La Expiación Infinita en poder

La Expiación Infinita en tiempo

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Los mortales que anteceden el sacrificio de salvador

La Expiación fue claramente eficaz para los hombres mortales que vivieron después del suplicio del Salvador en el jardín y en la cruz. Sin embargo, ¿qué ocurre con los mortales que vivieron antes del Salvador o, si nos remontamos incluso más atrás en el tiempo, con aquellos que eran espíritus en la esfera preterrenal? ¿Tan lejos en el tiempo llega la Expiación? ¿Es infinita temporal­mente, tanto de forma retroactiva como prospectiva?

¿Se aplica la Expiación retroactivamente a los mortales que vi­vieron antes del sacrificio expiatorio? Dicho de otra manera, ¿po­dían las gentes del Antiguo Testamento arrepentirse y purificarse de sus pecados con anterioridad al momento en el que se llevó a cabo la misión del Salvador? La respuesta es afirmativa. El enca­bezamiento de Alma 39 reza, en parte: «La redención de Cristo es retroactiva para la salvación de los fieles que la antecedieron». Pablo enseñó que el Evangelio se «anunció de antemano (…) a Abraham» (Gálatas 3:8). La fe, el arrepentimiento y el bautismo se han enseñado en todas las dispensaciones del Evangelio desde Adán. A esto se refieren las Escrituras cuando dicen: «Y así se empezó a predicar el evangelio desde el principio» (Moisés 5:58; véase también DyC 20:25-26).

Sin el efecto retroactivo de la Expiación del Salvador, la en­señanza de principios del Evangelio y la realización de las orde­nanzas afines en tiempos del Antiguo Testamento habrían sido acciones inútiles. El Señor nos dejó esta declaración incondicional en lo relativo al hermano de Jared, quien antecede la Expiación del Salvador en unos dos mil doscientos años: «Porque sabes es­tas cosas, eres redimido de la caída» (Eter 3:13). El rey Benjamín disipó cualquier duda acerca de la naturaleza retroactiva de la Expiación en su magnífico discurso: para que así «quienes creye­sen que Cristo habría de venir, esos mismos recibiesen la remisión de sus pecados y se regocijasen con un gozo sumamente grande, aun como si él ya hubiese venido entre ellos» (Mosíah 3:13; énfasis añadido). Entonces, el rey Benjamín confirmó la intemporalidad de la Expiación testificando que los hombres serán condenados a menos que «crean que la salvación fue, y es, y ha de venir en la sangre expiatoria de Cristo» (Mosíah 3:18; énfasis añadido). Pero, ¿cómo es posible? ¿Cómo podría Dios extender las bendiciones de la Expiación antes de que se pagara el precio de compra? ¿No vio­laría esto los principios de la justicia? ¿Qué pasaría si el Salvador optara por no seguir adelante? ¿Y si no se derramara sangre alguna?

El principio del crédito retroactivo no debería resultarnos ex­traño hoy en día. De hecho, es algo cotidiano. Todos los días compramos productos con nuestras tarjetas de crédito y los paga­mos después de disfrutar de ellos. A medida que probamos que so­mos dignos de confianza y puntuales efectuando nuestros pagos, aumenta nuestra calificación de crédito. Una vez hemos probado que somos solventes, las empresas incluso acudirán activamente a nosotros para ofrecernos crédito. Saben que se puede contar con ciertas personas para pagar las facturas.

Cuánto más había demostrado el Salvador que era digno de confianza. Durante largos eones en la esfera premortal, él dio prueba de su fidelidad, fiabilidad y honorabilidad en todo com­promiso, responsabilidad y encargo. Las Escrituras afirman que «de eternidad en eternidad él es el mismo» (DyC 76:4).’ Nunca se desvió del curso fijado, nunca fue negligente en su rendimien­to, nunca se retractó de la palabra dada. Ejecutó todo mandato con exactitud; desempeñó todos sus deberes con precisión; Él «no se tarda en cumplir su promesa» (2 Pedro 3:9). Sus promesas fueron «inalterable[s] e inmutable[s]» (DyC 104:2). Como con­secuencia, su crédito espiritual se incrementó con celeridad hasta convertirse en oro puro, sí, infinito en valor. Por ello las leyes de la justicia podían reconocer los beneficios de la Expiación antes incluso de que se pagara el precio de compra, porque Su prome­sa, Su palabra, Su crédito era más que suficiente, y todos los que cumplieron su primer estado lo sabían.

En el concilio premortal, el Salvador convino con el Padre que llevaría a cabo la Expiación. John Taylor escribió: «Un convenio se formalizó entre El y Su Padre, en virtud del cual Él acordó ex­piar los pecados del mundo»,2 y de ahí en adelante se le conoció como «el Cordero que fue inmolado desde el principio del mun­do» (Apocalipsis 13:8; véase también Moisés 7:47). El Evangelio de Felipe, uno de los escritos hallados en la biblioteca de Nag Hammadi, sugiere de manera similar: «No fue solamente cuando apareció que dio voluntariamente su vida, sino que Él entregó voluntariamente Su vida desde el mismo día que el mundo em­pezó a existir. Entonces vino a fin de tomarla, puesto que se había entregado a modo de promesa»? Y es sobre la base de dicha prome­sa o convenio que tuvimos fe en Él. En virtud de ese convenio el Padre pudo prometer la remisión de los pecados con anterioridad al sacrificio expiatorio, porque «sabía» que Su Hijo no fallaría. La cuestión no era si Él era capaz de romper su pacto, sino que no lo iba a hacer. Retóricamente hablando, el Salvador nos recuerda esa verdad: «¿Quién soy yo?», pregunta, «¿para prometer y no cumplir?» (DyC 58:31; véase también Números 23:19). Salomón reconoció que, en lo que al Señor respecta, «ninguna palabra de todas sus promesas que expresó por Moisés, su siervo, ha falta­do» (1 Reyes 8:56; véase también Deuteronomio 7:8). Abraham fue otro testigo de ello: «no hay nada que el Señor tu Dios dis­ponga en su corazón hacer que él no haga» (Abraham 3:17). No sorprende que Nehemías se refiriera a Él como «Dios (…) que guardas el convenio» (Nehemías 9:32). Cualquier duda acerca de la integridad subyacente a las promesas del Señor quedó despeja­da cuando él mismo declaró en la antigüedad: «No quebrantaré jamás mi convenio con vosotros» (Jueces 2:1; énfasis añadido).

En Cuento de Navidad, Charles Dickens trata la importancia de cumplir las promesas, tal y como se desprende de su caracte­rización de Scrooge. Tras una vida de tacañería, el espíritu de la Navidad ablanda finalmente el corazón de Scrooge. Le promete a Bob Cratchit un aumento de sueldo y ayudar a su familia en apuros; de hecho, promete empezar a hacerlo esa misma tarde. Y entonces leemos ese magnífico homenaje a Scrooge: «[él] hizo más de lo que había dicho. Hizo todo e infinitamente más».4 En un espíritu semejante lo hizo todo el Salvador; cumplió su pala­bra; llevó a término una Expiación infinita.

Consideremos por un momento la naturaleza vinculante de un juramento en tiempos del Antiguo Testamento y del Libro de Mormón. Ahora elevémoslo al convenio de Dios, quien está «obligado» (DyC 82:10) cuando así lo pacta, y quien «nunca va­ría de lo que ha dicho» (Mosíah 2:22). Acerca del juramento y convenio del sacerdocio, el Señor declaró: «todos los que reciben el sacerdocio reciben este juramento y convenio de mi Padre, que él no puede quebrantan (DyC 84:40; énfasis añadido).

Si un Dios «no puede quebrantar» un convenio, ¿entonces por qué no podrían reconocer las leyes de la justicia los efectos de un convenio con anterioridad a su realización? B. H. Roberts creía que esto era así: «Los efectos de la expiación fueron reconocidos por los santos de la antigüedad con anterioridad a la llegada de Cristo y, por ende, antes de que él llevara a efecto la expiación; pero ello se debía a que la expiación de los pecados del hombre, la satisfacción de la justicia, ya había sido predeterminada [mediante un convenio], y este hecho otorgó eficacia a su fe, su arrepentimiento y su obediencia a las ordenanzas del evangelio».5

Podría ser que un convenio como este ayudara a sostener al Salvador en el jardín cuando sus fuerzas espirituales y físicas se habían agotado a todas luces, cuando ya «no quedada nada» para combatir al Maligno y al pecado mismo, más que el puro conve­nio consistente en llevar a cabo la Expiación. ¿Cuántos convenios como este han elevado al hombre a alturas superiores? ¿cuántos le han conferido fuerzas añadidas y generado reservas de resistencia sin explotar cuando todo lo demás parecía derrumbarse a su al­rededor? Así pues, quizá, de alguna manera, este convenio puede haber satisfecho las leyes de la justicia a favor de los que vivieron con anterioridad a la Expiación, y, asimismo, haber contribuido a sustentar al Salvador en su hora de mayor necesidad.

Los espíritus premortales

Una vez establecida la naturaleza retroactiva de la Expiación, la pregunta lógica que surge a continuación es, ¿«hasta donde se remonta?». ¿Llega la Expiación hasta el mundo preterrenal de los espíritus? ¿Acaso es necesario? Resulta obvio que los espíritus del mundo premortal contaban con albedrío moral y con la capa­cidad de tomar decisiones. Joseph Fielding Smith lo dejó muy claro cuando afirmó lo siguiente:

«Dios dio el albedrío a sus hijos aun en el mundo espiritual, mediante el cual los espíritus tuvieron el privilegio, tal como hoy en día tienen los hombres aquí, de elegir el bien y rechazar el mal, o de participar del mal y sufrir las consecuencias de sus pecados. Por causa de esto, aun allá algunos eran más fieles que otros en obedecer los mandamientos del Señor».6

En otra ocasión se expresó de manera similar: «Los espíritus de los hombres no eran iguales. Tal vez hayan tenido un principio igual, y sabemos que todos eran inocentes al principio; pero el derecho del libre albedrío que les fue dado los capacitó para que unos aventajasen a otros, y así, a través de eones de existencia in­mortal, llegasen a ser más inteligentes, más fieles, pues ellos eran libres para actuar por sí mismos, para pensar por sí mismos, para recibir la verdad o rebelarse contra ella».7

Alma describió a los espíritus premortales como espíritus a los que se había «concedido primeramente escoger el bien o el mal» (Alma 13:3); en consecuencia, estaban en posición de poder pecar. Que los discípulos del Salvador creían que una persona tenía la capacidad de pecar en la vida preterrenal queda patente en su pregunta al Salvador: «Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?» (Juan 9:2). La tercera parte de los espíritus premortales cometió un pecado muy grave cuando optó por otorgarle su lealtad a Lucifer que fueron expulsados de la presencia de Dios (DyC 29:36; Apocalipsis 12:4). Pedro explicó que «Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que [los arrojó] al infierno» (2 Pedro 2:4). No se trataba de una transgre­sión inocente; era una rebelión manifiesta contra Dios, liderada por el Maligno, quien «peca desde el principio» (1 Juan 3:8). Este tercio de las huestes celestiales eligió a Satanás en lugar de a Dios «a causa de su albedrío» (DyC 29:36). De los dos tercios, no todos ofrecieron su lealtad y obediencia a Dios por igual. Al momento de su nacimiento espiritual, «se hallaban en la misma posición que sus hermanos» (Alma 13:5), pero mediante las leyes del albedrío, cada espíritu avanzó a su propio ritmo de modo que solamente unos pocos se convirtieron en los «nobles y grandes» (Abraham 3:22).

Todos los espíritus premortales empiezan su existencia espiri­tual en un estado de inocencia (es decir, libres de pecado), pero todos esos espíritus perdieron dicha inocencia por sus propios pecados. Algunos pecados eran de tal gravedad que ocasionaron la expulsión del cielo. Caín, que no fue echado, no obstante, de­bió de haber pecado seriamente, puesto que el Señor decretó: «serás llamado Perdición; porque también tú existías antes que el mundo» (Moisés 5:24; énfasis añadido). El élder McConkie escri­bió: «Aunque fue un rebelde y estuvo asociado con Lucifer en la preexistencia, y aún cuando fue un mentiroso desde el principio y su nombre fue Perdición, Caín se las arregló para obtener el privilegio del nacimiento mortal».8

Conceptos como albedrío, expulsión y preordenación, los cua­les estaban presentes plenamente en la vida premortal, implican una elección y una oportunidad entre la obediencia o el pecado. Si no hubieran pecado después de la expulsión de Satanás, entonces hemos de asumir que los dos tercios restantes vivían en un estado de inocencia o que eran perfectos; ninguna de las dos op­ciones es compatible con las condiciones premortales de albedrío y preordenación. Resulta obvio que, si vivíamos en un estado de inocencia o perfección, no habría distinción espiritual entre los espíritus y, por lo tanto, no habría motivo para caracterizar a algunos como «nobles y grandes», ni para que otros recibieran el nombre de «perdición». De igual manera, no habría razón para designar a otros, y no a todos, como «gobernantes», «escogido[s]» o «buenos» (Abraham 3:22-23), si todos eran inocentes o perfec­tos. Tanto las Escrituras como la razón nos llevan a la inevitable conclusión de que el pecado estaba presente en la época prete­rrenal. Joseph Fielding Smith Jr. llega a idéntica conclusión: «La imagen está completa. El hombre podía pecar con anterioridad a su nacimiento como ser mortal».9

Algunos se preguntarán: «¿Cómo conciliar este concepto con el pasaje según el cual ‘ninguna cosa impura puede morar con Dios’?» (1 Nefi 10:21; véase también 1 Nefi 15:33). Una lectura minuciosa de estos pasajes y otros afines revelará que el verbo «morar», tal y como se emplea en este contexto, hace referencia a una condición permanente o eterna que existe después de que los hombres sean traídos «ante el tribunal de Dios» (1 Nefi 10:21; véase también 3 Nefi 27:19; Mormón 7:7; DyC 76:62). «Morar» es, en este sentido, un estado futuro. Flasta que tenga lugar el jui­cio no parece que exista en las Escrituras prohibición alguna de la comparecencia temporal de seres imperfectos en la presencia de Dios. De hecho, las Escrituras dejan claro que pecadores vivieron temporalmente en la presencia de Dios en la época preterrenal, tal y como pone de manifiesto la rebelión de Satanás y la guerra que se desató en los cielos posteriormente. Sabemos que todos los hombres, incluso los inicuos, volverán a la presencia de Dios para ser juzgados y «verán su rostro» (2 Nefi 9:38). Incluso Pablo, de camino en persecución de los santos de Damasco, estuvo en presencia del Señor resucitado (Hechos 9:3-6, 17). Asimismo, el Salvador glorificado «moró» entre los nefitas justos, pero aún im­perfectos, que estuvieron presentes en su venida. A estos nefitas el Salvador les predicó conminándolos a arrepentirse de «de [sus]

pecados» (3 Nefi 9:13; véase también 3 Nefi 11:23, 37). Por con­siguiente, no parece incompatible desde el punto de vista escritu­rario que en el periodo preterrenal Dios permitiera que sus hijos imperfectos residieran temporalmente en su presencia mientras les enseñaba, educaba y preparaba para el día de su probación mortal. Allí «recibieron sus primeras lecciones en el mundo de los espíritus» (DyC 138:56). Eliza R. Snow escribió acerca de este periodo en su himno tan querido, «Oh mi padre»:

¿Tu morada antes era de mi alma el hogar?
En mi juventud primera,
¿fue Tu lado mi altar?10

De acuerdo con su fidelidad, estos hijos espirituales volverían algún día a nuestro padre, y vivirían (morarían) con El «por los siglos de los siglos» (DyC 76:112).

Asumiendo que hayamos pecado en la etapa premortal, ¿cómo podrían limpiarse nuestros pecados preterrenales para nacer en la inocencia? Quizá la Expiación infinita del Salvador también englobaba esta fase de nuestro viaje eterno, y aportó la purifica­ción necesaria. Orson Pratt creía en esa doctrina y la enseñó: «No vemos ninguna incorrección en el hecho de que Jesús se ofreció al Padre como ofrenda y sacrificio aceptable a fin de expiar los pecados de Sus hermanos, comprometido, no solo en el segundo, sino también en el primer estado».11 Robert J. Matthews cita a Orson Pratt, y a continuación añade: «No se está expresando la doctrina de la Iglesia, pero lo que dice resulta claro, coherente y razonable y yo lo creo».12 Doctrina y Convenios parece confirmar esta creencia: «Todos los espíritus de los hombres fueron inocentes en el principio [en referencia a nuestro nacimiento espiritual]; y ha­biéndolo redimido Dios de la caída [en referencia a la Expiación], el hombre llegó a quedar de nuevo en su estado de infancia [en re­ferencia al nacimiento terrenal], inocente delante de Dios» (DyC 93:38; énfasis añadido).

Nuestro comienzo en la existencia espiritual fue en un estado de inocencia, es decir, éramos puros y estábamos libres del pecado.13 Evidentemente, mediante la Expiación de Jesucristo y sus poderes redentores, nacimos idénticamente inocentes en la vida mortal, sin mácula y sin mancha por causa de nuestros pecados premortales. Si bien sería prematuro llegar a una conclusión definitiva antes de obtener más revelación al respecto, parece que la Expiación se extendía hacia atrás lo suficiente como para incluir todos nuestros pecados, incluida, de ser preciso, nuestra vida premortal. Así, se aplicaría de manera retroactiva con efectos infinitos.

Los espíritus postmortales

Las consecuencias de la Expiación no son menos eficaces en el plano prospectivo. Los poderes redentores del Salvador se exten­dían hacia adelante hasta alcanzar a los espíritus de los muertos con idéntica facilidad como se extendían hacia atrás hasta nuestra vida premortal.

El 3 de octubre de 1918 el presidente Joseph F. Smith se en­contraba sentado en su habitación, meditando con respecto a las Escrituras y reflexionando acerca del gran sacrificio expiatorio del Salvador. Quedó impresionado con el relato que Pedro ofrece de la visita del Salvador a los muertos (1 Pedros 3:18-20; 4:6). Meditando estas cosas, «fueron abiertos los ojos de [su] entendi­miento» (DyC 138:11) y vio las multitudes de los muertos de los que hablaba Pedro. Percibió que el Salvador organizó sus fuerzas misionales y las envió a predicar el Evangelio a los que aún no habían escuchado sus verdades gloriosas. En un lenguaje que no dejaba lugar a dudas, el presidente Smith relató que la Redención y sus efectos se enseñaron a aquellos espíritus que habían abando­nado la tierra: «y allí [el Salvador]14 les predicó el evangelio sem­piterno, la doctrina de la resurrección y la redención del género humano de la caída, y de los pecados individuales, con la condi­ción de que se arrepintieran» (DyC 138:19). A continuación, lee­mos esta afirmación rotunda del presidente Smith: «Los muertos que se arrepientan serán redimidos» (DyC 138:58). La Expiación fue enseñada y se está enseñando a los muertos, es más, tendrá eficacia para los que elijan arrepentirse.

¿Demasiado tarde para la redención?

¿Qué sucede entonces con los hombres mortales y los espíritus de los difuntos que han escuchado el Evangelio en su plenitud y lo han rechazado con carácter definitivo? ¿Vendrá un momento en el viaje del hombre a partir de cual el poder purificador de la Expiación ya no podrá aplicarse más? ¿Existe un momento en el que será «demasiado tarde», un instante en el que las bendicio­nes de la redención ya no estarán a nuestro alcance? Samuel el Lamanita se refirió a un momento como ese cuando predicó a los nefitas inicuos: «Mas he aquí, vuestros días de probación ya pasaron; habéis demorado el día de vuestra salvación hasta que es eternamente tarde ya, y vuestra destrucción está asegurada» (Helamán 13:38).

De forma análoga, Amulek vislumbró ese día y enseñó so­bre él, rogándole a su pueblo que no «[demorara] el día de [su] arrepentimiento hasta el fin; porque después de este día de vida, que se nos da para prepararnos para la eternidad, he aquí que, si no mejoramos nuestro tiempo durante esta vida, entonces viene la noche de tinieblas en la cual no se puede hacer obra alguna» (Alma 34:33; véase también 3 Nefi 27:33). Amulek hizo entonces hincapié en ese momento crucial en el que ya no sería posible valerse de aquel glorioso principio del arrepentimiento, cuando el último resquicio de esperanza se cerraría para los impenitentes, cuando el último rayo de luz se apagaría y la noche descendería en toda su negrura. Y Amulek continúa:

«No podréis decir, cuando os halléis ante esa terrible crisis: Me arrepentiré, me volveré a mi Dios. No, no podréis decir esto (…) Porque si habéis demorado el día de vuestro arrepentimien­to, aun hasta la muerte, he aquí, os habéis sujetado al espíritu del diablo y él os sella como cosa suya; por tanto, se ha retirado de vosotros el Espíritu del Señor y no tiene cabida en vosotros, y el diablo tiene todo poder sobre vosotros; y este es el estado final del malvado» (Alma 34:34-35; énfasis añadido).

Mormón vio «que el día de gracia había pasado (…), tanto temporal como espiritualmente» para su pueblo impeniten­te (Mormón 2:15). Oseas profetizó acerca de ese día en el que el arrepentimiento «se esconderá» de los ojos de Dios (Oseas 13:14). El Señor ha concedido un periodo de tiempo generoso en el que sus poderes sanadores están desplegados, pero llegará finalmente el momento en el que el bálsamo espiritual ya no estará a nuestro alcance. Emily Dickinson habló de un momento como ese:

¿Es el cielo médico?
Dicen que El es capaz de curar; pero la medicina postuma está, ausente.15

En ese momento sabremos que «¡la siega ha pasado, el verano ha terminado y mi alma no se ha salvado!» (DyC 56:16; véase también Jeremías 8:20; DyC 45:2).

La Expiación tiene aplicación a través de «los espacios sin fin de la eternidad»16 retroactiva y prospectivamente. Así lo expresó con claridad el Señor, puesto que la salvación vendrá «no solo [a] los que creyeron después que él vino en la carne, en el meridiano de los tiempos, sino que tuviesen vida eterna todos los que fue­ron desde el principio, sí, todos cuantos existieron antes que él viniese» (DyC 20:26). Los efectos de la Expiación de Cristo son eternos; el momento de arrepentirse, no. Para los que se arre­pienten, sin embargo, el proceso de purificación es más que una limpieza temporal: es una sanación permanente frente a los pe­cados de todos ellos, en todas las épocas, en todas las etapas de su existencia. Asimismo, la resurrección durará un tiempo inme­morial. En consecuencia, la Expiación es infinita en términos de tiempo. Pablo se refirió a su naturaleza atemporal cuando enseñó que Cristo «[ofreció] por los pecados un solo sacrificio para siem­pre» (Hebreos 10:12; énfasis añadido). Y ese fue el testimonio del Salvador: «mi salvación será para siempre.» (Isaías 51:6, énfasis añadido; véase también Isaías 51:8). Y así es.

Infinita en cobertura 


NOTAS

  1. Según la interpretación que el élder Bruce R. McConkie ofrece de este pasaje de las Escrituras, en todos y cada uno de los estados de la existencia del Salvador (incluida su vida premortal, entre otros) fue «el poseedor y la personificación de todo atributo y característica divinos en su plenitud y perfección» (Promised Messiah, 197).
  2. Taylor, Mediation and Atonement, 97.
  3. «The Gospel of Philip» [El Evangelio de Felipe], 132; énfasis añadido. «El Evangelio de Felipe» es uno de los libros pertenecientes a la biblioteca de Nag Hammadi. Se trata de una colección de escritos cristianos descubiertos en diciembre de 1945 en las inmediaciones de la población egipcia de Nag Hammadi.
  4. Dickens, Cuento de Navidad, 131.
  5. Roberts, Seventy’s Course in Theology, cuarto año, 123, nota c.
  6. Smith., Doctrinas de salvación, 1:55.
  7. Ibid., 56.
  8. McConkie, Doctrina mormona, 106.
  9. Smith, Religious Truths Defined, 94.
  10. Snow, «Oh mi padre», Himnos, núm. 187.
  11. Pratt, TheSeer, 1 (no. 4): 54; énfasis añadido.
  12. Matthews, «The Price of Redemption», 4.
  13. Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), Diccionario de la lengua española, véase la entrada «inocente».
  14. En los versículos 29-32 de esta misma sección, el presidente Joseph F. Smith aclara que el Salvador no predicó el Evangelio personalmente a los «inicuos ni [a] los desobedientes», sino que «organizó sus fuerzas» entre los justos y los envió a predicar.
  15. Dickinson, «Life LVI», en Emily Dickinson, 42.
  16. McConkie, Doctrina mormona, 293.
Esta entrada fue publicada en Expiación, La Expiación Infinita y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a La Expiación Infinita en poder

  1. Liz dijo:

    Un libro muy inspirado, ennoblecedor nos amplía la visión de la Expiación uno se siente infinitamente agradecida a Jesucristo.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s