Los hijos de Adán no tuvieron albedrío en la transgresión de sus primeros padres y, por tanto, no se les requiere ejercer albedrío alguno para la redención de su castigo. (…)
»La redención condicional es también universal en su naturaleza; se ofrece a todos, pero no es recibida por todos; (…) sus beneficios pueden ser sólo obtenidos mediante la fe, arrepentimiento, bautismo, imposición de manos y obediencia a todos los demás requisitos del evangelio.
»La redención incondicional es un don impuesto a la humanidad y ésta no lo puede rechazar, aunque estuviera dispuesta. No sucede así con la redención condicional; ésta puede ser recibida o rechazada de acuerdo con la voluntad de la criatura. (…)
»(…) Ambos son dones de la gracia gratuita. (…) La redención de uno es compulsiva [sic]; la recepción del otro es voluntaria. El hombre no puede, por cualquier acto posible, evitar su redención de la Caída; pero puede rechazar y evitar completamente su redención el castigo de sus propios pecados» {Millennial Star, 12:69; citado en Smith, Doctrinas de salvación, 2:9-10).
- Smith, Enseñanzas del profeta José Smith,
- Los hijos de perdición resucitarán, pero lo harán con cuerpos sin glorificar, destinados a resucitar «a la condenación de su propia inmundicia» (Smith, Enseñanzas del profeta José Smith, 448). La Encyclopedia of Mormonism aporta otro comentario al respecto: «se ha sugerido que, en ausencia de los poderes sustentadores del Espíritu de Dios, los hijos de perdición acabaran desorganizándose y volviendo al elemento nativo’ (JD, 1:349-52; 5:271; 7:358-59). Sin embargo, las escrituras declaran que el alma nunca puede morir’ (Alma 12:20) (…). El destino final de los hijos de perdición se dará a conocer solamente a los que participarán en él y no se revelará definitivamente hasta el juicio final (DyC 29:27—30; 43:33; 76:43-48; Enseñanzas del profeta José Smith, 22)» (Encyclopedia of Mormonism, «Sons of Perdition» 3:1391-92). Véase también 2 Nefi 1:22.
- McConkie, Doctrina mormona,

























Excelente artículo, me ayudo a aclarar mi estudio personal en cuanto a este tema y de conformidad con el Espíritu de Dios, he sido edificada. Muchas gracias.
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Me encantó comprender la diferencia de la primera y segunda muerte espiritual,
Y de los grados de salvación. Sin duda se que sólo por medio de la expiación podemos llegar a ser seres exaltados y morar en la presencia de Dios.
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