La Expiación Infinita en poder

La Expiación Infinita en poder

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


El poder es proporcional a los atributos divinos que se poseen

¿Por qué era esencial que Jesús, «infinito y eterno» (Alma 34:14), llevara a cabo la Expiación? Porque la Expiación precisa­ba poder, un poder increíble, un poder infinito. Exigía el poder de resucitar a los muertos, el poder para conquistar la muerte espiritual y el poder para exaltar a una persona corriente a la con­dición de un dios. Un poder como ese solamente podía ejercerlo un ser infinito; es decir, un ser en posesión de todas las virtudes divinas en una medida ilimitada, y que, por lo tanto, fuera un Dios. En la gran oración de intercesión del Salvador, este aludió al poder que el Padre le había dado: «[me] has dado potestad so­bre toda carne» (Juan 17:2). Pilato no lo entendió. Pensó que te­nía «autoridad para crucificarle» y «autoridad para soltarle», pero el Salvador le corrigió rápidamente: «Ninguna autoridad tendrías contra mí si no te fuese dada de arriba» (Juan 19:10-11).

Ciertamente, Satanás tuvo su poder un momento, en su hora de oscuridad, pero cuando llegue el fin, el Salvador, fuente de todo poder, «[abolirá] todo imperio, y toda autoridad y todo poder» (1 Corintios 15:24). El Salvador ejercerá su poder, muy superior al que le ha permitido poseer a Satanás temporalmen­te, «aun el de destruir a Satanás y sus obras al fin del mundo» (DyC 19:3). Por consiguiente, el Salvador tiene ese poder in­finito indispensable para llevar a cabo la Expiación, poder que emana de virtudes divinas manifestadas en una medida infinita. Tan absoluto es el poder que posee el Salvador que Alma enseñó: «tiene todo poder para salvar a todo hombre» (Alma 12:15; véase también Alma 9:28). El rey Benjamín reconoció la presencia de ese poder incluso en la época premortal: «Porque he aquí que viene el tiempo (…) que con poder, el Señor Omnipotente que reina (…) descenderá del cielo entre los hijos de los hombres» (Mosíah 3:5). Milton reconoció el poder de Jehová: «Grandes son tus obras, Jehová, e infinito tu poder; ¿qué pensamiento pue­de medirte, o qué lengua hablar de ti?».1

No debería sorprender que, a medida que nos volvemos más como Dios, nos volvamos más poderosos. El conocimiento otor­ga poder, la pureza otorga poder y el amor otorga poder. La ad­quisición de cada rasgo divino otorga poder. El poder y la divini­dad están directamente relacionados. Pablo reafirmó esta verdad cuando escribió que Jesús poseía «corporalmente toda la plenitud de la divinidad», a lo que añadió que «es la cabeza de todo princi­pado y potestad» (Colosenses 2:9—10; véase también 1 Crónicas 29:12, Salmos 66:7). La vida del Salvador es una confirmación de esta verdad. Fue gracia sobre gracia hasta recibir la plenitud del Padre, cuando «recibió todo poder, tanto en el cielo como en la tierra» (DyC 93:17; véase también 1 Nefi 1:14; Alma 26:35; DyC 100:1).

Hablando de los que pueden convertirse en dioses, el Señor declaró: «entonces estarán sobre todo, porque todas las cosas les estarán sujetas. Entonces serán dioses, porque tendrán todo po­der» (DyC 132:20). El Salvador era infinito en sus atributos divi­nos. Esto significaba que tenía un poder infinito y con ese poder estaba facultado para llevar a cabo una Expiación infinita.

En el ámbito de la física, hay una ley de la termodinámica co­nocida por el nombre de la ley de la entropía. Dicha ley sugiere que el universo, por sí solo, tendería constantemente a un estado de desorden. Stephen W. Hawking, el reputado matemático, ex­plicó esta ley para los legos en la materia: «Es una cuestión de ex­periencia diaria que el desorden tiende a aumentar, si las cosas se abandonan a ellas mismas. (¡Uno sólo tiene que dejar de reparar cosas en la casa para comprobarlo!)». A continuación, Hawking desarrolla su explicación de la siguiente manera:

«La explicación que se da usualmente de por qué no vemos vasos rotos recomponiéndose ellos solos en el suelo y saltando hacia atrás sobre la mesa, es que lo prohíbe la segunda ley de la termodinámica. Esta ley dice que en cualquier sistema cerrado el desorden, o la entropía, siempre aumenta con el tiempo. En otras palabras, se trata de una forma de la ley de Murphy: ¡las cosas siempre tienden a ir mal! Un vaso intacto encima de una mesa es un estado de orden elevado, pero un vaso roto en el suelo es un estado desordenado. Se puede ir desde el vaso que está sobre la mesa en el pasado hasta el vaso roto en el suelo en el futuro, pero no así al revés».2

Este desorden, o condición de aleatoriedad progresiva, conti­nuaría sin interrupción a menos que hubiera en el universo una fuerza inteligente y poderosa que revirtiera de alguna manera este curso natural. John Taylor habló de una fuerza inteligente como esa:

«Estas leyes [que gobiernan el universo] se encuentran bajo la vigilancia y el control del gran Legislador, quien maneja, controla y dirige todos estos mundos. Si no fuera así, se moverían por el espacio en una confusión desatada y un sistema se abalanzaría sobre el otro, y mundo tras mundo, sería destruido, con sus ha­bitantes».3

Ciertamente, la creación fue una impresionante demostra­ción de estos poderes de inversión. La Expiación fue otra ma­nifestación similar. Una y otra vez, las Escrituras se refieren a la Expiación como poder. Con la posible excepción de la palabra amor, parece ser la palabra más empleada para describir el proce­so expiatorio. Tal poder era una extensión natural de la natura­leza infinita del Salvador. Del mismo modo que la felicidad no puede adquirirse independientemente de la obediencia a las leyes de Dios, el poder no puede adquirirse permanentemente sin el desarrollo de las virtudes divinas. No se puede tener lo uno sin lo otro. Están conectados inseparablemente.

Ejercicio y adquisición de poder

La Expiación fue tanto un ejercicio como una adquisición de poder. Una de las ironías de la vida es que adquirimos amor cuando lo damos; aumentamos en conocimiento cuando distri­buimos el que tenemos. Y otro tanto sucede con ciertos pode­res. Cuando ejercemos poder en rectitud, adquirimos más poder. Cuando ejercemos poder en iniquidad, perdemos incluso más de lo que hayamos «regalado». No es más que un reflejo de la parábola de los talentos.

El Salvador ejerció poder cuando soportó las consecuencias del pecado, cuando aguantó el dolor y, finalmente, entregó su vida. Moroni advirtió: «no neguéis el poder de Dios; porque él obra por poder» (Moroni 10:7). El ejercicio de todos los poderes necesarios para soportar los sufrimientos de toda la humanidad puede haber abierto a su vez la puerta para los nuevos poderes necesarios a fin de resucitar, redimir y exaltar. El coro celestial cantará un día: «El Cordero que fue inmolado es digno de recibir el poder» (Apocalipsis 5:12; énfasis añadido). Nótese la referencia a la recepción de poder en el futuro. El Cordero parece recibir nuevo poder después de ser inmolado. Las Escrituras dejan claro que el Salvador no podía haber resucitado al hombre de no haber muerto antes. Pablo se refiere a esta secuencia necesaria cuando observa que «para destruir, mediante la muerte, al que tenía el imperio de la muerte, a saber, al diablo» (Hebreos 2:14). Alma aludió a esta misma relación causal: «Y tomará sobre sí la muerte» —¿Para qué?— «para soltar las ligaduras de la muerte» (Alma 7:12). Más tarde, Ama predicó: «la muerte de Cristo desatará las ligaduras de esta muerte temporal» (Ama 11:42). Cada uno de estos profetas enseñó que la muerte del Salvador era un requisito previo necesario para la resurrección del hombre. De la muerte de uno nació el poder de la vida eterna para todos. El Salvador también enseñó este principio: «si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, se queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto» (Juan 12:24; énfasis añadido).

Cabría preguntarse: ¿podía el Salvador redimirnos de la muer­te espiritual, si no hubiera padecido primero las consecuencias de nuestros pecados? ¿O podía exaltar al hombre común sin haber interiorizado primero las calamidades de los mortales? Por una parte, la Expiación fue un ejercicio de increíble poder que facultó al Cristo para soportar la totalidad de la triste condición humana. Y por otra, el proceso expiatorio fue la adquisición, y la manifes­tación después, de un poder increíble para superar esa condición, tal y como lo demostró el poder para resucitar, para redimir y para exaltar. ¿Pudiera ser que el ejercicio del poder de soportar era esencial para la adquisición del poder de superar? ¿Nació el segundo poder del primero? En cualquier caso, tanto el formida­ble poder de soportar como el poder de superar fueron la conse­cuencia y el reflejo directos de la naturaleza infinita del Salvador.

Infinita en tiempo →


NOTAS

  1. Milton, Paradise Lost,
  2. Hawking, Breve historia del tiempo, 96, 130.
  3. Taylor, GospelKingdom, 67—68.

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Una respuesta a La Expiación Infinita en poder

  1. Liz dijo:

    Un libro muy inspirado, ennoblecedor nos amplía la visión de la Expiación uno se siente infinitamente agradecida a Jesucristo.

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